Abundancia o decrecimiento: es lo que importa?

Reconozco que no había pensado mucho en la palabra abundancia. Abundancia proviene del latín abundantia, es un sustantivo derivado del verbo abundare. Este término se compone del prefijo ab- (separación o desde el exterior) y el verbo undare (fluir u ondear), que a su vez viene de unda (ola). Etimológicamente, significa «desbordar» o «rebosar», evocando la imagen de una ola que supera los límites de un recipiente.

El ser humano es el único ser vivo que puede crear abundancia con propósito, con la intención de hacerlo, planificándolo.

Las abejas pueden crecer como ejércitos y crear abundancia, desbordantes depósitos de miel, pero la suya es una abundancia no intencional, sino efecto de una multiplicación natural, producto de acciones su código genético. 

El hombre crea abundancia o escasez por diseño, aptitud o actitud. Su dimensión relacional y cognitiva le permite diseñar y no solo ser parte de los futuros posibles para los seres irracionales o inhumanos. 

Esta es la principal tesis de este libro, “Abundancia” de Ezra Klein y Derek Thompson. 

El ser humano ha progresado a lo largo de la historia, lentamente durante miles de años y exponencialmente desde la Revolución Industrial en Occidente y aún más empinadamente desde la Segunda Guerra Mundial y principios de este siglo. 

Ha sido la tecnología imperante en cada etapa la que ha creado abundancia o escasez, la que ha empedrado el camino no siempre lineal del progreso.  Los imperios han emergido o caído gracias a la tecnología y los avances del conocimiento. El sedentarismo y el cultivo fueron la base de la civilización humana, los templos y las ciudades. El estribo en el siglo XIV permitió a los mongoles disparar mientras cabalgaban y conquistar así el mayor imperio terrestre que nunca ha existido.

A partir de 1800 y aceleradamente desde la Segunda Guerra Mundial, la abundancia está marcada por los contextos sociales, culturales y geográficos de cada grupo de población. En el siglo XIV, la China de la dinastía Song del sur estaba en muchos campos más avanzada tecnológicamente que la Europa

Han sido las políticas públicas de los grupos en el poder quienes han sido capaces de generar abundancia o progreso, o escasez y estancamiento.  Solo hace falta observar el surgimiento y caída de los imperios históricos. 

Pero abundancia es también un término multisemántico. 

Podemos pensar en abundancia o escasez, su antónimo, en términos de bienes materiales, de accesibilidad, de valores espirituales, y siempre en términos de desigualdad y diferencia, porque lo que abunda no lo hace siempre para los mismos, o de forma homogénea. 

Llegar al término justo de qué abunda, de qué falta y redistribuirlo ha sido la cruzada del orden multilateral desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Un propósito caso quimérico, pero con muchos logros, como explica  Factfulness, de Hans Rossling. Vale la pena intentarlo. Con errores y aciertos, es lo que pretenden las políticas públicas, que son instrumentos de convivencia tan buenos como las élites o gobiernos que las desarrollan.

El hecho es que hoy la ciencia y la tecnología pueden crear abundancia o escasez como nunca antes, pero como siempre son las acciones del gobierno o del poder las que dificultan y allanan el camino. 

Ante el imparable ascenso de China, que reivindica hoy el lugar que ha tenido en la historia, la lucha bipartidista y la burocracia de derechos y contratos en Estados Unidos han hecho que este país vea amenazada su supremacía mundial, dice este libro, y que además se hayan generado desigualdades económicas y sociales de una dimensión preocupante. 

En la Unión Europea y en los países europeos ha ocurrido algo similar, pero muy dependientes de la abundancia generada en Estados Unidos. 

China, en su cruzada incansable a favor del progreso, aunque sin libertad y con control centralizado, crea cada vez más abundancia material con desigualdad menos intolerable. 

Por ello, cuando hablamos de abundancia, debemos hacernos dueños de nuestros destinos.  Somos los humanos todos los que creamos abundancia o escasez. 

A mayor avance social, mayor complejidad. A mayor complejidad, más aporta el diálogo a la comprensión y a los buenas decisiones. 

Esto ya sucede en los clubes de lectura.  Cuando los libros, cuando la lectura es compartida, se comprenden otros ángulos, se incrementa la comprensión de otros puntos de vista, porque abundancia y escasez es el resultado de acuerdos muy humanos.

Frente a la complejidad, simplificación, desaparición de la democracia y gobierno de los países como si de empresas se tratara, con un jefe del gobierno CEO al frente, elegido por una camarilla de próximos. Es la complejidad de la democracia y del estado de derecho lo que está inhibiendo el potencial de aceleración (también de creación de abundancia) que permite la ciencia y la tecnología, son las tesis que defienden los proponentes de la llamada ilustración oscura, del cual hablamos en este post.

Crear abundancia, como concepto más posible partiendo de las actitudes correctas, con consenso, no con imposición, y usando de forma comedida las posibilidades de la ciencia y tecnología actuales (evitando ser aprendiz de brujo), sí es un objetivo loable, si se busca que una mayoría de la humanidad pueda sentarse en la mesa, no sólo estar en el menú.

Entre democracia y autoritarismo, dos conflictos en un mismo tablero

por Enrique Titos Martínez

(Granada, 1960). Economista egresado del posgrado en IESE Business School y Kellogg Business University (EEUU) con trayectoria profesional en varios grupos financieros nacionales e internacionales, en las áreas financieras, de tesorería y seguros. Casado y padre de cuatro hijos; consejero y consultor de innovación en varias empresas, experto en procesos de transformación. Creador del Consejos Asesor de Innovación Abierta (CAIA) en Caser Seguros (Grupo Helvetia). Cofundador y Director del grupo El Alcázar de las Ideas, Jurado de los Premios Knowsquare, Fundador y Presidente de la Asociación Alexandreia Club de Lectura, y fundador de Cineforum Mensajes de Cine.


La guerra de Ucrania y el conflicto en Israel son dos episodios que, a pesar de sus diferencias históricas y de ubicación geográfica, se enmarcan en un mismo paradigma: el enfrentamiento entre valores democráticos y formas de poder autoritario

Tras el ataque terrorista de Hamás del 7 de octubre de 2023, Israel se vio inmerso en un conflicto que –con el tiempo– ha generado una movilización militar y diplomática sin precedentes en la región. Paralelamente, la invasión de Ucrania por parte de Rusia, iniciada el 24 de febrero de 2022, sigue evolucionando en un escenario que pareciera carecer de rumbo u objetivo. Las previsiones iniciales han cambiado dada la inquebrantable resistencia ucraniana y el sólido apoyo del bloque occidental. 

Ambos conflictos representan, en esencia, deseos por modificar el statu quo: Rusia busca extender su influencia y alterar la integridad de Ucrania, mientras que Israel y sus grupos terroristas aspiran a cuestionar la existencia misma del Estado hebreo. En Ucrania, la estrategia es defensiva, orientada a preservar la integridad territorial, mientras que en Israel la dinámica es aún más compleja, pues se combinan elementos de ocupación, control de fronteras y una lucha constante contra actores terroristas, con repercusiones que trascienden lo meramente militar.

A lo largo de los meses transcurridos desde los inicios de ambos conflictos, se ha evidenciado un patrón: la confrontación entre un Occidente democrático y las fuerzas autocráticas o de inspiración islamista. Este enfrentamiento se intensifica por el control de la comunicación. En el caso de Ucrania, la cobertura mediática permite generar una amplia simpatía en Occidente, a pesar de las restricciones impuestas por el apagón informativo en Rusia. En Israel, por su parte, el impacto inicial de las atrocidades cometidas en octubre de 2023 ha sido reemplazado en la narrativa pública por una exposición continua de bajas y operaciones militares, poco a poco reconfigurando la memoria colectiva.

Al día de hoy, mientras que en Ucrania persiste en la “imprevisibilidad”, en Israel las tensiones se mantienen al máximo. Las fuerzas armadas israelíes siguen actuando en la frontera, en una situación en las era la ayuda humanitaria y la búsqueda de una solución a la crisis de los secuestrados se convierten en exigencias crecientes de la opinión pública internacional. Asimismo, la amenaza latente de que actores externos –como Irán– influyan en el conflicto, añade otra capa de complejidad.

A su vez, la geopolítica actual se ve marcada por un agotamiento estratégico en el gran teatro mundial. Estados Unidos, que históricamente ha actuado como defensor del orden basado en valores democráticos, se encuentra dividido entre la gestión del frente europeo y la constante presión en Medio Oriente. La asistencia militar a Ucrania, junto con el despliegue de fuerzas en el Mediterráneo y el Océano Índico para respaldar a Israel, evidencian que el costo de mantener dos frentes simultáneos es cada vez más alto –tanto para recursos como para credibilidad internacional. 

Los paralelismos entre Ucrania e Israel no pueden reducirse únicamente a la lucha por el territorio, sino que simbolizan el choque entre dos modos de entender el poder, la soberanía y el valor de la libertad. Este panorama nos invita a reflexionar sobre el rol de la comunicación y el control informativo. En ambos conflictos, la narrativa oficial y la cobertura mediática han sido herramientas esenciales para dar forma a la percepción del público, ya esa resaltando la resistencia ucraniana o enfatizando la urgencia de una respuesta israelí. La batalla por las ideas y los relatos es tan importante como la batalla en el campo de combate. 

La convergencia de estos conflictos nos plantea una interrogante esencial: ¿cómo se configuran las fronteras entre la democracia y el autoritarismo en el siglo XXI? Las guerras en Ucrania e Israel, con sus particularidades y consecuencias asimétricas, nos muestran que la lucha por la identidad y la seguridad de los estados es un proceso dinámico y multifacético, en el que el control de la comunicación y la gestión de la narrativa pueden determinar el rumbo de la historia.


La voz moza que transforma la democracia

por Mireya Diouri

Especialista en participación juvenil y políticas públicas, actualmente es Project Manager en Talento para el Futuro, plataforma pionera que promueve la representación activa de la juventud en los espacios de decisión en España. Anteriormente trabajó en Faconauto como Responsable de Asuntos Regulatorios y colaboró con el Consulado de Uruguay en Sevilla durante su formación de posgrado en Estudios Europeos. Con una doble licenciatura en Derecho y Ciencias Políticas, ha orientado su carrera a fortalecer la presencia de los jóvenes en los sectores público y privado, impulsando iniciativas que garantizan su implicación real en los procesos de transformación social.


La situación de la juventud y su papel en la sociedad siempre ha representado un reto intergeneracional. En el contexto de los años posteriores a la pandemia de COVID-19 y en un entorno marcado por convocatorias electorales constantes –como las de 2024, año super electoral a nivel mundial, se intensificó la sensación de desconexión y desafección política. Las instituciones públicas, sin importar la ideología de quienes han ostentado el poder, mantienen una deuda histórica con la nueva generación, cuya situación económico-social promete mejoras, pero que, a efectos de relato, parece quedar varada en el proceso.

La desafección se agrava en un contexto en el que el flujo de mensajes de alera y las constantes llamadas electorales han contribuido a generar un sentimiento de hastío. Cuando el derecho al voto, especialmente entre los jóvenes de 16 a 29 años, se traduce en cifras que –en España– representan sólo un 23,4% de la población activa, la percepción de irrelevancia crece. Más que un simple desencanto, se trata de una desconexión que afecta a la confianza en la política y a la motivación para participar en la toma de decisiones.

Desde los movimientos asociativos juveniles se ha puesto el foco en la importancia de dar voz y visibilidad a esta generación. La experiencia demuestra que la juventud, con sus intereses y perspectivas diversas, es un motor clave para la renovación de las instituciones. Es por ello que las iniciativas más recientes se han convertido en canales esenciales para expresar las demandas y propuestas de aquellos que están construyendo el futuro. La existencia misma de un Ministerio de Juventud e Infancia, aunque las competencias sobre esta materia recaen en gran medida en las Comunidades Autónomas, es una apuesta para centrar en la agenda los intereses de los jóvenes.

Sin embargo, la acción política de la juventud no debe limitarse al uso del voto. Se trata de involucrarse de forma práctica en la construcción de políticas públicas que aborden, por ejemplo, el acceso al mercado de trabajo, los salarios competitivos, una vivienda digna, la emancipación temprana o el derecho a estar informados en un entrono saturado de datos. El desafío es transformar la política tradicional, que muchas veces se reduce a mensajes partidistas, en un espacio de diálogo y rendición de cuentas que reúna a la ciudadanía joven en un lenguaje propio, libre de consignas dogmáticas.

En este sentido, resulta esencial generar espacios se conversación y participación que vayan más allá de las campañas electorales. Proyectos como ‘Con voz y voto’, ‘Diálogos por el futuro’ y el foro por el futuro de Europa son ejemplos de propuestas que abren canales de comunicación directa entre representantes políticos, organizaciones sociales y jóvenes ciudadanos. Estas iniciativas buscan romper el ciclo del desencanto y promover un compromiso activo, en el que la participación no se limite a una cita electoral, sino que se convierta en parte integral del proceso de transformación social. 

La desafección política entre los jóvenes tiene sus raíces en la falta de respuestas claras a sus necesidades. La percepción de que, a pesar de un elevado número de convocatorias, la acción pública no se traduce en mejoras tangibles en su vida diaria ha alimentado la indiferencia. Este desencanto se ve reforzado por el contraste entre el discurso político tradicional y la realidad vivida por los jóvenes, quienes demandan transparencia, innovación y una comunicación que refleje sus inquietudes. En lugar de ser meros receptores, ellos quieren ser protagonistas de la construcción de un futuro más justo y equitativo.

Para contrarrestar esta situación, es fundamental fomentar una cultura de la participación y el diálogo. La educación y la formación en pensamiento crítico son herramientas imprescindibles para empoderar a la juventud, de modo que puedan analizar, cuestionar y proponer alternativas en un mundo cada vez más complejo. La experiencia de participar en movimientos sociales y asociativos contribuye a que los jóvenes comprendan que su voz tiene un impacto real, que la rendición de cuentas y la transparencia son valores imprescindibles para una democracia saludable.

En definitiva, la visión y la voz de la juventud deben ser consideradas como un pilar en la construcción y mantenimiento de un sistema democrático. No se trata únicamente de votar, sino de participar activamente en la definición de políticas públicas que respondan a sus necesidades y aspiraciones. Es hora de transformar el desinterés en compromiso, de convertir la frustración en acción y de abrir nuevos canales de diálogo entre la ciudadanía y las instituciones. 

La apuesta es clara: recuperar la confianza en la política a través del ejercicio democrático más inclusivo y participativo. Solo así se podrá transformar la desafección en una fuerza que impulse el cambio, garantizando que las futuras generaciones no sólo hereden un país, sino también la capacidad de moldearlo según sus propios ideales.


Sociedad civil: el motor invisible de una democracia fuerte

por Enrique Titos Martínez

(Granada, 1960). Economista egresado del posgrado en IESE Business School y Kellogg Business University (EEUU) con trayectoria profesional en varios grupos financieros nacionales e internacionales, en las áreas financieras, de tesorería y seguros. Casado y padre de cuatro hijos; consejero y consultor de innovación en varias empresas, experto en procesos de transformación. Creador del Consejos Asesor de Innovación Abierta (CAIA) en Caser Seguros (Grupo Helvetia). Cofundador y Director del grupo El Alcázar de las Ideas, Jurado de los Premios Knowsquare, Fundador y Presidente de la Asociación Alexandreia Club de Lectura, y fundador de Cineforum Mensajes de Cine.


¿Qué papel juega la sociedad civil en el buen funcionamiento de una democracia? ¿Hasta qué punto las iniciativas ciudadanas pueden equilibrar la acción política? Estas preguntas cobran cada vez más urgencia en contextos marcados por la polarización, el estancamiento institucional y la complejidad de los retos globales.

En las últimas décadas, los canales tradicionales de participación ciudadana se han visto limitados. Votar cada cuatro años parece insuficiente ante la velocidad de los cambios sociales, económicos y tecnológicos. Por eso, repensar el papel de la sociedad civil no es un lujo, sino una necesidad.

La sociedad civil no es un concepto abstracto, ni un actor menor en la escena política. Es el conjunto de iniciativas que canalizar el compromiso de las personas con el bien común. Ese compromiso adopta formas concretas –asociaciones, fundaciones, universidades e incluso empresas– y se expresa a través de acciones sostenidas en el tiempo, guiado por valores compartidos y un propósito de trascendencia. 

Aunque nacen del ámbito privado, estas iniciativas pueden, y deben, colaborar con instituciones públicas. No para sustituirlas, sino para complementarlas, reforzarlas, cuestionarlas cuando sea necesario y proponer soluciones allí donde la política no llega o alcanza. En esta interacción entre lo institucional y lo ciudadano se construye un equilibrio saludable que fortalece la democracia.

La sociedad civil es también una llamada al compromiso práctico. Tiempo, ideas, recursos: el skin in the game que vincula con aquello que se quiere ver prosperar. Lejos del inmovilizo o la crítica estéril, implica actuar desde los valores personales para transformar colectivamente el entorno.
Los valores compartidos –justicia, solidaridad, igualdad de oportunidades– son el cemento de toda iniciativa que aspire a trascender lo inmediato. No basta con desear un cambio: hay que contribuir activamente a él. Cuando ese compromiso se convierte en acción organizada, aparecen proyectos sociales, culturales o educativos que no sólo responden a necesidades actuales, sino que siembran posibilidades futuras.

Una sociedad civil fuerte no significa una ciudadanía que se opone sistemáticamente a lo político. Muy al contrario, implica ciudadanos capaces de ejercer una crítica constructiva, informada y generosa, que amplía el debate y obliga a repensar los límites de lo posible. Implica también la disposición de actuar con perseverancia en lugar de delegar la responsabilidad de todo en los representantes políticos. 

En países como los de Europa del norte, donde el tejido social es sólido y las instituciones son ampliamente valoradas, el papel de la sociedad civil se ha cultivado durante décadas. En estos contextos, el pensamiento crítico se fomenta desde la escuela, las universidades cuentan con redes de apoyo estables y los ciudadanos participan activamente en el diseño de su propio modelo de convivencia.

En España, sin embargo, aún queda un largo camino por recorrer. El fortalecimiento de la sociedad civil dependerá de reconocer su valor como pilar democrático, entender su capacidad de transformación y asumir que, sin ella, la acción política queda huérfana de diálogo con la ciudadanía.

Las políticas públicas no pueden, ni deben, llegar a todas partes. En esa limitación se abre un espacio fértil para las iniciativas sociales que surgen desde abajo, organizadas, transparentes, sostenidas por convicciones profundas y orientadas a una idea simple pero poderosa: dejar una sociedad mejor de la que encontramos. 

Una sociedad civil viva es señal de una democracia madura. Cuando la ciudadanía se implica, se asocia, propone, colabora y exige con argumentos, los partidos político son pueden permanecer indiferentes. Ese diálogo entre instituciones y ciudadanos organizados es quizás la mejor garantía de una convivencia sólida, plural y resistente al desgaste del tiempo.


Inteligencia artificial, ¿quién pone los límites?

por Enrique Titos Martínez

(Granada, 1960). Economista egresado del posgrado en IESE Business School y Kellogg Business University (EEUU) con trayectoria profesional en varios grupos financieros nacionales e internacionales, en las áreas financieras, de tesorería y seguros. Casado y padre de cuatro hijos; consejero y consultor de innovación en varias empresas, experto en procesos de transformación. Creador del Consejos Asesor de Innovación Abierta (CAIA) en Caser Seguros (Grupo Helvetia). Cofundador y Director del grupo El Alcázar de las Ideas, Jurado de los Premios Knowsquare, Fundador y Presidente de la Asociación Alexandreia Club de Lectura, y fundador de Cineforum Mensajes de Cine.


Durante siglos, los avances tecnológicos han transformado la forma en que los seres humanos habitamos el mundo, pero siempre bajo la premisa de que nosotros seguíamos siendo el centro del sistema. La Revolución Industrial reemplazó a los animales de carga y los oficios manuales, pero también creó nuevas profesiones; lo mismo ocurrió durante la revolución informática de finales del siglo XX y en los albores de la era digital. En cada etapa, hubo ajustes y desafíos, pero el ser humano conservó su papel protagonista. Hoy, con el despliegue acelerado de la inteligencia artificial (IA), esa centralidad pareciera ponerse en duda.

Desde el lanzamiento de herramientas como ChatGPT, la IA ha dejado de ser un concepto futurista para convertirse en una realidad cotidiana. Su capacidad para generar texto, imágenes, videos e incluso código en cuestión de segundos plantea una pregunta fundamental: ¿qué ocurre cuando la inteligencia deja de ser exclusivamente humana? Por primera vez, nos enfrentamos a una tecnología que no sólo automatiza tareas, sino que imita –y en ocasiones supera– las capacidades cognitivas humanas. Además, lo hace hace a una velocidad que deja poco margen de adaptación. 

La IA generativa, los sistemas autónomos, la biología sintética o los enjambres de drones son ya más que ideas de ciencia ficción. Avances que hace pocos años parecían impensables, hoy se desarrollan a un ritmo descentralizado, accesible y en manos de un reducido grupo de empresas que concentran el talento, el software y el hardware necesarios para definir el futuro. Frente a este nuevo paradigma, ¿quién regula? ¿Quién establece las líneas éticas de lo que sí se puede hacer?

Las implicaciones van más allá del mercado laboral o la economía. En un mundo donde las máquinas pueden simular emociones, resolver problemas y adaptarse al entorno, la IA pone en cuestión nuestra propia identidad. ¿Qué nos hace humanos cuando ya no somos los únicos capaces de razonar, crear o decidir? La diferencia entre lo artificial y lo biológico se difumina; la posibilidad de que se utilicen estas tecnologías con fines perjudiciales no es lejana, desde armas autónomas hasta manipulación a gran escala. 

Por ello, se vuelve urgente una reflexión ética que no quede únicamente en manos de gobiernos o comités académicos. Las empresas –que serán las principales intermediarias entre la IA y la ciudadanía– deben asumir también su responsabilidad. Una “carta de principios” sobre el uso de la inteligencia artificial no debería ser una excepción, sino una norma básica en cualquier estrategia de transformación digital. La transparencia, la información clara y el respeto por la autonomía de los usuarios deben ser pilares de este nuevo contrato social.

Más aún: pareciera que necesitamos una “constitución de la IA”: un marco legal transnacional que establezca límites, derechos y obligaciones ante esta disrupción histórica. No se trata de detener el progreso, sino de canalizarlo. Como advirtió el propio CEO de Google, Sundar Pichai, la IA puede tener un impacto mayor que el fuego o la electricidad. Precisamente por eso, no puede desplegarse sin principios.

El futuro no está escrito, pero el rumbo que tomemos dependerá de las decisiones que empecemos a tomar hoy. Si dejamos que las reglas del juego las dicten exclusivamente los intereses económicos, corremos el riesgo de que el costo lo pague –para no variar– la ciudadanía. En cambio, si apostamos por un desarrollo ético, responsable y transparente, tal vez podamos convivir con la inteligencia artificial sin perder de vista lo esencialmente humano.


China en voz baja, lecciones de una civilización que nunca se fue

por Enrique Titos Martínez

(Granada, 1960). Economista egresado del posgrado en IESE Business School y Kellogg Business University (EEUU) con trayectoria profesional en varios grupos financieros nacionales e internacionales, en las áreas financieras, de tesorería y seguros. Casado y padre de cuatro hijos; consejero y consultor de innovación en varias empresas, experto en procesos de transformación. Creador del Consejos Asesor de Innovación Abierta (CAIA) en Caser Seguros (Grupo Helvetia). Cofundador y Director del grupo El Alcázar de las Ideas, Jurado de los Premios Knowsquare, Fundador y Presidente de la Asociación Alexandreia Club de Lectura, y fundador de Cineforum Mensajes de Cine.


En un mundo donde la urgencia marca el ritmo, Observar el arroz crecer de Julio Ceballos propone una revolución silenciosa: mirar con calma. No se trata de un tratado político ni de un manual de estrategia internacional, sino de una recopilación de breves textos –88 pequeñas cápsulas de observación y análisis– que invitan a descubrir una China que no suele llegar a los titulares. Una China que no se explica del todo, pero que sí se puede empezar a intuir si se observa con la atención que requiere lo complejo, lo distante, lo profundamente distinto. 

A diferencia de muchos libros que analizan el presente de China desde las grandes cifras, la geopolítica o la competencia global con Estados Unidos, el enfoque de Ceballos es otro. Parte de lo cotidiano, de lo aparentemente menor, para mostrar un tejido social sostenido por valores tan antiguos como persistentes: la paciencia, la colectividad, la disciplina o la continuidad. El autor, que ha vivido y trabajado durante años en ese país como negociador entre culturas, no busca sentenciar ni simplificar. Al contrario, pues reconoce que el conocimiento en China es siempre parcial, que la mirada extranjera apenas araña la superficie de lo que allí sucede y que parte del ejercicio está en aceptar esa limitación sin renunciar al intento.

Lo fascinante del libro podría ser que, sin presentarse como obra académica, logra dibujar un retrato que va más allá de lo anecdótico. Ceballos lleva de la mano por paisajes humanos y culturales que revelan una forma de estar en el mundo radicalmente diferente a la occidental. En China, lo individual nunca pesa más que lo colectivo, la estabilidad es preferible a la libertad dado que ésta se entiende como capricho y el mérito se mide por la capacidad de sostener una visión a largo plazo. Todo ello no es una imposición moderna, sino la continuidad de una lógica que ha sobrevivido imperios, revoluciones, colonizaciones y globalizaciones.

Mientras Occidente parece perder cohesión, atrapado en la lógica de los ciclos electorales, la polarización y el cortoplacismo, China avanza con otro compás. Xi Jinping no es una anomalía, sino la expresión de una tradición de poder que busca la armonía social antes que la confrontación política. Se trata de un modelo que es inquietante para muchos, pero que también interpela desde su eficacia y su constancia. Como recuerda el autor, Estados Unidos sigue siendo la primera potencia mundial, pero empieza a replegarse. En ese vacío, China no irrumpe, sino que se instala sigilosamente.

Observar el arroz crecer no busca convencer, sino matizar. No hay tesis cerradas, sino insinuaciones que invitan a la reflexión. Leído con perspectiva global, el libro no es sólo sobre China; también es sobre cómo miramos y lo que entendemos por desarrollo, libertad y liderazgo. En un tiempo de tanto ruido, su mayor aporte es ese: enseñarnos a escuchar lo que se dice en voz baja, a prestar atención a quienes no gritan y a aceptar que, en ocasiones, entender al otro empieza por aprender a esperar. Como quien observa el arroz crecer.