Leonor de Aquitania: águila dorada, águila bicéfala

por María José Gómez Yubero (coord. Club de Lectura Alexandreia Historia 1)


La lectura de Leonor de Aquitania de Régine Pernoud (El Acantilado, 2009), fue el punto de partida de una sesión especialmente rica del Club de Lectura Alexandreia de Historia, centrada en una de las mujeres más fascinantes de la Edad Media europea. La obra permite acercarse a Leonor desde una perspectiva rigurosa, alejada de la pura recreación novelesca y de los tópicos que durante siglos han oscurecido su figura. El debate en un club de lectura amplifica las miradas sobre un personaje tan poliédrico como sorprendente en su época.

Pernoud no escribe una novela, aunque la vida de Leonor contenga todos los elementos de una gran narración: poder, belleza, viajes, cruzadas, matrimonios, traiciones, hijos enfrentados, reclusión, ambición, resistencia y una extraordinaria capacidad para volver siempre al centro de la escena. La autora escribe desde el rigor de la historiadora, pero con una sensibilidad narrativa que permite comprender la fuerza humana y política del personaje.

Uno de los grandes méritos del libro es que desmonta la leyenda negra que ha acompañado a Leonor. Durante siglos se la presentó como una mujer frívola, sensual, caprichosa, manipuladora o peligrosa. Se le atribuyeron amantes, intrigas y culpas que muchas veces parecen decir más de quienes las transmitieron que de ella misma. La biografía de Pernoud permite mirar más allá de esas sombras y recuperar a una Leonor mucho más sólida: una mujer culta, poderosa, inteligente y plenamente consciente de su rango.

Leonor no fue simplemente reina de Francia y después reina de Inglaterra. Fue, ante todo, duquesa de Aquitania por derecho propio. Ese dato es esencial para entenderla. Aquitania no era un adorno en su biografía, sino el centro de su identidad política. Era un territorio rico, extenso, refinado y culturalmente brillante. Leonor llegó al matrimonio con poder propio, y toda su vida puede leerse como una defensa de esa herencia, de su autonomía y de su linaje.

Por eso resulta tan sugerente afirmar que Leonor sabía quién era. No aceptó quedar reducida al papel de esposa o madre de reyes, aunque también ejerció esos papeles con enorme trascendencia. Fue una mujer educada para preservar un patrimonio, para entender el poder y para moverse en un mundo de alianzas, vasallajes, guerras y equilibrios familiares. Su ambición, más que un defecto, fue una forma de supervivencia política.

Su primer matrimonio con Luis VII de Francia revela el choque entre dos mundos. Él, más inclinado a la religiosidad y al ideal monástico; ella, heredera de una cultura cortesana, trovadoresca y meridional, más libre y refinada. La anulación de ese matrimonio cambió el mapa de Europa. Poco después, Leonor se casó con Enrique Plantagenet, futuro Enrique II de Inglaterra, y Aquitania quedó vinculada al inmenso espacio político angevino. Con ello, Leonor no solo cambió de marido: desplazó el equilibrio entre Francia e Inglaterra.

Su relación con Enrique II fue mucho más compleja. Enrique era enérgico, incansable, poderoso. Leonor no pudo dominarlo como quizá sí influyó sobre Luis VII, pero tampoco desapareció bajo su sombra. Fue esposa, aliada, rival y finalmente prisionera. Apoyó la rebelión de sus hijos contra Enrique, pagó por ello con años de encierro, pero no quedó anulada. Tras la muerte del rey, regresó a la política con una fuerza asombrosa.

Especialmente intensa fue su relación con Ricardo Corazón de León. Ahí aparece una de las frases más poderosas vinculadas a su figura, cuando se dirige al Papa como “reina de Inglaterra por la ira de Dios”. La expresión resume de forma magnífica su carácter: dolorida, desafiante, consciente de su dignidad y capaz de interpelar incluso a la máxima autoridad espiritual de su tiempo.

La maternidad en Leonor fue también una forma de poder y de permanencia histórica. Sus hijos e hijas proyectaron su influencia por toda Europa: Ricardo Corazón de León y Juan Sin Tierra en Inglaterra; Matilde en el mundo germánico; Juana en Sicilia y Tolosa; y Leonor Plantagenet en Castilla. A través de esta última, su linaje llega a Berenguela, Fernando III, Alfonso X, Isabel la Católica y, de forma remota y simbólica, hasta la actual princesa de Asturias, Leonor de Borbón. Por eso se ha visto en Leonor de Aquitania una verdadera “abuela de Europa”: porque su legado no terminó con su muerte, sino que continuó a través de una descendencia que enlazó buena parte de las casas reales europeas.

El vínculo con Isabel la Católica resulta especialmente sugerente. Ambas fueron mujeres de una conciencia política excepcional: Leonor defendió Aquitania como Isabel defendió Castilla. Las separan tres siglos y mundos muy distintos, el universo feudal de los ducados y vasallajes frente al nacimiento del Estado moderno, y también una proyección diferente: la de Isabel fue más estatal y universal; la de Leonor, más dinástica, territorial y europea, tejida a través del linaje, los matrimonios y la descendencia. Pero ambas comparten algo esencial: no estuvieron simplemente cerca del poder; lo entendieron, lo ejercieron y dejaron una huella decisiva.

La lectura de Pernoud invita también a una reflexión más amplia sobre las mujeres en la historia. Cuando los hombres han ejercido el poder con determinación, se les ha llamado líderes, estrategas o conquistadores. Cuando lo han hecho las mujeres, con frecuencia se las ha descrito como ambiciosas, manipuladoras, arpías o peligrosas. Leonor sufrió esa mirada. Quizá precisamente porque no se resignó, porque no se borró, porque decidió ocupar un lugar que muchos no estaban dispuestos a concederle.

Por eso su figura sigue resultando tan moderna. No porque podamos trasladarla sin más a categorías actuales, sino porque su vida plantea una pregunta que sigue viva: ¿cuántas mujeres han sido deformadas por la historia simplemente por haber sido demasiado libres, demasiado inteligentes o demasiado conscientes de su propio valor?

Leonor de Aquitania fue un personaje de su tiempo, pero también lo desbordó. Fue hija de la cultura trovadoresca, señora feudal, reina, madre, prisionera, negociadora, viajera incansable y matriarca europea. Su vida permite comprender mejor el siglo XII, pero también revisar nuestra forma de mirar a las mujeres que ejercieron poder.

Quizá su nombre no signifique literalmente “águila dorada”, aunque la imagen le convenga profundamente. Leonor fue un águila de oro por su altura, por su fuerza y por su mirada larga sobre la historia. Y fue también, simbólicamente, un águila bicéfala: una cabeza mirando a Francia y otra a Inglaterra; una cabeza coronada por el poder y otra oscurecida por la leyenda negra que quiso verla como mujer peligrosa, demoníaca o dominada por el odio.

Pero por encima de esas sombras permanece la realidad de una mujer incomparable: libre, lúcida, resistente y capaz de volar más alto que los límites que su tiempo quiso imponerle.

« Identidades Asesinas » de Amin Maalouf

Fernando Ballestero es coordinador del club de lectura «La Discrepancia» de la Asociación Club de Lectura Alexandreia, un espacio dedicado al debate pausado de ideas, libros y perspectivas que invitan a cuestionar lo evidente. Desde este club, la conversación literaria se convierte también en una sobre la sociedad, la política y las tensiones culturales de nuestro tiempo.

El texto a continuación fue publicado originalmente en La Discrepancia, revista semanal de opinión en la que Ballestero colabora habitualmente. Lo compartimos como parte de esa misma vocación de diálogo y pensamiento crítico que inspira a nuestro club homónimo: una forma de tejer sinergias entre espacios que creen en la conversación como herramienta para comprender el mundo.


Un libro que invita a reflexionar

El Club de Lectura de la Discrepancia ha debatido el libro « Identidades Asesinas » de Amin Maalouf, autor de excelentes novelas como “León el Africano”, “El viaje de Baldassare”, o ¨Los desorientados”, y de ensayos como “Las cruzadas vistas por los árabes” o “El desajuste del mundo”. Premio Principe de Asturias de las Letras, Maalouf escribió este libro hace más de veinticinco años, en 1998. Esta nota recoge algunos comentarios relevantes que se plantearon en el debate.

El libro se centra en lo que puede llegar a suponer la afirmación de una identidad en un mundo que es global. El autor, partiendo de que la identidad de cada uno es lo que nos hace diferentes a los demás, y que está compuesta por múltiples pertenencias, transformándose y construyéndose a lo largo de la vida, se plantea por qué la búsqueda de una identidad esencial y su autoafirmación en ella puede llevar a que una persona llegue a cometer crímenes en nombre de su identidad religiosa, étnica, nacional, o de otra naturaleza. Considera que si los hombres se transforman así con facilidad en asesinos es porque una concepción “tribal” de las identidades, basadas en gran medida en inercias de la historia y conflictos pasados, favorece esas desviaciones y esos comportamientos. Analiza el papel que tiene en ello la mundialización, que por un lado genera universalidad pero a la vez uniformidad, las religiones cristiana y musulmana como elementos importantes de la cultura occidental y de la oriental árabe, y concluye reflexionando sobre como “domesticar a la bestia de la identidad”.

En el debate realizado, se plantearon muchas cuestiones. Ante todo, se valoró, con críticas positivas y negativas, si el libro sigue siendo de actualidad o no, dado que es un hecho que la sociedad ha cambiado mucho en veinticinco años. La mundialización que se vivía a finales de los noventa ha sido superada por la digitalización y las redes de comunicación; la evolución medioambiental y el cambio climático han pasado a ser una preocupación muy extendida; las religiones han involucionado; el papel de Europa y de grandes países como China ha cambiado; la visión de la defensa ha cambiado también; la polarización dentro de la sociedad se ha impuesto, etc…. Por ello, en este sentido, podría decirse que el libro es algo “viejuno”, pero también es cierto que “ha envejecido bien” en el sentido de que plantea problemas que siguen estando ahí.

Otra cuestión general que fue objeto de crítica es el grado de profundidad con el que el autor trata las diferentes cuestiones, planteando los fenómenos tal y como se manifiestan, pero no entrando a fondo a explicar las causas. Tampoco entra a diferenciar entre lo que supone “identificarse” con algo y lo que supone “asumir una identidad”. El hecho de que una persona se pueda “identificar” con un grupo, unas ideas, u otros elementos, y que asuma subjetivamente algunos elementos, no implica que se sienta “amenazado” si esos “otros” lo están; por el contrario, si una persona asume como propia una “identidad” en su conjunto implica que asume el comportamiento y evolución de esa identidad, y si ésta es cuestionada o amenazada, la persona se siente que por pertenecer a esa identidad su persona también lo es, y reacciona ante ello.

Es cierto que, frente a este tipo de observaciones, puede decirse que el propio Maalouf, no pretende redefinir el concepto de identidad sino algo más modesto como comprender por qué se producen unos comportamientos asesinos, reflexionando para ello a partir de sus propias experiencias personales y de la pregunta que muchos le hacen cuando le plantean  “… en el fondo, ¿qué es lo que te sientes?”. Ese “en el fondo” es la clave, la idea de que haya una única identidad diferencial en las personas. Y por ello, el autor hace un repaso a los diferentes componentes que han marcado su entorno, como la lengua, las religiones tanto católica como musulmana, la emigración, las diferencias culturales entre Oriente Medio y Occidente, etc…, en definitiva, un repaso amplio aunque no profundo al por qué de esos múltiples componentes de su identidad.

Por todo ello, y aunque como hemos dicho el libro esté escrito hace unos años, puede considerarse, en cierto modo, un clásico, pues las reflexiones que inspira su lectura se siguen manteniendo de actualidad cuando se enfocan con la mirada centrada en los problemas presentes. De hecho, apunta y anticipa muchos problemas actuales relacionados con este tema.

Uno de ellos es la instrumentalización que muchas veces se hace por parte de instituciones o grupos políticos, respondiendo a unos intereses, atribuyendo actitudes y comportamientos de manera generalizada a identidades concretas. El caso del uso del velo y el islam es un claro ejemplo. Otro problema es el de las implicaciones sobre los derechos humanos que tiene la crisis del multilateralismo y de las reglas de juego en las relaciones internacionales, que estamos viviendo. O el escaso conocimiento que tenemos de otras culturas, a pesar de la mundialización. El tener cerca de nuestro entorno restaurantes mexicanos, hindúes o peruanos, no significa que conozcamos las culturas de esos países.

Con esa visión abierta hay que plantearse hoy la pregunta que Maaluf hace al final de su libro sobre cómo amansar o domesticar la pantera. Y es que la única respuesta válida es que debemos estar abiertos “al otro”, esto es, a las diferentes culturas superando esa visión simplificada de la diversidad en la que a veces caemos. Estar más abiertos al “mestizaje” en nuestras sociedades.

En definitiva, « Identidades Asesinas » es un libro muy recomendable al poner sobre la mesa un problema importante y motivar una reflexión sobre cómo enfrentarlo.


Este texto surge de una de las lectoconversaciones del club de lectura « La Discrepancia » de la Asociación Club de Lectura Alexandreia, donde la lectura se convierte en punto de partida para debatir ideas, contrastar perspectivas y seguir pensando juntos.

Reseña: « Conversos », una obra de David Jiménez-Blanco (Editorial Almuzara)

por María José Gómez Yubero ::

Conversos es un libro singular, distinto, inesperado, que abre una puerta profunda hacia un pasado que sigue latiendo en el presente. La obra de David Jiménez-Blanco, ópera prima en su faceta de escritor, combina con maestría una narrativa híbrida que se mueve entre el cuaderno de viajes, la crónica histórica, la biografía, la investigación en proceso, la reflexión personal y el diálogo, para reconstruir un capítulo decisivo de la historia española: el mundo de los judíos, de los conversos y de la España que transita del final de la Edad Media al umbral del Renacimiento.

No es casual que la presentación de este libro, que tuve el honor de conducir el pasado 3 de diciembre, haya sido la primera actividad cultural conjunta del Instituto Español de Analistas y de Alexandreia Club de Lectura, dos instituciones a las que me siento estrechamente vinculada tanto por profesión como por vocación. El Instituto Español de Analistas, que este año celebra su 60º aniversario, trabaja para fomentar el análisis riguroso, la formación de calidad y la difusión del conocimiento en el ámbito económico y financiero; Alexandreia, por su parte, nació con la convicción de que la lectura cobra sentido pleno cuando se comparte.

En ambas instituciones confluyen los mismos principios: el interés por comprender los orígenes de los fenómenos, el rigor intelectual y la certeza de que el diálogo es una herramienta imprescindible para aprender. Alexandreia nació, precisamente, bajo la idea de que leer es conversar: somos “lectoconversadores”. Y Conversos es, en esencia, un libro nacido del diálogo.

Ese diálogo se despliega a través del viaje que David emprende junto a Samuel Bengio, descendiente de judíos sefardíes, cuya mirada sirve de contrapunto imprescindible a las raíces cristianas del autor. La tensión creativa entre ambos sostiene el libro: dos tradiciones, dos memorias, dos identidades que se interrogan mutuamente mientras recorren casi 9.000 kilómetros en busca de una historia compartida.

El eje narrativo es la figura extraordinaria de Salomón Leví, rabino burgalés, maestro de rabinos y padre de cinco hijos, que tras su conversión adoptó el nombre de Pablo de Santa María y llegó a ser obispo, primero de Cartagena y después de Burgos, además de canciller del rey de Castilla y asesor de papas. Su vida, larga, brillante y no exenta de controversia, permite entender la complejidad del periodo que se extiende entre 1391 y 1492: los pogromos, las disputas religiosas, el Cisma de Occidente y un entramado de tensiones religiosas, políticas y culturales que marcaron el destino de España durante siglos.

La obra está poblada de personajes memorables. Entre ellos destacan el Papa Luna, Benedicto XIII, hombre de profundas convicciones y aragonés tenaz hasta el extremo; Fernando de Antequera, primer Trastámara en la Corona de Aragón tras el Compromiso de Caspe; el temible Ferrán Martínez, impulsor implacable de los pogromos de 1391, auténtico malo entre los malos de esta historia; y, por supuesto, el omnipresente Vicente Ferrer, figura decisiva en la predicación y en las conversiones masivas del periodo, cuya influencia marcó de forma indeleble la espiritualidad y la política de su tiempo.

El libro se completa con ecos sefardíes de siglos posteriores, como el de José de la Vega, autor del primer manual bursátil, Confusión de confusiones (1688), testimonio de la vitalidad intelectual de una diáspora que siguió prosperando lejos de España.

Aunque las mujeres no ocupan un papel protagonista, Conversos recupera la presencia de varias figuras esenciales: Catalina de Lancaster, impulsora de las Leyes de Valladolid; Joana, la esposa de Salomón Leví, a quien él terminó abandonando pero junto a la cual acabaría siendo enterrado; Teresa de Cartagena, la nieta sorda que llegó a convertirse en la primera escritora religiosa casi contemporánea de Teresa de Jesús, también descendiente de conversos; y, aunque solo de pasada, la imponente figura de Isabel la Católica, cuyo reinado constituye el telón de fondo final de esta historia.

Con una prosa clara y una estructura dinámicaConversos invita al lector no solo a conocer la historia, sino a pensarla. Y es ahí donde surge una pregunta inevitable: ¿qué hubiera pasado si no se hubiera forzado la conversión o si no hubiera habido expulsión? ¿Existían alternativas viables? ¿Cómo habría cambiado el devenir de España? ¿Habría influido en la larga decadencia posterior del Imperio? Y, sobre todo: ¿qué papel podría haber jugado una mayor diversidad cultural en la construcción de una España más abierta, más plural, quizá más dialogante?

Estas preguntas no buscan reescribir el pasado, sino comprender el presente. Y hacen de Conversos un libro profundamente actual: una invitación a reflexionar sobre nuestra identidad y a revisar, sin miedo, las sombras y posibilidades de nuestra propia historia.

Si algo nos recuerda este libro y la conversación que inspira es que la historia nos habla, nos cuestiona y nos ilumina. En un mundo de incertidumbre, en una auténtica confusión de confusiones, la respuesta siempre está en los libros. Como decía recientemente la reina Letizia, todos los caminos llevan a los libros.