La atención, un bien en peligro

por David Cano

Economista especializado en mercados financieros, con formación en la Universidad Autónoma de Madrid y posgrado en Afi Escuela de Finanzas. Director General de Afi Inversiones Globales, SGIIC, y socio de Analistas Financieros Internacionales. Cuenta con más de veinte años de experiencia en análisis económico y gestión de inversiones. Casado y padre de tres hijos, es autor de numerosos artículos y libros sobre economía y finanzas. Profesor en centros de posgrado, colaborador habitual en medios de comunicación y miembro del jurado de los Premios Know Square. Fundador del grupo de reflexión Los Siete del Prado y miembro del Club de Lectura Know Square.


Nuestra capacidad de concentración es hoy un recurso en disputa. Empresas tecnológicas, medios de comunicación y plataformas digitales compiten sin descanso por un bien cada vez más escaso: nuestra atención. Mientras tanto, nosotros la perdemos poco a poco, fragmentada entre notificaciones, pantallas y estímulos diseñados con precisión para mantenernos enganchados. No es sólo que estemos distraídos, sino que vivimos en un entorno construido para que lo estemos.

Desde siempre, la magia ha consistido en dirigir la mirada del público hacia donde el ilusionista quiere. Hoy, el mago es un algoritmo y su escenario son nuestras pantallas. En su libro Stolen Focus, el periodista Johann Hari analiza cómo la tecnología se ha convertido en una experta en capturar y retener nuestra atención. También señala, no obstante, que no es el único factor: la contaminación, el estrés, la mala alimentación, la falta de sueño o la precariedad económica también deterioran nuestra capacidad de concentración. El problema es complejo y no puede reducirse a un solo culpable. 

Cada elemento de esta ecuación se retroalimentar. Cuanto más cansados estamos, más caemos en el desplazamiento infinito de las redes sociales. Esto a su vez dificulta el descanso, lo que nos lleva a un mayor agotamiento. Así, el ciclo continúa. Aza Raskin, creador del infinite scroll, llegó a preguntarse si su invento debería prohibirse por su impacto en la adicción digital. Si nos preocupan las noticias falsas, ¿por qué no hablamos de las imágenes y vidas falsas y el contenido fabricado para alimentar el miedo a perdernos algo (i.e. FOMO)? En un mundo tan acelerado como el nuestro, plagado de distracciones y saturado de estímulos diseñados para captar nuestra atención, resistirse es cada vez más difícil. 

Podría pensarse que tomar un respiro en el móvil ayuda a desconectarse, pero ¿realmente nos relaja o nos sumerge en un estado de agitación constante? No es que ocurran más cosas negativas en el mundo, sino que tenemos acceso inmediato y permanente a ellas. Nuestra amígdala cerebral, programada para detectar el peligro, reacciona con intensidad a estos estímulos. El algoritmo lo sabe: cuanto más impactante la noticia, más interacciones generará. Cuanto más interactuemos, más reforzaremos el sistema que nos mantiene atrapados.

Este modelo de economía de la atención no es nuevo. Herbert Simon, premio Nobel en 1978, advirtió en 1971 que la información consume la atención de sus receptores y que cuando la cantidad de datos se multiplica, la atención se fragmenta. No obstante, el problema no es sólo tecnológico. Nuestro estilo de vida ha cambiado, pues dormimos menos, nos movemos menos y leemos menos en papel. Robert Waldinger y Marc Schulz, en The Good Life, señalan que nuestra «forma física social» también se deteriora. No sólo perdemos concentración, sino que nos aislamos más.

Recuperar el control sobre nuestra atención requerirá un esfuerzo consciente. Es un mito que seamos capaces de hacer varias cosas a la vez sin perder eficacia. Cada interrupción tiene un costo cognitivo. Las pequeñas distracciones constantes afectan nuestra productividad y bienestar. No basta con pequeños trucos o nudges. Es necesario rediseñar el entorno para favorecer la concentración. Esto es aún más urgente en el caso de niños y adolescentes, quienes crecen en un mundo donde los estímulos digitales están presentes desde la temprana infancia. ¿Hasta qué punto deberíamos regular el acceso a dispositivos y redes sociales en las etapas formativas?La buena noticia es que hay alternativas. El tiempo de lectura pausada, las conversaciones sin pantallas de por medio y los espacios libres de notificaciones son una forma de residencia. Como señala Johann Hari en su libro y analizo en este video, recuperar la atención no es sólo una cuestión individual, sino un desafío colectivo. Si queremos proteger este bien en peligro, necesitamos replantearnos no nada más el uso que hacemos de la tecnología, sino también las condiciones de vida que nos empujan a la distracción eterna.


Sin conversación, no hay pensamiento

por Enrique Titos Martínez

(Granada, 1960). Economista egresado del posgrado en IESE Business School y Kellogg Business University (EEUU) con trayectoria profesional en varios grupos financieros nacionales e internacionales, en las áreas financieras, de tesorería y seguros. Casado y padre de cuatro hijos; consejero y consultor de innovación en varias empresas, experto en procesos de transformación. Creador del Consejos Asesor de Innovación Abierta (CAIA) en Caser Seguros (Grupo Helvetia). Cofundador y Director del grupo El Alcázar de las Ideas, Jurado de los Premios Knowsquare, Fundador y Presidente de la Asociación Alexandreia Club de Lectura, y fundador de Cineforum Mensajes de Cine.


La inteligencia artificial ha transformado nuestra manera de vivir, trabajar e informarnos. En su afán por ofrecernos respuestas rápidas y soluciones automatizadas, esta tecnología se ha convertido en el último acelerón de un proceso que comenzó con la radio, continuó con la televisión y se consolidó con las redes sociales y las plataformas digitales. Se trata de sustituir progresivamente la conversación con la escucha pasiva y la visualización. Hoy, herramientas como ChatGPT refuerzan esta dinámica, ofreciendo resúmenes, análisis y síntesis de textos en cuestión de segundos, reduciendo la necesidad de leer, debatir y –en última instancia– pensar en compañía de otros.

Cada vez más construimos nuestras opiniones a solas, alimentándonos de contenido digitales que consumimos a través de las pantallas. Esto no es nuevo. Siempre nos hemos informado por los medios dominantes de cada época: desde los púlpitos de las iglesias hasta los cafés donde se discutía la Ilustración, pasando por los periódicos y la radio. Sin embargo, lo que sí es nuevo es la forma en que interactuamos con la información. Ya no llega a nosotros a través de la conversación, sino mediante dispositivos que nos presentan contenidos diseñados para captar nuestra atención y reforzar nuestras creencias previas. Así, la posibilidad de que una conversación real nos haga cambiar de opinión es cada vez más remota. 

Si un usuario le pidiese a ChatGPT que analizara libros determinados, las respuestas serán correctas, estructuradas e, incluso, convincentes. Para alguien que busque una idea general sobre los textos sin necesidad de poner un ojo en ellos, la inteligencia artificial es suficiente. Pero… ¿es suficiente? ¿Podemos realmente sustituir la experiencia de leer un libro entero por un resumen bien formulado?

Un libro no es sólo una recopilación de ideas, sino una conversación silenciosa entre autor y lector. Es un espacio de inmersión que permite matices, contradicciones y descubrimientos inesperados. Lo que un escritor plasma en sus páginas es el resultado de años de trabajo, dudas y pensamiento crítico. Reducir ese proceso a un extracto sintético es perder la riqueza de la lectura misma. Eso no se limita solo a los libros: las charlas con los amigos, los debates en torno a una mesa, las discusiones apasionadas sobre lo que hemos leído o visto son fundamentales para darle sentido a lo que aprendemos.

El problema no es la inteligencia artificial en sí misma, sino cómo la usamos. En lugar de permitir que reemplace la conversación, deberíamos integrarla como un recurso más en nuestra búsqueda de conocimiento, sin olvidar que el pensamiento no se construye en solitario ni a través de respuestas instantáneas. Pensamos mejor cuando hablamos, discutimos y nos atrevemos a confrontar ideas con otros. La verdadera comprensión no surge de leer un resumen, sino de debatirlo, cuestionarlo y enriquecerlo con nuevas perspectivas.

Si queremos evitar que la tecnología nos aísle aún más, debemos reivindicar el valor de la conversación. No basta con leer un análisis generado por un algoritmo o compartir artículos sin comentarios. Hay que recuperar la práctica de hablar, intercambiar opiniones con quienes piensan diferente, escuchar con atención y estar dispuestos a replantearnos nuestras propias certezas. Sin conversación, no hay pensamiento; sin pensamiento, solo nos queda aceptar pasivamente lo que nos dicen las máquinas.