La creatividad en tiempos de algoritmos

por Enrique Titos Martínez

(Granada, 1960). Economista egresado del posgrado en IESE Business School y Kellogg Business University (EEUU) con trayectoria profesional en varios grupos financieros nacionales e internacionales, en las áreas financieras, de tesorería y seguros. Casado y padre de cuatro hijos; consejero y consultor de innovación en varias empresas, experto en procesos de transformación. Creador del Consejos Asesor de Innovación Abierta (CAIA) en Caser Seguros (Grupo Helvetia). Cofundador y Director del grupo El Alcázar de las Ideas, Jurado de los Premios Knowsquare, Fundador y Presidente de la Asociación Alexandreia Club de Lectura, y fundador de Cineforum Mensajes de Cine.


Vivimos una época en la que el acceso a la información es ilimitado. Nunca antes había sido tan fácil obtener respuestas inmediatas, descubrir nuevas ideas o explorar perspectivas diversas. Sin embargo, esta aparente ventaja plantea una paradoja: en lugar de ampliar nuestro horizonte intelectual, la saturación informativa y la automatización del consumo de contenidos pueden estar reduciendo nuestra capacidad de pensar de manera crítica y original. 

Clay Shirky, experto en redes sociales y tecnología, lo deja muy claro: en la era de la híper-conectividad, el problema no es la sobrecarga de información, sino la falta de filtros adecuados. Es decir, el verdadero desafío es la gestión de información, no su cantidad. A cada instante, nuestras interacciones digitales generan un rastro de datos analizado por los sistemas de inteligencia artificial. En consecuencia, los motores de búsqueda nos muestran resultados adaptados a nuestros intereses, las redes sociales filtran lo que vemos según nuestros hábitos de consumo y los algoritmos de recomendación nos sumergen en burbujas de contenido afines a nuestras preferencias. Todo esto configura un entorno en el que el pensamiento se moldea sin que nos demos cuenta.

Un mundo de estímulos – ¿creatividad o alienación?

A primera vista, este acceso inmediato y personalizado a la información parece beneficioso. Nunca antes en la historia de la humanidad habíamos contado con una biblioteca universal al alcance de un clic. No obstante, esta misma facilidad nos enfrenta a un dilema: si solo consumimos lo que refuerza nuestras creencias y no rodeamos de discursos similares al nuestro, ¿qué pasa con la diversidad de pensamiento?

Las perspectivas más pesimistas advierten sobre el empobrecimiento de la creatividad y la tendencia a la homogeneización de ideas. Investigaciones recientes han señalado que la exposición constante a pantallas puede afectar la capacidad de concentración y reflexión profunda, especialmente en las generaciones más jóvenes. Nicholas Carr, en su libro Superficiales: ¿qué está haciendo internet con nuestras mentes? argumenta que el exceso de estímulos digitales nos vuelve menos pacientes con la lectura pausada y la argumentación compleja. En este sentido, algunos estudios sugieren que la sobreexposición al contenido filtrado por algoritmos reduce el pensamiento crítico y refuerza la tendencia a aceptar sin cuestionarse. 

Este fenómeno se relaciona con lo que se conoce como «mente colmena»: grupos de personas que, al estar expuestas a un sólo tipo de información, desarrollan opiniones cada vez más homogéneas y resistentes al cambio. Thomas Friedman ya advertía en El mundo es plano sobre los riesgos de la globalización digital en la diferenciación cultural. Si todos accedemos a los mismos contenidos, seguimos las mismas tendencias y compartimos los mismos referentes, ¿qué espacio queda para la innovación?

La paradoja de la era digital

Frente a este diagnóstico sombrío, hay quienes defienden que la tecnología no es un obstáculo, sino una herramienta que amplifica nuestras posibilidades creativas. Artículos recientes del Financial Times plantean que, lejos de limitar la imaginación, la revolución digital ha generado nuevas formas de expresión y acceso al conocimiento.
Plataformas como YouTube, Medium o Substack han permitido que los escritores, pensadores y creadores independientes encuentren audiencias sin necesidad de pasar por los filtros tradicionales de las editoriales o mesas directivas de medios de comunicación. Del mismo modo, la explosión de startups en todo el mundo demuestra que la innovación sigue siendo un motor activo en la sociedad contemporánea.

En este sentido, la inteligencia artificial podría no ser tanto una amenaza para la creatividad, sino una aliada en su desarrollo. Algunos expertos sostienen que las herramientas de IA generativa pueden servir como estímulo para el pensamiento divergente, ofreciendo combinaciones inesperadas de información que pueden inspirar nuevas ideas. No es casualidad que algunos artistas y escritores ya estén explorando la co-creación con sistemas de IA como una formas de expandir los límites de la creatividad.

El papel de la lectura y el pensamiento crítico

En medio de esta transformación, la lectura y la educación continua se presentan como los mejores antídotos contra la pasividad intelectual. La formación no puede limitarse a la adquisición de conocimientos técnicos o la memorización, sino que debe fomentar la capacidad de análisis, la argumentación y el intercambio de ideas. Como señaló la economista Mariana Mazzucato en El valor de todo, no todo lo que tiene un precio tiene valor: la reflexión, el debate y la capacidad de cuestionar son esenciales en cualquier sociedad que aspire a progresar.

Los clubes de lectura, como los que promueve Alexandreia, son espacios donde la diversidad de pensamiento no solo se permite, sino que se fomenta. Son una forma de resistencia ante la inmediatez de las redes sociales, un lugar donde el tiempo se desacelera y donde las ideas pueden desarrollarse sin la presión del número de likes o las respuestas inmediatas. En un mundo cada vez más dominado por el contenido fragmentado y el consumo superficial, recuperar el hábito de la lectura pausada y la conversación profunda es más necesario que nunca.

Mirando al futuro

El futuro de la creatividad no está escrito. Si bien es cierto que la digitalización presenta desafíos para la autonomía del pensamiento, también ofrece oportunidades inéditas para la creación y el aprendizaje. La cave estará en cómo decidamos utilizar las herramientas. Si nos dejamos llevar por la comodidad de los algoritmos y el refuerzo de nuestras propias creencias, correremos el riesgo de empobrecer nuestra imaginación. Si aprovechamos, en lugar de ello, la tecnología como un medio para explorar nuevas perspectivas y conectar con ideas diferentes, podremos hacer de este siglo un tiempo de innovación genuina.

La verdadera pregunta no es si la creatividad desaparecerá, sino qué haremos nosotros para preservarla.


Repensar el “software social” en la era digital

por Enrique Titos Martínez

(Granada, 1960). Economista egresado del posgrado en IESE Business School y Kellogg Business University (EEUU) con trayectoria profesional en varios grupos financieros nacionales e internacionales, en las áreas financieras, de tesorería y seguros. Casado y padre de cuatro hijos; consejero y consultor de innovación en varias empresas, experto en procesos de transformación. Creador del Consejos Asesor de Innovación Abierta (CAIA) en Caser Seguros (Grupo Helvetia). Cofundador y Director del grupo El Alcázar de las Ideas, Jurado de los Premios Knowsquare, Fundador y Presidente de la Asociación Alexandreia Club de Lectura, y fundador de Cineforum Mensajes de Cine.


El ritmo de transformación que vivimos obliga a cuestionarnos los sistemas que estructuran nuestra sociedad. ¿Necesitamos un nuevo «software social» para gestionar la complejidad del mundo digital? La pregunta no es trivial, sobre todo si consideramos la rapidez con la que las reglas del juego económico y social están evolucionando.

Uno de los ejes de este cambio es el nuevo ciudadano digital: no solo un consumidor, sino también un productor de contenido, datos y valor. Una figura que cuestiona la representatividad de los medios tradicionales, de los partidos políticos y de las estructuras económicas heredadas del siglo XX. Un ciudadano que, con un clic, monetiza sus habilidades y recursos en plataformas digitales, redefiniendo el concepto de propiedad y el uso en favor del acceso y la inmediatez.

En paralelo, las grandes corporaciones tecnológicas han adquirido un poder inédito, desafiando regulaciones establecidas y generando tensiones con legisladores e industrias tradicionales. Modelos como los de Uber, Airbnb o Amazon demuestran cómo la tecnología puede crear mercados sin necesidad de infraestructuras físicas, redistribuyendo ingresos y concentrando riqueza de maneras antes impensadas. Mientras algunos abogan por una regulación que se adapte a esta nueva realidad, otros sostienen que la tecnología puede auto-regularse a través de mecanismos como el blockchain, capaz de garantizar transparencia y automatizar la confianza sin intermediarios.

Pero la cuestión de fondo no es solo regulatoria; también es filosófica. ¿Cómo equilibramos innovación y equidad? ¿Qué papel debe desempeñar el Estado en un ecosistema donde la información y la tecnología reducen la necesidad de intermediarios? ¿Cómo aseguramos que la creciente automatización no erosione el bienestar social?

Algunos, como Jeremy Rifkin, sugieren que avanzamos hacia un modelo cooperativo donde los costos de producción tienden a cero y el valor se distribuye de forma más equitativa. Otros, como Peter Thiel, defienden la concentración de poder en monopolios innovadores como motor de progreso. Mientras tanto, los síntomas de desajuste en el sistema son evidentes: aumento de la desigualdad, cuestionamientos a la democracia representativa y un malestar social creciente.

Si el siglo XX asistió a la consolidación del capitalismo socializado, el siglo XXI se encuentra en la encrucijada de definir su propio modelo. ¿Debe el software social evolucionar gradualmente o ser reescrito desde cero? La respuesta aún no está clara, pero lo que sí parece ineludible es la necesidad de adaptar nuestras estructuras políticas, económicas y sociales a una realidad en la que la tecnología no es solo una herramienta, sino el código fuente de un nuevo paradigma.


Alexandreia en la Feria del Libro de Madrid 2025: lectura, conversación y comunidad

por Lourdes Alvarez

Además de introducir Alexandreia, conversaremos en profundidad sobre el libro Nexus, de Yuval Noah Harari, un texto que invita a reflexionar sobre el conocimiento, el futuro y nuestra relación con la tecnología. La sesión será conducida por nuestro equipo y contará con la participación activa de lectores habituales de Alexandreia. Además, el público asistente podrá sumarse a la discusión y experimentar de primera mano el espíritu que guía nuestras actividades.

Queremos que este evento sirva como muestra de lo que somos: una comunidad que no solo lee, sino que también conversa, cuestiona y comparte. Estar presentes en la Feria del Libro de Madrid 2025, aunque sea por unas horas, es una forma de abrir nuestras puertas a quienes aún no nos conocen y de encontrarnos con quienes ya forman parte del proyecto.

La actividad es gratuita, pero el aforo es limitado. Para reservar tu plaza y recibir más información, puedes registrarte en el siguiente enlace.

La sesión tendrá lugar el lunes 9 de junio de 17:30h-18,30h, en el Salón de Actos de la Biblioteca Eugenio Trías, en el Parque de El Retiro, a pocos metros del Paseo de Coches

El viaje del héroe: la historia que nunca dejamos de contar


Un joven, a quien le depara un destino incierto, recibe un llamado inesperado que lo arranca de su cotidianeidad. Se sumerge en una travesía que, de la mano de aliados y teniendo claros sus enemigos, le permite descubrirse a sí mismo, volviendo a casa renovado. Una línea narrativa bien conocida, ¿no es así?

La estructura del «viaje del héroe» es de las más persistentes en la historia de la literatura. La encontramos en relatos como El señor de los anillos, Star Wars o en relatos de hace siglos, como Beowulf. Se trata del corazón de la aventura y, a pesar del paso del tiempo, sigue moldeando historias en nuestros días. 

La formulación moderna de este formato se debe a Joseph Campbell, quien identificó en su libro El héroe de las mil caras (1949) un patrón recurrente en mitos y relatos de diversas culturas. El escritor estadounidense se inspiró en las ideas del psicoanálisis de Carl Jung y la mitología comparada, sintetizando la estructura en el «monomito»: un esquema cíclico que sigue al protagonista desde su llamada a la aventura hasta su regreso transformado. 

No obstante, la existencia de este esquema es mucho más antigua, hallándose en narraciones épicas como La Odisea, La Eneida o cuentos tradicionales como aquellos recogidos por los hermanos Grimm.

Décadas más adelante, el «monomito» campbelliano fue adaptado a la teoría del guión cinematográfico. Christopher Vogler simplificó los pasos del «viaje del héroe» para ajustarlos a la narrativa hollywoodiense en El viaje del escritor (1992), convirtiéndolo en una herramienta práctica para los guionistas y consolidando su influencia en la industria del entretenimiento. Desde entonces, el esquema ha sido utilizado como modelo en la construcción narrativa de relatos de ficción, tanto en la literatura como en el cine o la publicidad.

La importancia del viaje del héroe radica en su capacidad para conectar con la transformación inherente a la experiencia humana. El héroe, como figura arquetípica, representa al individuo enfrentándose a retos que le permiten conocerse y cambiar. Esto explica su persistencia en la narrativa universal: desde las epopeyas clásica hasta novelas contemporáneas como las sagas de J.K. Rowling o J.R.R. Tolkien.

Más allá de la literatura, el recorrido del protagonista en esta estructura ha sido adoptado en sectores como la publicidad y marketing o el desarrollo personal. En el ámbito publicitario, por ejemplo, las marcas suelen construir narrativas en las que el consumidor es quien se convierte en el héroe, enfrentando un problema y encontrando la solución en el producto o servicio ofrecido. La elección de esta estructura responde a un principio básico de la narratología: la empatía que genera un relato construido alrededor de un conflicto y su resolución. Es decir, las historias construidas en torno al viaje del héroe, así como insistía Robert McKee, facilitan la identificación del público con el protagonista y refuerzan el impacto emocional del relato. La audiencia se ve reflejada en el héroe, proyectando sus propias experiencias y aspiraciones en su travesía. 

A pesar de las críticas sobre su sobre-utilización y a la posible rigidez que impone a la creatividad, el viaje del héroe sigue y seguirá siendo una herramienta clave en la narrativa contemporánea. Autores y cineastas han alterado el esquema tradicional, cuestionando sus premisas o alterando sus fases – como ocurre en Mad Max: Fury Road o en clásicos como Don Quijote de la Mancha, donde el héroe es tanto el viajero como el agente del caos.

Más que sólo una estructura narrativa, el recorrido del héroe es un reflejo de cómo damos sentido a la experiencia humana. Desde la épica antigua hasta la ficción contemporánea, este esquema ha demostrado ser más que una fórmula: es una forma de contar historias que trascienden el tiempo, la cultura y el medio. Se trata de una travesía que continúa reinventándose sin perder su esencia. ⬥