Redescubrir el valor de leer: del fetiche al aprendizaje colectivo

por Enrique Titos Martínez

(Granada, 1960). Economista egresado del posgrado en IESE Business School y Kellogg Business University (EEUU) con trayectoria profesional en varios grupos financieros nacionales e internacionales, en las áreas financieras, de tesorería y seguros. Casado y padre de cuatro hijos; consejero y consultor de innovación en varias empresas, experto en procesos de transformación. Creador del Consejos Asesor de Innovación Abierta (CAIA) en Caser Seguros (Grupo Helvetia). Cofundador y Director del grupo El Alcázar de las Ideas, Jurado de los Premios Knowsquare, Fundador y Presidente de la Asociación Alexandreia Club de Lectura, y fundador de Cineforum Mensajes de Cine.


La conocida influencer María Pombo acaba de desatar la polémica diciendo que no lee, pues la lectura de libros está sobrevalorada. Además, aseguró que hoy abundan los lectores exhibicionistas, que se acompañan del libro como si de un fetiche mágico se tratara. 

No es menos cierto que la lectura se ha desplomado un 40% desde la década de 1940, según datos de la revista iScience. Son datos de EEUU, donde el porcentaje de personas que leen con habitualidad es del 16%, frente al 35% que muestra el barómetro de lectura de 40dB para El País. Una parte de la explicación tiene que ver con el auge de otras formas –digitales– de ocupar nuestro tiempo, de aprendizaje y entretenimiento.

Esto son malos presagios, ya que hay evidencias de que la lectura sostenida mejora la salud y el bienestar. Hay aún más evidencias de que el uso desproporcionado de lo digital incrementa la tensión, absorbidos por el interminable scroll.

Los datos de España pueden resultar esperanzadores, y el referido informe de 40dB dice que el 65% lee libros, pero el investigador Michel Desmurget los pone en duda. Él compara las divergencias entre los datos de nuestros informes PISA (dirigidos a escolares) y los informes PIAAC (dirigidos a adultos). Estos últimos muestran que 75% de los lectores tienen una comprensión lectora un poco más que básica.

Es fundamental señalar que leer no es algo natural, sino algo aprendido y practicado. “Según Umberto Eco, los textos literarios son mecanismos perezosos, lo que significa que la lectura requiere la participación activa del lector. Un texto literario contiene muchos elementos no verbalizados, los llamados espacios en blanco, que el lector debe llenar con su imaginación. Mediante esta actividad creativa, cada lector da vida a los personajes, imaginando sus rostros, voces, colores y atmósferas de una manera única, según sus propias experiencias y sensibilidades”.

Entonces, ¿por qué hay que leer?

  1. Leer nos hace más cultos
    Distintos estudios de contenido han demostrado que hay más riqueza lingüística en un libro ilustrado para niños que en todos los corpus orales corrientes: conversaciones entre adultos, películas, programas de televisión… Esto significa que la exposición a la palabra escrita es la única manera de desarrollar un lenguaje avanzado, básico para construir pensamientos complejos.
  2. Leer podría hacernos más empáticos
    A pesar de ser un acto solitario por definición, un buen libro nos pone en la piel de un personaje del que conocemos hasta sus pensamientos más íntimos. El metaanálisis más completo sobre esta materia se publicó el año pasado, pero no llegó a conclusiones muy claras. “Las pruebas, tal y como están, no contribuyen mucho a justificar la convincente intuición de que los ejercicios imaginativos, sofisticados y creativos del lenguaje nos convierten en agentes morales más sensibles”, concluía.
  3. Leer nos da paciencia
    Una de las cosas que pasan cuando estás leyendo un libro durante horas es que estás centrado en una historia por todo ese tiempo. No buscas llegar al final para obtener nada, solo disfrutas del proceso sabiendo que éste puede llevar días o semanas. Y eso, en el mundo acelerado y dopamínico en el que vivimos, es una rareza. Decía Carl Sagan que los libros nos permiten viajar en el tiempo y aprovechar la sabiduría de nuestros antepasados. Conectar de una forma íntima con gente que no hemos conocido jamás, de las que nos separan siglos, kilómetros y culturas.
  4. Leer es saludable
    “Igual que hacemos ejercicio o cuidamos nuestra alimentación, leer puede ayudarnos a mejorar nuestra salud”. La evidencia de esta afirmación es limitada, pero prometedora. Una revisión de cinco estudios publicada en 2023 en la revista PLOS One llegó a la conclusión de que leer ficción puede influir positivamente en el estado de ánimo y el bienestar, resaltando que los beneficios emergen sobre todo cuando hay reflexión y discusión. En ese sentido, los clubs de lectura se convertirían en una receta perfecta, al combinar esta reflexión con conexiones sociales.

Dado que la lectura se ha considerado como un instrumento de comunicación, la sociedad y la ciencia no han investigado en profundidad al respecto. El filólogo alemán Massimo Salgaro cree que con el tema de la lectura nos enfrentamos a un recurrente pánico moral. “La actitud subyacente es tan antigua como la humanidad misma”, explica en un intercambio de mensajes. “Platón condenó la introducción de la escritura; en el siglo XIX, existía el temor a la adicción a las novelas, que distraería, sobre todo, a las jóvenes de las tareas domésticas; en la década de 1950, se desató en Estados Unidos una cruzada contra los cómics“.

Hoy la lectura ya no es ese nuevo invento que amenaza nuestra cultura, sino el valor a preservar frente a la novedad que supone internet. Pero siendo objetivo, dice Salgado, es complicado hacer un balance a largo plazo.

De espectadores a cuidadores

por Enrique Titos Martínez

(Granada, 1960). Economista egresado del posgrado en IESE Business School y Kellogg Business University (EEUU) con trayectoria profesional en varios grupos financieros nacionales e internacionales, en las áreas financieras, de tesorería y seguros. Casado y padre de cuatro hijos; consejero y consultor de innovación en varias empresas, experto en procesos de transformación. Creador del Consejos Asesor de Innovación Abierta (CAIA) en Caser Seguros (Grupo Helvetia). Cofundador y Director del grupo El Alcázar de las Ideas, Jurado de los Premios Knowsquare, Fundador y Presidente de la Asociación Alexandreia Club de Lectura, y fundador de Cineforum Mensajes de Cine.


Sobre todo en Occidente, hay una frase que ronda muchas conversaciones recientes sobre cultura, ciencia, educación o medioambiente cuando estamos ante un proyecto que nos gusta: «Esto es maravilloso, pero… ¿quién lo paga?». La pregunta no es cínica, sino profundamente honesta. Vivimos rodeados de iniciativas que nos enriquecen como personas y como sociedad, pero cuya sostenibilidad se tambalea precisamente porque nadie quiere que cuesten.

Muchos bienes comunes –el conocimiento compartido, la cultura independiente, el pensamiento crítico, las comunidades de afecto y aprendizaje– no tienen precio, pero sí tienen un coste. Un coste de oportunidad, económico y de tiempo. Y ese coste, cuando no lo asume el mercado ni lo financia el Estado, cae casi siempre sobre espaldas de quienes creen que vale la pena sostener lo que les sostiene.

En este contexto, conviene diferenciar dos formas tradicionales de apoyo privado– aunque en este artículo se empleen de manera indistinta. Están el mecenazgo, asociado principalmente a las artes y la cultura, y la filantropía, con un alcance más amplio que abarca la ciencia, la educación o la acción social. Ambas responden a una misma lógica: sostener aquello que enriquece a la sociedad más allá de su rentabilidad inmediata.

Internet comenzó siendo la promesa de un bien común: un campo yermo sembrado de protocolos de comunicación. Dejó de serlo cuando las grandes tecnológicas araron el campo. Crearon productos y servicios que ellos monopolizaron, ofreciendo a cambio eficiencia real y nuevos trabajos y servicios. Esto, en consecuencia, capturó masivamente nuestros datos digitales de forma gratuita a través de la manipulación de nuestra atención. El coste inicial en el que incurrieron ha sido más que recompensado con las rentas de posición de las que hoy disfrutan.

Sin embargo, muchos otros proyectos no tienen en su génesis un modelo de rentabilidad futuro. Sus dividendos a la sociedad solo son posibles si son financieramente sostenibles.

El problema es que, como sociedad, no hemos aprendido a reconocer el valor de lo no monetario. Lo que no se compra ni se vende tiende a no ser percibido como algo que necesita cuidado, atención, inversión o energía. Así, sin darnos cuenta, caemos en una paradoja peligrosa: disfrutamos de proyectos colaborativos, asociaciones culturales o comunidades que generan riqueza simbólica, emocional y social, pero nos cuesta asumir que también requieren recursos para subsistir. En ocasiones se recurre a la expectativa de que el Estado lo financie con nuestros impuestos, o de que habrá otros particulares o instituciones que lo hagan.

Este fenómeno ha sido descrito en la teoría de juegos con dos conceptos ya clásicos. El primero es el dilema del prisionero: incluso cuando dos personas tendrían mejores resultados cooperando, si no tienen garantía de que el otro lo hará, tienden a no hacerlo. Aplicado a nuestros realidad, « no contribuyo porque no estoy seguro de que los demás lo hagan ». El segundo es el síndrome del polizón (free rider): « disfruto del bien común sin aportar nada, porque otros ya lo harán por mí ».

Ambos reflejan el mismo miedo: ser el único (o de los pocos) que empuja el carro. Ambos conducen al mismo riesgo: que el carro se detenga, sin obviar la injusticia de que solo unos pocos carguen con todo el peso cuando, de hacerse de forma compartida y colaborativa, la carga sería mucho más ligera para todos y el beneficio verdaderamente sostenible.

En el fondo, el verdadero desafío es repensar la idea de qué es el «retorno». Durante demasiado tiempo hemos asociado el retorno a una variable económica: invierto si obtengo más de lo que doy. Pero hay otros retornos, más sutiles y profundos:

  • El retorno personal: la satisfacción de formar parte de algo que nos enriquece.
  • El social: la pertenencia a una red de relaciones significativas.
  • El simbólico: el orgullo de contribuir a algo valioso.
  • El cultural: ver crecer espacios que amplían la inteligencia colectiva.
  • El democrático: apoyar proyectos compartidos genera cohesión social y confianza.
  • El ético: contribuir como una forma de devolver a la sociedad parte de la riqueza material, cultural y simbólica que hemos recibido de ella.

A menudo olvidamos que algunos de los proyectos más transformadores de la historia no buscaron el retorno inmediato, aunque contaron con recursos comprometidos hasta que eclosionaron.

Existen proyectos soportados por financiación pública como el Proyecto Genoma Humano o el CERN en Europa, pero también está Wikipedia, creado en 2001 con aportaciones de voluntarios y que sigue siendo una asociación. Otros ejemplos son la Corporación Industrial Mondragón, un modelo de propiedad compartida que data de 1956; la Orquesta Sinfónica de Londres creada en 1904 por músicos y financiada por sus miembros y aficionados, o el Liceu de Barcelona fundado en 1847. Ninguno habría sido posible sin la convicción profunda de que invertir hoy en algo que no se monetiza mañana puede cambiar el futuro de todos.

Hay una dificultad adicional: para que alguien contribuya, tiene que sentir que ese proyecto también es suyo. Uno de los grandes retos de la cultura del mecenazgo o la colaboración sostenida es éste: ¿por qué esto es tan importante para mí que deseo apoyarlo también económicamente? No basta con que algo nos guste. Tiene que tocarnos. Tenemos que integrarlo en nuestra identidad. Sentir que contribuir es un acto de coherencia con lo que somos o aspiramos a ser.

Además, muchas personas piensan que con dar su tiempo ya han cumplido –que su presencia, su participación, su entusiasmo son suficiente contribución. En muchos sentidos, lo son, pero hay otra cara de la moneda: la posibilidad misma de participar existe porque otros, antes, pusieron medios, dinero, infraestructura, riesgo o esfuerzo para que eso fuera posible.

La participación apoya y honra ese legado, pero si además se contribuye, se garantiza que el proyecto no sólo sobreviva, sino que crezca, se multiplique y llegue a otros. Es un acto de generosidad hacia el futuro, no sólo hacia el presente. Lo entendieron muy bien los pioneros de los programas de investigación científica, que trabajaron durante décadas sin certezas, confiando en que algún día alguien recogería el fruto de lo que estaban sembrando. Hay que dejar claro que sostenimiento no se refiere solo a aportación económica, sino a la participación activa y comprometida en las actividades asociativas.

El premio Nobel de Economía Elinor Ostrom demostró que las comunidades pueden gestionar con éxito los bienes comunes si desarrollan reglas claras, confianza mutua y mecanismos de vigilancia (Governing the Commons, 1990). Pero para ello es necesaria una cultura del compromiso, no del usufructo pasivo.

También Zygmunt Bauman alertó de que “la sociedad de consumidores ha transformado a las personas en espectadores de lo común, no en participantes” (Vida de consumo, 2007). Este cambio de rol tiene consecuencias: pasamos de cuidadores de lo público a usuarios de servicios «gratuitos», desconectados del esfuerzo que los sostiene.

Aun así, la filantropía —en su versión individual o colectiva— sigue siendo incipiente en España. Falta cultura e incentivos, pero sobre todo falta una conversación franca sobre por qué apoyar lo que ya funciona es una forma de coherencia, no de caridad. Una forma de responsabilidad, no de sacrificio. Conviene aquí distinguir: la caridad suele ser puntual y asistencial; el voluntariado, aunque más sostenido, se basa sobre todo en la entrega personal de tiempo y capacidades. La filantropía y el mecenazgo, en cambio, suponen una contribución estructural —económica o institucional— que garantiza la continuidad de los proyectos colectivos y multiplica su impacto, tanto en el presente como en el futuro.

Quizás ha llegado el momento de reivindicar otra economía: la del cuidado. También, otra forma de retorno de la inversión: aquella que no se mide en dividendos, sino en sentido.

Lo que no cuesta nada… tal vez debería costar algo. No porque queramos poner precio a lo valioso, sino porque sólo lo que se reconoce como valioso si encuentra quien lo sostenga.

En última instancia, contribuir significa también devolver a la sociedad parte de lo que hemos recibido de ella, transformando la gratitud en sostenimiento y el cuidado en inversión de futuro.

A paso lento también se llega lejos: el arte de leer sin prisas

por Cristina Pascual Horas

Directora financiera con trayectoria en entornos multinacionales y sectores como el industrial, retail y gran consumo. Licenciada en Administración y Dirección de Empresas por la Universidad Complutense de Madrid, ha complementado su formación con programas ejecutivos en IESE, una certificación en sostenibilidad (CESGA) y formación en liderazgo transformador por la Fundación Rafael del Pino.

Cree en la lectura como herramienta de crecimiento colectivo y compromiso con el mundo. Forma parte del Club de Lectura Alexandreia, donde participa activamente en espacios de diálogo, pensamiento y comunidad.

Disfruta del deporte, el tiempo en familia y los retos que impulsan tanto su desarrollo profesional como personal.


En un mundo acelerado, la lectura se ha convertido en una actividad contradictoria: nos conecta con la pausa y la profundidad, pero también está atrapada en la lógica de la productividad. ¿Cuántos libros has leído este mes? ¿Cuántos más podrías leer si aplicaras técnicas de lectura rápida? ¿Y si la pregunta no fuera cuántos, sino cómo?

La paradoja de la lectura en tiempos veloces

Vivimos rodeados de estímulos inmediatos. Leemos titulares, tuits o subtítulos; incluso, cuando abrimos un libro, la presión por avanzar, terminar, pasar al siguiente, sigue ahí. Plataformas como Goodreads o los retos de lectura anual han fomentado el placer por acumular, pero también, sin quererlo, una forma de ansiedad por «consumir» cultura.

Leer se convierte entonces en otra tarea de la lista. Pero ¿no perdemos algo esencial si convertimos cada página en una casilla que hay que tachar?

Lectura rápida vs lectura profunda

Leer rápido no es malo en sí. Hay libros que se prestan a ello: historias trepidantes, narrativas ágiles, lecturas funcionales. Pero cuando la velocidad se convierte en hábito, empezamos a perder otras capas:

  • La cadencia del lenguaje.
  • Las frases que merecen ser leídas dos veces.
  • Las imágenes que necesitan reposar.
  • Los personajes que nos piden compañía.

La lectura profunda es otra cosa. Es cuando el libro no se acaba al cerrar la tapa, sino que sigue dentro, en forma de pensamiento, pregunta o emoción suspendida. Es una lectura que no solo informa, sino que transforma.

Leer despacio es un acto de resistencia

Frente al vértigo del presente, leer sin prisa es un gesto contracultural. Es crear un espacio de intimidad, sostener la atención en un solo hilo y dejar que el texto nos modele, en lugar de apurarlo.

Quienes leen despacio no son lectores lentos: son lectores presentes. Hay algo profundamente subversivo en dedicarle a un libro más tiempo del que el algoritmo recomienda. En dejarse llevar por el ritmo de la prosa y no por la urgencia del conteo.

Cuando la lectura rápida es una señal

No siempre leemos rápido porque queramos avanzar más. A veces lo hacemos porque algo no nos atrapa: el lenguaje no nos llega, el tema no resuena, la voz no nos interesa. Pasamos páginas sin detenernos, no porque queramos volar, sino porque queremos terminar cuanto antes.

En esos casos, leer rápido puede ser una alerta: ¿por qué sigo? Quizá lo más honesto sea soltar el libro. Dejarlo. Liberar el espacio para otra lectura que sí nos mire de frente.

Dejar un libro no es rendirse. Es ejercer un derecho lector: el de elegir qué merece nuestro tiempo, nuestra atención y nuestro deseo de comprender.

Libros que se quedan contigo

Cada vez que abrimos un libro, tomamos nota inconscientemente de por dónde vamos: colocamos el marcapáginas, miramos el número de páginas, revisamos los capítulos que quedan. A mitad de camino intuimos el nudo; hacia el final, reconocemos los signos del desenlace. Incluso el epílogo lo anticipamos como un cierre emocional. Leer también es un viaje con estaciones, donde el tiempo se convierte en parte de la experiencia.

Seguimos el progreso no solo por hábito, sino porque la lectura lenta nos permite anticipar lo que viene y al mismo tiempo prolongar lo que ya sentimos. Hay libros que uno no quiere terminar. Porque su mundo es más habitable que el nuestro, o porque nos han dicho algo sobre nosotros que aún no terminamos de entender. Son libros que invitan a la relectura, al subrayado, a la conversación.

En Alexandreia queremos reivindicar también esa forma de leer. No solo celebrar lo que se termina, sino lo que permanece. Lo que deja huella. Lo que merece ser releído.

Hay libros que uno no quiere terminar. Porque su mundo es más habitable que el nuestro, o porque nos han dicho algo sobre nosotros que aún no terminamos de entender. Son libros que invitan a la relectura, al subrayado, a la conversación.

Te invitamos a pensar en ese libro que no quisiste terminar. Ese que alargaste página a página, como quien saborea el último trago. ¿Cuál fue? ¿Qué te retuvo en él?

La lectura lenta no es un lujo: es una necesidad. Y también una forma de estar en el mundo.

Sin conversación, no hay pensamiento

por Enrique Titos Martínez

(Granada, 1960). Economista egresado del posgrado en IESE Business School y Kellogg Business University (EEUU) con trayectoria profesional en varios grupos financieros nacionales e internacionales, en las áreas financieras, de tesorería y seguros. Casado y padre de cuatro hijos; consejero y consultor de innovación en varias empresas, experto en procesos de transformación. Creador del Consejos Asesor de Innovación Abierta (CAIA) en Caser Seguros (Grupo Helvetia). Cofundador y Director del grupo El Alcázar de las Ideas, Jurado de los Premios Knowsquare, Fundador y Presidente de la Asociación Alexandreia Club de Lectura, y fundador de Cineforum Mensajes de Cine.


La inteligencia artificial ha transformado nuestra manera de vivir, trabajar e informarnos. En su afán por ofrecernos respuestas rápidas y soluciones automatizadas, esta tecnología se ha convertido en el último acelerón de un proceso que comenzó con la radio, continuó con la televisión y se consolidó con las redes sociales y las plataformas digitales. Se trata de sustituir progresivamente la conversación con la escucha pasiva y la visualización. Hoy, herramientas como ChatGPT refuerzan esta dinámica, ofreciendo resúmenes, análisis y síntesis de textos en cuestión de segundos, reduciendo la necesidad de leer, debatir y –en última instancia– pensar en compañía de otros.

Cada vez más construimos nuestras opiniones a solas, alimentándonos de contenido digitales que consumimos a través de las pantallas. Esto no es nuevo. Siempre nos hemos informado por los medios dominantes de cada época: desde los púlpitos de las iglesias hasta los cafés donde se discutía la Ilustración, pasando por los periódicos y la radio. Sin embargo, lo que sí es nuevo es la forma en que interactuamos con la información. Ya no llega a nosotros a través de la conversación, sino mediante dispositivos que nos presentan contenidos diseñados para captar nuestra atención y reforzar nuestras creencias previas. Así, la posibilidad de que una conversación real nos haga cambiar de opinión es cada vez más remota. 

Si un usuario le pidiese a ChatGPT que analizara libros determinados, las respuestas serán correctas, estructuradas e, incluso, convincentes. Para alguien que busque una idea general sobre los textos sin necesidad de poner un ojo en ellos, la inteligencia artificial es suficiente. Pero… ¿es suficiente? ¿Podemos realmente sustituir la experiencia de leer un libro entero por un resumen bien formulado?

Un libro no es sólo una recopilación de ideas, sino una conversación silenciosa entre autor y lector. Es un espacio de inmersión que permite matices, contradicciones y descubrimientos inesperados. Lo que un escritor plasma en sus páginas es el resultado de años de trabajo, dudas y pensamiento crítico. Reducir ese proceso a un extracto sintético es perder la riqueza de la lectura misma. Eso no se limita solo a los libros: las charlas con los amigos, los debates en torno a una mesa, las discusiones apasionadas sobre lo que hemos leído o visto son fundamentales para darle sentido a lo que aprendemos.

El problema no es la inteligencia artificial en sí misma, sino cómo la usamos. En lugar de permitir que reemplace la conversación, deberíamos integrarla como un recurso más en nuestra búsqueda de conocimiento, sin olvidar que el pensamiento no se construye en solitario ni a través de respuestas instantáneas. Pensamos mejor cuando hablamos, discutimos y nos atrevemos a confrontar ideas con otros. La verdadera comprensión no surge de leer un resumen, sino de debatirlo, cuestionarlo y enriquecerlo con nuevas perspectivas.

Si queremos evitar que la tecnología nos aísle aún más, debemos reivindicar el valor de la conversación. No basta con leer un análisis generado por un algoritmo o compartir artículos sin comentarios. Hay que recuperar la práctica de hablar, intercambiar opiniones con quienes piensan diferente, escuchar con atención y estar dispuestos a replantearnos nuestras propias certezas. Sin conversación, no hay pensamiento; sin pensamiento, solo nos queda aceptar pasivamente lo que nos dicen las máquinas.


La creatividad en tiempos de algoritmos

por Enrique Titos Martínez

(Granada, 1960). Economista egresado del posgrado en IESE Business School y Kellogg Business University (EEUU) con trayectoria profesional en varios grupos financieros nacionales e internacionales, en las áreas financieras, de tesorería y seguros. Casado y padre de cuatro hijos; consejero y consultor de innovación en varias empresas, experto en procesos de transformación. Creador del Consejos Asesor de Innovación Abierta (CAIA) en Caser Seguros (Grupo Helvetia). Cofundador y Director del grupo El Alcázar de las Ideas, Jurado de los Premios Knowsquare, Fundador y Presidente de la Asociación Alexandreia Club de Lectura, y fundador de Cineforum Mensajes de Cine.


Vivimos una época en la que el acceso a la información es ilimitado. Nunca antes había sido tan fácil obtener respuestas inmediatas, descubrir nuevas ideas o explorar perspectivas diversas. Sin embargo, esta aparente ventaja plantea una paradoja: en lugar de ampliar nuestro horizonte intelectual, la saturación informativa y la automatización del consumo de contenidos pueden estar reduciendo nuestra capacidad de pensar de manera crítica y original. 

Clay Shirky, experto en redes sociales y tecnología, lo deja muy claro: en la era de la híper-conectividad, el problema no es la sobrecarga de información, sino la falta de filtros adecuados. Es decir, el verdadero desafío es la gestión de información, no su cantidad. A cada instante, nuestras interacciones digitales generan un rastro de datos analizado por los sistemas de inteligencia artificial. En consecuencia, los motores de búsqueda nos muestran resultados adaptados a nuestros intereses, las redes sociales filtran lo que vemos según nuestros hábitos de consumo y los algoritmos de recomendación nos sumergen en burbujas de contenido afines a nuestras preferencias. Todo esto configura un entorno en el que el pensamiento se moldea sin que nos demos cuenta.

Un mundo de estímulos – ¿creatividad o alienación?

A primera vista, este acceso inmediato y personalizado a la información parece beneficioso. Nunca antes en la historia de la humanidad habíamos contado con una biblioteca universal al alcance de un clic. No obstante, esta misma facilidad nos enfrenta a un dilema: si solo consumimos lo que refuerza nuestras creencias y no rodeamos de discursos similares al nuestro, ¿qué pasa con la diversidad de pensamiento?

Las perspectivas más pesimistas advierten sobre el empobrecimiento de la creatividad y la tendencia a la homogeneización de ideas. Investigaciones recientes han señalado que la exposición constante a pantallas puede afectar la capacidad de concentración y reflexión profunda, especialmente en las generaciones más jóvenes. Nicholas Carr, en su libro Superficiales: ¿qué está haciendo internet con nuestras mentes? argumenta que el exceso de estímulos digitales nos vuelve menos pacientes con la lectura pausada y la argumentación compleja. En este sentido, algunos estudios sugieren que la sobreexposición al contenido filtrado por algoritmos reduce el pensamiento crítico y refuerza la tendencia a aceptar sin cuestionarse. 

Este fenómeno se relaciona con lo que se conoce como «mente colmena»: grupos de personas que, al estar expuestas a un sólo tipo de información, desarrollan opiniones cada vez más homogéneas y resistentes al cambio. Thomas Friedman ya advertía en El mundo es plano sobre los riesgos de la globalización digital en la diferenciación cultural. Si todos accedemos a los mismos contenidos, seguimos las mismas tendencias y compartimos los mismos referentes, ¿qué espacio queda para la innovación?

La paradoja de la era digital

Frente a este diagnóstico sombrío, hay quienes defienden que la tecnología no es un obstáculo, sino una herramienta que amplifica nuestras posibilidades creativas. Artículos recientes del Financial Times plantean que, lejos de limitar la imaginación, la revolución digital ha generado nuevas formas de expresión y acceso al conocimiento.
Plataformas como YouTube, Medium o Substack han permitido que los escritores, pensadores y creadores independientes encuentren audiencias sin necesidad de pasar por los filtros tradicionales de las editoriales o mesas directivas de medios de comunicación. Del mismo modo, la explosión de startups en todo el mundo demuestra que la innovación sigue siendo un motor activo en la sociedad contemporánea.

En este sentido, la inteligencia artificial podría no ser tanto una amenaza para la creatividad, sino una aliada en su desarrollo. Algunos expertos sostienen que las herramientas de IA generativa pueden servir como estímulo para el pensamiento divergente, ofreciendo combinaciones inesperadas de información que pueden inspirar nuevas ideas. No es casualidad que algunos artistas y escritores ya estén explorando la co-creación con sistemas de IA como una formas de expandir los límites de la creatividad.

El papel de la lectura y el pensamiento crítico

En medio de esta transformación, la lectura y la educación continua se presentan como los mejores antídotos contra la pasividad intelectual. La formación no puede limitarse a la adquisición de conocimientos técnicos o la memorización, sino que debe fomentar la capacidad de análisis, la argumentación y el intercambio de ideas. Como señaló la economista Mariana Mazzucato en El valor de todo, no todo lo que tiene un precio tiene valor: la reflexión, el debate y la capacidad de cuestionar son esenciales en cualquier sociedad que aspire a progresar.

Los clubes de lectura, como los que promueve Alexandreia, son espacios donde la diversidad de pensamiento no solo se permite, sino que se fomenta. Son una forma de resistencia ante la inmediatez de las redes sociales, un lugar donde el tiempo se desacelera y donde las ideas pueden desarrollarse sin la presión del número de likes o las respuestas inmediatas. En un mundo cada vez más dominado por el contenido fragmentado y el consumo superficial, recuperar el hábito de la lectura pausada y la conversación profunda es más necesario que nunca.

Mirando al futuro

El futuro de la creatividad no está escrito. Si bien es cierto que la digitalización presenta desafíos para la autonomía del pensamiento, también ofrece oportunidades inéditas para la creación y el aprendizaje. La cave estará en cómo decidamos utilizar las herramientas. Si nos dejamos llevar por la comodidad de los algoritmos y el refuerzo de nuestras propias creencias, correremos el riesgo de empobrecer nuestra imaginación. Si aprovechamos, en lugar de ello, la tecnología como un medio para explorar nuevas perspectivas y conectar con ideas diferentes, podremos hacer de este siglo un tiempo de innovación genuina.

La verdadera pregunta no es si la creatividad desaparecerá, sino qué haremos nosotros para preservarla.