« Identidades Asesinas » de Amin Maalouf

Fernando Ballestero es coordinador del club de lectura «La Discrepancia» de la Asociación Club de Lectura Alexandreia, un espacio dedicado al debate pausado de ideas, libros y perspectivas que invitan a cuestionar lo evidente. Desde este club, la conversación literaria se convierte también en una sobre la sociedad, la política y las tensiones culturales de nuestro tiempo.

El texto a continuación fue publicado originalmente en La Discrepancia, revista semanal de opinión en la que Ballestero colabora habitualmente. Lo compartimos como parte de esa misma vocación de diálogo y pensamiento crítico que inspira a nuestro club homónimo: una forma de tejer sinergias entre espacios que creen en la conversación como herramienta para comprender el mundo.


Un libro que invita a reflexionar

El Club de Lectura de la Discrepancia ha debatido el libro « Identidades Asesinas » de Amin Maalouf, autor de excelentes novelas como “León el Africano”, “El viaje de Baldassare”, o ¨Los desorientados”, y de ensayos como “Las cruzadas vistas por los árabes” o “El desajuste del mundo”. Premio Principe de Asturias de las Letras, Maalouf escribió este libro hace más de veinticinco años, en 1998. Esta nota recoge algunos comentarios relevantes que se plantearon en el debate.

El libro se centra en lo que puede llegar a suponer la afirmación de una identidad en un mundo que es global. El autor, partiendo de que la identidad de cada uno es lo que nos hace diferentes a los demás, y que está compuesta por múltiples pertenencias, transformándose y construyéndose a lo largo de la vida, se plantea por qué la búsqueda de una identidad esencial y su autoafirmación en ella puede llevar a que una persona llegue a cometer crímenes en nombre de su identidad religiosa, étnica, nacional, o de otra naturaleza. Considera que si los hombres se transforman así con facilidad en asesinos es porque una concepción “tribal” de las identidades, basadas en gran medida en inercias de la historia y conflictos pasados, favorece esas desviaciones y esos comportamientos. Analiza el papel que tiene en ello la mundialización, que por un lado genera universalidad pero a la vez uniformidad, las religiones cristiana y musulmana como elementos importantes de la cultura occidental y de la oriental árabe, y concluye reflexionando sobre como “domesticar a la bestia de la identidad”.

En el debate realizado, se plantearon muchas cuestiones. Ante todo, se valoró, con críticas positivas y negativas, si el libro sigue siendo de actualidad o no, dado que es un hecho que la sociedad ha cambiado mucho en veinticinco años. La mundialización que se vivía a finales de los noventa ha sido superada por la digitalización y las redes de comunicación; la evolución medioambiental y el cambio climático han pasado a ser una preocupación muy extendida; las religiones han involucionado; el papel de Europa y de grandes países como China ha cambiado; la visión de la defensa ha cambiado también; la polarización dentro de la sociedad se ha impuesto, etc…. Por ello, en este sentido, podría decirse que el libro es algo “viejuno”, pero también es cierto que “ha envejecido bien” en el sentido de que plantea problemas que siguen estando ahí.

Otra cuestión general que fue objeto de crítica es el grado de profundidad con el que el autor trata las diferentes cuestiones, planteando los fenómenos tal y como se manifiestan, pero no entrando a fondo a explicar las causas. Tampoco entra a diferenciar entre lo que supone “identificarse” con algo y lo que supone “asumir una identidad”. El hecho de que una persona se pueda “identificar” con un grupo, unas ideas, u otros elementos, y que asuma subjetivamente algunos elementos, no implica que se sienta “amenazado” si esos “otros” lo están; por el contrario, si una persona asume como propia una “identidad” en su conjunto implica que asume el comportamiento y evolución de esa identidad, y si ésta es cuestionada o amenazada, la persona se siente que por pertenecer a esa identidad su persona también lo es, y reacciona ante ello.

Es cierto que, frente a este tipo de observaciones, puede decirse que el propio Maalouf, no pretende redefinir el concepto de identidad sino algo más modesto como comprender por qué se producen unos comportamientos asesinos, reflexionando para ello a partir de sus propias experiencias personales y de la pregunta que muchos le hacen cuando le plantean  “… en el fondo, ¿qué es lo que te sientes?”. Ese “en el fondo” es la clave, la idea de que haya una única identidad diferencial en las personas. Y por ello, el autor hace un repaso a los diferentes componentes que han marcado su entorno, como la lengua, las religiones tanto católica como musulmana, la emigración, las diferencias culturales entre Oriente Medio y Occidente, etc…, en definitiva, un repaso amplio aunque no profundo al por qué de esos múltiples componentes de su identidad.

Por todo ello, y aunque como hemos dicho el libro esté escrito hace unos años, puede considerarse, en cierto modo, un clásico, pues las reflexiones que inspira su lectura se siguen manteniendo de actualidad cuando se enfocan con la mirada centrada en los problemas presentes. De hecho, apunta y anticipa muchos problemas actuales relacionados con este tema.

Uno de ellos es la instrumentalización que muchas veces se hace por parte de instituciones o grupos políticos, respondiendo a unos intereses, atribuyendo actitudes y comportamientos de manera generalizada a identidades concretas. El caso del uso del velo y el islam es un claro ejemplo. Otro problema es el de las implicaciones sobre los derechos humanos que tiene la crisis del multilateralismo y de las reglas de juego en las relaciones internacionales, que estamos viviendo. O el escaso conocimiento que tenemos de otras culturas, a pesar de la mundialización. El tener cerca de nuestro entorno restaurantes mexicanos, hindúes o peruanos, no significa que conozcamos las culturas de esos países.

Con esa visión abierta hay que plantearse hoy la pregunta que Maaluf hace al final de su libro sobre cómo amansar o domesticar la pantera. Y es que la única respuesta válida es que debemos estar abiertos “al otro”, esto es, a las diferentes culturas superando esa visión simplificada de la diversidad en la que a veces caemos. Estar más abiertos al “mestizaje” en nuestras sociedades.

En definitiva, « Identidades Asesinas » es un libro muy recomendable al poner sobre la mesa un problema importante y motivar una reflexión sobre cómo enfrentarlo.


Este texto surge de una de las lectoconversaciones del club de lectura « La Discrepancia » de la Asociación Club de Lectura Alexandreia, donde la lectura se convierte en punto de partida para debatir ideas, contrastar perspectivas y seguir pensando juntos.

Leer desde las sombras: nace un nuevo club de Narrativa Negra en Alexandreia

La red de clubes de lectura de Asociación Club de Lectura Alexandreia sigue creciendo con la creación de un nuevo club en el marco del acuerdo con Fundación Código Venezuela, esta vez centrado en el género de la Narrativa Negra.

Con esta incorporación, ya son dos los clubes impulsados conjuntamente por ambas organizaciones, tras el primero dedicado a Narrativa y coordinado por Miriam Ardizzone, y se consolida además como el segundo club de Alexandreia especializado en este género, después del fundado por J. A. Aguilar en Alicante.

Este nuevo club nace con una clara vocación de comunidad y diálogo. Estará coordinado por Francisco Patxi Andres Aldazoro y comienza su andadura con ocho miembros, con la previsión de crecer progresivamente en los próximos meses hasta alcanzar un máximo de veinticinco participantes.

El club está especialmente orientado a personas de la comunidad venezolana interesadas en la lectura y la conversación en torno a este territorio literario tan fértil como incómodo. Tal y como se recoge en su Documento de Alcance, el ámbito de lectura del club abarca una amplia variedad de subgéneros: desde el policial clásico y el hard-boiled hasta el enigma, el misterio, la novela criminal, el espionaje, el thriller o el suspense. Una amplitud que permitirá recorrer obras fundamentales del siglo XIX junto a propuestas contemporáneas del siglo XXI, observando cómo el género dialoga con los contextos sociales de cada época.

La primera edición del club tendrá lugar en marzo y girará en torno a Los mares del sur, de Manuel Vázquez Montalbán, en edición de Booket (2017). Una elección que conecta el género negro con la crítica social, el contexto político y la mirada lúcida sobre la realidad, elementos centrales en la tradición de este tipo de narrativa.

Con este nuevo club, Asociación Club de Lectura Alexandreia alcanza los 16 clubes activos, reúne a 275 personas lectoras, trabaja sobre 8 géneros literarios diferentes y desarrolla su actividad en tres ciudades de España, además de mantener cuatro acuerdos institucionales para el lanzamiento de nuevos clubes. Un crecimiento que confirma que la lectura compartida sigue siendo un espacio privilegiado para pensar juntos, también —y especialmente— desde los márgenes y las sombras.

La discrepancia como punto de partida: nace un nuevo club de lectura en Alexandreia

La asociación Alexandreia amplía su red con la creación de un nuevo club de lectura: su decimoquinto y el tercero dentro de la temática General. Este nuevo espacio nace bajo la modalidad de club autogestionado, una fórmula que pone el acento en la iniciativa de personas que desean combinar lectura y conversación desde un interés compartido, frente a los clubes asociativos que surgen de acuerdos con instituciones o empresas.

Los clubes autogestionados representan una de las expresiones más vivas del ecosistema Alexandreia: proyectos que nacen desde dentro, impulsados por lectores que entienden la lectura como un acto activo y relacional. En este caso, el nuevo club adopta el nombre de La Discrepancia, una elección que ya anticipa su vocación: pensar críticamente, discrepar con argumentos y sostener conversaciones complejas desde el respeto y la escucha.

Parte de sus miembros están vinculados a la revista digital La Discrepancia, un proyecto editorial centrado en la generación de artículos de valor sobre múltiples cuestiones de la vida contemporánea. Esta afinidad convierte al club en una iniciativa especialmente coherente con el espíritu de Alexandreia, donde el libro funciona como ancla de reflexión: primero individual, luego colectiva, siempre abierta al contraste de miradas.

Con este nuevo club, La Discrepancia encuentra en los libros un foco específico que podría ampliarse en el futuro a nuevas ediciones, ya sea dentro de la misma temática o explorando otros territorios literarios. La tipología de lecturas y los aspectos organizativos quedan recogidos en el Documento de Alcance del club, que establece el marco común desde el que se desarrollarán las lectoconversaciones.

El club estará coordinado por Fernando Ballestero y celebrará su primera sesión el 24 de febrero, dedicada a Identidades asesinas, del escritor franco-libanés Amin Maalouf. El grupo arranca con once miembros de perfiles, procedencias y edades diversas, una pluralidad que augura conversaciones ricas y transversales. A partir de esta primera edición, como es habitual en Alexandreia, serán los propios miembros quienes propongan y voten las lecturas de las siguientes sesiones.

Valores tradicionales de la cultura japonesa

por Enrique Titos Martínez

(Granada, 1960). Economista egresado del posgrado en IESE Business School y Kellogg Business University (EEUU) con trayectoria profesional en varios grupos financieros nacionales e internacionales, en las áreas financieras, de tesorería y seguros. Casado y padre de cuatro hijos; consejero y consultor de innovación en varias empresas, experto en procesos de transformación. Creador del Consejos Asesor de Innovación Abierta (CAIA) en Caser Seguros (Grupo Helvetia). Cofundador y Director del grupo El Alcázar de las Ideas, Jurado de los Premios Knowsquare, Fundador y Presidente de la Asociación Alexandreia Club de Lectura, y fundador de Cineforum Mensajes de Cine.


Japón siempre ha sido un misterio para los occidentales. Con una posición geográfica extrañamente simétrica a Reino Unido en el otro extremo del continente euroasiático, ambos países comparten culturas fuertes, pero muy distintas. Reino Unido fue una vez faro del occidentalismo. Japón, una pequeña nación de 72 millones de habitantes en 1940 con una cultura profundamente endogámica, fue el causante de la extensión de la Segunda Guerra Mundial en Asia. Su derrota final a manos de EEUU planteó a este país cómo controlar y reconstruir una nación que luchó hasta el límite con fiereza y crueldad, sin tener que desplazar a Japón a un millón de soldados norteamericanos.

La respuesta vino de comprender la cultura japonesa y actuar en consecuencia. Los contenidos del libro El crisantemo y la espada, escrito por la antropóloga Ruth Dickinson e inspirado en la solicitud del gobierno de EEUU, estuvo detrás de la primera decisión trascendental que tomó el general McArthur, comandante en jefe de las fuerzas estadounidenses de ocupación en Japón tras la rendición. Con unos pocos miles de hombres, decidió mantener la autoridad y preservar la vida del emperador Hiro Hito, pero al tiempo condenar a la horca al primer ministro Tojo, jefe del gobierno militarista que ordenó el ataque a Pearl Harbor.

La cultura japonesa dista mucho de los códigos occidentales y aunque tiene una fuerte base china permaneció completamente aislada hasta la revolución del emperador Meiji de 1868. Curiosamente, Japón no es un país de cultura milenaria. No usó la escritura (que importó y adaptó de China creando sus propios ideogramas) hasta el siglo VII de nuestra era. Mantuvo un jerárquico sistema de castas hasta el siglo XIX, estratificado entre el shogun, los daimios, los samurais, los campesinos, comerciantes y esclavos, con el emperador en la cúpula como figura divina y representativa. La jerarquía basada en edad, sexo, o primogenitura dictaba el código de comportamiento en las relaciones familiares. Su credo sintoísta tiene una base budista y confuciana, pero no creen en la reencarnación ni asumen el pacifismo confuciano. De hecho, vieron las religiones y los dogmas ajenos a su cultura como un peligro para la misma, como bien saben los jesuitas.

Su sistema de valores está presidido por un código de honor que impregna el comportamiento de cada persona y su aceptación social. Las desviaciones son poco toleradas, sobre todo en el Japón antes de la derrota.  Entonces aplicaban sus propios estándares de pensamiento a la relación con otras naciones. Su visión jerárquica les llevó a concebir que Japón merecía una posición de dominio en Asia, reforzadas por la tremenda expansión industrial y económica que alcanzaron desde la revolución Meiji. Las victorias militares contra Rusia en 1905 y la invasión a gran escala de China en 1937 tras la creación de Manchuria en 1931 (aprovechándose del último emperador de China, el títere Pu Yi), reforzaron su sensación de superioridad. Curiosamente, Japón se desarrolló económicamente sin clases medias, como ocurrió en occidente.

Para el japonés, las obligaciones para con el emperador, la familia, los jefes, son equivalentes a una deuda financiera, el on, que se asume y se paga cuando se requiere, sea en una guerra, ante un contrato matrimonial organizado por los padres, o ante un contrato privado o una relación de amistad. Los japoneses no gustan de recibir favores a los que no pueden corresponder en igual medida. La venganza es parte legítima de la acción cuando el honor ha sido mancillado según sus códigos personales (giri). Su respeto por la jerarquía les hace cambiar diametralmente su actitud, como cuando el emperador Hiro Hito ordenó la rendición de Japón: los mismos soldados fueron a la guerra por orden del gobierno militarista de Tojo y que sobrevivieron, eran casi corteses con los estadounidenses un día más tarde de la orden de rendición. McArthur y sus soldados no tuvieron incidentes notables durante la ocupación estadounidense. Simplemente asumieron que su visión de dominio de Asia estaba equivocada y había que trabajar en una dirección distinta. Y a ello se pusieron con energía, convirtiéndose, después de haber sido arrasados, en segunda potencia mundial tras EEUU en los años ochenta del siglo pasado.

El japonés es un pueblo de contradicciones a ojos occidentales, entre otras razones, porque no tiene concepción del bien o el mal según nuestros estándares, mucho más moralistas por la influencia de la religión judeocristiana. El japonés se rige por normas de conducta que pueden llevarle a matar, o a ser extremadamente cordial y agradecido. Para ellos, un hombre bueno es una persona que usa sus capacidades al máximo. Hasta 1945, el suicidio por seppuku era la forma de pedir perdón por una actuación deshonrosa. En los 47 ronin, la epopeya nacional que vertebra una parte de su identidad, unos samurais, ante la muerte por seppuku de su señor daimio, se vengan, en contra de la orden del shogun, matando al otro daimio que afrentó a su señor. Como consecuencia, los 47 ronin han de cometer seppuku. Su nivel de autoexigencia les obliga a ser “una espada libre de herrumbre”. Para el japonés, la sinceridad o makoto no tiene el significado de verdad que le damos en occidente, sino de coherencia con lo que se piensa o se es, llegando al fanatismo si es necesario.

Para el japonés, es más importante la vergüenza que la culpa. La vergüenza es una carga insoportable, que hace tolerable la venganza, o incluso el suidicio o seppuku por deshonor. Las culturas occidentales de la culpa han encontrado en la confesión cristiana un método de expiación, sin espectadores. Para el japonés, el deshonor, aunque sea privado, es intolerable, por su compromiso con su cultura y valores.

El cultivo del espíritu japonés tiene numerosas manifestaciones estéticas (paisajismo, orden, perfeccionismo, etcétera) que refuerzan su entrega, al tiempo que aparentan delicadeza. La otra parte de la espada es el crisantemo, la flor por excelencia del Japón.

Los japoneses tienen una “ética de alternativas”. No hay buenas o malas según su pensamiento, simplemente adoptarán en cada caso aquella que convenga al Japón.

Cuanto ha cambiado el Japón del siglo XXI setenta años después de la Segunda Guerra Mundial es algo indudable, dada su progresiva apertura al mundo, sus cambios demográficos, y la necesidad de insertarse en la economía mundial y en la gestión de los conflictos regionales. Será interesante, e incluso trascendente, comprobar cuánto de su cultura será respetado por las nuevas generaciones, especialmente en lo tocante a la jerarquía y su rígido código de comportamiento. Pero sin duda, su carácter no les hará ser miembros pasivos en la reordenación geopolítica en curso. Por ello, La espada y el crisantemo es un buen punto de partida para cualquier observador interesado en Japón.

Para ver en el cine películas que traten sobre los valores de Japón es recomendable ver las siguientes películas:

Un otoño de Nobel

por Virginia Zorrilla


Octubre es el mes en el que se da a conocer el Premio Nobel de Literatura. Una etapa en la que los aficionados a la lectura y las letras en mayúsculas comienzan a desbrozar sus quinielas sobre quién será el ganador de uno de los galardones más deseados y más polémicos de la historia.

Un jurado de la academia sueca que aún no se ha hecho público decide quién se pondrá la corona de las letras. Autores como el japonés Haruki Murakami, Can Xue, de origen chino, las canadienses Anne Carson y Margaret Atwood, el rumano Mircea Cărtărescu o el mismísimo Salman Rushdie –estadounidense de origen indio– son algunos de los nombres de una lista de posibles triunfadores cada vez más extensa. Porque cada año, la elección de la academia sueca sorprende con sus decisiones, dando giros inesperados a lo que los lectores suponemos.

Lo cierto es que, aunque los elegidos a veces no estén en nuestro radar lector, siempre suponen una puerta abierta a entender y adentrarse en la literatura de cada país y continente. Porque de eso se trata, de viajar a través de los libros y cruzar por estrechos senderos al maravilloso mundo que ofrecen otras culturas y su manera de escribir y hasta de leer.

Aquí proponemos algunas obras de Nobel que bien merecen una lectura.

La mujer del pelo rojo del turco Orhan Pamuk, Nobel de Literatura en 2006, quien “en la búsqueda del alma melancólica de su ciudad natal ha descubierto nuevos símbolos para el choque y el entrelazamiento de culturas.”

La mujer del pelo rojo, es una novela redonda, profunda, bonita y agridulce. Una historia que transcurre en Estambul y sus alrededores en los años ochenta y que nos cuenta la vida del protagonista a raíz de su experiencia como peón ayudante de un maestro pocero al que le encargan buscar agua. Durante esta etapa, conoce a la mujer del pelo rojo, quien se convierte en el epicentro de una novela escrita bajo la inspiración del Edipo Rey, de Sófocles, y de una historia persa, cuyos protagonistas son Rostam y Sohorab. En ambas, la figura del padre y su relación con el hijo tiene tanta potencia que la historia que vamos a leer parece que esté ya escrita, condicionada por estas fábulas y mitos. Con su relato, el autor muestra el enfrentamiento creciente entre Oriente y Occidente en un país en plena transformación. Precisamente, ese pelo rojo de la mujer protagonista es el que simboliza de alguna manera el punto de inflexión del cambio.

Lo bello y lo triste del japonés Yasunari Kawabata, Nobel de Literatura en 1968, “por su maestría narrativa, que expresa con gran sensibilidad la esencia del pensamiento japonés”.

Esta novela nos lleva a través de un sinuoso recorrido por la historia de amor del pasado entre un escritor de edad madura, Oki Toshio, y una menor, Otoko Ueno, quienes vivieron un apasionado romance por el que ella finalmente quedó muy herida. Dicho amor vuelve a tomar forma en un presente en el que ellos apenas se relacionan, pero a los que tú como lector ves constantemente juntos gracias al artificio de Kawabata. En el momento de su reencuentro Otoko vive con una discípula, Keiko, cuya personalidad inquietante marca el devenir de la novela.

Con un estilo sugerente, de sentimientos y frases que no se dicen pero que se escuchan, cargado de poesía, con la presencia de la naturaleza nipona como otra gran protagonista que parece revelar el estado de ánimo de sus personajes (“La nieve cayendo sobre Kioto parece cubrirlo todo de pureza, aunque bajo ese manto sigan latiendo viejas heridas”), de violencia silenciosa y ritmo lento. Así es esta novela que nos transmite el mundo nipón, el valor de la belleza, su carácter efímero, el contraste entre la cultura antigua y la modernidad, el peso de los rituales, la presencia de la muerte, el poder de las artes…

La clase de griego, de la surcoreana Hang Kang, Nobel de Literatura en 2024 por “enfrentar traumas históricos y revelar la fragilidad de la vida humana”.

La clase de griego es pura prosa poética: una bonita y dura historia sobre almas sesgadas, no sólo en lo anímico, sino en lo físico, en el habla y la vista. Hang Kang nos presenta a una mujer que, tras perder la voz por una enfermedad en las cuerdas vocales, se matricula en un curso de griego clásico, donde entabla una peculiar y transformadora relación con su profesor, un hombre mayor solitario y enfermo.

Ambos, desde sus limitaciones —ella sin voz, él con un cuerpo que se apaga—, encuentran en el estudio del griego una forma de comunicación y de consuelo. El aprendizaje de un idioma antiguo, con palabras cargadas de resonancia, se convierte en un viaje hacia la memoria, la fragilidad y la posibilidad de renacer.

Con sus letras, Han Kang consigue transmitir las sensaciones más hondas de quienes puedan tener una condición de este tipo; nos regala sentencias con las que pensar en cada página y compone una melodía llena de agudos y graves: “Piénsalo, ¿quién puede reflexionar mejor que nadie sobre la vida? Pues aquel que puede morirse en cualquier momento… ¿Por qué? Porque como se va a morir no hace más que pensar en la vida todo el tiempo.”

Trilogía, del noruego Jon Fosse, Nobel de Literatura 2023, “por sus obras innovadoras y su prosa que da voz a lo indecible”.

El hecho de empezar un libro en el que no hay puntos es desconcertante al principio, pero después te lleva a toda pastilla por la páginas de una novela de amor preciosa en la que los protagonistas son pura poesía entre ellos. Esto a pesar de unas adversidades inimaginables en una tierra fría (los fiordos) y que les es hostil. Ellos son Asle y Alida, dos jóvenes que huyen de su aldea porque esperan un hijo fuera del matrimonio. Sin embargo, allá donde tratan de instalarse son rechazados y condenados.

Dividido en tres capítulos, la obra se va haciendo cada vez más onírica, fundiéndose realidad y pensamientos en saltos temporales en los que el hilo conductor es una manera muy sencilla pero muy profunda de tratar los sentimientos. Difícil saber el poder hipnótico de sus letras, pero son como un imán. El libro tiene magia y eso es un tesoro para un lector.

Ojos azules, de la estadounidense Toni Morrison, Nobel de Literatura en 1993, “quien, en novelas caracterizadas por la fuerza visionaria y la importancia poética, da vida a un aspecto esencial de la realidad estadounidense.”

Hay libros que no se pueden leer en cualquier momento. Ojos azules, la primera novela de Toni Morrison (Lorain, Ohio, 1931) es uno de ellos. Para leerlo hay que estar prevenido de que uno va a sumergirse en una historia (que tiene lugar en Lorain, Ohio, en los años 40) tremendamente triste y dura por la realidad que representa. La de una niña negra, Pecola, que nace en una familia pobre y desestructurada, y de quien todos dicen que es fea. Ella reniega hasta tal punto de su físico que su sueño es tener los ojos azules, como si esa fuera la solución para arreglar su mundo. Esto hasta el punto que realmente cree que los tiene. Con la novela, la premio Nobel Toni Morrison nos da una lección de una literatura maravillosa cargada de mensajes, crudos y reivindicativos: “Las niñas negras no podían ser niñas durante mucho tiempo. La infancia era un lujo reservado para otras, para aquellas con cabellos dorados y piel de porcelana. Nosotras teníamos que ser fuertes, aprender a callar, aprender a soportar. Y en el silencio, crecíamos demasiado rápido, olvidadas por un mundo que nunca nos vio realmente.”

Pura pasión, de la escritora francesa Annie Ernaux, Nobel de Literatura en 2022 “por el coraje y la agudeza clínica con que desvela las raíces, los extrañamientos y las limitaciones colectivas de la memoria personal”.

Se trata de un libro cortito que se lee en un suspiro y que se centra en describir todo lo que le pasa por la cabeza a una mujer inmersa en una aventura pasional que le nubla el sentido. Cada página se centra en analizar los saltos emocionales y racionales que pasan por la mente de la narradora, convirtiéndose en un excelente análisis de lo que implica verse inmerso en una ‘pura pasión’. Se incluye la reflexión de que, años después, desde la distancia, puede verse lo absurdo y ‘tonto’ de algunas de las cosas que se llegan a hacer por esa obsesión…

Un lugar llamado Antaño, de la polaca Olga Tokarczuk, Premio Nobel de Literatura en 2018 “por una imaginación narrativa que, con pasión enciclopédica, representa el cruce de fronteras como una forma de vida».

La historia transcurre en una pequeña aldea inventada en Polonia llamada Antaño, en la que varias generaciones de familias campesinas ven cómo les afectan los grandes cambios históricos (las dos guerras mundiales, entre otros) del mundo a pesar de estar en un lugar aislado y desconocido.

Estructurada en capítulos cortos, es una obra que al principio parece una madeja enredada, en la que, dentro de un lugar, que pueden ser todos o ninguno, se nos presenta una amplia coral de personajes complejos y raros, heridos de mil formas, atrapados, que hacen lo que pueden para salir adelante y traspasar fronteras físicas o del alma.

Se trata de una narración de gran riqueza lingüística, plagada de simbolismo, donde se mezcla lo real y lo onírico. La naturaleza y su poder sobrenatural juegan también un papel protagonista en una obra que tiene altas dosis de realismo mágico y que implica que haya que dejarse llevar por sus páginas para valorar la obra en su conjunto.

A paso lento también se llega lejos: el arte de leer sin prisas

por Cristina Pascual Horas

Directora financiera con trayectoria en entornos multinacionales y sectores como el industrial, retail y gran consumo. Licenciada en Administración y Dirección de Empresas por la Universidad Complutense de Madrid, ha complementado su formación con programas ejecutivos en IESE, una certificación en sostenibilidad (CESGA) y formación en liderazgo transformador por la Fundación Rafael del Pino.

Cree en la lectura como herramienta de crecimiento colectivo y compromiso con el mundo. Forma parte del Club de Lectura Alexandreia, donde participa activamente en espacios de diálogo, pensamiento y comunidad.

Disfruta del deporte, el tiempo en familia y los retos que impulsan tanto su desarrollo profesional como personal.


En un mundo acelerado, la lectura se ha convertido en una actividad contradictoria: nos conecta con la pausa y la profundidad, pero también está atrapada en la lógica de la productividad. ¿Cuántos libros has leído este mes? ¿Cuántos más podrías leer si aplicaras técnicas de lectura rápida? ¿Y si la pregunta no fuera cuántos, sino cómo?

La paradoja de la lectura en tiempos veloces

Vivimos rodeados de estímulos inmediatos. Leemos titulares, tuits o subtítulos; incluso, cuando abrimos un libro, la presión por avanzar, terminar, pasar al siguiente, sigue ahí. Plataformas como Goodreads o los retos de lectura anual han fomentado el placer por acumular, pero también, sin quererlo, una forma de ansiedad por «consumir» cultura.

Leer se convierte entonces en otra tarea de la lista. Pero ¿no perdemos algo esencial si convertimos cada página en una casilla que hay que tachar?

Lectura rápida vs lectura profunda

Leer rápido no es malo en sí. Hay libros que se prestan a ello: historias trepidantes, narrativas ágiles, lecturas funcionales. Pero cuando la velocidad se convierte en hábito, empezamos a perder otras capas:

  • La cadencia del lenguaje.
  • Las frases que merecen ser leídas dos veces.
  • Las imágenes que necesitan reposar.
  • Los personajes que nos piden compañía.

La lectura profunda es otra cosa. Es cuando el libro no se acaba al cerrar la tapa, sino que sigue dentro, en forma de pensamiento, pregunta o emoción suspendida. Es una lectura que no solo informa, sino que transforma.

Leer despacio es un acto de resistencia

Frente al vértigo del presente, leer sin prisa es un gesto contracultural. Es crear un espacio de intimidad, sostener la atención en un solo hilo y dejar que el texto nos modele, en lugar de apurarlo.

Quienes leen despacio no son lectores lentos: son lectores presentes. Hay algo profundamente subversivo en dedicarle a un libro más tiempo del que el algoritmo recomienda. En dejarse llevar por el ritmo de la prosa y no por la urgencia del conteo.

Cuando la lectura rápida es una señal

No siempre leemos rápido porque queramos avanzar más. A veces lo hacemos porque algo no nos atrapa: el lenguaje no nos llega, el tema no resuena, la voz no nos interesa. Pasamos páginas sin detenernos, no porque queramos volar, sino porque queremos terminar cuanto antes.

En esos casos, leer rápido puede ser una alerta: ¿por qué sigo? Quizá lo más honesto sea soltar el libro. Dejarlo. Liberar el espacio para otra lectura que sí nos mire de frente.

Dejar un libro no es rendirse. Es ejercer un derecho lector: el de elegir qué merece nuestro tiempo, nuestra atención y nuestro deseo de comprender.

Libros que se quedan contigo

Cada vez que abrimos un libro, tomamos nota inconscientemente de por dónde vamos: colocamos el marcapáginas, miramos el número de páginas, revisamos los capítulos que quedan. A mitad de camino intuimos el nudo; hacia el final, reconocemos los signos del desenlace. Incluso el epílogo lo anticipamos como un cierre emocional. Leer también es un viaje con estaciones, donde el tiempo se convierte en parte de la experiencia.

Seguimos el progreso no solo por hábito, sino porque la lectura lenta nos permite anticipar lo que viene y al mismo tiempo prolongar lo que ya sentimos. Hay libros que uno no quiere terminar. Porque su mundo es más habitable que el nuestro, o porque nos han dicho algo sobre nosotros que aún no terminamos de entender. Son libros que invitan a la relectura, al subrayado, a la conversación.

En Alexandreia queremos reivindicar también esa forma de leer. No solo celebrar lo que se termina, sino lo que permanece. Lo que deja huella. Lo que merece ser releído.

Hay libros que uno no quiere terminar. Porque su mundo es más habitable que el nuestro, o porque nos han dicho algo sobre nosotros que aún no terminamos de entender. Son libros que invitan a la relectura, al subrayado, a la conversación.

Te invitamos a pensar en ese libro que no quisiste terminar. Ese que alargaste página a página, como quien saborea el último trago. ¿Cuál fue? ¿Qué te retuvo en él?

La lectura lenta no es un lujo: es una necesidad. Y también una forma de estar en el mundo.

Alexandreia lanza el primer club de lectura con la comunidad venezolana en España

por Consejo Editorial Alexandreia


En su camino para desarrollar clubes de lectura en lengua española como primer paso, la Asociación Alexandreia ha llegado a un acuerdo asociativo con la Fundación Código Venezuela, una organización fundada por y para los venezolanos en España. Ésta ofrece –a través de su plataforma Venezuela Virtual– distintos servicios para las personas de la diáspora venezolana. Las ayuda a integrarse en la vida y sociedad españolas aportando oportunidades laborales, cursos y asesoramiento legal. Se trata de un apoyo muy necesario dadas las drásticas condiciones de abandono de su querido país. 

Gracias al acuerdo con Alexandreia para promover clubes de lectura, Código Venezuela ofrece mediante Venezuela Virtual conexiones reales entre personas, donde la cercanía de las conversaciones las une como nunca antes.

En Alexandreia seguimos incrementando nuestra comunidad de #LectoConversadores. Los libros son la patria de la libertad, el refugio del pensamiento crítico y la opinión propia. Nos permiten soñar, imaginar, disfrutar, aprender. En los clubes todo ello se hace social, real y palpable: una estrategia que hace frente a la soledad y a las múltiples conexiones digitales. 

El primer club de lectura de este vínculo será sobre temática “Narrativa”. Con éste ya serán tres los clubes Alexandreia sobre esta materia. Tenemos la suerte de contar con Miriam Ardizzone como coordinadora, también venezolana, editora y analista literaria, quien es además miembro del club de « Historia 1 » de Alexandreia. En palabras de Miriam:

«Fue verdaderamente conmovedor ser testigo de cómo la comunidad venezolana y española se unen en torno a la literatura, creando un espacio de encuentro que haremos crecer juntos.«

Pese a ser una calurosa tarde de julio, a la presentación del club asistieron más de veinte personas con interés en ser parte de él. En este encuentro se explicó qué es Alexandreia, el porqué de su filosofía de red de clubes por toda España, cómo se apoya en la tecnología y el sistema de funcionamiento propio que lo hace un proyecto diferente de cualquier otro club de lectura.

Beatriz Octavio Ariznabarreta, Directora Gerente de la Fundación Código Venezuela, acogió la reunión agradeciendo la posibilidad de la alianza y rubricó el acuerdo con Enrique Titos, Presidente de la Asociación Alexandreia. Al encuentro también asistieron David Cano María José Gómez Yubero, Vicepresidente y Vocal de la junta directiva de la asociación. 

La primera sesión de este club Alexandreia/Código Venezuela se ha fijado para el 9 de octubre de 2025 a las 19:00 horas. Se lectoconversará sobre Después del invierno, de Guadalupe Nettel.

De acuerdo con Miriam, el club «buscará abrir el diálogo con una obra que explora temas universales desde una perspectiva contemporánea y cercana.» Tras ese sesión inicial, en las siguientes los libros se propondrán y elegirán entre los miembros del club, como es tradición en Alexandreia. 

El acuerdo asociativo de Alexandreia con Código Venezuela señala el potencial de nuestro proyecto con las comunidades de habla hispana en España.  

Los 10 libros de Alexandreia para este verano

por Consejo Editorial Alexandreia


En nuestro primer año de vida, en Alexandreia queremos regalar la lista de los libros para leer en verano. Con las propuestas de nuestros #LectoConversadores y proponiendo cada uno el libro que piensa leer este verano, hemos seleccionado los títulos más votados, que son una mezcla de clásicos y contemporáneos, de libros de toda la vida y de novedades de reciente publicación. Porque una buena biblioteca siempre tiene la dosis apropiada de distintos estilos y tiempos. Los libros son la vida misma vista por los escritores en distintas épocas.

La selección de libros —que abarca desde clásicos de la literatura universal hasta ensayos contemporáneos sobre tecnología, historia y sociedad— ofrece un fascinante mosaico de ideas que dialogan entre sí a través del tiempo, el género y la geografía. Aunque a primera vista parecen dispares, estas obras comparten una profunda preocupación por la condición humana, la transformación social y la búsqueda de sentido en un mundo en constante cambio.

1. La condición humana y la justicia

Obras como Crimen y castigo, de Fiódor DostoyevskiMatar a un ruiseñor, de Harper Lee, abordan el conflicto moral desde perspectivas distintas, pero complementarias: la primera desde la introspección psicológica del crimen y la redención; la segunda desde la inocencia infantil frente a la injusticia racial. Ambas plantean preguntas fundamentales sobre el bien, el mal y la responsabilidad individual.

2. Historia, memoria y narración

Un día de cólera, de Arturo Pérez-Reverte, y El infinito en un junco, de Irene Vallejo, son ejemplos de cómo la historia puede ser narrada con pasión literaria. Mientras Pérez-Reverte reconstruye con precisión casi cinematográfica el levantamiento del 2 de mayo de 1808, Vallejo traza la historia del libro como objeto cultural, conectando pasado y presente en una celebración del conocimiento.

3. Tecnología, poder y ansiedad contemporánea

Tres ensayos contemporáneos —La generación ansiosa, de Jonathan Haidt, Tecnofeudalismo, de Yanis Varoufakis y Nexus, de Yuval Noah Harari — exploran los efectos de la tecnología y el capitalismo digital sobre la sociedad actual. Haidt se centra en la salud mental juvenil, Varoufakis en la transformación del capitalismo en un sistema de control algorítmico, y Harari en la evolución del ser humano frente a la inteligencia artificial y los desafíos del futuro.

4. Ficción filosófica y experimental

Maniac, de Benjamín Labatut, e Historias de cronopios y de famas, de Julio Cortázar, representan dos formas de romper los límites de la narrativa tradicional. Labatut mezcla ciencia, historia y ficción para explorar los límites del conocimiento humano, mientras que Cortázar juega con el absurdo y lo poético para cuestionar la lógica cotidiana. Ambos autores invitan a pensar más allá de lo evidente.

5. Religión, locura y poder

El loco de Dios en el fin del mundo, de Javier Cercas, libro más reciente, se inscribe en la tradición de la crónica literaria con tintes filosóficos. Su título sugiere una exploración de los extremos de la fe y la razón, en sintonía con las obsesiones de Dostoyevski o incluso con las tensiones entre ciencia y espiritualidad presentes en Labatut.

Estos diez libros, aunque diversos en forma y fondo, están unidos por una inquietud común: comprender al ser humano en sus múltiples dimensiones —moral, histórica, tecnológica, emocional y espiritual. Juntos forman una constelación de ideas que invitan a la reflexión crítica, al diálogo entre disciplinas y a la apertura hacia nuevas formas de entender el mundo.


La invención de la naturaleza: Alexander von Humboldt y la unidad del mundo

por Enrique Titos Martínez

(Granada, 1960). Economista egresado del posgrado en IESE Business School y Kellogg Business University (EEUU) con trayectoria profesional en varios grupos financieros nacionales e internacionales, en las áreas financieras, de tesorería y seguros. Casado y padre de cuatro hijos; consejero y consultor de innovación en varias empresas, experto en procesos de transformación. Creador del Consejos Asesor de Innovación Abierta (CAIA) en Caser Seguros (Grupo Helvetia). Cofundador y Director del grupo El Alcázar de las Ideas, Jurado de los Premios Knowsquare, Fundador y Presidente de la Asociación Alexandreia Club de Lectura, y fundador de Cineforum Mensajes de Cine.


No siempre son los más recordados quienes más influencia tienen en el futuro. A veces, el manto del tiempo oculta a personas que entendieron cómo el presente impacta en el futuro. Alexander von Humboldt (1769–1859) es uno de esos casos. Su figura monumental, su legado científico y su pensamiento integrador han quedado relegados en el recuerdo colectivo, a pesar de que su influencia atraviesa disciplinas, generaciones y continentes.

Humboldt fue uno de los últimos grandes polímatas, un hombre que encarnó un saber insatisfecho en una época en que la ciencia comenzaba a fragmentarse por disciplinas. Fue explorador, botánico, geógrafo, geólogo, astrónomo, escritor y divulgador. Su mirada no se detenía en las categorías, sino que las interconectaba y ampliaba con una narrativa avasalladora. Donde otros veían elementos aislados, Humboldt veía conexiones. Comprendió la naturaleza como un todo interdependiente, una red viva y compleja, donde el destino del ser humano está inexorablemente unido al destino del planeta. “Cuando se destruye la naturaleza, el ser humano también sufre”. Esa afirmación, escrita hace más de 200 años, resuena hoy con más fuerza que nunca.

Sus viajes por América Latina fueron legendarios. En Colombia, Venezuela, Ecuador y Perú recogió miles de especies vegetales, subió montañas como el Chimborazo casi hasta su cima, midió temperaturas, altitudes, humedad, compuso mapas y teorías. De ese viaje surgió el Naturgemälde, considerado por muchos la primera infografía científica de la historia: una representación visual que unía en una sola imagen altitud, tipos de vegetación, clima y geografía. Una visión revolucionaria para su tiempo. Humboldt no solo recogía datos, sino que los interpretaba con una intuición natural para lo sistémico.

Fue admirado por Thomas Jefferson, que lo consideraba un referente en la comprensión del nuevo continente. Su correspondencia con el presidente estadounidense contribuyó a perfilar la visión territorial de Estados Unidos, en particular en la expansión hacia el oeste. Pero también fue crítico con el modelo esclavista, que le parecía incompatible con la idea de igualdad que defendía. En París conoció a Simón Bolívar, a quien transmitió su disgusto sobre la dominación colonial española. En parte inflamado por la visión de naturaleza paradisíaca contagiada por Humboldt, Bolívar volvió a América convencido de que la independencia no era solo posible, sino necesaria. Aunque también es justo recordar que Bolívar, como Napoleón, hijos de pensamiento revolucionario, tornaron a dictadores una vez alcanzado el poder.

Su pensamiento influyó también en naturalistas como Charles Darwin, leía los libros de Humboldt en el Beagle que iluminó  “La evolución de las especies». Henry D. Thoreau, considerado el padre de la naturaleza en Estados Unidos, con «Walden», bebió de su concepción del ser humano en contacto directo con la naturaleza. John Muir, el gran impulsor de los parques nacionales en Estados Unidos, leyó a Humboldt antes de defender la conservación de Yosemite. Ernst Haeckel, descubrió la estructuras microscópicas de los radiolarios a partir de las investigaciones de Humboldt, iniciandose una corriente artística que influiría en el Art Nouveau. La huella de Humboldt puede rastrearse en la arquitectura de Gaudí, en el pensamiento de los conservacionistas, en la ética ambiental moderna.

Y pese a que su nombre aparece en mapas, calles, corrientes marinas o ciudades, Humboldt ha sido injustamente marginado del canon científico y cultural del mundo anglosajón. En parte porque sus ideas sobre la esclavitud eran incómodas en la época, porque su obra no encajaba bien en un mundo que ya empezaba a compartimentar el saber. Y en parte porque su figura desbordaba las estructuras de prestigio que otorgan visibilidad histórica. Humboldt era un personaje divergente.

Fue un europeo que decidió explorar más allá de los márgenes conocidos, con una sensibilidad que rechazaba el saqueo colonial y una curiosidad insaciable por entender, no dominar. Murió endeudado, después de haber dedicado toda su herencia familiar a la investigación y a los viajes. En su tiempo no existían derechos de autor: escribir y publicar no era un negocio, sino un acto de entrega. Sus obras, Cosmos y Personal Narrative, siguen siendo referencia por su profundidad y por su prosa apasionada.

Todo esto lo recupera con rigor y emoción la escritora Andrea Wulf en su biografía «La invención de la naturaleza» (Taurus, 2018), un homenaje brillante que rescata la memoria de Humboldt para el siglo XXI. En sus páginas no solo se narra su vida, sino que se reconstruye su pensamiento, su visión del mundo y el impacto profundo que tuvo —y sigue teniendo— en nuestra forma de entender la naturaleza. Wulf consigue lo que pocos logran: despertar en el lector la misma pasión por el conocimiento y el asombro que movieron a Humboldt toda su vida.

Hoy, en tiempos de crisis climática, de retrocesos en políticas ambientales y de negacionismo revestido de discurso ideológico, el pensamiento de Humboldt se convierte en una brújula. Fue él quien entendió antes que nadie que la humanidad y la naturaleza no son entidades separadas. Su visión de la vida como sistema integrado, su defensa de la equidad, su rechazo a la explotación y su amor por lo diverso tienen una vigencia que debería incomodar a quienes buscan reducir la ciencia al utilitarismo o la ética a un estorbo ideológico.

Recordar a Humboldt es recordar que muchas veces quienes ven más lejos son ignorados por los que solo miran lo inmediato. Es una invitación a recuperar el valor de la mirada larga, de la exploración sin recompensa inmediata, de la conexión entre saber y sensibilidad. Su olvido no es inocente. Y su recuerdo, necesario.

Porque no siempre son los más visibles quienes hacen avanzar el mundo. A veces, los verdaderos precursores caminan en silencio, sembrando ideas que otros recogerán mucho después. Humboldt fue uno de ellos. Y entender su legado es entendernos mejor a nosotros mismos.