≪ Cleopatra: una vida ≫ de Stacy Schiff

La sesión comenzó con una breve referencia a Stacy Schiff, reconocida biógrafa estadounidense, ganadora del Premio Pulitzer por su biografía de Véra Nabokov y autora también de trabajos sobre Saint-Exupéry, Benjamin Franklin, los juicios de Salem y Samuel Adams. Cleopatra. Una vida es fruto de varios años de investigación y de una dificultad que condiciona todo el libro: la extraordinaria escasez de fuentes directas sobre la figura. También influyó el hecho de que buena parte de las referencias que han llegado hasta nosotros fueran escritas mucho después de su muerte y desde la perspectiva de Roma, es decir, de quienes terminaron derrotándola.

La impresión inicial del libro fue la de una obra densa y exigente, que requiere una lectura lenta, pero que gana a medida que se avanza. Su principal atractivo está precisamente en el intento de Schiff de atravesar las capas de mito acumuladas durante más de dos mil años y recuperar a Cleopatra no como la seductora que ha fijado el imaginario popular, sino como reina, política y estadista. Procura situarla además en un momento extraordinario: el final del mundo helenístico y el nacimiento de la Roma imperial.

Esta misma impresión apareció repetidamente durante la conversación. Varios participantes coincidieron en que el libro cuesta al principio, tanto por la cantidad de información como por una prosa muy condensada y, en algunas ediciones, por una traducción que resulta poco natural. 

Al mismo tiempo, se valoró que Schiff sea muy transparente respecto de las limitaciones de sus fuentes: presenta versiones distintas, señala las contradicciones y deja claro cuándo se mueve en el terreno de la probabilidad. Esa forma de trabajar permitió que una de las grandes preguntas de la sesión fuera precisamente ésta: ¿hasta dónde puede llegar una biografía cuando sabemos tan poco directamente de su protagonista?

Redescubrir a Cleopatra

Uno de los mayores logros atribuidos al libro fue haber permitido a muchos descubrir una Cleopatra muy distinta de la que tenían en la memoria. Frente a la imagen construida por Hollywood, Shakespeare o la tradición posterior, apareció una mujer extraordinariamente formada, políglota, conocedora también de la lengua egipcia, inteligente, elocuente y con una enorme capacidad de negociación.

Se destacó especialmente el hecho de que Cleopatra fuera la única de su dinastía que se preocupó por aprender la lengua de buena parte del pueblo que gobernaba. También llamó la atención su capacidad para moverse entre culturas diferentes y utilizar tanto las tradiciones griegas como las egipcias para reforzar su legitimidad.
En este contexto surgió también una comparación llamativa entre el libro e Isabel la Católica. Una de las participantes señaló que Schiff recurre a Isabel de España al hablar de la intervención de Cleopatra en cuestiones militares, comparación que resultó especialmente sugerente porque pone en paralelo a dos mujeres que ejercieron directamente el poder y que no se limitaron al papel que convencionalmente se esperaba de ellas.

La discusión volvió varias veces sobre una idea que atraviesa el libro: quizá el verdadero poder de seducción de Cleopatra no residiera fundamentalmente en la belleza, sino en la inteligencia, la conversación, la cultura, la voz, la capacidad para fascinar y un extraordinario dominio de la puesta en escena. Su llegada a Tarso para encontrarse con Marco Antonio fue uno de los ejemplos comentados: Cleopatra comprendía perfectamente el valor político del fasto, de los símbolos y de la teatralidad del poder.

Una vida de lucha y supervivencia

Una definición surgida en la conversación resume muy bien al personaje: Cleopatra. Una vida podría haberse llamado también «Cleopatra. Una vida de lucha y supervivencia«.

Gobernó durante más de veinte años en una situación extremadamente frágil, con una dinastía marcada por las luchas familiares y con Roma avanzando inexorablemente sobre el Mediterráneo oriental. Egipto era enormemente rico y estratégico y Cleopatra sabía que mantener su independencia iba a resultar cada vez más difícil.

Desde esta perspectiva, las relaciones con Julio César y Marco Antonio se discutieron mucho menos como grandes historias románticas que como alianzas políticas. Cleopatra necesitaba el apoyo del poder romano para conservar Egipto y asegurar la continuidad de su dinastía; César y, especialmente, Marco Antonio necesitaban a su vez el dinero, los suministros, los barcos y los recursos egipcios. Amor e interés político pudieron convivir perfectamente, pero reducir aquellas relaciones al romance parece empobrecer enormemente la historia.

También se señaló su extraordinaria capacidad para reaccionar ante situaciones límite. Tras el asesinato de Julio César, supo abandonar Roma cuando su posición y la de Cesarión se habían vuelto peligrosas y consiguió después reposicionarse en el nuevo equilibrio de poder. Esa sucesión de maniobras ayuda a entender por qué mantenerse en el trono durante más de dos décadas fue, en sí mismo, un logro considerable.

Una mirada desde el derecho romano

Una de las intervenciones más interesantes de la sesión ayudó a poner en contexto la relación de Cleopatra con Roma desde una perspectiva jurídica.

Se recordó que no podemos trasladar automáticamente nuestras categorías actuales de matrimonio, filiación o herencia al mundo romano. Cleopatra era extranjera y no pertenecía a la comunidad jurídica romana, por lo que ni ella ni sus hijos tenían, por ese solo hecho, la misma posición que una esposa romana o los hijos nacidos dentro de una unión reconocida conforme al derecho romano.

Esta explicación ayudó a entender mejor cuestiones que en una lectura moderna pueden resultar sorprendentes: por qué la relación de Marco Antonio con Cleopatra era vista en Roma de una manera tan distinta de su matrimonio con Octavia, por qué sus hijos con Cleopatra no ocupaban automáticamente una posición sucesoria equivalente y por qué la figura de Cesarión podía ser políticamente enormemente peligrosa sin que eso significara que tuviera un derecho sucesorio reconocido en Roma.

También se señaló que la expansión romana no implicaba necesariamente la aplicación uniforme del derecho romano a todos los territorios conquistados. Roma podía mantener acuerdos con distintos pueblos y respetar sus propias normas y jurisdicciones, mientras determinados derechos quedaban ligados a la condición de ciudadano romano. Esta perspectiva jurídica permitió comprender mejor hasta qué punto Roma era a la vez un poder político, militar y jurídico, y cómo la condición personal y la ciudadanía determinaban derechos que hoy damos por supuestos.

Egipto y Alejandría: un mundo que parecía funcionar “al revés”

Otro aspecto muy valorado fue que el libro permite conocer no sólo a Cleopatra, sino el mundo que la rodeaba.

Alejandría despertó especial fascinación: la ciudad, el puerto, el Faro, la Biblioteca, su enorme riqueza cultural y comercial y su posición estratégica entre el Mediterráneo y el valle del Nilo. Para algunos participantes, esta reconstrucción del mundo helenístico fue casi tan interesante como la propia biografía.

Una de las participantes recordó además una descripción especialmente llamativa del libro: ≪ Egipto aparecía ante los ojos del mundo grecorromano como un país en el que muchas cosas parecían ocurrir “al revés” ≫. El Nilo fluía hacia el norte, determinados ciclos agrícolas resultaban inversos a los conocidos en el Mediterráneo y Schiff recoge incluso costumbres domésticas que sorprendían a los autores antiguos, como la referencia a que las mujeres orinaban de pie y los hombres sentados. Más allá de lo anecdótico, estos detalles ayudaron a visualizar hasta qué punto Egipto era percibido como un mundo distinto, con usos y formas de organización propias.

También surgió repetidamente el trasfondo económico de toda la historia. Egipto era el granero del Mediterráneo, disponía de enormes recursos y de una sofisticada administración fiscal. Cleopatra heredó además una situación financiera complicada y el debate destacó su atención a la moneda, los ingresos del reino y la utilización de su riqueza como instrumento de política exterior.

De ahí surgió una observación interesante para el propio club: los libros de historia enseñan también mucha economía. Detrás de las alianzas, las guerras y las rivalidades personales aparecían continuamente el dinero, los alimentos, los impuestos, las rutas comerciales y el control de los recursos.

El límite militar y Actium

La batalla de Actium fue uno de los episodios que generó opiniones más divididas. Para algunos, las páginas dedicadas a la batalla resultaron excesivamente detalladas; para otros, permitieron identificar quizá uno de los límites de Cleopatra.

Se planteó que su talento político y diplomático era muy superior a su capacidad militar y que su intervención en decisiones estratégicas pudo contribuir al desastre final. Al mismo tiempo, la conversación puso de relieve que Marco Antonio sí era un militar experimentado, aunque mucho más impulsivo y menos hábil políticamente que Octavio.

El contraste entre los protagonistas resultó especialmente sugerente: César reunía capacidades militares y políticas; Antonio era esencialmente un gran militar; Octavio, con Agripa como gran ejecutor militar, fue ante todo un extraordinario político. Cleopatra tuvo que intentar sobrevivir entre todos ellos.

Octavio ganó también el relato

20th Century Fox, 1963

Probablemente uno de los temas más interesantes de la sesión fue el de la propaganda.

Se insistió en que Octavio no sólo venció militarmente a Cleopatra y Marco Antonio. Consiguió convertir a Cleopatra en la enemiga de Roma y fijar una imagen que ha sobrevivido durante siglos: la reina oriental, peligrosa, lujosa, manipuladora y sexualmente irresistible que había apartado a Marco Antonio de sus deberes romanos.

La formulación que surgió en la conversación fue muy gráfica: Octavio consiguió construir ese relato sin necesidad de redes sociales. Es un ejemplo extraordinario de hasta qué punto la historia puede ser también la historia de los vencedores.

El debate llevó además al cine. La Cleopatra de Elizabeth Taylor refleja en buena medida el imaginario de los años sesenta, de la misma manera que representaciones actuales proyectan sobre ella preocupaciones contemporáneas. Cada época parece haber construido su propia Cleopatra, hasta el punto de que resulta difícil separar a la mujer real de los sucesivos personajes creados sobre ella.

Cleopatra, las mujeres y el poder

Este fue probablemente el tema que dio lugar a las reflexiones más actuales.

El libro permitió comparar la posición de las mujeres en Egipto con la situación de las romanas y comentar algunos derechos de los que gozaban las primeras en materia patrimonial, matrimonial o sucesoria. La conversación fue más allá para preguntarse por la forma en que la historia ha tratado a las mujeres poderosas.

Apareció repetidamente una idea: comportamientos que en un hombre se describen como estrategia, ambición o capacidad política, en una mujer pueden pasar a calificarse como manipulación, intriga o seducción. Una frase del libro comentada en la sesión lo expresa con especial claridad: el mismo pragmatismo frío y calculado podía convertirse en estrategia cuando se trataba de César y en manipulación cuando se atribuía a Cleopatra.

De ahí surgió una pregunta que quedó abierta: ¿seguimos todavía interpretando de manera distinta el poder, la inteligencia y la ambición cuando los ejerce una mujer?

El final: Antonio, Octavio y la decisión de morir

De la misma manera, se habló de cómo el libro modifica la imagen convencional del final de Cleopatra.

No existe una sucesión inmediata y puramente romántica entre el suicidio de Marco Antonio y el de Cleopatra. Entre ambos hubo días de negociaciones y maniobras en los que Cleopatra siguió intentando obtener de Octavio garantías para sus hijos. Incluso en la derrota definitiva continuó actuando políticamente.

Su suicidio se interpretó, por ello, no sólo como desesperación, sino como un último gesto de control y dignidad. Cleopatra comprendió que Octavio pretendía llevarla a Roma y exhibirla en su triunfo. Morir significaba impedirle convertirla en el trofeo definitivo de su victoria. También se comentó el carácter probablemente legendario de la famosa muerte por la mordedura de un áspid y la posibilidad, sugerida en el libro, de que utilizara algún tipo de veneno.

Una Cleopatra nueva, pero ¿hasta qué punto podemos conocerla?

La conversación terminó volviendo al punto de partida.

Schiff consigue desmontar de manera muy convincente a la Cleopatra reducida a amante de César y Antonio y construir en su lugar a una mujer culta, inteligente, pragmática y extraordinariamente capaz. Pero quedó también planteada una duda interesante: ¿estamos recuperando a la Cleopatra verdadera o sustituyendo un relato antiguo por una reconstrucción moderna, aunque sea mucho mejor documentada?

Precisamente ahí puede estar una de las mayores virtudes del libro. Después de leerlo conocemos mucho más el mundo de Cleopatra, comprendemos mejor sus decisiones y desconfiamos de muchos de los tópicos que la han acompañado durante siglos. Sin embargo, también somos más conscientes de todo lo que probablemente nunca podremos saber de ella.

La frase elegida para acompañar la sesión resume muy bien buena parte de lo que terminó siendo nuestra conversación:

“Cleopatra se halló a sí misma en una de las intersecciones más peligrosas de la historia: la de las mujeres y el poder.”

Quizá esa sea, también, una de las razones por las que, más de dos mil años después, Cleopatra continúa fascinándonos.


Schiff, S. (2024), Cleopatra: una vida, Los Libros de la Catarata: Madrid

Leonor de Aquitania: águila dorada, águila bicéfala

por María José Gómez Yubero (coord. Club de Lectura Alexandreia Historia 1)


La lectura de Leonor de Aquitania de Régine Pernoud (El Acantilado, 2009), fue el punto de partida de una sesión especialmente rica del Club de Lectura Alexandreia de Historia, centrada en una de las mujeres más fascinantes de la Edad Media europea. La obra permite acercarse a Leonor desde una perspectiva rigurosa, alejada de la pura recreación novelesca y de los tópicos que durante siglos han oscurecido su figura. El debate en un club de lectura amplifica las miradas sobre un personaje tan poliédrico como sorprendente en su época.

Pernoud no escribe una novela, aunque la vida de Leonor contenga todos los elementos de una gran narración: poder, belleza, viajes, cruzadas, matrimonios, traiciones, hijos enfrentados, reclusión, ambición, resistencia y una extraordinaria capacidad para volver siempre al centro de la escena. La autora escribe desde el rigor de la historiadora, pero con una sensibilidad narrativa que permite comprender la fuerza humana y política del personaje.

Uno de los grandes méritos del libro es que desmonta la leyenda negra que ha acompañado a Leonor. Durante siglos se la presentó como una mujer frívola, sensual, caprichosa, manipuladora o peligrosa. Se le atribuyeron amantes, intrigas y culpas que muchas veces parecen decir más de quienes las transmitieron que de ella misma. La biografía de Pernoud permite mirar más allá de esas sombras y recuperar a una Leonor mucho más sólida: una mujer culta, poderosa, inteligente y plenamente consciente de su rango.

Leonor no fue simplemente reina de Francia y después reina de Inglaterra. Fue, ante todo, duquesa de Aquitania por derecho propio. Ese dato es esencial para entenderla. Aquitania no era un adorno en su biografía, sino el centro de su identidad política. Era un territorio rico, extenso, refinado y culturalmente brillante. Leonor llegó al matrimonio con poder propio, y toda su vida puede leerse como una defensa de esa herencia, de su autonomía y de su linaje.

Por eso resulta tan sugerente afirmar que Leonor sabía quién era. No aceptó quedar reducida al papel de esposa o madre de reyes, aunque también ejerció esos papeles con enorme trascendencia. Fue una mujer educada para preservar un patrimonio, para entender el poder y para moverse en un mundo de alianzas, vasallajes, guerras y equilibrios familiares. Su ambición, más que un defecto, fue una forma de supervivencia política.

Su primer matrimonio con Luis VII de Francia revela el choque entre dos mundos. Él, más inclinado a la religiosidad y al ideal monástico; ella, heredera de una cultura cortesana, trovadoresca y meridional, más libre y refinada. La anulación de ese matrimonio cambió el mapa de Europa. Poco después, Leonor se casó con Enrique Plantagenet, futuro Enrique II de Inglaterra, y Aquitania quedó vinculada al inmenso espacio político angevino. Con ello, Leonor no solo cambió de marido: desplazó el equilibrio entre Francia e Inglaterra.

Su relación con Enrique II fue mucho más compleja. Enrique era enérgico, incansable, poderoso. Leonor no pudo dominarlo como quizá sí influyó sobre Luis VII, pero tampoco desapareció bajo su sombra. Fue esposa, aliada, rival y finalmente prisionera. Apoyó la rebelión de sus hijos contra Enrique, pagó por ello con años de encierro, pero no quedó anulada. Tras la muerte del rey, regresó a la política con una fuerza asombrosa.

Especialmente intensa fue su relación con Ricardo Corazón de León. Ahí aparece una de las frases más poderosas vinculadas a su figura, cuando se dirige al Papa como “reina de Inglaterra por la ira de Dios”. La expresión resume de forma magnífica su carácter: dolorida, desafiante, consciente de su dignidad y capaz de interpelar incluso a la máxima autoridad espiritual de su tiempo.

La maternidad en Leonor fue también una forma de poder y de permanencia histórica. Sus hijos e hijas proyectaron su influencia por toda Europa: Ricardo Corazón de León y Juan Sin Tierra en Inglaterra; Matilde en el mundo germánico; Juana en Sicilia y Tolosa; y Leonor Plantagenet en Castilla. A través de esta última, su linaje llega a Berenguela, Fernando III, Alfonso X, Isabel la Católica y, de forma remota y simbólica, hasta la actual princesa de Asturias, Leonor de Borbón. Por eso se ha visto en Leonor de Aquitania una verdadera “abuela de Europa”: porque su legado no terminó con su muerte, sino que continuó a través de una descendencia que enlazó buena parte de las casas reales europeas.

El vínculo con Isabel la Católica resulta especialmente sugerente. Ambas fueron mujeres de una conciencia política excepcional: Leonor defendió Aquitania como Isabel defendió Castilla. Las separan tres siglos y mundos muy distintos, el universo feudal de los ducados y vasallajes frente al nacimiento del Estado moderno, y también una proyección diferente: la de Isabel fue más estatal y universal; la de Leonor, más dinástica, territorial y europea, tejida a través del linaje, los matrimonios y la descendencia. Pero ambas comparten algo esencial: no estuvieron simplemente cerca del poder; lo entendieron, lo ejercieron y dejaron una huella decisiva.

La lectura de Pernoud invita también a una reflexión más amplia sobre las mujeres en la historia. Cuando los hombres han ejercido el poder con determinación, se les ha llamado líderes, estrategas o conquistadores. Cuando lo han hecho las mujeres, con frecuencia se las ha descrito como ambiciosas, manipuladoras, arpías o peligrosas. Leonor sufrió esa mirada. Quizá precisamente porque no se resignó, porque no se borró, porque decidió ocupar un lugar que muchos no estaban dispuestos a concederle.

Por eso su figura sigue resultando tan moderna. No porque podamos trasladarla sin más a categorías actuales, sino porque su vida plantea una pregunta que sigue viva: ¿cuántas mujeres han sido deformadas por la historia simplemente por haber sido demasiado libres, demasiado inteligentes o demasiado conscientes de su propio valor?

Leonor de Aquitania fue un personaje de su tiempo, pero también lo desbordó. Fue hija de la cultura trovadoresca, señora feudal, reina, madre, prisionera, negociadora, viajera incansable y matriarca europea. Su vida permite comprender mejor el siglo XII, pero también revisar nuestra forma de mirar a las mujeres que ejercieron poder.

Quizá su nombre no signifique literalmente “águila dorada”, aunque la imagen le convenga profundamente. Leonor fue un águila de oro por su altura, por su fuerza y por su mirada larga sobre la historia. Y fue también, simbólicamente, un águila bicéfala: una cabeza mirando a Francia y otra a Inglaterra; una cabeza coronada por el poder y otra oscurecida por la leyenda negra que quiso verla como mujer peligrosa, demoníaca o dominada por el odio.

Pero por encima de esas sombras permanece la realidad de una mujer incomparable: libre, lúcida, resistente y capaz de volar más alto que los límites que su tiempo quiso imponerle.

Valores tradicionales de la cultura japonesa

por Enrique Titos Martínez

(Granada, 1960). Economista egresado del posgrado en IESE Business School y Kellogg Business University (EEUU) con trayectoria profesional en varios grupos financieros nacionales e internacionales, en las áreas financieras, de tesorería y seguros. Casado y padre de cuatro hijos; consejero y consultor de innovación en varias empresas, experto en procesos de transformación. Creador del Consejos Asesor de Innovación Abierta (CAIA) en Caser Seguros (Grupo Helvetia). Cofundador y Director del grupo El Alcázar de las Ideas, Jurado de los Premios Knowsquare, Fundador y Presidente de la Asociación Alexandreia Club de Lectura, y fundador de Cineforum Mensajes de Cine.


Japón siempre ha sido un misterio para los occidentales. Con una posición geográfica extrañamente simétrica a Reino Unido en el otro extremo del continente euroasiático, ambos países comparten culturas fuertes, pero muy distintas. Reino Unido fue una vez faro del occidentalismo. Japón, una pequeña nación de 72 millones de habitantes en 1940 con una cultura profundamente endogámica, fue el causante de la extensión de la Segunda Guerra Mundial en Asia. Su derrota final a manos de EEUU planteó a este país cómo controlar y reconstruir una nación que luchó hasta el límite con fiereza y crueldad, sin tener que desplazar a Japón a un millón de soldados norteamericanos.

La respuesta vino de comprender la cultura japonesa y actuar en consecuencia. Los contenidos del libro El crisantemo y la espada, escrito por la antropóloga Ruth Dickinson e inspirado en la solicitud del gobierno de EEUU, estuvo detrás de la primera decisión trascendental que tomó el general McArthur, comandante en jefe de las fuerzas estadounidenses de ocupación en Japón tras la rendición. Con unos pocos miles de hombres, decidió mantener la autoridad y preservar la vida del emperador Hiro Hito, pero al tiempo condenar a la horca al primer ministro Tojo, jefe del gobierno militarista que ordenó el ataque a Pearl Harbor.

La cultura japonesa dista mucho de los códigos occidentales y aunque tiene una fuerte base china permaneció completamente aislada hasta la revolución del emperador Meiji de 1868. Curiosamente, Japón no es un país de cultura milenaria. No usó la escritura (que importó y adaptó de China creando sus propios ideogramas) hasta el siglo VII de nuestra era. Mantuvo un jerárquico sistema de castas hasta el siglo XIX, estratificado entre el shogun, los daimios, los samurais, los campesinos, comerciantes y esclavos, con el emperador en la cúpula como figura divina y representativa. La jerarquía basada en edad, sexo, o primogenitura dictaba el código de comportamiento en las relaciones familiares. Su credo sintoísta tiene una base budista y confuciana, pero no creen en la reencarnación ni asumen el pacifismo confuciano. De hecho, vieron las religiones y los dogmas ajenos a su cultura como un peligro para la misma, como bien saben los jesuitas.

Su sistema de valores está presidido por un código de honor que impregna el comportamiento de cada persona y su aceptación social. Las desviaciones son poco toleradas, sobre todo en el Japón antes de la derrota.  Entonces aplicaban sus propios estándares de pensamiento a la relación con otras naciones. Su visión jerárquica les llevó a concebir que Japón merecía una posición de dominio en Asia, reforzadas por la tremenda expansión industrial y económica que alcanzaron desde la revolución Meiji. Las victorias militares contra Rusia en 1905 y la invasión a gran escala de China en 1937 tras la creación de Manchuria en 1931 (aprovechándose del último emperador de China, el títere Pu Yi), reforzaron su sensación de superioridad. Curiosamente, Japón se desarrolló económicamente sin clases medias, como ocurrió en occidente.

Para el japonés, las obligaciones para con el emperador, la familia, los jefes, son equivalentes a una deuda financiera, el on, que se asume y se paga cuando se requiere, sea en una guerra, ante un contrato matrimonial organizado por los padres, o ante un contrato privado o una relación de amistad. Los japoneses no gustan de recibir favores a los que no pueden corresponder en igual medida. La venganza es parte legítima de la acción cuando el honor ha sido mancillado según sus códigos personales (giri). Su respeto por la jerarquía les hace cambiar diametralmente su actitud, como cuando el emperador Hiro Hito ordenó la rendición de Japón: los mismos soldados fueron a la guerra por orden del gobierno militarista de Tojo y que sobrevivieron, eran casi corteses con los estadounidenses un día más tarde de la orden de rendición. McArthur y sus soldados no tuvieron incidentes notables durante la ocupación estadounidense. Simplemente asumieron que su visión de dominio de Asia estaba equivocada y había que trabajar en una dirección distinta. Y a ello se pusieron con energía, convirtiéndose, después de haber sido arrasados, en segunda potencia mundial tras EEUU en los años ochenta del siglo pasado.

El japonés es un pueblo de contradicciones a ojos occidentales, entre otras razones, porque no tiene concepción del bien o el mal según nuestros estándares, mucho más moralistas por la influencia de la religión judeocristiana. El japonés se rige por normas de conducta que pueden llevarle a matar, o a ser extremadamente cordial y agradecido. Para ellos, un hombre bueno es una persona que usa sus capacidades al máximo. Hasta 1945, el suicidio por seppuku era la forma de pedir perdón por una actuación deshonrosa. En los 47 ronin, la epopeya nacional que vertebra una parte de su identidad, unos samurais, ante la muerte por seppuku de su señor daimio, se vengan, en contra de la orden del shogun, matando al otro daimio que afrentó a su señor. Como consecuencia, los 47 ronin han de cometer seppuku. Su nivel de autoexigencia les obliga a ser “una espada libre de herrumbre”. Para el japonés, la sinceridad o makoto no tiene el significado de verdad que le damos en occidente, sino de coherencia con lo que se piensa o se es, llegando al fanatismo si es necesario.

Para el japonés, es más importante la vergüenza que la culpa. La vergüenza es una carga insoportable, que hace tolerable la venganza, o incluso el suidicio o seppuku por deshonor. Las culturas occidentales de la culpa han encontrado en la confesión cristiana un método de expiación, sin espectadores. Para el japonés, el deshonor, aunque sea privado, es intolerable, por su compromiso con su cultura y valores.

El cultivo del espíritu japonés tiene numerosas manifestaciones estéticas (paisajismo, orden, perfeccionismo, etcétera) que refuerzan su entrega, al tiempo que aparentan delicadeza. La otra parte de la espada es el crisantemo, la flor por excelencia del Japón.

Los japoneses tienen una “ética de alternativas”. No hay buenas o malas según su pensamiento, simplemente adoptarán en cada caso aquella que convenga al Japón.

Cuanto ha cambiado el Japón del siglo XXI setenta años después de la Segunda Guerra Mundial es algo indudable, dada su progresiva apertura al mundo, sus cambios demográficos, y la necesidad de insertarse en la economía mundial y en la gestión de los conflictos regionales. Será interesante, e incluso trascendente, comprobar cuánto de su cultura será respetado por las nuevas generaciones, especialmente en lo tocante a la jerarquía y su rígido código de comportamiento. Pero sin duda, su carácter no les hará ser miembros pasivos en la reordenación geopolítica en curso. Por ello, La espada y el crisantemo es un buen punto de partida para cualquier observador interesado en Japón.

Para ver en el cine películas que traten sobre los valores de Japón es recomendable ver las siguientes películas:

La invención de la naturaleza: Alexander von Humboldt y la unidad del mundo

por Enrique Titos Martínez

(Granada, 1960). Economista egresado del posgrado en IESE Business School y Kellogg Business University (EEUU) con trayectoria profesional en varios grupos financieros nacionales e internacionales, en las áreas financieras, de tesorería y seguros. Casado y padre de cuatro hijos; consejero y consultor de innovación en varias empresas, experto en procesos de transformación. Creador del Consejos Asesor de Innovación Abierta (CAIA) en Caser Seguros (Grupo Helvetia). Cofundador y Director del grupo El Alcázar de las Ideas, Jurado de los Premios Knowsquare, Fundador y Presidente de la Asociación Alexandreia Club de Lectura, y fundador de Cineforum Mensajes de Cine.


No siempre son los más recordados quienes más influencia tienen en el futuro. A veces, el manto del tiempo oculta a personas que entendieron cómo el presente impacta en el futuro. Alexander von Humboldt (1769–1859) es uno de esos casos. Su figura monumental, su legado científico y su pensamiento integrador han quedado relegados en el recuerdo colectivo, a pesar de que su influencia atraviesa disciplinas, generaciones y continentes.

Humboldt fue uno de los últimos grandes polímatas, un hombre que encarnó un saber insatisfecho en una época en que la ciencia comenzaba a fragmentarse por disciplinas. Fue explorador, botánico, geógrafo, geólogo, astrónomo, escritor y divulgador. Su mirada no se detenía en las categorías, sino que las interconectaba y ampliaba con una narrativa avasalladora. Donde otros veían elementos aislados, Humboldt veía conexiones. Comprendió la naturaleza como un todo interdependiente, una red viva y compleja, donde el destino del ser humano está inexorablemente unido al destino del planeta. “Cuando se destruye la naturaleza, el ser humano también sufre”. Esa afirmación, escrita hace más de 200 años, resuena hoy con más fuerza que nunca.

Sus viajes por América Latina fueron legendarios. En Colombia, Venezuela, Ecuador y Perú recogió miles de especies vegetales, subió montañas como el Chimborazo casi hasta su cima, midió temperaturas, altitudes, humedad, compuso mapas y teorías. De ese viaje surgió el Naturgemälde, considerado por muchos la primera infografía científica de la historia: una representación visual que unía en una sola imagen altitud, tipos de vegetación, clima y geografía. Una visión revolucionaria para su tiempo. Humboldt no solo recogía datos, sino que los interpretaba con una intuición natural para lo sistémico.

Fue admirado por Thomas Jefferson, que lo consideraba un referente en la comprensión del nuevo continente. Su correspondencia con el presidente estadounidense contribuyó a perfilar la visión territorial de Estados Unidos, en particular en la expansión hacia el oeste. Pero también fue crítico con el modelo esclavista, que le parecía incompatible con la idea de igualdad que defendía. En París conoció a Simón Bolívar, a quien transmitió su disgusto sobre la dominación colonial española. En parte inflamado por la visión de naturaleza paradisíaca contagiada por Humboldt, Bolívar volvió a América convencido de que la independencia no era solo posible, sino necesaria. Aunque también es justo recordar que Bolívar, como Napoleón, hijos de pensamiento revolucionario, tornaron a dictadores una vez alcanzado el poder.

Su pensamiento influyó también en naturalistas como Charles Darwin, leía los libros de Humboldt en el Beagle que iluminó  “La evolución de las especies». Henry D. Thoreau, considerado el padre de la naturaleza en Estados Unidos, con «Walden», bebió de su concepción del ser humano en contacto directo con la naturaleza. John Muir, el gran impulsor de los parques nacionales en Estados Unidos, leyó a Humboldt antes de defender la conservación de Yosemite. Ernst Haeckel, descubrió la estructuras microscópicas de los radiolarios a partir de las investigaciones de Humboldt, iniciandose una corriente artística que influiría en el Art Nouveau. La huella de Humboldt puede rastrearse en la arquitectura de Gaudí, en el pensamiento de los conservacionistas, en la ética ambiental moderna.

Y pese a que su nombre aparece en mapas, calles, corrientes marinas o ciudades, Humboldt ha sido injustamente marginado del canon científico y cultural del mundo anglosajón. En parte porque sus ideas sobre la esclavitud eran incómodas en la época, porque su obra no encajaba bien en un mundo que ya empezaba a compartimentar el saber. Y en parte porque su figura desbordaba las estructuras de prestigio que otorgan visibilidad histórica. Humboldt era un personaje divergente.

Fue un europeo que decidió explorar más allá de los márgenes conocidos, con una sensibilidad que rechazaba el saqueo colonial y una curiosidad insaciable por entender, no dominar. Murió endeudado, después de haber dedicado toda su herencia familiar a la investigación y a los viajes. En su tiempo no existían derechos de autor: escribir y publicar no era un negocio, sino un acto de entrega. Sus obras, Cosmos y Personal Narrative, siguen siendo referencia por su profundidad y por su prosa apasionada.

Todo esto lo recupera con rigor y emoción la escritora Andrea Wulf en su biografía «La invención de la naturaleza» (Taurus, 2018), un homenaje brillante que rescata la memoria de Humboldt para el siglo XXI. En sus páginas no solo se narra su vida, sino que se reconstruye su pensamiento, su visión del mundo y el impacto profundo que tuvo —y sigue teniendo— en nuestra forma de entender la naturaleza. Wulf consigue lo que pocos logran: despertar en el lector la misma pasión por el conocimiento y el asombro que movieron a Humboldt toda su vida.

Hoy, en tiempos de crisis climática, de retrocesos en políticas ambientales y de negacionismo revestido de discurso ideológico, el pensamiento de Humboldt se convierte en una brújula. Fue él quien entendió antes que nadie que la humanidad y la naturaleza no son entidades separadas. Su visión de la vida como sistema integrado, su defensa de la equidad, su rechazo a la explotación y su amor por lo diverso tienen una vigencia que debería incomodar a quienes buscan reducir la ciencia al utilitarismo o la ética a un estorbo ideológico.

Recordar a Humboldt es recordar que muchas veces quienes ven más lejos son ignorados por los que solo miran lo inmediato. Es una invitación a recuperar el valor de la mirada larga, de la exploración sin recompensa inmediata, de la conexión entre saber y sensibilidad. Su olvido no es inocente. Y su recuerdo, necesario.

Porque no siempre son los más visibles quienes hacen avanzar el mundo. A veces, los verdaderos precursores caminan en silencio, sembrando ideas que otros recogerán mucho después. Humboldt fue uno de ellos. Y entender su legado es entendernos mejor a nosotros mismos.


China en voz baja, lecciones de una civilización que nunca se fue

por Enrique Titos Martínez

(Granada, 1960). Economista egresado del posgrado en IESE Business School y Kellogg Business University (EEUU) con trayectoria profesional en varios grupos financieros nacionales e internacionales, en las áreas financieras, de tesorería y seguros. Casado y padre de cuatro hijos; consejero y consultor de innovación en varias empresas, experto en procesos de transformación. Creador del Consejos Asesor de Innovación Abierta (CAIA) en Caser Seguros (Grupo Helvetia). Cofundador y Director del grupo El Alcázar de las Ideas, Jurado de los Premios Knowsquare, Fundador y Presidente de la Asociación Alexandreia Club de Lectura, y fundador de Cineforum Mensajes de Cine.


En un mundo donde la urgencia marca el ritmo, Observar el arroz crecer de Julio Ceballos propone una revolución silenciosa: mirar con calma. No se trata de un tratado político ni de un manual de estrategia internacional, sino de una recopilación de breves textos –88 pequeñas cápsulas de observación y análisis– que invitan a descubrir una China que no suele llegar a los titulares. Una China que no se explica del todo, pero que sí se puede empezar a intuir si se observa con la atención que requiere lo complejo, lo distante, lo profundamente distinto. 

A diferencia de muchos libros que analizan el presente de China desde las grandes cifras, la geopolítica o la competencia global con Estados Unidos, el enfoque de Ceballos es otro. Parte de lo cotidiano, de lo aparentemente menor, para mostrar un tejido social sostenido por valores tan antiguos como persistentes: la paciencia, la colectividad, la disciplina o la continuidad. El autor, que ha vivido y trabajado durante años en ese país como negociador entre culturas, no busca sentenciar ni simplificar. Al contrario, pues reconoce que el conocimiento en China es siempre parcial, que la mirada extranjera apenas araña la superficie de lo que allí sucede y que parte del ejercicio está en aceptar esa limitación sin renunciar al intento.

Lo fascinante del libro podría ser que, sin presentarse como obra académica, logra dibujar un retrato que va más allá de lo anecdótico. Ceballos lleva de la mano por paisajes humanos y culturales que revelan una forma de estar en el mundo radicalmente diferente a la occidental. En China, lo individual nunca pesa más que lo colectivo, la estabilidad es preferible a la libertad dado que ésta se entiende como capricho y el mérito se mide por la capacidad de sostener una visión a largo plazo. Todo ello no es una imposición moderna, sino la continuidad de una lógica que ha sobrevivido imperios, revoluciones, colonizaciones y globalizaciones.

Mientras Occidente parece perder cohesión, atrapado en la lógica de los ciclos electorales, la polarización y el cortoplacismo, China avanza con otro compás. Xi Jinping no es una anomalía, sino la expresión de una tradición de poder que busca la armonía social antes que la confrontación política. Se trata de un modelo que es inquietante para muchos, pero que también interpela desde su eficacia y su constancia. Como recuerda el autor, Estados Unidos sigue siendo la primera potencia mundial, pero empieza a replegarse. En ese vacío, China no irrumpe, sino que se instala sigilosamente.

Observar el arroz crecer no busca convencer, sino matizar. No hay tesis cerradas, sino insinuaciones que invitan a la reflexión. Leído con perspectiva global, el libro no es sólo sobre China; también es sobre cómo miramos y lo que entendemos por desarrollo, libertad y liderazgo. En un tiempo de tanto ruido, su mayor aporte es ese: enseñarnos a escuchar lo que se dice en voz baja, a prestar atención a quienes no gritan y a aceptar que, en ocasiones, entender al otro empieza por aprender a esperar. Como quien observa el arroz crecer.