La transformación de los medios de comunicación

por Consejo Editorial Alexandreia


En la actualidad, los ciudadanos en el mundo han dejado de ser espectadores pasivos sometidos a contenidos generalistas disfrazados de entretenimiento. Durante décadas, los medios de comunicación procuraron mantener a su audiencia cautiva el mayor tiempo posible, monetizando su atención mediante la publicidad. Sin embargo, este modelo se ha visto desbordado por la fragmentación de audiencias y el auge de nuevas plataformas.

Hoy, los medios no son solo canales de información, sino también de entretenimiento. Las noticias sobre política, economía, deportes o cultura son presentadas estratégicamente bajo formatos que buscan captar y retener la atención del espectador. Mesas de debate, programas de análisis y tertulias fomentan la controversia para prolongar el interés de la audiencia. En este contexto, los pocos que desean información rigurosa deben recurrir a medios especializados, muchas veces de menor alcance.

La irrupción de la inteligencia artificial en este proceso es clave. Los algoritmos ya no solo filtran y seleccionan contenidos según las preferencias del usuario, sino que también generan noticias automatizadas, crean resúmenes y analizan tendencias. Esto agiliza la producción informativa, pero también plantea interrogantes sobre la calidad, la ética y la supervisión humana en el proceso de creación.

La juventud y la fragmentación de audiencias

El uso noticioso de las tecnologías digitales ha ampliado la brecha generacional en el consumo de medios. Los menores de 35 años, especialmente aquellos con mayor poder adquisitivo, son usuarios intensivos de plataformas digitales. Su consumo es más selectivo y exigente, y están dispuestos a pagar por contenidos sin publicidad que respondan a sus intereses, como en el caso de Netflix, Prime Video o Max.

En este sentido, la inteligencia artificial juega un papel crucial en la personalización del contenido. Plataformas como YouTube y TikTok utilizan algoritmos avanzados para ofrecer videos que se alinean con las preferencias individuales, maximizando así la retención de la audiencia. Esta híper-personalización plantea el desafío de los “filtros burbuja”, donde los usuarios solo acceden a información que refuerza sus creencias y gustos, reduciendo la exposición a puntos de vista diversos.

La intoxicación informativa, la posteridad y los populismos

La multiplicación de fuentes de información y la aceleración del ritmo de vida contemporáneo han dado pie a una sobrecarga informativa. El primero en lanzar una noticia parece tener la ventaja, pues la audiencia acepta el comunicado como cierto sin cuestionarlo. Más aún, esto sucede cuando una parte relevante de la audiencia está anclada a fuentes de comunicación que considera afines a su ideología. Aquí, la inteligencia artificial es un arma de doble filo: si b¡en puede ayudar a verificar datos y detectar desinformación, también es utilizada para crear noticias falsas, videos manipulados y bots que amplifican discursos polarizantes. Las redes sociales, optimizadas por la IA, facilitan la creación de narrativas que apelan a las emociones y a las creencias preexistentes, alimentando discursos populistas y reforzando sesgos ideológicos.

Quién detenta y lidera el poder en los medios de comunicación

La lealtad política de los propietarios de los grandes medios parece haber quedado relegada ante la urgencia de atraer audiencias y asegurar ingresos publicitarios. El poder en los medios de comunicación ya no está determinado solo por la influencia de grandes grupos, sino también por las plataformas tecnológicas y los algoritmos que deciden qué información se visibiliza y cuál se oculta.

Además, las redes sociales han democratizado la generación de contenido informativo. En países como Estados Unidos, Facebook ha sido una fuente clave para el 65% de los usuarios en cuanto a noticias se refiere. Sin embargo, esto también ha generado una pérdida de control editorial y ha permitido la proliferación de información no verificada.

En respuesta a este fenómeno, ha emergido una tendencia hacia el “agrupamiento colegiado” entre medios. Investigaciones complejas, como los ‘Papeles de Panamá’ o ‘Wikileaks’, han requerido la colaboración entre diversas organizaciones periodísticas, aprovechando tanto recursos humanos como tecnológicos para ofrecer información rigurosa. La IA, en estos casos, ha sido fundamental para analizar grandes volúmenes de datos y extraer patrones significativos.

Cómo afinar más la medición de audiencias para mejorar su conocimiento

La capacidad de recopilar y analizar datos sobre los usuarios se ha convertido en una herramienta estratégica para los medios. Aplicaciones de Big Data, junto con sistemas de IA, permiten entender mejor los intereses y hábitos de consumo, personalizando la oferta informativa.

Iniciativas como la de Telefónica Movistar, que desde 2018 unificó datos de clientes bajo estrictas normativas de privacidad, muestran cómo la recolección ética de datos puede ser una fuente de valor. En el futuro, la precisión en la medición de audiencias dependerá del equilibrio entre la tecnología y la protección de los derechos de los usuarios. ⬥


Juventud hipotecada: la trampa demográfica

por Consejo Editorial Alexandreia


El equilibrio generacional se ha roto. El aumento de la esperanza de vida y la caída de la natalidad han alterado la pirámide poblacional, desplazando el peso demográfico hacia los mayores y reduciendo la presencia de los jóvenes en la sociedad. Las consecuencias son muchas y transversales, pero hay una que se impone sobre todas las demás: en términos políticos y económicos, la juventud ha sido relegada a la irrelevancia.

En La juventud atracada, José Ignacio Conde-Ruiz y Carlotta Conde Gasca exponen con claridad cómo la estructura de nuestra democracia favorece a la mayoría electoral: los gobernantes responden a quienes pueden darles más votos, y hoy, ese poder está en manos de las generaciones más longevas. La juventud, en cambio, ha perdido peso en el censo electoral y con ello su capacidad de influir en la toma de decisiones. El resultado es un sesgo estructural que dirige el gasto público hacia los mayores (especialmente en pensiones), mientras la deuda se dispara sin que existan planes reales para equilibrarla. Un coste que pagarán, sin remedio, los más jóvenes.

La redistribución de la riqueza ya no responde solo a la clase social o al nivel educativo, sino, cada vez más, a la edad. Los jóvenes de hoy afrontan peores condiciones laborales, precios de vivienda inasumibles y una deuda pública que compromete su futuro. El déficit estructural del 4% y un ratio deuda/PIB del 108% no son sólo cifras abstractas: son la prueba de una política «cortoplacista» que sacrifica la equidad intergeneracional en favor de la inmediatez. 

Frente a este panorama, Conde-Ruiz y Conde Gasca no sólo diagnostican el problema, sino que plantean soluciones concretas. La primera, aumentar la representación de los jóvenes en la democracia: desde el voto obligatorio hasta la reducción de la edad mínima para votar a los dieciséis años, pasando por mecanismos que den mayor peso a las familias jóvenes en el proceso electoral. La segunda, garantizar que el gasto público se distribuya con equidad entre generaciones, asegurando que cada euro adicional destinado a los mayores se compense con una inversión equivalente en las generaciones futuras. 

El desafío no es menor. La longevidad y el envejecimiento son logros sociales, pero también plantean retos económicos y democráticos que no pueden seguir postergándose. Si la política sigue ignorando a los jóvenes, la brecha intergeneracional no hará más que profundizarse. La pregunta es si la sociedad está dispuesta a corregir el rumbo antes de que sea demasiado tarde.


La voz moza que transforma la democracia

por Mireya Diouri

Especialista en participación juvenil y políticas públicas, actualmente es Project Manager en Talento para el Futuro, plataforma pionera que promueve la representación activa de la juventud en los espacios de decisión en España. Anteriormente trabajó en Faconauto como Responsable de Asuntos Regulatorios y colaboró con el Consulado de Uruguay en Sevilla durante su formación de posgrado en Estudios Europeos. Con una doble licenciatura en Derecho y Ciencias Políticas, ha orientado su carrera a fortalecer la presencia de los jóvenes en los sectores público y privado, impulsando iniciativas que garantizan su implicación real en los procesos de transformación social.


La situación de la juventud y su papel en la sociedad siempre ha representado un reto intergeneracional. En el contexto de los años posteriores a la pandemia de COVID-19 y en un entorno marcado por convocatorias electorales constantes –como las de 2024, año super electoral a nivel mundial, se intensificó la sensación de desconexión y desafección política. Las instituciones públicas, sin importar la ideología de quienes han ostentado el poder, mantienen una deuda histórica con la nueva generación, cuya situación económico-social promete mejoras, pero que, a efectos de relato, parece quedar varada en el proceso.

La desafección se agrava en un contexto en el que el flujo de mensajes de alera y las constantes llamadas electorales han contribuido a generar un sentimiento de hastío. Cuando el derecho al voto, especialmente entre los jóvenes de 16 a 29 años, se traduce en cifras que –en España– representan sólo un 23,4% de la población activa, la percepción de irrelevancia crece. Más que un simple desencanto, se trata de una desconexión que afecta a la confianza en la política y a la motivación para participar en la toma de decisiones.

Desde los movimientos asociativos juveniles se ha puesto el foco en la importancia de dar voz y visibilidad a esta generación. La experiencia demuestra que la juventud, con sus intereses y perspectivas diversas, es un motor clave para la renovación de las instituciones. Es por ello que las iniciativas más recientes se han convertido en canales esenciales para expresar las demandas y propuestas de aquellos que están construyendo el futuro. La existencia misma de un Ministerio de Juventud e Infancia, aunque las competencias sobre esta materia recaen en gran medida en las Comunidades Autónomas, es una apuesta para centrar en la agenda los intereses de los jóvenes.

Sin embargo, la acción política de la juventud no debe limitarse al uso del voto. Se trata de involucrarse de forma práctica en la construcción de políticas públicas que aborden, por ejemplo, el acceso al mercado de trabajo, los salarios competitivos, una vivienda digna, la emancipación temprana o el derecho a estar informados en un entrono saturado de datos. El desafío es transformar la política tradicional, que muchas veces se reduce a mensajes partidistas, en un espacio de diálogo y rendición de cuentas que reúna a la ciudadanía joven en un lenguaje propio, libre de consignas dogmáticas.

En este sentido, resulta esencial generar espacios se conversación y participación que vayan más allá de las campañas electorales. Proyectos como ‘Con voz y voto’, ‘Diálogos por el futuro’ y el foro por el futuro de Europa son ejemplos de propuestas que abren canales de comunicación directa entre representantes políticos, organizaciones sociales y jóvenes ciudadanos. Estas iniciativas buscan romper el ciclo del desencanto y promover un compromiso activo, en el que la participación no se limite a una cita electoral, sino que se convierta en parte integral del proceso de transformación social. 

La desafección política entre los jóvenes tiene sus raíces en la falta de respuestas claras a sus necesidades. La percepción de que, a pesar de un elevado número de convocatorias, la acción pública no se traduce en mejoras tangibles en su vida diaria ha alimentado la indiferencia. Este desencanto se ve reforzado por el contraste entre el discurso político tradicional y la realidad vivida por los jóvenes, quienes demandan transparencia, innovación y una comunicación que refleje sus inquietudes. En lugar de ser meros receptores, ellos quieren ser protagonistas de la construcción de un futuro más justo y equitativo.

Para contrarrestar esta situación, es fundamental fomentar una cultura de la participación y el diálogo. La educación y la formación en pensamiento crítico son herramientas imprescindibles para empoderar a la juventud, de modo que puedan analizar, cuestionar y proponer alternativas en un mundo cada vez más complejo. La experiencia de participar en movimientos sociales y asociativos contribuye a que los jóvenes comprendan que su voz tiene un impacto real, que la rendición de cuentas y la transparencia son valores imprescindibles para una democracia saludable.

En definitiva, la visión y la voz de la juventud deben ser consideradas como un pilar en la construcción y mantenimiento de un sistema democrático. No se trata únicamente de votar, sino de participar activamente en la definición de políticas públicas que respondan a sus necesidades y aspiraciones. Es hora de transformar el desinterés en compromiso, de convertir la frustración en acción y de abrir nuevos canales de diálogo entre la ciudadanía y las instituciones. 

La apuesta es clara: recuperar la confianza en la política a través del ejercicio democrático más inclusivo y participativo. Solo así se podrá transformar la desafección en una fuerza que impulse el cambio, garantizando que las futuras generaciones no sólo hereden un país, sino también la capacidad de moldearlo según sus propios ideales.


Sin conversación, no hay pensamiento

por Enrique Titos Martínez

(Granada, 1960). Economista egresado del posgrado en IESE Business School y Kellogg Business University (EEUU) con trayectoria profesional en varios grupos financieros nacionales e internacionales, en las áreas financieras, de tesorería y seguros. Casado y padre de cuatro hijos; consejero y consultor de innovación en varias empresas, experto en procesos de transformación. Creador del Consejos Asesor de Innovación Abierta (CAIA) en Caser Seguros (Grupo Helvetia). Cofundador y Director del grupo El Alcázar de las Ideas, Jurado de los Premios Knowsquare, Fundador y Presidente de la Asociación Alexandreia Club de Lectura, y fundador de Cineforum Mensajes de Cine.


La inteligencia artificial ha transformado nuestra manera de vivir, trabajar e informarnos. En su afán por ofrecernos respuestas rápidas y soluciones automatizadas, esta tecnología se ha convertido en el último acelerón de un proceso que comenzó con la radio, continuó con la televisión y se consolidó con las redes sociales y las plataformas digitales. Se trata de sustituir progresivamente la conversación con la escucha pasiva y la visualización. Hoy, herramientas como ChatGPT refuerzan esta dinámica, ofreciendo resúmenes, análisis y síntesis de textos en cuestión de segundos, reduciendo la necesidad de leer, debatir y –en última instancia– pensar en compañía de otros.

Cada vez más construimos nuestras opiniones a solas, alimentándonos de contenido digitales que consumimos a través de las pantallas. Esto no es nuevo. Siempre nos hemos informado por los medios dominantes de cada época: desde los púlpitos de las iglesias hasta los cafés donde se discutía la Ilustración, pasando por los periódicos y la radio. Sin embargo, lo que sí es nuevo es la forma en que interactuamos con la información. Ya no llega a nosotros a través de la conversación, sino mediante dispositivos que nos presentan contenidos diseñados para captar nuestra atención y reforzar nuestras creencias previas. Así, la posibilidad de que una conversación real nos haga cambiar de opinión es cada vez más remota. 

Si un usuario le pidiese a ChatGPT que analizara libros determinados, las respuestas serán correctas, estructuradas e, incluso, convincentes. Para alguien que busque una idea general sobre los textos sin necesidad de poner un ojo en ellos, la inteligencia artificial es suficiente. Pero… ¿es suficiente? ¿Podemos realmente sustituir la experiencia de leer un libro entero por un resumen bien formulado?

Un libro no es sólo una recopilación de ideas, sino una conversación silenciosa entre autor y lector. Es un espacio de inmersión que permite matices, contradicciones y descubrimientos inesperados. Lo que un escritor plasma en sus páginas es el resultado de años de trabajo, dudas y pensamiento crítico. Reducir ese proceso a un extracto sintético es perder la riqueza de la lectura misma. Eso no se limita solo a los libros: las charlas con los amigos, los debates en torno a una mesa, las discusiones apasionadas sobre lo que hemos leído o visto son fundamentales para darle sentido a lo que aprendemos.

El problema no es la inteligencia artificial en sí misma, sino cómo la usamos. En lugar de permitir que reemplace la conversación, deberíamos integrarla como un recurso más en nuestra búsqueda de conocimiento, sin olvidar que el pensamiento no se construye en solitario ni a través de respuestas instantáneas. Pensamos mejor cuando hablamos, discutimos y nos atrevemos a confrontar ideas con otros. La verdadera comprensión no surge de leer un resumen, sino de debatirlo, cuestionarlo y enriquecerlo con nuevas perspectivas.

Si queremos evitar que la tecnología nos aísle aún más, debemos reivindicar el valor de la conversación. No basta con leer un análisis generado por un algoritmo o compartir artículos sin comentarios. Hay que recuperar la práctica de hablar, intercambiar opiniones con quienes piensan diferente, escuchar con atención y estar dispuestos a replantearnos nuestras propias certezas. Sin conversación, no hay pensamiento; sin pensamiento, solo nos queda aceptar pasivamente lo que nos dicen las máquinas.


La ciencia que excava en la historia

por David Cano

(Economista especializado en mercados financieros, con formación en la Universidad Autónoma de Madrid y posgrado en Afi Escuela de Finanzas. Director General de Afi Inversiones Globales, SGIIC, y socio de Analistas Financieros Internacionales. Cuenta con más de veinte años de experiencia en análisis económico y gestión de inversiones. Casado y padre de tres hijos, es autor de numerosos artículos y libros sobre economía y finanzas. Profesor en centros de posgrado, colaborador habitual en medios de comunicación y miembro del jurado de los Premios Know Square. Fundador del grupo de reflexión Los Siete del Prado y miembro del Club de Lectura Know Square.


No todos los libros sobre evolución humana están hechos para responder preguntas. Algunos como Homo antecessor de José María Bermúdez de Castro, nos invitan a acompañar una búsqueda. No es una obra de divulgación científica al uso, sino una crónica apasionante del hallazgo de una nueva especie humana y, al mismo tiempo, del camino que recorrió el equipo de científicos que la identificó. Resultó ser un proceso tan riguroso como humano, con sus incertidumbres, retrocesos, intuiciones, dudas y momentos de euforia. Una historia que recuerda mucho a los inicios de tantos proyectos transformadores, marcados por la escasez de recursos y la desbordante motivación inicial. 

La aventura comienza en julio de 1994 en la cueva de la Gran Dolina, en la sierra de Atapuerca, España. Aquel día se encontraron unos caninos humanos en el estrato TD6, rebautizado después como ‘estrato aurora’ en honor a su descubridora: Aurora Martín. En los meses siguientes aparecerían nuevos restos –un frontal y un maxilar– que conducirían a un hallazgo mayor: la identificación de una nueva especie del género Homo, ala que bautizaron como Homo antecessor. El nombre no se publicó hasta 1997, tras múltiples revisiones y obstáculos editoriales; no obstante, la evidencia era innegable. El hallazgo cuestionaba ideas asentadas sobre los primeros pobladores de Europa y obligaba a repensar la cronología de la presencia humana en el continente.

El descubrimiento, lejos de cerrar una etapa, abrió un horizonte. No sólo permitió afianzar una cantera de jóvenes investigadores que continúan hoy desentrañando el pasado desde Atapuerca –el mayor yacimiento de Pleistoceno del mundo–, sino que sembró preguntas cuyas respuestas todavía están por llegar. Una de ellas tiene que ver con “ATE9-1”, una mandíbula hallada en 2007 en la Sima del elefante, cuya antigüedad supera el millón de años. Por el momento, no se ha clasificado como Homo antecessor, sino simplemente como “Homo sp.”. Es un recordatorio de lo mucho que queda por descubrir.

Tal y como subrayan los autores del libro, parte del valor de la ciencia está en su capacidad para corregirse. Muchas de las hipótesis iniciales fueron refutadas, pero otras se consolidaron con el paso del tiempo hasta que técnicas nuevas (e.g. paleoproteómica – el análisis de proteínas fósiles en restos humanos) ofrecieron confirmaciones contundentes. En el capítulo final del libro, la emoción no está solo en el hallazgo, sino en la posibilidad de encontrar, en un diente, las huellas silenciosas de una vida de hace cientos de miles de años.Homo antecessor nos recuerda que la ciencia no avanza solo por acumulación de datos, sino también gracias al asombro, la persistencia y la humildad de quienes, sabiendo que no tienen todas las respuestas, siguen haciendo preguntas.


Economía en tensión: el enfrentamiento de dos mentes

por David Cano

(Economista especializado en mercados financieros, con formación en la Universidad Autónoma de Madrid y posgrado en Afi Escuela de Finanzas. Director General de Afi Inversiones Globales, SGIIC, y socio de Analistas Financieros Internacionales. Cuenta con más de veinte años de experiencia en análisis económico y gestión de inversiones. Casado y padre de tres hijos, es autor de numerosos artículos y libros sobre economía y finanzas. Profesor en centros de posgrado, colaborador habitual en medios de comunicación y miembro del jurado de los Premios Know Square. Fundador del grupo de reflexión Los Siete del Prado y miembro del Club de Lectura Know Square.


Durante casi dos décadas, dos gigantes del pensamiento económico protagonizaron un duelo intelectual entre el keynesianismo y el monetarismo. En Samuelson vs Friedman: la batalla por el libre mercado, el análisis de Nicholas Wapshott recoge este enfrentamiento, el cual se gestó en las páginas de Newsweek y resonó en las aulas de las grandes universidades estadounidenses. Lo que comenzó como una discusión informal entre columnas, se transformó en una batalla de ideas que, además de moldear el discurso económico, dejó un legado de rigor, debate y –sorprendentemente– amistad. 

El escenario estaba preparado en una época en la que el crecimiento del PIB en Estados Unidos se veía impulsado por la guerra de Vietnam y la estabilidad aparente de la inflación, condiciones que favorecían la revolución keynesiana. Sin embargo, la reaparición de problemas como la estanflación –estancamiento económico a la vez que persiste el alza de los precios y el aumento del desempleo– desafiaron ese modelo, dando cabida a una visión radicalmente distinta. Fue entonces cuando Milton Friedman, desde la Escuela de Economía de Chicago, emergió como el principal exponente del monetarismo y ofreció una crítica contundente de las políticas expansivas. Según él, éstas debilitaban el mercado. 

Así como muestra Wapshott, tanto Samuelson como Friedman compartieron orígenes humildes y una precocidad académica que les permitió destacar en un campo marcado por las tensiones ideológicas y el antisemitismo. Su rivalidad, intensa desde el inicio de sus carreras, no estuvo exenta de un profundo respeto personal. Friedman llegaba a manifestar que, a pesar de sus diferencias, sus debates se fundamentaban en una comprensión mutua de las bases empíricas y lógicas que sustentaban sus posturas. Esta dualidad –entre la generación intelectual de Samuelson y la actitud combativa de Friedman– dejó una huella evidente en el pensamiento económico.

A lo largo de los años, ambos fueron reconocidos con el Premio Nobel de Economía y se consolidaron como referentes de corrientes tan opuestas como complementarias. Samuelson, con su estilo didáctico y orientado a largo plazo, y Friedman, con su afán por confrontar y su aguda crítica, representaron dos formas de ver la economía: una que enfatizaba la intervención estatal para combatir el desempleo y la miseria y otra que apostaba por la eficiencia del libre mercado y la reducción de la acción gubernamental. 

La confrontación también se hizo patente en temas específicos: la gestión de la inflación, el papel de al política monetaria y la influencia de la Reserva Federal. Mientras Friedman defendía una estricta disciplina monetaria –recuperando la teoría cuantitativa del dinero–, Samuelson integró en su obra textos fundamentales que revolucionaron la enseñanza de la macroeconomía, situando al keynesianismo en el centro del debate durante décadas.

Este duelo no es sólo una reminiscencia del pasado, sino una invitación a reflexionar sobre cómo las ideas y los paradigmas económicos se moldean en función de las circunstancias históricas. En un contexto de elevada inflación y de debates sobre el rol del Estado en la economía, las lecciones de aquellos enfrentamientos se vuelven relevantes para comprender y responder a los desafíos actuales. Samuelson vs Friedman: la batalla por el libre mercado es, sin duda, un testimonio de cómo el intercambio de ideas, las confrontaciones intelectuales y el respeto mutuo pueden impulsar el avance del conocimiento, a pesar de las diferencias. Una lección que enaltece cómo, incluso en los debates más acalorados, el diálogo y la búsqueda deben prevalecer para llegar al equilibrio.


Sociedad civil: el motor invisible de una democracia fuerte

por Enrique Titos Martínez

(Granada, 1960). Economista egresado del posgrado en IESE Business School y Kellogg Business University (EEUU) con trayectoria profesional en varios grupos financieros nacionales e internacionales, en las áreas financieras, de tesorería y seguros. Casado y padre de cuatro hijos; consejero y consultor de innovación en varias empresas, experto en procesos de transformación. Creador del Consejos Asesor de Innovación Abierta (CAIA) en Caser Seguros (Grupo Helvetia). Cofundador y Director del grupo El Alcázar de las Ideas, Jurado de los Premios Knowsquare, Fundador y Presidente de la Asociación Alexandreia Club de Lectura, y fundador de Cineforum Mensajes de Cine.


¿Qué papel juega la sociedad civil en el buen funcionamiento de una democracia? ¿Hasta qué punto las iniciativas ciudadanas pueden equilibrar la acción política? Estas preguntas cobran cada vez más urgencia en contextos marcados por la polarización, el estancamiento institucional y la complejidad de los retos globales.

En las últimas décadas, los canales tradicionales de participación ciudadana se han visto limitados. Votar cada cuatro años parece insuficiente ante la velocidad de los cambios sociales, económicos y tecnológicos. Por eso, repensar el papel de la sociedad civil no es un lujo, sino una necesidad.

La sociedad civil no es un concepto abstracto, ni un actor menor en la escena política. Es el conjunto de iniciativas que canalizar el compromiso de las personas con el bien común. Ese compromiso adopta formas concretas –asociaciones, fundaciones, universidades e incluso empresas– y se expresa a través de acciones sostenidas en el tiempo, guiado por valores compartidos y un propósito de trascendencia. 

Aunque nacen del ámbito privado, estas iniciativas pueden, y deben, colaborar con instituciones públicas. No para sustituirlas, sino para complementarlas, reforzarlas, cuestionarlas cuando sea necesario y proponer soluciones allí donde la política no llega o alcanza. En esta interacción entre lo institucional y lo ciudadano se construye un equilibrio saludable que fortalece la democracia.

La sociedad civil es también una llamada al compromiso práctico. Tiempo, ideas, recursos: el skin in the game que vincula con aquello que se quiere ver prosperar. Lejos del inmovilizo o la crítica estéril, implica actuar desde los valores personales para transformar colectivamente el entorno.
Los valores compartidos –justicia, solidaridad, igualdad de oportunidades– son el cemento de toda iniciativa que aspire a trascender lo inmediato. No basta con desear un cambio: hay que contribuir activamente a él. Cuando ese compromiso se convierte en acción organizada, aparecen proyectos sociales, culturales o educativos que no sólo responden a necesidades actuales, sino que siembran posibilidades futuras.

Una sociedad civil fuerte no significa una ciudadanía que se opone sistemáticamente a lo político. Muy al contrario, implica ciudadanos capaces de ejercer una crítica constructiva, informada y generosa, que amplía el debate y obliga a repensar los límites de lo posible. Implica también la disposición de actuar con perseverancia en lugar de delegar la responsabilidad de todo en los representantes políticos. 

En países como los de Europa del norte, donde el tejido social es sólido y las instituciones son ampliamente valoradas, el papel de la sociedad civil se ha cultivado durante décadas. En estos contextos, el pensamiento crítico se fomenta desde la escuela, las universidades cuentan con redes de apoyo estables y los ciudadanos participan activamente en el diseño de su propio modelo de convivencia.

En España, sin embargo, aún queda un largo camino por recorrer. El fortalecimiento de la sociedad civil dependerá de reconocer su valor como pilar democrático, entender su capacidad de transformación y asumir que, sin ella, la acción política queda huérfana de diálogo con la ciudadanía.

Las políticas públicas no pueden, ni deben, llegar a todas partes. En esa limitación se abre un espacio fértil para las iniciativas sociales que surgen desde abajo, organizadas, transparentes, sostenidas por convicciones profundas y orientadas a una idea simple pero poderosa: dejar una sociedad mejor de la que encontramos. 

Una sociedad civil viva es señal de una democracia madura. Cuando la ciudadanía se implica, se asocia, propone, colabora y exige con argumentos, los partidos político son pueden permanecer indiferentes. Ese diálogo entre instituciones y ciudadanos organizados es quizás la mejor garantía de una convivencia sólida, plural y resistente al desgaste del tiempo.


Inteligencia artificial, ¿quién pone los límites?

por Enrique Titos Martínez

(Granada, 1960). Economista egresado del posgrado en IESE Business School y Kellogg Business University (EEUU) con trayectoria profesional en varios grupos financieros nacionales e internacionales, en las áreas financieras, de tesorería y seguros. Casado y padre de cuatro hijos; consejero y consultor de innovación en varias empresas, experto en procesos de transformación. Creador del Consejos Asesor de Innovación Abierta (CAIA) en Caser Seguros (Grupo Helvetia). Cofundador y Director del grupo El Alcázar de las Ideas, Jurado de los Premios Knowsquare, Fundador y Presidente de la Asociación Alexandreia Club de Lectura, y fundador de Cineforum Mensajes de Cine.


Durante siglos, los avances tecnológicos han transformado la forma en que los seres humanos habitamos el mundo, pero siempre bajo la premisa de que nosotros seguíamos siendo el centro del sistema. La Revolución Industrial reemplazó a los animales de carga y los oficios manuales, pero también creó nuevas profesiones; lo mismo ocurrió durante la revolución informática de finales del siglo XX y en los albores de la era digital. En cada etapa, hubo ajustes y desafíos, pero el ser humano conservó su papel protagonista. Hoy, con el despliegue acelerado de la inteligencia artificial (IA), esa centralidad pareciera ponerse en duda.

Desde el lanzamiento de herramientas como ChatGPT, la IA ha dejado de ser un concepto futurista para convertirse en una realidad cotidiana. Su capacidad para generar texto, imágenes, videos e incluso código en cuestión de segundos plantea una pregunta fundamental: ¿qué ocurre cuando la inteligencia deja de ser exclusivamente humana? Por primera vez, nos enfrentamos a una tecnología que no sólo automatiza tareas, sino que imita –y en ocasiones supera– las capacidades cognitivas humanas. Además, lo hace hace a una velocidad que deja poco margen de adaptación. 

La IA generativa, los sistemas autónomos, la biología sintética o los enjambres de drones son ya más que ideas de ciencia ficción. Avances que hace pocos años parecían impensables, hoy se desarrollan a un ritmo descentralizado, accesible y en manos de un reducido grupo de empresas que concentran el talento, el software y el hardware necesarios para definir el futuro. Frente a este nuevo paradigma, ¿quién regula? ¿Quién establece las líneas éticas de lo que sí se puede hacer?

Las implicaciones van más allá del mercado laboral o la economía. En un mundo donde las máquinas pueden simular emociones, resolver problemas y adaptarse al entorno, la IA pone en cuestión nuestra propia identidad. ¿Qué nos hace humanos cuando ya no somos los únicos capaces de razonar, crear o decidir? La diferencia entre lo artificial y lo biológico se difumina; la posibilidad de que se utilicen estas tecnologías con fines perjudiciales no es lejana, desde armas autónomas hasta manipulación a gran escala. 

Por ello, se vuelve urgente una reflexión ética que no quede únicamente en manos de gobiernos o comités académicos. Las empresas –que serán las principales intermediarias entre la IA y la ciudadanía– deben asumir también su responsabilidad. Una “carta de principios” sobre el uso de la inteligencia artificial no debería ser una excepción, sino una norma básica en cualquier estrategia de transformación digital. La transparencia, la información clara y el respeto por la autonomía de los usuarios deben ser pilares de este nuevo contrato social.

Más aún: pareciera que necesitamos una “constitución de la IA”: un marco legal transnacional que establezca límites, derechos y obligaciones ante esta disrupción histórica. No se trata de detener el progreso, sino de canalizarlo. Como advirtió el propio CEO de Google, Sundar Pichai, la IA puede tener un impacto mayor que el fuego o la electricidad. Precisamente por eso, no puede desplegarse sin principios.

El futuro no está escrito, pero el rumbo que tomemos dependerá de las decisiones que empecemos a tomar hoy. Si dejamos que las reglas del juego las dicten exclusivamente los intereses económicos, corremos el riesgo de que el costo lo pague –para no variar– la ciudadanía. En cambio, si apostamos por un desarrollo ético, responsable y transparente, tal vez podamos convivir con la inteligencia artificial sin perder de vista lo esencialmente humano.


China en voz baja, lecciones de una civilización que nunca se fue

por Enrique Titos Martínez

(Granada, 1960). Economista egresado del posgrado en IESE Business School y Kellogg Business University (EEUU) con trayectoria profesional en varios grupos financieros nacionales e internacionales, en las áreas financieras, de tesorería y seguros. Casado y padre de cuatro hijos; consejero y consultor de innovación en varias empresas, experto en procesos de transformación. Creador del Consejos Asesor de Innovación Abierta (CAIA) en Caser Seguros (Grupo Helvetia). Cofundador y Director del grupo El Alcázar de las Ideas, Jurado de los Premios Knowsquare, Fundador y Presidente de la Asociación Alexandreia Club de Lectura, y fundador de Cineforum Mensajes de Cine.


En un mundo donde la urgencia marca el ritmo, Observar el arroz crecer de Julio Ceballos propone una revolución silenciosa: mirar con calma. No se trata de un tratado político ni de un manual de estrategia internacional, sino de una recopilación de breves textos –88 pequeñas cápsulas de observación y análisis– que invitan a descubrir una China que no suele llegar a los titulares. Una China que no se explica del todo, pero que sí se puede empezar a intuir si se observa con la atención que requiere lo complejo, lo distante, lo profundamente distinto. 

A diferencia de muchos libros que analizan el presente de China desde las grandes cifras, la geopolítica o la competencia global con Estados Unidos, el enfoque de Ceballos es otro. Parte de lo cotidiano, de lo aparentemente menor, para mostrar un tejido social sostenido por valores tan antiguos como persistentes: la paciencia, la colectividad, la disciplina o la continuidad. El autor, que ha vivido y trabajado durante años en ese país como negociador entre culturas, no busca sentenciar ni simplificar. Al contrario, pues reconoce que el conocimiento en China es siempre parcial, que la mirada extranjera apenas araña la superficie de lo que allí sucede y que parte del ejercicio está en aceptar esa limitación sin renunciar al intento.

Lo fascinante del libro podría ser que, sin presentarse como obra académica, logra dibujar un retrato que va más allá de lo anecdótico. Ceballos lleva de la mano por paisajes humanos y culturales que revelan una forma de estar en el mundo radicalmente diferente a la occidental. En China, lo individual nunca pesa más que lo colectivo, la estabilidad es preferible a la libertad dado que ésta se entiende como capricho y el mérito se mide por la capacidad de sostener una visión a largo plazo. Todo ello no es una imposición moderna, sino la continuidad de una lógica que ha sobrevivido imperios, revoluciones, colonizaciones y globalizaciones.

Mientras Occidente parece perder cohesión, atrapado en la lógica de los ciclos electorales, la polarización y el cortoplacismo, China avanza con otro compás. Xi Jinping no es una anomalía, sino la expresión de una tradición de poder que busca la armonía social antes que la confrontación política. Se trata de un modelo que es inquietante para muchos, pero que también interpela desde su eficacia y su constancia. Como recuerda el autor, Estados Unidos sigue siendo la primera potencia mundial, pero empieza a replegarse. En ese vacío, China no irrumpe, sino que se instala sigilosamente.

Observar el arroz crecer no busca convencer, sino matizar. No hay tesis cerradas, sino insinuaciones que invitan a la reflexión. Leído con perspectiva global, el libro no es sólo sobre China; también es sobre cómo miramos y lo que entendemos por desarrollo, libertad y liderazgo. En un tiempo de tanto ruido, su mayor aporte es ese: enseñarnos a escuchar lo que se dice en voz baja, a prestar atención a quienes no gritan y a aceptar que, en ocasiones, entender al otro empieza por aprender a esperar. Como quien observa el arroz crecer.


Entre neuronas y réplicas: una lectura sobre lo que (aún) nos hace humanos

por Enrique Titos Martínez

(Granada, 1960). Economista egresado del posgrado en IESE Business School y Kellogg Business University (EEUU) con trayectoria profesional en varios grupos financieros nacionales e internacionales, en las áreas financieras, de tesorería y seguros. Casado y padre de cuatro hijos; consejero y consultor de innovación en varias empresas, experto en procesos de transformación. Creador del Consejos Asesor de Innovación Abierta (CAIA) en Caser Seguros (Grupo Helvetia). Cofundador y Director del grupo El Alcázar de las Ideas, Jurado de los Premios Knowsquare, Fundador y Presidente de la Asociación Alexandreia Club de Lectura, y fundador de Cineforum Mensajes de Cine.


¿Qué nos diferencia de una máquina? ¿Dónde termina el conocimiento y empieza la conciencia? ¿Puede una inteligencia artificial desear vivir, sentir alegría o temer la muerte? Estas preguntas, que hasta hace poco parecían reservadas a los guiones de ciencia ficción, empiezan a resonar con fuerza en los espacios más serios del pensamiento científico y filosófico. Precisamente en ese cruce entre el cine, la neurociencia y la reflexión humanista se sitúa el libro Cosas que nunca creerías, del neurocientífico Rodrigo Quian Quiroga. 

A través de diez películas icónicas, desde Blade Runner hasta Matrix, el autor invita a un recorrido que no sólo es un homenaje a la ciencia ficción como género visionario, sino también una profunda meditación sobre los límites –cada vez más difusos– entre hombre y máquina, recuerdo e invención, lo vivido y lo proyectado. Su propuesta es provocadora: si nuestra identidad está anclada a la memoria y ésta puede manipularse, ¿qué garantiza la autenticidad del yo? ¿Seríamos los mismos si olvidásemos lo que somos? ¿Qué pasaría si pudiéramos programar nuestros recuerdos?

Lejos de ser un tratado técnico, el libro es una guía apasionada que combina el rigor científico con una escritura accesible y estimulante. Rodrigo Quian Quiroga, también autor de Borges y la memoria, se apoya en sus descubrimientos sobre las «neuronas de concepto» (células cerebrales que asocian ideas abstractas a imágenes concretas) para construir un puente entre el laboratorio y la pantalla. También, nos recuerda con una admirable humildad que la ciencia aún no tiene todas las respuestas. Hay misterios aún, como la conciencia o el sentimiento de finitud, que escapan a nuestra comprensión. 

En Odisea del espacio 2001, el ordenador HAL 9000 asesina por miedo a ser desconectado. En Minority Report, la tecnología permite anticipar delitos futuros, cuestionando el libre albedrío. En Abre los ojos, vivir tiene sentido porque existe la posibilidad de morir. Cada una de estas historias plantea una hipótesis que la neurociencia aún no puede confirmar ni refutar del todo. ¿Podrá una máquina sentir lo que un ser humano? ¿Podrá sufrir nostalgia, sentir deseo o arrepentimiento? En palabras del autor, la inteligencia artificial puede imitar, pero todavía no puede encarnar la experiencia emocional que define a lo humano.

El libro de Quian Quiroga recuerda que la ciencia ficción ha sido siempre una manera de preguntarnos por el presente. Sugiere que las distracciones no son profecías, sino espejos deformados en los que podemos ver reflejadas nuestras aspiraciones, miedos y contradicciones. También, insiste que en un mundo cada vez más mediado por algoritmos, realidades virtuales y procesos automatizados, preguntarse qué significa ser humano es más urgente que nunca.

Un texto que empuja hacia un lugar incómodo y necesario: el de la duda.