Custodiar lo humano 

Una conversación en Alexandreia sobre Magnifica Humanitas

:: por María José Gómez Yubero ::

Hay libros que se leen y otros que siguen trabajando dentro de nosotros después de cerrarlos. Magnifica Humanitas, la encíclica de León XIV sobre la persona humana en tiempos de inteligencia artificial, pertenece claramente a los segundos. 

La sesión interclubes que celebramos en Alexandreia lo confirmó. Durante casi dos horas, coordinadores y miembros de distintos clubes conversamos desde posiciones muy diferentes. Había creyentes y no creyentes, católicos practicantes y personas alejadas desde hace años de la Iglesia. Y, sin embargo, muy pronto quedó claro que las preguntas que plantea la encíclica nos concernían a todos.

Porque, en realidad, la gran pregunta de Magnifica Humanitas no es tecnológica. Es humana: ¿qué queremos preservar de nosotros mismos en medio de una transformación que está cambiando nuestra manera de trabajar, relacionarnos, informarnos, decidir y pensar? 

Una brújula para unas nuevas res novae 

Uno de los primeros aspectos que se destacó fue precisamente la oportunidad y la valentía del texto. La inteligencia artificial está todavía en pleno desarrollo. No conocemos su alcance ni la velocidad ni la dirección que terminará tomando. Y, aun así, León XIV decide intervenir ahora, cuando todavía estamos a tiempo de preguntarnos hacia dónde queremos ir. 

La comparación con Rerum Novarum apareció varias veces durante la conversación. León XIII respondió en 1891 a las profundas transformaciones sociales provocadas por la Revolución Industrial. León XIV se enfrenta hoy a unas nuevas res novae: la digitalización, la inteligencia artificial, la automatización y la concentración de un poder tecnológico de dimensiones inéditas. 

La encíclica no ofrece un manual de instrucciones. Ofrece algo quizá más necesario: una brújula. Y esa brújula comienza preguntándose qué significa ser humano. 

¿Qué nos hace humanos? 

La conversación volvió una y otra vez sobre este punto. Frente a máquinas capaces de producir textos, imágenes, análisis o respuestas que pueden parecernos empáticas, se recordó una distinción esencial: una inteligencia artificial no tiene experiencia de la vida. No tiene cuerpo, no sufre, no ama, no establece vínculos, no conoce desde dentro la amistad, el trabajo o la pérdida, no distingue moralmente el bien del mal ni asume el peso de las consecuencias de sus decisiones. Puede simular muchas de esas cosas. Pero simularlas no significa vivirlas. De ahí surgió una de las ideas más sugerentes de la tarde: cuanto más humanizamos a la máquina, más riesgo corremos de olvidar qué es lo verdaderamente humano.

 

También hablamos mucho de nuestros límites. De la finitud, de la fragilidad, de la imperfección. Aquello que tantas veces entendemos como una carencia apareció bajo otra luz. Son precisamente nuestras limitaciones las que hacen posibles la empatía, el cuidado, el perdón y la necesidad del otro. 

Los límites de la mejora 

Desde ahí llegamos inevitablemente al transhumanismo. ¿Hasta dónde puede o debe llegar la mejora tecnológica del ser humano? ¿Dónde situamos la frontera entre curar una enfermedad, ampliar una capacidad y transformar nuestra propia naturaleza? Surgieron ejemplos muy concretos, desde un marcapasos hasta modificaciones genéticas o dispositivos incorporados a nuestro cuerpo. 

No encontramos una respuesta definitiva, ni pretendíamos hacerlo. Pero quedó planteada una cuestión anterior a todas ellas: antes de preguntarnos hasta dónde podemos transformar al ser humano, quizá deberíamos preguntarnos qué ser humano queremos ser. 

La tecnología también es poder 

La reflexión sobre la inteligencia artificial nos llevó después al poder. La IA no es neutral. Lleva inevitablemente la huella de quien la concibe, quien la financia, quien la entrena, quien la regula y quien la utiliza. 

Y eso plantea preguntas incómodas en un momento en el que unas pocas empresas tecnológicas han alcanzado una capacidad económica e influencia comparables, e incluso superiores, a las de muchos Estados. 

¿Quién decide hacia dónde avanza esta tecnología? ¿Quién establece sus límites? ¿Quién se beneficia de ella? ¿Y qué capacidad tienen las sociedades democráticas para intervenir en ese proceso? 

El debate nos llevó inevitablemente a Europa, Estados Unidos y China. Porque tampoco existe una tecnología separada de la cultura en la que se desarrolla. 

¿Con qué valores estamos construyendo la inteligencia artificial? ¿Con los de unas grandes compañías norteamericanas inmersas en una carrera tecnológica extraordinaria? ¿Con los de China? ¿Puede Europa defender un modelo basado en la dignidad de la persona, los derechos fundamentales y el bien común y, al mismo tiempo, competir tecnológicamente? 

Regular sin quedarse atrás 

Aquí apareció una tensión especialmente interesante: regular y competir. Europa ha desarrollado probablemente el marco regulatorio más ambicioso del mundo, pero al mismo tiempo se ha quedado muy atrás en la creación de las grandes compañías y modelos tecnológicos. 

¿Cómo establecer límites cuando otros no los establecen? ¿Cómo defender nuestros valores sin condenarnos a la irrelevancia tecnológica? 

No encontramos una respuesta sencilla. Y quizá esa dificultad sea precisamente una de las grandes cuestiones que tendremos que afrontar en los próximos años. 

Cuando el trabajo es algo más que producir 

Tampoco encontramos respuestas fáciles cuando hablamos del trabajo, otro de los grandes asuntos de la sesión. 3 

La cuestión no es únicamente cuántos empleos desaparecerán y cuántos nuevos surgirán. El trabajo significa mucho más que una renta. Nos proporciona autonomía, identidad, reconocimiento, relaciones y, para muchas personas, una parte importante del sentido de su vida. 

Por eso surgió una pregunta especialmente inquietante: ¿qué sociedad construiremos si una parte importante de sus ciudadanos deja de ser necesaria para producir? 

Mantener económicamente a millones de personas no resuelve necesariamente el problema de su propósito, de su integración social ni de su dignidad. La extraordinaria velocidad de esta transformación hace además que las comparaciones con revoluciones tecnológicas anteriores resulten insuficientes. 

Una verdad para cada uno 

Y junto al trabajo apareció la verdad. Quizá uno de los mayores riesgos de la inteligencia artificial no sea que nos mienta, sino que llegue a conocernos lo suficiente como para ofrecernos a cada uno exactamente la versión de la realidad que queremos escuchar. 

Una verdad personalizada. Una cámara de eco perfecta. Una sociedad en la que cada ciudadano habite su propia realidad difícilmente puede sostener una conversación democrática común. 

Por eso resonó especialmente una de las ideas comentadas durante la sesión: cuando dejamos de preguntarnos qué es verdadero y solo nos interesa qué resulta útil, eficaz o rentable, la vida democrática comienza a debilitarse. 

Magnifica Humanitas: una afirmación de esperanza 

Pero la encíclica no es una llamada al miedo. Su título contiene ya una afirmación de esperanza: la humanidad es magnífica. 

Magnífica precisamente en aquello que no es perfecto. En nuestra capacidad de relacionarnos, de amar, de equivocarnos, de perdonar, de aprender, de cuidar, de cambiar de opinión, de necesitar a otros. 

La propuesta no es competir con la máquina intentando parecernos cada vez más a ella. Es recordar con mayor claridad aquello que somos y poner la tecnología a nuestro servicio. 

Alexandreia como espacio deliberadamente humano 

Y quizá ahí apareció uno de los momentos más bonitos de la conversación: cuando dejamos de hablar únicamente de inteligencia artificial y empezamos a hablar de lo que hacemos en Alexandreia. 

La encíclica propone crear espacios deliberadamente humanos. Espacios para conversar, pensar, escuchar, disentir y construir juntos. Y alguien señaló que un club de lectura es exactamente eso. 

Leer un libro despacio. Encontrarnos alrededor de una mesa. Escuchar cómo el mismo texto ha resonado de forma distinta en otra persona. Descubrir una interpretación que no habíamos visto. Cuestionar una certeza. Salir de una conversación pensando algo que no pensábamos cuando entramos. 

En un mundo que nos empuja hacia la velocidad, la respuesta inmediata y la personalización algorítmica, sentarnos a conversar con quienes no necesariamente piensan como nosotros es ya una pequeña forma de resistencia humana. 

Y, como ocurre tantas veces en nuestros clubes, los libros llamaron a otros libros. Durante la conversación aparecieron Tolstói, Hannah Arendt, Viktor Frankl, Harari, La sociedad del cansancio, 4 

El mapa cultural, Las personas más raras del mundo, Menos es más… Lecturas distintas que, de una manera u otra, llevan tiempo haciéndonos las mismas preguntas: quiénes somos, cómo queremos vivir y qué sociedad queremos construir. 

La responsabilidad de quienes hemos conocido dos mundos 

Surgió también una reflexión generacional que nos interpela especialmente. Muchos de quienes estábamos allí pertenecemos a generaciones que hemos conocido dos mundos. Crecimos en una sociedad completamente analógica y estamos viviendo ahora, de lleno, la revolución digital. 

Sabemos lo que significa esperar. Aburrirse. Leer durante horas sin interrupciones. Buscar una información que no aparece instantáneamente. Mantener una conversación sin mirar una pantalla. Relacionarnos sin que un algoritmo seleccione previamente lo que vamos a ver, escuchar o pensar. 

Y quizá precisamente por haber conocido ambos mundos tenemos una responsabilidad particular: transmitir a quienes ya han nacido, y a quienes nacerán en un entorno enteramente digital, que preservar nuestra humanidad no puede darse por supuesto. 

Hay que cultivarla. Hay que custodiarla. 

Y hay que hacerlo desde muchos lugares: desde las familias, las escuelas, las empresas, las instituciones y también desde la sociedad civil. Desde cada uno de esos pequeños “metros cuadrados” en los que podemos decidir cómo vivimos, cómo educamos, cómo trabajamos y cómo nos relacionamos. 

Una frase de la encíclica, leída casi al final de la sesión, resumió bien ese mensaje: la historia puede cambiar cuando una sola persona se toma realmente en serio la dignidad de todos. 

Aportar pensamientos 

Terminamos sin conclusiones cerradas. Afortunadamente. Porque alguien encontró una forma mucho mejor de resumir lo que había sucedido durante esas casi dos horas: 

“Aquí no aportamos soluciones. Aportamos pensamientos.” 

Y quizá, en este tiempo de respuestas instantáneas, algoritmos que anticipan nuestras preferencias y máquinas capaces de producir en segundos lo que antes exigía horas, crear espacios en los que todavía nos reunimos para hacernos buenas preguntas, escucharnos y pensar juntos sea una de las mejores maneras de custodiar lo humano. 

Alexandreia y Kolima Books colaboran para expandir la lectura compartida

La asociación Alexandreia clubes de lectura y la editorial y librería Kolima defienden los valores de la lectura compartida y han acordado colaborar desde sus respectivas capacidades para desarrollar iniciativas conjuntas que promuevan la lectura y la conversación, acercando los libros, los autores y los lectores.

Alexandreia está desarrollando una red nacional de clubes de lectura, sobre todo en lengua española (aunque ya ha creado el primer club en Lisboa sobre libros en portugués), con clubes independientes creados por personas con afinidad (clubes autogestionados), o clubes que surgen en el marco de acuerdos entre Alexandria e instituciones o empresas (clubes asociativos) en sus comunidades.

Kolima integra su propia editorial (Kolima Books) y librería en Covarrubias 28 (Madrid) y desarrolla su propia comunidad de autores, pensadores y personas comprometidas con los valores que nos hacen mejores a través de los libros. www.protagonistas.org es una comunidad creciente, con más de 70 escritores y con una alta vinculación a temáticas de empresa, filosofía, historia, etc…

Alexandreia y Kolima desarrollarán conjuntamente clubes de lectura en el seno Protagonistas, sobre libros cuyo alcance cada club de Protagonistas decidirá. Adicionalmente Kolima promoverá clubes de lectura con Alexandreia dentro de sus espacios disponibles, sobre distintas temáticas literarias.

Kolima y Alexandreia ya han colaborado previamente en Encuentros con Autores, eventos organizados por los coordinadores de Alexandreia con escritores a propósito de un libro o de su obra literaria. El último tuvo lugar a propósito de la visita de Inés Quintero, reputada historiadora venezolana mi miembro de la Academia Nacional de Historia de Venezuela.

El acuerdo entre Kolima y Alexandreia no es exclusivo, y demuestra el carácter transversal de Alexandreia, que ya ha llegado a acuerdos con la Universidad Politécnica de Madrid, la Fundación Código Venezuela, la Fundación Amigos de la Alhambra y con la sociedad deportiva y cultural Real Club La Moraleja.

Kolima y Alexandreia explorarán activamente otras formas de colaboración que permitan disfrutar de la lectura, al tiempo que fomentar el pensamiento propio y el diálogo y el aprendizaje colectivo sobre la base de los libros.

Abundancia o decrecimiento: es lo que importa?

Reconozco que no había pensado mucho en la palabra abundancia. Abundancia proviene del latín abundantia, es un sustantivo derivado del verbo abundare. Este término se compone del prefijo ab- (separación o desde el exterior) y el verbo undare (fluir u ondear), que a su vez viene de unda (ola). Etimológicamente, significa «desbordar» o «rebosar», evocando la imagen de una ola que supera los límites de un recipiente.

El ser humano es el único ser vivo que puede crear abundancia con propósito, con la intención de hacerlo, planificándolo.

Las abejas pueden crecer como ejércitos y crear abundancia, desbordantes depósitos de miel, pero la suya es una abundancia no intencional, sino efecto de una multiplicación natural, producto de acciones su código genético. 

El hombre crea abundancia o escasez por diseño, aptitud o actitud. Su dimensión relacional y cognitiva le permite diseñar y no solo ser parte de los futuros posibles para los seres irracionales o inhumanos. 

Esta es la principal tesis de este libro, “Abundancia” de Ezra Klein y Derek Thompson. 

El ser humano ha progresado a lo largo de la historia, lentamente durante miles de años y exponencialmente desde la Revolución Industrial en Occidente y aún más empinadamente desde la Segunda Guerra Mundial y principios de este siglo. 

Ha sido la tecnología imperante en cada etapa la que ha creado abundancia o escasez, la que ha empedrado el camino no siempre lineal del progreso.  Los imperios han emergido o caído gracias a la tecnología y los avances del conocimiento. El sedentarismo y el cultivo fueron la base de la civilización humana, los templos y las ciudades. El estribo en el siglo XIV permitió a los mongoles disparar mientras cabalgaban y conquistar así el mayor imperio terrestre que nunca ha existido.

A partir de 1800 y aceleradamente desde la Segunda Guerra Mundial, la abundancia está marcada por los contextos sociales, culturales y geográficos de cada grupo de población. En el siglo XIV, la China de la dinastía Song del sur estaba en muchos campos más avanzada tecnológicamente que la Europa

Han sido las políticas públicas de los grupos en el poder quienes han sido capaces de generar abundancia o progreso, o escasez y estancamiento.  Solo hace falta observar el surgimiento y caída de los imperios históricos. 

Pero abundancia es también un término multisemántico. 

Podemos pensar en abundancia o escasez, su antónimo, en términos de bienes materiales, de accesibilidad, de valores espirituales, y siempre en términos de desigualdad y diferencia, porque lo que abunda no lo hace siempre para los mismos, o de forma homogénea. 

Llegar al término justo de qué abunda, de qué falta y redistribuirlo ha sido la cruzada del orden multilateral desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Un propósito caso quimérico, pero con muchos logros, como explica  Factfulness, de Hans Rossling. Vale la pena intentarlo. Con errores y aciertos, es lo que pretenden las políticas públicas, que son instrumentos de convivencia tan buenos como las élites o gobiernos que las desarrollan.

El hecho es que hoy la ciencia y la tecnología pueden crear abundancia o escasez como nunca antes, pero como siempre son las acciones del gobierno o del poder las que dificultan y allanan el camino. 

Ante el imparable ascenso de China, que reivindica hoy el lugar que ha tenido en la historia, la lucha bipartidista y la burocracia de derechos y contratos en Estados Unidos han hecho que este país vea amenazada su supremacía mundial, dice este libro, y que además se hayan generado desigualdades económicas y sociales de una dimensión preocupante. 

En la Unión Europea y en los países europeos ha ocurrido algo similar, pero muy dependientes de la abundancia generada en Estados Unidos. 

China, en su cruzada incansable a favor del progreso, aunque sin libertad y con control centralizado, crea cada vez más abundancia material con desigualdad menos intolerable. 

Por ello, cuando hablamos de abundancia, debemos hacernos dueños de nuestros destinos.  Somos los humanos todos los que creamos abundancia o escasez. 

A mayor avance social, mayor complejidad. A mayor complejidad, más aporta el diálogo a la comprensión y a los buenas decisiones. 

Esto ya sucede en los clubes de lectura.  Cuando los libros, cuando la lectura es compartida, se comprenden otros ángulos, se incrementa la comprensión de otros puntos de vista, porque abundancia y escasez es el resultado de acuerdos muy humanos.

Frente a la complejidad, simplificación, desaparición de la democracia y gobierno de los países como si de empresas se tratara, con un jefe del gobierno CEO al frente, elegido por una camarilla de próximos. Es la complejidad de la democracia y del estado de derecho lo que está inhibiendo el potencial de aceleración (también de creación de abundancia) que permite la ciencia y la tecnología, son las tesis que defienden los proponentes de la llamada ilustración oscura, del cual hablamos en este post.

Crear abundancia, como concepto más posible partiendo de las actitudes correctas, con consenso, no con imposición, y usando de forma comedida las posibilidades de la ciencia y tecnología actuales (evitando ser aprendiz de brujo), sí es un objetivo loable, si se busca que una mayoría de la humanidad pueda sentarse en la mesa, no sólo estar en el menú.

El auge silencioso de los clubes de lectura

Estamos más conectados que nunca, pero también más solos. Vivimos en un entorno donde los dispositivos digitales y los contenidos que consumimos han ido colonizando progresivamente nuestra atención, nuestros hábitos y, en cierta medida, nuestra forma de pensar. La última derivación tecnológica, la inteligencia artificial —los modelos generativos—, corre incluso el riesgo de consolidar una cierta pereza intelectual, apoyada en respuestas aparentemente sólidas que cada vez más tendemos a aceptar como verdades absolutas. Y no lo son.

En este contexto, no resulta casual que exista una demanda creciente por socializar experiencias como la lectura, que tradicionalmente han sido individuales. Referido al año 2024, una encuesta de hábitos lectores preguntó a la muestra cuántas personas pertenecían o querrían ser parte de un club de lectura, y la respuesta fue de un 45 %. Aunque la realidad sea menor, e incluso no esté claro cuál es el compromiso real de quienes dicen querer participar, es evidente que muchas personas perciben la lectura compartida como algo deseable.

Es aquí donde los clubes de lectura adquieren todo su sentido: como espacios de resistencia humana ante esa colonización imparable de nuestras mentes. Espacios donde la lectura deja de ser un acto solitario para convertirse en conversación, en escucha, en construcción colectiva de significado.

La publicación anual de la encuesta de hábitos lectores 2025 encargada por la FGEE (Federación de Gremios de Editores de España) da la oportunidad de revisar cuánto, qué y cómo leen los españoles. Un dato relevante es que, pese a la pujanza de los medios digitales, siguen incrementándose los lectores de libros, en todos sus formatos y en casi todas las edades, sobre todo por razones de ocio. Se argumenta que la falta de tiempo impide que más personas se sumen.

Sin embargo, la referencia a los clubes de lectura no aparece en la encuesta. El sistema de medición de hábitos de lectura en España no incorpora este fenómeno como práctica estructurada, pese a su creciente presencia en bibliotecas, librerías y comunidades lectoras. Paradójicamente, el propio informe sí evidencia una creciente dimensión social de la lectura, desde influencers digitales hasta reading parties que surgen en Estados Unidos. La necesidad está ahí, pero no está bien medida.

Esta invisibilidad tiene varias causas. Por una parte, hay una cuestión semántica: el término “club de lectura” se aplica a realidades muy distintas. Para algunos, cualquier espacio —físico o virtual— donde se recomiendan libros. Para otros, es un espacio estructurado, con vocación de permanencia, donde un grupo de personas que han leído un mismo libro se reúne, bajo el liderazgo de un organizador, para debatirlo. Es en este segundo sentido, en mi opinión, donde los clubes adquieren todo su potencial transformador.

Por otra parte, su práctica está fragmentada y supeditada a los agentes tradicionales de la cadena del libro. Las bibliotecas públicas organizan clubes con libros en préstamo, lo que implica una logística compleja. Las librerías los utilizan como palanca de venta. Y las comunidades lectoras independientes, al margen de estas instituciones, son todavía más invisibles y difíciles de cuantificar.

Como consecuencia, no existe un censo de clubes de lectura, como sí lo hay de libreros, editores o traductores. Existen estadísticas de libros editados y vendidos, pero lo que leen realmente los lectores sigue siendo, en gran medida, una hipótesis basada en encuestas. Los lectores continúan siendo los grandes anónimos del ecosistema del libro, cuando en realidad son su razón de ser.

Y, sin embargo, hay un sinfín de instituciones culturales y educativas que agrupan personas y que, sin pertenecer a la industria del libro, no han aprovechado aún el potencial de los clubes de lectura como herramienta de vertebración de sus comunidades.

¿Por qué ahora los clubes de lectura? Porque las personas se organizan en torno a intereses compartidos: hay clubes deportivos, ateneos culturales, asociaciones diversas. Pero en todos estos casos domina la fragmentación, la dispersión de objetivos y la organización por proximidad geográfica. Los clubes de lectura, en cambio, tienen la capacidad de articular comunidades en torno a una experiencia cultural profunda y compartida.

Y esa experiencia tiene un elemento clave: el libro.

Leer un libro y debatirlo en un club no es un acto aislado, sino el resultado de toda una cadena de valor. Es tratar con un contenido que ha sido pensado, escrito, editado, traducido, producido y distribuido. Un contenido que nos interpela individualmente, pero que encuentra su plenitud cuando se comparte.

Por eso es importante hacer explícita la conexión: los clubes de lectura son espacios de resistencia no solo porque socializan la lectura, sino porque ponen en valor el contenido que resiste frente a la inmediatez digital. Frente al consumo rápido, el libro exige tiempo, atención, interpretación. Y el club de lectura amplifica ese proceso.

En ese contexto, los autores y los editores desempeñan un papel esencial. Los mejores pensadores siguen encontrando en el libro el cauce para ordenar su pensamiento y ponerlo a disposición del público. El libro continúa siendo ese vínculo íntimo que, con solo páginas y letras, conecta la mente del escritor con la de múltiples lectores. La oralidad y puesta en escena de pensadores como Harari o Zunzunegui no sería posible si no hubieran reciclado su pensamiento a través de la escritura.

Los editores, por su parte, no solo producen libros: orientan, seleccionan, acompañan, articulan la cadena que lleva una idea hasta el lector. Su labor —junto a traductores, diseñadores, distribuidores y librerías— constituye un verdadero proceso de curación de contenidos. En un entorno saturado de información, esta función es más necesaria que nunca.

Así, los clubes de lectura no son un fenómeno aislado, sino una pieza clave que cierra el círculo: convierten en experiencia social aquello que ha sido construido cuidadosamente a lo largo de toda la cadena del libro.

Por eso, cuando los clubes están bien articulados, transforman una experiencia individual en colectiva. Rara vez eligen libros sin referencias, y con frecuencia permiten descubrir obras valiosas que permanecían ocultas en las estanterías.

Sin embargo, siguen fuera de los barómetros de lectura porque no se consideran una práctica estructurada. Y esa es precisamente la oportunidad: que puedan llegar a serlo mediante principios metodológicos claros y mediante incentivos alineados. El potencial es enorme, y el momento es ahora.

Por eso, el impulso de los clubes de lectura no puede recaer en un solo actor. Requiere una acción coordinada:

  • Los escritores, entendiendo el club de lectura como un espacio vivo donde sus obras se interpretan y dialogan.
  • Los editores y las editoriales, integrando los clubes como parte de la vida de los libros más allá de su lanzamiento.
  • Las librerías, como espacios naturales de encuentro y dinamización cultural.
  • Las bibliotecas, reforzando su papel como nodos de acceso y cohesión social.
  • Las instituciones públicas, reconociendo y apoyando su valor como herramienta cultural y comunitaria.
  • Las organizaciones sociales, educativas y culturales, utilizándolos como instrumento de cohesión y pensamiento crítico.
  • Y, en última instancia, los propios lectores, que son quienes dan sentido a todo el ecosistema.

Porque, en un mundo cada vez más digitalizado, los clubes de lectura no son solo una actividad cultural más. Son una forma de reconstruir comunidad, de recuperar la conversación y de defender el pensamiento propio.

Y eso, lejos de ser marginal, es profundamente necesario.

Leer desde las sombras: nace un nuevo club de Narrativa Negra en Alexandreia

La red de clubes de lectura de Asociación Club de Lectura Alexandreia sigue creciendo con la creación de un nuevo club en el marco del acuerdo con Fundación Código Venezuela, esta vez centrado en el género de la Narrativa Negra.

Con esta incorporación, ya son dos los clubes impulsados conjuntamente por ambas organizaciones, tras el primero dedicado a Narrativa y coordinado por Miriam Ardizzone, y se consolida además como el segundo club de Alexandreia especializado en este género, después del fundado por J. A. Aguilar en Alicante.

Este nuevo club nace con una clara vocación de comunidad y diálogo. Estará coordinado por Francisco Patxi Andres Aldazoro y comienza su andadura con ocho miembros, con la previsión de crecer progresivamente en los próximos meses hasta alcanzar un máximo de veinticinco participantes.

El club está especialmente orientado a personas de la comunidad venezolana interesadas en la lectura y la conversación en torno a este territorio literario tan fértil como incómodo. Tal y como se recoge en su Documento de Alcance, el ámbito de lectura del club abarca una amplia variedad de subgéneros: desde el policial clásico y el hard-boiled hasta el enigma, el misterio, la novela criminal, el espionaje, el thriller o el suspense. Una amplitud que permitirá recorrer obras fundamentales del siglo XIX junto a propuestas contemporáneas del siglo XXI, observando cómo el género dialoga con los contextos sociales de cada época.

La primera edición del club tendrá lugar en marzo y girará en torno a Los mares del sur, de Manuel Vázquez Montalbán, en edición de Booket (2017). Una elección que conecta el género negro con la crítica social, el contexto político y la mirada lúcida sobre la realidad, elementos centrales en la tradición de este tipo de narrativa.

Con este nuevo club, Asociación Club de Lectura Alexandreia alcanza los 16 clubes activos, reúne a 275 personas lectoras, trabaja sobre 8 géneros literarios diferentes y desarrolla su actividad en tres ciudades de España, además de mantener cuatro acuerdos institucionales para el lanzamiento de nuevos clubes. Un crecimiento que confirma que la lectura compartida sigue siendo un espacio privilegiado para pensar juntos, también —y especialmente— desde los márgenes y las sombras.

La discrepancia como punto de partida: nace un nuevo club de lectura en Alexandreia

La asociación Alexandreia amplía su red con la creación de un nuevo club de lectura: su decimoquinto y el tercero dentro de la temática General. Este nuevo espacio nace bajo la modalidad de club autogestionado, una fórmula que pone el acento en la iniciativa de personas que desean combinar lectura y conversación desde un interés compartido, frente a los clubes asociativos que surgen de acuerdos con instituciones o empresas.

Los clubes autogestionados representan una de las expresiones más vivas del ecosistema Alexandreia: proyectos que nacen desde dentro, impulsados por lectores que entienden la lectura como un acto activo y relacional. En este caso, el nuevo club adopta el nombre de La Discrepancia, una elección que ya anticipa su vocación: pensar críticamente, discrepar con argumentos y sostener conversaciones complejas desde el respeto y la escucha.

Parte de sus miembros están vinculados a la revista digital La Discrepancia, un proyecto editorial centrado en la generación de artículos de valor sobre múltiples cuestiones de la vida contemporánea. Esta afinidad convierte al club en una iniciativa especialmente coherente con el espíritu de Alexandreia, donde el libro funciona como ancla de reflexión: primero individual, luego colectiva, siempre abierta al contraste de miradas.

Con este nuevo club, La Discrepancia encuentra en los libros un foco específico que podría ampliarse en el futuro a nuevas ediciones, ya sea dentro de la misma temática o explorando otros territorios literarios. La tipología de lecturas y los aspectos organizativos quedan recogidos en el Documento de Alcance del club, que establece el marco común desde el que se desarrollarán las lectoconversaciones.

El club estará coordinado por Fernando Ballestero y celebrará su primera sesión el 24 de febrero, dedicada a Identidades asesinas, del escritor franco-libanés Amin Maalouf. El grupo arranca con once miembros de perfiles, procedencias y edades diversas, una pluralidad que augura conversaciones ricas y transversales. A partir de esta primera edición, como es habitual en Alexandreia, serán los propios miembros quienes propongan y voten las lecturas de las siguientes sesiones.

Alexandreia y Real Club La Moraleja inician una alianza para crear clubes de lectura

El pasado 15 de diciembre, la Asociación Alexandreia y el Real Club La Moraleja (RCLM) firmaron un acuerdo a tres años para crear clubes de lectura sobre distintas temáticas entre las comunidades de socios de RCLM. Se trata del primer acuerdo con una de las mayores sociedades deportivas de España para Alexandreia, y el inicio de una nueva actividad cultural dirigida a socios para el RCLM.

Alexandreia aportará la experiencia, metodología y tecnología que caracterizan a sus clubes de lectura, mientras que el RCLM creará sus clubes internos, aportará los coordinadores, los miembros y comunicará internamente la actividad para los socios que deseen ser parte.

El RCLM ofrece a sus 6000 socios cuatro campos de golf de 18 hoyos y tiene unas magníficas instalaciones sociales, culturales y deportivas en el campo. El primero y segundo campos se encuentran en la urbanización La Moraleja y Encinar de los Reyes, y el tres y cuatro en Algete.

Una de las características de los clubes de lectura Alexandreia es que todos los miembros pueden proponer libros para cada edición del club, votándolos anónimamente y finalmente leyendo el que haya tenido mayor puntuación. Todo el proceso se realiza a través de la aplicación de Alexandreia, el cual consisten en emails automatizados con los formularios correspondientes. Los clubes Alexandreia tienen un máximo de 20 a 25 personas, con una asistencia media en torno a 12/14 personas por sesión.

RCLM acogerá en sus instalaciones la celebración de las sesiones, ofreciendo una actividad social adicional, de forma recurrente, y que complementa otras actividades culturales. Éstas pueden ser presentaciones de libros o conferencias que ya ofrece a sus socios. Precisamente Alexandreia ha inaugurado una nueva gama de actividades, los Encuentros con Autores, donde los coordinadores de los clubes que lo desean organizan tertulias públicas con escritores a propósito de su libro. La primera fue organizada por la coordinadora del club de historia, María José Gómez Yubero, a propósito del libro Conversos, de David Jiménez Blanco.

Para Alexandreia, el acuerdo con el RCLM supone una nueva ratificación del alcance colaborativo y transversal de nuestro modelo de creación de una red clubes de lectura, cada uno con su propia estructura, temática y personalidad, pero unidos a través de una metodología común de funcionamiento y deseo de promover el pensamiento crítico y la conversación que hace crecer a las personas. Alexandreia propone un asociacionismo activo con todo tipo de instituciones y sociedades que quieran participar en la creación de clubes de lectura sobre libros editados en lengua española, en cualquier parte de España o en el extranjero.

Con este nuevo acuerdo, Alexandreia ya ha firmado cuatro acuerdos institucionales desde su creación en junio 2024, incluyendo la Universidad Politécnica de Madrid, la Fundación Código Venezuela y la Fundación Amigos de la Alhambra. En las próximas semanas se anunciará la creación de más clubes autogestionados y clubes asociativos.

Identidad, memoria y diálogo: la travesía de « Conversos »

La primera presentación de un libro con su autor dentro de las actividades de Alexandreia comenzó con una energía particular, como si la curiosidad colectiva hubiese encontrado un hogar natural.

La sesión fue inaugurada por Lola Solana, presidenta del Instituto Español de Analistas Financieros, quien dio la bienvenida al público y subrayó el valor de espacios donde el conocimiento puede compartirse con rigor y cercanía. En ese marco, se reunieron David Jiménez-Blanco, María José Gómez Yubero y Samuel Bengio para conversar acerca de la obra del primero de ellos: Conversos (Almuzara, 2025). Se trató de un diálogo que no solo iluminó la obra, sino también las preguntas que laten bajo la historia de la península.

La obra de Jiménez-Blanco avanza con ritmo de viaje y rigor de archivo, pero también con esa voz baja del que se hace preguntas simples y enormes. “Siempre me han interesado los porqués”, dijo en uno de los primeros momentos del encuentro, y esa declaración funciona como brújula de un libro que mezcla historia, desplazamientos, biografía y reflexión. Conversos sigue las huellas de Salomón Leví —rabino, maestro de rabinos, obispo, asesor real y figura tan extraordinaria como inquietante— para revelar cómo la historia de España se ha tejido a través de identidades múltiples, capas superpuestas y una mezcla mucho más profunda de lo que solemos admitir. “Los españoles llevamos dentro mucha más sangre judía de la que creemos”, recordó el autor, y la sala entera pareció acomodarse en el peso de esa afirmación.

Samuel Bengio aportó la perspectiva judía contemporánea desde un lugar íntimo y generoso. Explicó cómo, tras la destrucción del Templo en el año 70, el judaísmo se volvió portátil, capaz de deslocalizar sus rituales sin perder cohesión ni memoria. Esa portabilidad, esa fuerza de transmisión, es la que permitió que las comunidades sefardíes florecieran en la península durante quince siglos. La historia resonó en un punto esencial del libro: los judíos no desaparecieron; permanecieron, se transformaron, se mezclaron, dejaron huellas. Como recordó Bengio, “el judío existe porque consigue transmitir aquello en lo que cree”, una frase que se instaló con suavidad en el público, casi como una revelación compartida.

La conversación transitó desde los pogromos de 1391 —ese incendio tardío en comparación con el resto de Europa— hasta las tensiones que la centralización del poder generó en reinos como Castilla y Aragón. Jiménez-Blanco señaló que la uniformidad es una enfermedad típica de los sistemas que acumulan autoridad y que la minoría visible siempre acaba pagando el costo. El diálogo avanzaba con naturalidad entre fechas, ciudades y personajes (el Papa Luna, Vicente Ferrer, Catalina de Lancaster) que iluminan ese periodo en el que las comunidades judías, poco a poco, fueron empujadas hacia el límite de lo soportable.


Uno de los momentos más vívidos surgió cuando María José recuperó la figura de Giovanna, esposa de Salomón Leví. La historia apenas conserva rastros de ella, pero su silencio resuena como la otra cara del libro: la de aquellos que no eligieron convertirse, la de quienes observaron desde el borde cómo un mundo entero se desmoronaba. Esa dimensión íntima, casi doméstica, es la que vuelve Conversos un libro tan humano. Jiménez-Blanco no escribe solo sobre procesos históricos, sino sobre decisiones irreversibles, pérdidas, renuncias y fidelidades.

La lectura del libro también encendió una reivindicación inesperada: la de la Edad Media. El autor recordó, entre risas, que muchas de las sombras que atribuimos a ese periodo pertenecen en realidad al Renacimiento, y que la cultura medieval española —entre traducciones, escuelas y convivencia— fue una de las grandes bisagras del pensamiento europeo. Fue un guiño de justicia histórica que el público celebró con entusiasmo.

Hacia el final, la conversación derivó hacia la idea de diversidad perdida. Bengio lo expresó con claridad: expulsar a judíos y moriscos significó expulsar complejidad, y con ello creatividad, riqueza intelectual, formas distintas de mirar. Se insinuó una pregunta imposible pero fértil: ¿qué habría sido España si no hubiera renunciado a esa pluralidad? La historia no concede segundas versiones, pero sí nos permite imaginar futuros distintos. Quizá por eso Conversos encuentra su fuerza: porque no es solo un libro sobre el pasado, sino un espejo que pide atención al presente.

En ese espejo también se reconoce Alexandreia. Como recordó Enrique Titos, la asociación nació en 2024 con el deseo de unir la lectura —actividad íntima— con la conversación —acto radicalmente plural, y hoy ha crecido hasta reunir catorce clubes en Madrid, Melilla y Alicante. Este encuentro con autores inaugura una nueva línea de actividad que confirma algo esencial: cuando un libro se encuentra con una comunidad lectora, el texto se expande y se llena de vida. Somos, al fin y al cabo, lectoconversadores.

Durante toda la sesión, Lola Solana acompañó el encuentro con una discreta cercanía que recordaba la vocación del Instituto: tender puentes entre el pensamiento crítico, la conversación y la comunidad profesional que lo sostiene.

Al salir del Instituto, quedó en el aire esa sensación tan nuestra, casi reconocible ya como un sello Alexandreia: la intuinción de que la cultura se vuelve más luminosa cuando se comparte, que un libro se expande cuando alguien lo piensa en voz alta y que la conversación crea comunidad incluso antes de que nos demos cuenta. Quizá esa sea nuestra misión más silenciosa: acompañarnos leyendo, pensar juntos y seguir construyendo un espacio donde la palabra circule con libertad y cuidado. En cada encuentro, en cada club, en cada lector que llega, late esa idea sencilla y poderosa: la lectura nos reúne, la conversación nos transforma. Somos, y seguiremos siendo, lectoconversadores.

Más conectados, más aislados. ¿Tiene solución?

En la era de la hiperconexión, donde los dispositivos digitales se han convertido en mediadores de nuestras relaciones, cabría pensar que nunca hemos estado más acompañados. Pero la realidad es otra: la soledad se ha convertido en una de las grandes emergencias sociales de nuestro tiempo. No es sólo una impresión generacional ni un fenómeno aislado; es un desafío que atraviesa edades, países y contextos, hasta el punto de que en 2018 el Reino Unido creó un Ministerio de la Soledad. En un reciente coloquio Encuentro sobre el Pensamiento organizado por Arquia Cultura, descubrimos por qué esta paradoja se ha instalado en nuestras vidas y qué puede hacerse, desde lo personal y lo colectivo, para recomponer vínculos que parecen haberse ido deshilachando.

Hay una constatación llamativa y contraintuitiva: los jóvenes son hoy el grupo más afectado por la soledad. Entre los 16 y los 24 años se registran las mayores tasas de aislamiento emocional, un dato que contradice la impresión de que este es un problema propio de la vejez. La hipercomunicación, en lugar de acercarnos, ha modificado nuestros hábitos de conversación, de atención y de presencia. Disponemos de más canales, más estímulos, más pantallas… y sin embargo hablamos menos, escuchamos menos y nos reunimos menos. Incluso el acceso masivo al conocimiento, que podría habernos hecho más dialogantes, ha producido un efecto inesperado: cada uno se atrinchera en sus convicciones, alimentado por algoritmos que refuerzan certezas y ahogan matices.

Los asistentes al coloquio analizaron el fenómeno desde el ángulo filosófico, sociológico y psiquiátrico. Coincidieron todos en que la respuesta al problema no puede delegarse enteramente en el Estado. Las instituciones deben intervenir en casos de vulnerabilidad extrema, pero la raíz de esta crisis no es normativa, sino comunitaria. A medida que las redes de apoyo naturales —familia, vecinos, grupos de pertenencia— se debilitan, aparece una especie de “vacío social” que ninguna ley puede llenar. Tocqueville ya advirtió hace dos siglos que cuando los ciudadanos se repliegan en lo privado dejan de ser ciudadanos y se convierten en súbditos. El Estado puede proteger, pero no puede sustituir al tejido emocional que nace del encuentro entre personas.

Desde el ámbito clínico, la situación adquiere matices igualmente reveladores. En las consultas de psiquiatría han aumentado exponencialmente los casos ligados al “sufrimiento de la vida”: ansiedad, insomnio, angustia difusa, agotamiento emocional. Problemas que antes se elaboraban en diálogo con el entorno y que hoy se medicalizan casi por defecto. Sin embargo, los fármacos no pueden reemplazar lo que antes ofrecía la conversación cotidiana: acompañamiento, escucha, contención. Uno de los datos más impactantes del coloquio fue que la soledad percibida duplica o triplica la mortalidad de pacientes que han sufrido un infarto. Más allá del número de contactos, lo decisivo es la sensación íntima de no tener a nadie.

La tecnología aparece repetidamente como acelerador del problema. Muchos investigadores sitúan un punto de inflexión en 2010, coincidiendo con el diagnóstico de Jonathan Haidt (La generación ansiosa – Deusto 2024), momento en el que la popularización de la cámara frontal del iPhone y el nacimiento de Instagram cambiaron la relación con nuestra imagen y con la percepción del valor propio. La atención —un recurso escaso, quizás el más valioso hoy— se fragmenta. Los jóvenes crecen entre una absoluta falta de supervisión en internet y una sobreprotección extrema en la vida real, lo que erosiona su autonomía y su capacidad de resiliencia. A ello se suma la polarización política alimentada por algoritmos que premian la indignación, creando burbujas donde ya no se conversa: se combate. Las familias y amistades se resquebrajan por adhesiones partidistas que, lejos de generar pensamiento crítico, fomentan emociones binarias.

Pero el coloquio no se quedó únicamente en el diagnóstico. También ofreció caminos posibles para reconstruir vínculos. Uno de ellos es asumir que la vulnerabilidad no es un fallo, sino un puente. En un mundo obsesionado con la perfección, la verdadera conexión se produce cuando se comparte lo frágil. La compañía —no la presencia simbólica, sino la real— se convierte en una forma de cuidado tan fundamental como cualquier política pública. A veces, la diferencia entre sentirse acompañado o abandonado está en gestos mínimos: un mensaje auténtico, una visita, un tupper que llega justo cuando alguien lo necesita. La vida comunitaria no se sostiene con grandes discursos, sino con pequeñas heroicidades diarias, como apagar el móvil para atender realmente a quien tenemos delante.

El coloquio cerró con una idea que encaja profundamente con el espíritu de los clubes de lectura de Alexandreia: no somos individuos aislados, sino personas que existen en relación. La palabra “comunidad” proviene de munus, “deuda mutua”: vivir juntos implica reconocernos necesitados unos de otros. Frente al miedo a ser sustituidos por la inteligencia artificial, conviene recordar que aquello que nos hace humanos —la capacidad de cuidar, de escuchar, de conversar— no es automatizable. En tiempos de soledad, recuperar estos espacios de conversación auténtica se vuelve imprescindible.

Quizás, en medio del ruido, la lectura compartida siga siendo uno de los mejores caminos para reencontrarnos. Porque leer con otros, pensar con otros y hablar con otros nos recuerda que, aunque vivamos rodeados de pantallas, seguimos siendo seres diseñados para la compañía.