La ciencia que excava en la historia

por David Cano

(Economista especializado en mercados financieros, con formación en la Universidad Autónoma de Madrid y posgrado en Afi Escuela de Finanzas. Director General de Afi Inversiones Globales, SGIIC, y socio de Analistas Financieros Internacionales. Cuenta con más de veinte años de experiencia en análisis económico y gestión de inversiones. Casado y padre de tres hijos, es autor de numerosos artículos y libros sobre economía y finanzas. Profesor en centros de posgrado, colaborador habitual en medios de comunicación y miembro del jurado de los Premios Know Square. Fundador del grupo de reflexión Los Siete del Prado y miembro del Club de Lectura Know Square.


No todos los libros sobre evolución humana están hechos para responder preguntas. Algunos como Homo antecessor de José María Bermúdez de Castro, nos invitan a acompañar una búsqueda. No es una obra de divulgación científica al uso, sino una crónica apasionante del hallazgo de una nueva especie humana y, al mismo tiempo, del camino que recorrió el equipo de científicos que la identificó. Resultó ser un proceso tan riguroso como humano, con sus incertidumbres, retrocesos, intuiciones, dudas y momentos de euforia. Una historia que recuerda mucho a los inicios de tantos proyectos transformadores, marcados por la escasez de recursos y la desbordante motivación inicial. 

La aventura comienza en julio de 1994 en la cueva de la Gran Dolina, en la sierra de Atapuerca, España. Aquel día se encontraron unos caninos humanos en el estrato TD6, rebautizado después como ‘estrato aurora’ en honor a su descubridora: Aurora Martín. En los meses siguientes aparecerían nuevos restos –un frontal y un maxilar– que conducirían a un hallazgo mayor: la identificación de una nueva especie del género Homo, ala que bautizaron como Homo antecessor. El nombre no se publicó hasta 1997, tras múltiples revisiones y obstáculos editoriales; no obstante, la evidencia era innegable. El hallazgo cuestionaba ideas asentadas sobre los primeros pobladores de Europa y obligaba a repensar la cronología de la presencia humana en el continente.

El descubrimiento, lejos de cerrar una etapa, abrió un horizonte. No sólo permitió afianzar una cantera de jóvenes investigadores que continúan hoy desentrañando el pasado desde Atapuerca –el mayor yacimiento de Pleistoceno del mundo–, sino que sembró preguntas cuyas respuestas todavía están por llegar. Una de ellas tiene que ver con “ATE9-1”, una mandíbula hallada en 2007 en la Sima del elefante, cuya antigüedad supera el millón de años. Por el momento, no se ha clasificado como Homo antecessor, sino simplemente como “Homo sp.”. Es un recordatorio de lo mucho que queda por descubrir.

Tal y como subrayan los autores del libro, parte del valor de la ciencia está en su capacidad para corregirse. Muchas de las hipótesis iniciales fueron refutadas, pero otras se consolidaron con el paso del tiempo hasta que técnicas nuevas (e.g. paleoproteómica – el análisis de proteínas fósiles en restos humanos) ofrecieron confirmaciones contundentes. En el capítulo final del libro, la emoción no está solo en el hallazgo, sino en la posibilidad de encontrar, en un diente, las huellas silenciosas de una vida de hace cientos de miles de años.Homo antecessor nos recuerda que la ciencia no avanza solo por acumulación de datos, sino también gracias al asombro, la persistencia y la humildad de quienes, sabiendo que no tienen todas las respuestas, siguen haciendo preguntas.