por Consejo Editorial Alexandreia
El equilibrio generacional se ha roto. El aumento de la esperanza de vida y la caída de la natalidad han alterado la pirámide poblacional, desplazando el peso demográfico hacia los mayores y reduciendo la presencia de los jóvenes en la sociedad. Las consecuencias son muchas y transversales, pero hay una que se impone sobre todas las demás: en términos políticos y económicos, la juventud ha sido relegada a la irrelevancia.
En La juventud atracada, José Ignacio Conde-Ruiz y Carlotta Conde Gasca exponen con claridad cómo la estructura de nuestra democracia favorece a la mayoría electoral: los gobernantes responden a quienes pueden darles más votos, y hoy, ese poder está en manos de las generaciones más longevas. La juventud, en cambio, ha perdido peso en el censo electoral y con ello su capacidad de influir en la toma de decisiones. El resultado es un sesgo estructural que dirige el gasto público hacia los mayores (especialmente en pensiones), mientras la deuda se dispara sin que existan planes reales para equilibrarla. Un coste que pagarán, sin remedio, los más jóvenes.
La redistribución de la riqueza ya no responde solo a la clase social o al nivel educativo, sino, cada vez más, a la edad. Los jóvenes de hoy afrontan peores condiciones laborales, precios de vivienda inasumibles y una deuda pública que compromete su futuro. El déficit estructural del 4% y un ratio deuda/PIB del 108% no son sólo cifras abstractas: son la prueba de una política «cortoplacista» que sacrifica la equidad intergeneracional en favor de la inmediatez.
Frente a este panorama, Conde-Ruiz y Conde Gasca no sólo diagnostican el problema, sino que plantean soluciones concretas. La primera, aumentar la representación de los jóvenes en la democracia: desde el voto obligatorio hasta la reducción de la edad mínima para votar a los dieciséis años, pasando por mecanismos que den mayor peso a las familias jóvenes en el proceso electoral. La segunda, garantizar que el gasto público se distribuya con equidad entre generaciones, asegurando que cada euro adicional destinado a los mayores se compense con una inversión equivalente en las generaciones futuras.
El desafío no es menor. La longevidad y el envejecimiento son logros sociales, pero también plantean retos económicos y democráticos que no pueden seguir postergándose. Si la política sigue ignorando a los jóvenes, la brecha intergeneracional no hará más que profundizarse. La pregunta es si la sociedad está dispuesta a corregir el rumbo antes de que sea demasiado tarde.

PARA PROFUNDIZAR…
Juventud atracada (Península, 2023) no solo ofrece un diagnóstico lúcido del desequilibrio generacional, sino que invita a reflexionar sobre el modelo de democracia que hemos construido y hacia dónde queremos que evolucione. Para una lectura más detenida, destacan especialmente los capítulos en los que se explican los mecanismos institucionales que perpetúan el sesgo hacia las generaciones mayores, así como las propuestas orientadas a recuperar la voz política de la juventud.
Este libro es una llamada de atención serena pero firme. Profundizar en sus páginas es empezar a pensar qué políticas —y qué sociedad— queremos construir para que las generaciones futuras no hereden solo deuda, sino también justicia y posibilidades.

