La revolución del Internet de las cosas en nuestra vida cotidiana

por Consejo Editorial de Alexandreia


El Internet de las cosas (IoT, por sus siglas en inglés) ha transformado nuestra relación con la tecnología, integrándola de manera cada vez más profunda en la vida cotidiana. Este concepto se basa en la capacidad de los objetos de conectarse a internet y comunicarse entre sí para optimizar su funcionamiento y ofrecer nuevas soluciones. Su desarrollo está estrechamente ligado al procesamiento de datos masivos (i.e. big data), que permite analizar la información generada y extraer valor de ella.

El crecimiento de IoT ha sido vertiginoso. Se estima que en los próximos años habrá millones de dispositivos conectados en ámbitos tan diversos como el hogar, la movilidad y la salud. En el sector del transporte, por ejemplo, la incorporación de tecnologías de comunicación entre vehículos (V2V) y entre vehículos e infraestructuras (V2I) está revolucionando la manera en que nos desplazamos. Estas innovaciones no solo mejoran la fluidez del tráfico, sino que también reducen la contaminación y optimizan el consumo de energía.

Uno de los desarrollos más prometedores en este ámbito es el avance de los vehículos autónomos. Se prevé que en la próxima década estos automóviles sin conductor comiencen a formar parte del día a día en las ciudades. Su adopción masiva podría reducir drásticamente los accidentes de tráfico, facilitar la movilidad de personas con discapacidad y transformar el concepto de propiedad de los automóviles, impulsando modelos como el «Car as a Service» (CaaS), donde se alquila un vehículo según la necesidad en lugar de poseerlo.

Las ciudades inteligentes (i.e. smart cities) representan otro de los grandes cambios que trae consigo el IoT. Gracias a sensores distribuidos en el entorno urbano, es posible gestionar con mayor eficiencia servicios como el transporte público, el alumbrado o el consumo energético. Ciudades como Santander ya han implementado estas soluciones, demostrando cómo la tecnología puede contribuir a mejorar la calidad de vida de sus habitantes y reducir el impacto ambiental.

Sin embargo, la expansión del Internet de las cosas también plantea desafíos importantes, especialmente en términos de seguridad y privacidad. La recopilación masiva de datos personales exige un enfoque responsable en el diseño de estos sistemas, priorizando principios como la «privacidad por diseño» (privacy by design). 

El reto está en encontrar el equilibrio entre los beneficios que aporta esta tecnología y la protección de los derechos individuales en la era digital.


La disputa global por la inteligencia artificial

por Enrique Titos Martínez

(Granada, 1960). Economista egresado del posgrado en IESE Business School y Kellogg Business University (EEUU) con trayectoria profesional en varios grupos financieros nacionales e internacionales, en las áreas financieras, de tesorería y seguros. Casado y padre de cuatro hijos; consejero y consultor de innovación en varias empresas, experto en procesos de transformación. Creador del Consejos Asesor de Innovación Abierta (CAIA) en Caser Seguros (Grupo Helvetia). Cofundador y Director del grupo El Alcázar de las Ideas, Jurado de los Premios Knowsquare, Fundador y Presidente de la Asociación Alexandreia Club de Lectura, y fundador de Cineforum Mensajes de Cine.


Kaifu Lee, reconocido inversor y experto en Inteligencia Artificial (IA), ha sugerido en sus estudios una cuestión clave para el siglo XXI: la batalla tecnológica entre China y Estados Unidos por el liderazgo en IA. Su obra y entrevistas, como la realizada por Azeem Azhar en Exponential View, ilustran el papel crucial de la IA en la reconfiguración del equilibrio de poder global. Este debate es abordado también por analistas como Pedro Baños Bajo en su libro El dominio mundial, donde se examina el papel de la tecnología en las estrategias de control geopolítico.

China ha adoptado un enfoque decidido en esta carrera. En 2015, el gobierno chino anunció el plan Made in China 2025, con el que busca consolidar su liderazgo tecnológico y reducir su dependencia de cadenas de producción globales. Como señala Lee, China ya no quiere ser vista como un simple imitador, sino como un innovador original. Los avances en IA son una muestra palpable de ello.

Datos: el combustible de la IA

Uno de los factores clave en el desarrollo de la IA es la disponibilidad de datos. En este aspecto, China se encuentra en una posición privilegiada gracias a conglomerados tecnológicos como Baidu, Alibaba y Tencent (conocidos como BAT). Éstos generan cantidades masivas de información a partir de sus millones de usuarios. Según algunas estimaciones, el país asiático maneja 50 veces más datos que Estados Unidos, lo que le proporciona una ventaja diferencial en el entrenamiento de algoritmos y en la optimización de servicios basados en IA.

El modelo de negocio de las tecnológicas chinas también difiere del occidental. Mientras que en Occidente las empresas tecnológicas han crecido a partir de modelos verticales especializados (Amazon en comercio electrónico, WhatsApp en mensajería, Venmo en pagos), en China se han desarrollado ecosistemas digitales integrados. Aplicaciones como WeChat combinan mensajería, pagos, comercio y servicios financieros en una única plataforma, facilitando un acceso más fluido a datos interconectados y consolidando la hegemonía de estas empresas.

Estrategia, cultura y liderazgo

China ha sabido combinar el impulso estatal con una cultura de innovación. El modelo de liderazgo empresarial se ha diversificado, promoviendo un ecosistema donde la experimentación y la toma de riesgos son estimuladas desde el ámbito gubernamental. Como apuntó Deng Xiaoping a finales de los años ochenta con su célebre frase «dejemos que la gente se enriquezca», el país ha apostado por el crecimiento a través de la iniciativa individual, lo que ha favorecido la aparición de figuras como Jack Ma, fundador de Alibaba, que encarnan el nuevo paradigma de éxito empresarial.

El gobierno chino no solo estimula la innovación, sino que también interviene directamente en la planificación a largo plazo. Un ejemplo es la ciudad de Guiyang, diseñada exclusivamente para el desarrollo y prueba de vehículos autónomos. Mientras tanto, en Occidente, la legislación sobre privacidad impone límites más estrictos al uso de datos, lo que ralentiza el avance en algunos sectores tecnológicos.

Inteligencia Artificial y el futuro del trabajo

El impacto de la IA no se limita a la competencia geopolítica; su expansión transformará profundamente la estructura del trabajo. Kaifu Lee prevé que, en las próximas dos décadas, millones de empleos serán automatizados, desplazando a trabajadores en múltiples sectores. Esta transformación plantea interrogantes sobre el papel del Estado en la redistribución de recursos y la implementación de medidas como la renta básica universal o programas de reeducación para nuevas competencias.

Pero más allá del mercado laboral, la IA también desafía la manera en que concebimos la creatividad y el conocimiento. La economista Mariana Mazzucato, en The Value of Everything, plantea la idea de que el precio determina el valor, lo que abre un debate sobre cómo se valorarán en el futuro las habilidades humanas en un mundo dominado por algoritmos. En este contexto, las industrias culturales, desde la literatura hasta la curaduría del conocimiento, podrían adquirir un rol más relevante en la preservación de la identidad humana frente al avance de la automatización.

Europa: un rol incierto en la disputa tecnológica

En esta pugna entre China y Estados Unidos, Europa enfrenta retos singulares. Con el 50% del estado social global, una población envejecida y un ecosistema tecnológico fragmentado, su capacidad de innovación se ve limitada en comparación con los gigantes tecnológicos de los dos colosos. Políticas como el Privacy Shield intentan equilibrar la protección del consumidor con el desarrollo tecnológico, pero las restricciones regulatorias y la falta de inversión en IA han colocado a Europa en una posición rezagada en esta disputa global.

La respuesta no debe ser la resignación, sino la adaptación. Como ha ocurrido a lo largo de la historia, la humanidad ha sabido reinventarse ante los cambios tecnológicos. En este proceso, la educación y la cultura jugarán un papel fundamental para redefinir el valor del trabajo humano y su contribución a la sociedad del futuro.


La atención, un bien en peligro

por David Cano

Economista especializado en mercados financieros, con formación en la Universidad Autónoma de Madrid y posgrado en Afi Escuela de Finanzas. Director General de Afi Inversiones Globales, SGIIC, y socio de Analistas Financieros Internacionales. Cuenta con más de veinte años de experiencia en análisis económico y gestión de inversiones. Casado y padre de tres hijos, es autor de numerosos artículos y libros sobre economía y finanzas. Profesor en centros de posgrado, colaborador habitual en medios de comunicación y miembro del jurado de los Premios Know Square. Fundador del grupo de reflexión Los Siete del Prado y miembro del Club de Lectura Know Square.


Nuestra capacidad de concentración es hoy un recurso en disputa. Empresas tecnológicas, medios de comunicación y plataformas digitales compiten sin descanso por un bien cada vez más escaso: nuestra atención. Mientras tanto, nosotros la perdemos poco a poco, fragmentada entre notificaciones, pantallas y estímulos diseñados con precisión para mantenernos enganchados. No es sólo que estemos distraídos, sino que vivimos en un entorno construido para que lo estemos.

Desde siempre, la magia ha consistido en dirigir la mirada del público hacia donde el ilusionista quiere. Hoy, el mago es un algoritmo y su escenario son nuestras pantallas. En su libro Stolen Focus, el periodista Johann Hari analiza cómo la tecnología se ha convertido en una experta en capturar y retener nuestra atención. También señala, no obstante, que no es el único factor: la contaminación, el estrés, la mala alimentación, la falta de sueño o la precariedad económica también deterioran nuestra capacidad de concentración. El problema es complejo y no puede reducirse a un solo culpable. 

Cada elemento de esta ecuación se retroalimentar. Cuanto más cansados estamos, más caemos en el desplazamiento infinito de las redes sociales. Esto a su vez dificulta el descanso, lo que nos lleva a un mayor agotamiento. Así, el ciclo continúa. Aza Raskin, creador del infinite scroll, llegó a preguntarse si su invento debería prohibirse por su impacto en la adicción digital. Si nos preocupan las noticias falsas, ¿por qué no hablamos de las imágenes y vidas falsas y el contenido fabricado para alimentar el miedo a perdernos algo (i.e. FOMO)? En un mundo tan acelerado como el nuestro, plagado de distracciones y saturado de estímulos diseñados para captar nuestra atención, resistirse es cada vez más difícil. 

Podría pensarse que tomar un respiro en el móvil ayuda a desconectarse, pero ¿realmente nos relaja o nos sumerge en un estado de agitación constante? No es que ocurran más cosas negativas en el mundo, sino que tenemos acceso inmediato y permanente a ellas. Nuestra amígdala cerebral, programada para detectar el peligro, reacciona con intensidad a estos estímulos. El algoritmo lo sabe: cuanto más impactante la noticia, más interacciones generará. Cuanto más interactuemos, más reforzaremos el sistema que nos mantiene atrapados.

Este modelo de economía de la atención no es nuevo. Herbert Simon, premio Nobel en 1978, advirtió en 1971 que la información consume la atención de sus receptores y que cuando la cantidad de datos se multiplica, la atención se fragmenta. No obstante, el problema no es sólo tecnológico. Nuestro estilo de vida ha cambiado, pues dormimos menos, nos movemos menos y leemos menos en papel. Robert Waldinger y Marc Schulz, en The Good Life, señalan que nuestra «forma física social» también se deteriora. No sólo perdemos concentración, sino que nos aislamos más.

Recuperar el control sobre nuestra atención requerirá un esfuerzo consciente. Es un mito que seamos capaces de hacer varias cosas a la vez sin perder eficacia. Cada interrupción tiene un costo cognitivo. Las pequeñas distracciones constantes afectan nuestra productividad y bienestar. No basta con pequeños trucos o nudges. Es necesario rediseñar el entorno para favorecer la concentración. Esto es aún más urgente en el caso de niños y adolescentes, quienes crecen en un mundo donde los estímulos digitales están presentes desde la temprana infancia. ¿Hasta qué punto deberíamos regular el acceso a dispositivos y redes sociales en las etapas formativas?La buena noticia es que hay alternativas. El tiempo de lectura pausada, las conversaciones sin pantallas de por medio y los espacios libres de notificaciones son una forma de residencia. Como señala Johann Hari en su libro y analizo en este video, recuperar la atención no es sólo una cuestión individual, sino un desafío colectivo. Si queremos proteger este bien en peligro, necesitamos replantearnos no nada más el uso que hacemos de la tecnología, sino también las condiciones de vida que nos empujan a la distracción eterna.


La expansión de la información: el pulso entre orden y caos

por Claudio Feijóo

Ingeniero de Telecomunicación y economista, Claudio Feijóo es catedrático en la Universidad Politécnica de Madrid (UPM), donde dirige el área de Emprendimiento, impulsando programas de formación y aceleración de startupstecnológicas. Su labor académica se centra en la estrategia empresarial y el impacto socioeconómico de las tecnologías emergentes. Ha liderado proyectos internacionales en Asia, incluyendo la creación del primer programa de incubación para emprendedores españoles en China. Ha trabajado en cinco continentes para organismos internacionales, y ha ocupado cargos en la Comisión Europea y el Ministerio de Industria de España. Con más de veinte años de experiencia como fundador y mentor de startups, es autor de más de 300 publicaciones y participa regularmente en seminarios internacionales. Su último libro analiza el papel de la tecnología en la geoestrategia global.


Desde los primeros signos tallados en piedra hasta la inteligencia artificial, la información no ha dejado de crecer. Su acumulación y transmisión han moldeado civilizaciones, impulsando revoluciones y definiendo nuestra evolución como especie. En La expansión de la información. Una historia inevitable, Javier Jurado traza un recorrido por este fenómeno, abordándolo como un motor ineludible del progreso humano.

A través de un enfoque que combina biología, tecnología, economía, sociología y filosofía, el autor propone una lectura fascinante: la información no es solamente un recurso, sino una fuerza dinámica que se expande, se adapta y –en última instancia– nos configura. Su crecimiento no es aleatorio; responde a la lógica de la evolución y a nuestra necesidad de resistencia frente al caos.

Jurado parte de una premisa fundamental: la historia de la información es la historia de la humanidad. Desde los primeros intercambios de sonidos en los homínidos hasta las complejidades del sistema financiero, cada avance ha sido una respuesta a la entropía, ese principio que amenaza con sumirnos en el desorden. La información, lejos de ser estática, ha funcionado como un mecanismo de supervivencia, otorgando a las sociedades herramientas para organizarse, innovar y prosperar. 

Uno de los puntos más reveladores del libro es su análisis sobre el lenguaje y la escritura como hitos emancipadores. Más que simples medios de comunicación, han sido herramientas de poder, resistencia y transformación. El alfabeto, nos dice Jurado, no sólo preservó el conocimiento, sino que democratizó su acceso, erosionando monopolios del saber y dando voz a quienes antes estaban condenados al silencio.

El libro no rehúye las tensiones contemporáneas: en una era de sobre-información y desinformación, ¿somos aún dueños de nuestros relatos o estamos cediendo el control a algoritmos que filtran y moldean nuestra percepción? Jurado no se limita a una visión apocalíptica; en su lugar, nos invita a reconocer que la información no solo es un reto, sino también una oportunidad.

Más que un ensayo sobre datos y tecnología, esta obra es un viaje a través del tiempo y la memoria colectiva. Nos recuerda que el conocimiento es una llama que desafía la oscuridad y que su expansión no es una amenaza, sino la esencia misma de nuestro impulso por comprender el mundo.


La transformación de los medios de comunicación

por Consejo Editorial Alexandreia


En la actualidad, los ciudadanos en el mundo han dejado de ser espectadores pasivos sometidos a contenidos generalistas disfrazados de entretenimiento. Durante décadas, los medios de comunicación procuraron mantener a su audiencia cautiva el mayor tiempo posible, monetizando su atención mediante la publicidad. Sin embargo, este modelo se ha visto desbordado por la fragmentación de audiencias y el auge de nuevas plataformas.

Hoy, los medios no son solo canales de información, sino también de entretenimiento. Las noticias sobre política, economía, deportes o cultura son presentadas estratégicamente bajo formatos que buscan captar y retener la atención del espectador. Mesas de debate, programas de análisis y tertulias fomentan la controversia para prolongar el interés de la audiencia. En este contexto, los pocos que desean información rigurosa deben recurrir a medios especializados, muchas veces de menor alcance.

La irrupción de la inteligencia artificial en este proceso es clave. Los algoritmos ya no solo filtran y seleccionan contenidos según las preferencias del usuario, sino que también generan noticias automatizadas, crean resúmenes y analizan tendencias. Esto agiliza la producción informativa, pero también plantea interrogantes sobre la calidad, la ética y la supervisión humana en el proceso de creación.

La juventud y la fragmentación de audiencias

El uso noticioso de las tecnologías digitales ha ampliado la brecha generacional en el consumo de medios. Los menores de 35 años, especialmente aquellos con mayor poder adquisitivo, son usuarios intensivos de plataformas digitales. Su consumo es más selectivo y exigente, y están dispuestos a pagar por contenidos sin publicidad que respondan a sus intereses, como en el caso de Netflix, Prime Video o Max.

En este sentido, la inteligencia artificial juega un papel crucial en la personalización del contenido. Plataformas como YouTube y TikTok utilizan algoritmos avanzados para ofrecer videos que se alinean con las preferencias individuales, maximizando así la retención de la audiencia. Esta híper-personalización plantea el desafío de los “filtros burbuja”, donde los usuarios solo acceden a información que refuerza sus creencias y gustos, reduciendo la exposición a puntos de vista diversos.

La intoxicación informativa, la posteridad y los populismos

La multiplicación de fuentes de información y la aceleración del ritmo de vida contemporáneo han dado pie a una sobrecarga informativa. El primero en lanzar una noticia parece tener la ventaja, pues la audiencia acepta el comunicado como cierto sin cuestionarlo. Más aún, esto sucede cuando una parte relevante de la audiencia está anclada a fuentes de comunicación que considera afines a su ideología. Aquí, la inteligencia artificial es un arma de doble filo: si b¡en puede ayudar a verificar datos y detectar desinformación, también es utilizada para crear noticias falsas, videos manipulados y bots que amplifican discursos polarizantes. Las redes sociales, optimizadas por la IA, facilitan la creación de narrativas que apelan a las emociones y a las creencias preexistentes, alimentando discursos populistas y reforzando sesgos ideológicos.

Quién detenta y lidera el poder en los medios de comunicación

La lealtad política de los propietarios de los grandes medios parece haber quedado relegada ante la urgencia de atraer audiencias y asegurar ingresos publicitarios. El poder en los medios de comunicación ya no está determinado solo por la influencia de grandes grupos, sino también por las plataformas tecnológicas y los algoritmos que deciden qué información se visibiliza y cuál se oculta.

Además, las redes sociales han democratizado la generación de contenido informativo. En países como Estados Unidos, Facebook ha sido una fuente clave para el 65% de los usuarios en cuanto a noticias se refiere. Sin embargo, esto también ha generado una pérdida de control editorial y ha permitido la proliferación de información no verificada.

En respuesta a este fenómeno, ha emergido una tendencia hacia el “agrupamiento colegiado” entre medios. Investigaciones complejas, como los ‘Papeles de Panamá’ o ‘Wikileaks’, han requerido la colaboración entre diversas organizaciones periodísticas, aprovechando tanto recursos humanos como tecnológicos para ofrecer información rigurosa. La IA, en estos casos, ha sido fundamental para analizar grandes volúmenes de datos y extraer patrones significativos.

Cómo afinar más la medición de audiencias para mejorar su conocimiento

La capacidad de recopilar y analizar datos sobre los usuarios se ha convertido en una herramienta estratégica para los medios. Aplicaciones de Big Data, junto con sistemas de IA, permiten entender mejor los intereses y hábitos de consumo, personalizando la oferta informativa.

Iniciativas como la de Telefónica Movistar, que desde 2018 unificó datos de clientes bajo estrictas normativas de privacidad, muestran cómo la recolección ética de datos puede ser una fuente de valor. En el futuro, la precisión en la medición de audiencias dependerá del equilibrio entre la tecnología y la protección de los derechos de los usuarios. ⬥


La ciencia que excava en la historia

por David Cano

(Economista especializado en mercados financieros, con formación en la Universidad Autónoma de Madrid y posgrado en Afi Escuela de Finanzas. Director General de Afi Inversiones Globales, SGIIC, y socio de Analistas Financieros Internacionales. Cuenta con más de veinte años de experiencia en análisis económico y gestión de inversiones. Casado y padre de tres hijos, es autor de numerosos artículos y libros sobre economía y finanzas. Profesor en centros de posgrado, colaborador habitual en medios de comunicación y miembro del jurado de los Premios Know Square. Fundador del grupo de reflexión Los Siete del Prado y miembro del Club de Lectura Know Square.


No todos los libros sobre evolución humana están hechos para responder preguntas. Algunos como Homo antecessor de José María Bermúdez de Castro, nos invitan a acompañar una búsqueda. No es una obra de divulgación científica al uso, sino una crónica apasionante del hallazgo de una nueva especie humana y, al mismo tiempo, del camino que recorrió el equipo de científicos que la identificó. Resultó ser un proceso tan riguroso como humano, con sus incertidumbres, retrocesos, intuiciones, dudas y momentos de euforia. Una historia que recuerda mucho a los inicios de tantos proyectos transformadores, marcados por la escasez de recursos y la desbordante motivación inicial. 

La aventura comienza en julio de 1994 en la cueva de la Gran Dolina, en la sierra de Atapuerca, España. Aquel día se encontraron unos caninos humanos en el estrato TD6, rebautizado después como ‘estrato aurora’ en honor a su descubridora: Aurora Martín. En los meses siguientes aparecerían nuevos restos –un frontal y un maxilar– que conducirían a un hallazgo mayor: la identificación de una nueva especie del género Homo, ala que bautizaron como Homo antecessor. El nombre no se publicó hasta 1997, tras múltiples revisiones y obstáculos editoriales; no obstante, la evidencia era innegable. El hallazgo cuestionaba ideas asentadas sobre los primeros pobladores de Europa y obligaba a repensar la cronología de la presencia humana en el continente.

El descubrimiento, lejos de cerrar una etapa, abrió un horizonte. No sólo permitió afianzar una cantera de jóvenes investigadores que continúan hoy desentrañando el pasado desde Atapuerca –el mayor yacimiento de Pleistoceno del mundo–, sino que sembró preguntas cuyas respuestas todavía están por llegar. Una de ellas tiene que ver con “ATE9-1”, una mandíbula hallada en 2007 en la Sima del elefante, cuya antigüedad supera el millón de años. Por el momento, no se ha clasificado como Homo antecessor, sino simplemente como “Homo sp.”. Es un recordatorio de lo mucho que queda por descubrir.

Tal y como subrayan los autores del libro, parte del valor de la ciencia está en su capacidad para corregirse. Muchas de las hipótesis iniciales fueron refutadas, pero otras se consolidaron con el paso del tiempo hasta que técnicas nuevas (e.g. paleoproteómica – el análisis de proteínas fósiles en restos humanos) ofrecieron confirmaciones contundentes. En el capítulo final del libro, la emoción no está solo en el hallazgo, sino en la posibilidad de encontrar, en un diente, las huellas silenciosas de una vida de hace cientos de miles de años.Homo antecessor nos recuerda que la ciencia no avanza solo por acumulación de datos, sino también gracias al asombro, la persistencia y la humildad de quienes, sabiendo que no tienen todas las respuestas, siguen haciendo preguntas.


Inteligencia artificial, ¿quién pone los límites?

por Enrique Titos Martínez

(Granada, 1960). Economista egresado del posgrado en IESE Business School y Kellogg Business University (EEUU) con trayectoria profesional en varios grupos financieros nacionales e internacionales, en las áreas financieras, de tesorería y seguros. Casado y padre de cuatro hijos; consejero y consultor de innovación en varias empresas, experto en procesos de transformación. Creador del Consejos Asesor de Innovación Abierta (CAIA) en Caser Seguros (Grupo Helvetia). Cofundador y Director del grupo El Alcázar de las Ideas, Jurado de los Premios Knowsquare, Fundador y Presidente de la Asociación Alexandreia Club de Lectura, y fundador de Cineforum Mensajes de Cine.


Durante siglos, los avances tecnológicos han transformado la forma en que los seres humanos habitamos el mundo, pero siempre bajo la premisa de que nosotros seguíamos siendo el centro del sistema. La Revolución Industrial reemplazó a los animales de carga y los oficios manuales, pero también creó nuevas profesiones; lo mismo ocurrió durante la revolución informática de finales del siglo XX y en los albores de la era digital. En cada etapa, hubo ajustes y desafíos, pero el ser humano conservó su papel protagonista. Hoy, con el despliegue acelerado de la inteligencia artificial (IA), esa centralidad pareciera ponerse en duda.

Desde el lanzamiento de herramientas como ChatGPT, la IA ha dejado de ser un concepto futurista para convertirse en una realidad cotidiana. Su capacidad para generar texto, imágenes, videos e incluso código en cuestión de segundos plantea una pregunta fundamental: ¿qué ocurre cuando la inteligencia deja de ser exclusivamente humana? Por primera vez, nos enfrentamos a una tecnología que no sólo automatiza tareas, sino que imita –y en ocasiones supera– las capacidades cognitivas humanas. Además, lo hace hace a una velocidad que deja poco margen de adaptación. 

La IA generativa, los sistemas autónomos, la biología sintética o los enjambres de drones son ya más que ideas de ciencia ficción. Avances que hace pocos años parecían impensables, hoy se desarrollan a un ritmo descentralizado, accesible y en manos de un reducido grupo de empresas que concentran el talento, el software y el hardware necesarios para definir el futuro. Frente a este nuevo paradigma, ¿quién regula? ¿Quién establece las líneas éticas de lo que sí se puede hacer?

Las implicaciones van más allá del mercado laboral o la economía. En un mundo donde las máquinas pueden simular emociones, resolver problemas y adaptarse al entorno, la IA pone en cuestión nuestra propia identidad. ¿Qué nos hace humanos cuando ya no somos los únicos capaces de razonar, crear o decidir? La diferencia entre lo artificial y lo biológico se difumina; la posibilidad de que se utilicen estas tecnologías con fines perjudiciales no es lejana, desde armas autónomas hasta manipulación a gran escala. 

Por ello, se vuelve urgente una reflexión ética que no quede únicamente en manos de gobiernos o comités académicos. Las empresas –que serán las principales intermediarias entre la IA y la ciudadanía– deben asumir también su responsabilidad. Una “carta de principios” sobre el uso de la inteligencia artificial no debería ser una excepción, sino una norma básica en cualquier estrategia de transformación digital. La transparencia, la información clara y el respeto por la autonomía de los usuarios deben ser pilares de este nuevo contrato social.

Más aún: pareciera que necesitamos una “constitución de la IA”: un marco legal transnacional que establezca límites, derechos y obligaciones ante esta disrupción histórica. No se trata de detener el progreso, sino de canalizarlo. Como advirtió el propio CEO de Google, Sundar Pichai, la IA puede tener un impacto mayor que el fuego o la electricidad. Precisamente por eso, no puede desplegarse sin principios.

El futuro no está escrito, pero el rumbo que tomemos dependerá de las decisiones que empecemos a tomar hoy. Si dejamos que las reglas del juego las dicten exclusivamente los intereses económicos, corremos el riesgo de que el costo lo pague –para no variar– la ciudadanía. En cambio, si apostamos por un desarrollo ético, responsable y transparente, tal vez podamos convivir con la inteligencia artificial sin perder de vista lo esencialmente humano.


Entre neuronas y réplicas: una lectura sobre lo que (aún) nos hace humanos

por Enrique Titos Martínez

(Granada, 1960). Economista egresado del posgrado en IESE Business School y Kellogg Business University (EEUU) con trayectoria profesional en varios grupos financieros nacionales e internacionales, en las áreas financieras, de tesorería y seguros. Casado y padre de cuatro hijos; consejero y consultor de innovación en varias empresas, experto en procesos de transformación. Creador del Consejos Asesor de Innovación Abierta (CAIA) en Caser Seguros (Grupo Helvetia). Cofundador y Director del grupo El Alcázar de las Ideas, Jurado de los Premios Knowsquare, Fundador y Presidente de la Asociación Alexandreia Club de Lectura, y fundador de Cineforum Mensajes de Cine.


¿Qué nos diferencia de una máquina? ¿Dónde termina el conocimiento y empieza la conciencia? ¿Puede una inteligencia artificial desear vivir, sentir alegría o temer la muerte? Estas preguntas, que hasta hace poco parecían reservadas a los guiones de ciencia ficción, empiezan a resonar con fuerza en los espacios más serios del pensamiento científico y filosófico. Precisamente en ese cruce entre el cine, la neurociencia y la reflexión humanista se sitúa el libro Cosas que nunca creerías, del neurocientífico Rodrigo Quian Quiroga. 

A través de diez películas icónicas, desde Blade Runner hasta Matrix, el autor invita a un recorrido que no sólo es un homenaje a la ciencia ficción como género visionario, sino también una profunda meditación sobre los límites –cada vez más difusos– entre hombre y máquina, recuerdo e invención, lo vivido y lo proyectado. Su propuesta es provocadora: si nuestra identidad está anclada a la memoria y ésta puede manipularse, ¿qué garantiza la autenticidad del yo? ¿Seríamos los mismos si olvidásemos lo que somos? ¿Qué pasaría si pudiéramos programar nuestros recuerdos?

Lejos de ser un tratado técnico, el libro es una guía apasionada que combina el rigor científico con una escritura accesible y estimulante. Rodrigo Quian Quiroga, también autor de Borges y la memoria, se apoya en sus descubrimientos sobre las «neuronas de concepto» (células cerebrales que asocian ideas abstractas a imágenes concretas) para construir un puente entre el laboratorio y la pantalla. También, nos recuerda con una admirable humildad que la ciencia aún no tiene todas las respuestas. Hay misterios aún, como la conciencia o el sentimiento de finitud, que escapan a nuestra comprensión. 

En Odisea del espacio 2001, el ordenador HAL 9000 asesina por miedo a ser desconectado. En Minority Report, la tecnología permite anticipar delitos futuros, cuestionando el libre albedrío. En Abre los ojos, vivir tiene sentido porque existe la posibilidad de morir. Cada una de estas historias plantea una hipótesis que la neurociencia aún no puede confirmar ni refutar del todo. ¿Podrá una máquina sentir lo que un ser humano? ¿Podrá sufrir nostalgia, sentir deseo o arrepentimiento? En palabras del autor, la inteligencia artificial puede imitar, pero todavía no puede encarnar la experiencia emocional que define a lo humano.

El libro de Quian Quiroga recuerda que la ciencia ficción ha sido siempre una manera de preguntarnos por el presente. Sugiere que las distracciones no son profecías, sino espejos deformados en los que podemos ver reflejadas nuestras aspiraciones, miedos y contradicciones. También, insiste que en un mundo cada vez más mediado por algoritmos, realidades virtuales y procesos automatizados, preguntarse qué significa ser humano es más urgente que nunca.

Un texto que empuja hacia un lugar incómodo y necesario: el de la duda.


La creatividad en tiempos de algoritmos

por Enrique Titos Martínez

(Granada, 1960). Economista egresado del posgrado en IESE Business School y Kellogg Business University (EEUU) con trayectoria profesional en varios grupos financieros nacionales e internacionales, en las áreas financieras, de tesorería y seguros. Casado y padre de cuatro hijos; consejero y consultor de innovación en varias empresas, experto en procesos de transformación. Creador del Consejos Asesor de Innovación Abierta (CAIA) en Caser Seguros (Grupo Helvetia). Cofundador y Director del grupo El Alcázar de las Ideas, Jurado de los Premios Knowsquare, Fundador y Presidente de la Asociación Alexandreia Club de Lectura, y fundador de Cineforum Mensajes de Cine.


Vivimos una época en la que el acceso a la información es ilimitado. Nunca antes había sido tan fácil obtener respuestas inmediatas, descubrir nuevas ideas o explorar perspectivas diversas. Sin embargo, esta aparente ventaja plantea una paradoja: en lugar de ampliar nuestro horizonte intelectual, la saturación informativa y la automatización del consumo de contenidos pueden estar reduciendo nuestra capacidad de pensar de manera crítica y original. 

Clay Shirky, experto en redes sociales y tecnología, lo deja muy claro: en la era de la híper-conectividad, el problema no es la sobrecarga de información, sino la falta de filtros adecuados. Es decir, el verdadero desafío es la gestión de información, no su cantidad. A cada instante, nuestras interacciones digitales generan un rastro de datos analizado por los sistemas de inteligencia artificial. En consecuencia, los motores de búsqueda nos muestran resultados adaptados a nuestros intereses, las redes sociales filtran lo que vemos según nuestros hábitos de consumo y los algoritmos de recomendación nos sumergen en burbujas de contenido afines a nuestras preferencias. Todo esto configura un entorno en el que el pensamiento se moldea sin que nos demos cuenta.

Un mundo de estímulos – ¿creatividad o alienación?

A primera vista, este acceso inmediato y personalizado a la información parece beneficioso. Nunca antes en la historia de la humanidad habíamos contado con una biblioteca universal al alcance de un clic. No obstante, esta misma facilidad nos enfrenta a un dilema: si solo consumimos lo que refuerza nuestras creencias y no rodeamos de discursos similares al nuestro, ¿qué pasa con la diversidad de pensamiento?

Las perspectivas más pesimistas advierten sobre el empobrecimiento de la creatividad y la tendencia a la homogeneización de ideas. Investigaciones recientes han señalado que la exposición constante a pantallas puede afectar la capacidad de concentración y reflexión profunda, especialmente en las generaciones más jóvenes. Nicholas Carr, en su libro Superficiales: ¿qué está haciendo internet con nuestras mentes? argumenta que el exceso de estímulos digitales nos vuelve menos pacientes con la lectura pausada y la argumentación compleja. En este sentido, algunos estudios sugieren que la sobreexposición al contenido filtrado por algoritmos reduce el pensamiento crítico y refuerza la tendencia a aceptar sin cuestionarse. 

Este fenómeno se relaciona con lo que se conoce como «mente colmena»: grupos de personas que, al estar expuestas a un sólo tipo de información, desarrollan opiniones cada vez más homogéneas y resistentes al cambio. Thomas Friedman ya advertía en El mundo es plano sobre los riesgos de la globalización digital en la diferenciación cultural. Si todos accedemos a los mismos contenidos, seguimos las mismas tendencias y compartimos los mismos referentes, ¿qué espacio queda para la innovación?

La paradoja de la era digital

Frente a este diagnóstico sombrío, hay quienes defienden que la tecnología no es un obstáculo, sino una herramienta que amplifica nuestras posibilidades creativas. Artículos recientes del Financial Times plantean que, lejos de limitar la imaginación, la revolución digital ha generado nuevas formas de expresión y acceso al conocimiento.
Plataformas como YouTube, Medium o Substack han permitido que los escritores, pensadores y creadores independientes encuentren audiencias sin necesidad de pasar por los filtros tradicionales de las editoriales o mesas directivas de medios de comunicación. Del mismo modo, la explosión de startups en todo el mundo demuestra que la innovación sigue siendo un motor activo en la sociedad contemporánea.

En este sentido, la inteligencia artificial podría no ser tanto una amenaza para la creatividad, sino una aliada en su desarrollo. Algunos expertos sostienen que las herramientas de IA generativa pueden servir como estímulo para el pensamiento divergente, ofreciendo combinaciones inesperadas de información que pueden inspirar nuevas ideas. No es casualidad que algunos artistas y escritores ya estén explorando la co-creación con sistemas de IA como una formas de expandir los límites de la creatividad.

El papel de la lectura y el pensamiento crítico

En medio de esta transformación, la lectura y la educación continua se presentan como los mejores antídotos contra la pasividad intelectual. La formación no puede limitarse a la adquisición de conocimientos técnicos o la memorización, sino que debe fomentar la capacidad de análisis, la argumentación y el intercambio de ideas. Como señaló la economista Mariana Mazzucato en El valor de todo, no todo lo que tiene un precio tiene valor: la reflexión, el debate y la capacidad de cuestionar son esenciales en cualquier sociedad que aspire a progresar.

Los clubes de lectura, como los que promueve Alexandreia, son espacios donde la diversidad de pensamiento no solo se permite, sino que se fomenta. Son una forma de resistencia ante la inmediatez de las redes sociales, un lugar donde el tiempo se desacelera y donde las ideas pueden desarrollarse sin la presión del número de likes o las respuestas inmediatas. En un mundo cada vez más dominado por el contenido fragmentado y el consumo superficial, recuperar el hábito de la lectura pausada y la conversación profunda es más necesario que nunca.

Mirando al futuro

El futuro de la creatividad no está escrito. Si bien es cierto que la digitalización presenta desafíos para la autonomía del pensamiento, también ofrece oportunidades inéditas para la creación y el aprendizaje. La cave estará en cómo decidamos utilizar las herramientas. Si nos dejamos llevar por la comodidad de los algoritmos y el refuerzo de nuestras propias creencias, correremos el riesgo de empobrecer nuestra imaginación. Si aprovechamos, en lugar de ello, la tecnología como un medio para explorar nuevas perspectivas y conectar con ideas diferentes, podremos hacer de este siglo un tiempo de innovación genuina.

La verdadera pregunta no es si la creatividad desaparecerá, sino qué haremos nosotros para preservarla.


Repensar el “software social” en la era digital

por Enrique Titos Martínez

(Granada, 1960). Economista egresado del posgrado en IESE Business School y Kellogg Business University (EEUU) con trayectoria profesional en varios grupos financieros nacionales e internacionales, en las áreas financieras, de tesorería y seguros. Casado y padre de cuatro hijos; consejero y consultor de innovación en varias empresas, experto en procesos de transformación. Creador del Consejos Asesor de Innovación Abierta (CAIA) en Caser Seguros (Grupo Helvetia). Cofundador y Director del grupo El Alcázar de las Ideas, Jurado de los Premios Knowsquare, Fundador y Presidente de la Asociación Alexandreia Club de Lectura, y fundador de Cineforum Mensajes de Cine.


El ritmo de transformación que vivimos obliga a cuestionarnos los sistemas que estructuran nuestra sociedad. ¿Necesitamos un nuevo «software social» para gestionar la complejidad del mundo digital? La pregunta no es trivial, sobre todo si consideramos la rapidez con la que las reglas del juego económico y social están evolucionando.

Uno de los ejes de este cambio es el nuevo ciudadano digital: no solo un consumidor, sino también un productor de contenido, datos y valor. Una figura que cuestiona la representatividad de los medios tradicionales, de los partidos políticos y de las estructuras económicas heredadas del siglo XX. Un ciudadano que, con un clic, monetiza sus habilidades y recursos en plataformas digitales, redefiniendo el concepto de propiedad y el uso en favor del acceso y la inmediatez.

En paralelo, las grandes corporaciones tecnológicas han adquirido un poder inédito, desafiando regulaciones establecidas y generando tensiones con legisladores e industrias tradicionales. Modelos como los de Uber, Airbnb o Amazon demuestran cómo la tecnología puede crear mercados sin necesidad de infraestructuras físicas, redistribuyendo ingresos y concentrando riqueza de maneras antes impensadas. Mientras algunos abogan por una regulación que se adapte a esta nueva realidad, otros sostienen que la tecnología puede auto-regularse a través de mecanismos como el blockchain, capaz de garantizar transparencia y automatizar la confianza sin intermediarios.

Pero la cuestión de fondo no es solo regulatoria; también es filosófica. ¿Cómo equilibramos innovación y equidad? ¿Qué papel debe desempeñar el Estado en un ecosistema donde la información y la tecnología reducen la necesidad de intermediarios? ¿Cómo aseguramos que la creciente automatización no erosione el bienestar social?

Algunos, como Jeremy Rifkin, sugieren que avanzamos hacia un modelo cooperativo donde los costos de producción tienden a cero y el valor se distribuye de forma más equitativa. Otros, como Peter Thiel, defienden la concentración de poder en monopolios innovadores como motor de progreso. Mientras tanto, los síntomas de desajuste en el sistema son evidentes: aumento de la desigualdad, cuestionamientos a la democracia representativa y un malestar social creciente.

Si el siglo XX asistió a la consolidación del capitalismo socializado, el siglo XXI se encuentra en la encrucijada de definir su propio modelo. ¿Debe el software social evolucionar gradualmente o ser reescrito desde cero? La respuesta aún no está clara, pero lo que sí parece ineludible es la necesidad de adaptar nuestras estructuras políticas, económicas y sociales a una realidad en la que la tecnología no es solo una herramienta, sino el código fuente de un nuevo paradigma.