Leonor de Aquitania: águila dorada, águila bicéfala

por María José Gómez Yubero (coord. Club de Lectura Alexandreia Historia 1)


La lectura de Leonor de Aquitania de Régine Pernoud (El Acantilado, 2009), fue el punto de partida de una sesión especialmente rica del Club de Lectura Alexandreia de Historia, centrada en una de las mujeres más fascinantes de la Edad Media europea. La obra permite acercarse a Leonor desde una perspectiva rigurosa, alejada de la pura recreación novelesca y de los tópicos que durante siglos han oscurecido su figura. El debate en un club de lectura amplifica las miradas sobre un personaje tan poliédrico como sorprendente en su época.

Pernoud no escribe una novela, aunque la vida de Leonor contenga todos los elementos de una gran narración: poder, belleza, viajes, cruzadas, matrimonios, traiciones, hijos enfrentados, reclusión, ambición, resistencia y una extraordinaria capacidad para volver siempre al centro de la escena. La autora escribe desde el rigor de la historiadora, pero con una sensibilidad narrativa que permite comprender la fuerza humana y política del personaje.

Uno de los grandes méritos del libro es que desmonta la leyenda negra que ha acompañado a Leonor. Durante siglos se la presentó como una mujer frívola, sensual, caprichosa, manipuladora o peligrosa. Se le atribuyeron amantes, intrigas y culpas que muchas veces parecen decir más de quienes las transmitieron que de ella misma. La biografía de Pernoud permite mirar más allá de esas sombras y recuperar a una Leonor mucho más sólida: una mujer culta, poderosa, inteligente y plenamente consciente de su rango.

Leonor no fue simplemente reina de Francia y después reina de Inglaterra. Fue, ante todo, duquesa de Aquitania por derecho propio. Ese dato es esencial para entenderla. Aquitania no era un adorno en su biografía, sino el centro de su identidad política. Era un territorio rico, extenso, refinado y culturalmente brillante. Leonor llegó al matrimonio con poder propio, y toda su vida puede leerse como una defensa de esa herencia, de su autonomía y de su linaje.

Por eso resulta tan sugerente afirmar que Leonor sabía quién era. No aceptó quedar reducida al papel de esposa o madre de reyes, aunque también ejerció esos papeles con enorme trascendencia. Fue una mujer educada para preservar un patrimonio, para entender el poder y para moverse en un mundo de alianzas, vasallajes, guerras y equilibrios familiares. Su ambición, más que un defecto, fue una forma de supervivencia política.

Su primer matrimonio con Luis VII de Francia revela el choque entre dos mundos. Él, más inclinado a la religiosidad y al ideal monástico; ella, heredera de una cultura cortesana, trovadoresca y meridional, más libre y refinada. La anulación de ese matrimonio cambió el mapa de Europa. Poco después, Leonor se casó con Enrique Plantagenet, futuro Enrique II de Inglaterra, y Aquitania quedó vinculada al inmenso espacio político angevino. Con ello, Leonor no solo cambió de marido: desplazó el equilibrio entre Francia e Inglaterra.

Su relación con Enrique II fue mucho más compleja. Enrique era enérgico, incansable, poderoso. Leonor no pudo dominarlo como quizá sí influyó sobre Luis VII, pero tampoco desapareció bajo su sombra. Fue esposa, aliada, rival y finalmente prisionera. Apoyó la rebelión de sus hijos contra Enrique, pagó por ello con años de encierro, pero no quedó anulada. Tras la muerte del rey, regresó a la política con una fuerza asombrosa.

Especialmente intensa fue su relación con Ricardo Corazón de León. Ahí aparece una de las frases más poderosas vinculadas a su figura, cuando se dirige al Papa como “reina de Inglaterra por la ira de Dios”. La expresión resume de forma magnífica su carácter: dolorida, desafiante, consciente de su dignidad y capaz de interpelar incluso a la máxima autoridad espiritual de su tiempo.

La maternidad en Leonor fue también una forma de poder y de permanencia histórica. Sus hijos e hijas proyectaron su influencia por toda Europa: Ricardo Corazón de León y Juan Sin Tierra en Inglaterra; Matilde en el mundo germánico; Juana en Sicilia y Tolosa; y Leonor Plantagenet en Castilla. A través de esta última, su linaje llega a Berenguela, Fernando III, Alfonso X, Isabel la Católica y, de forma remota y simbólica, hasta la actual princesa de Asturias, Leonor de Borbón. Por eso se ha visto en Leonor de Aquitania una verdadera “abuela de Europa”: porque su legado no terminó con su muerte, sino que continuó a través de una descendencia que enlazó buena parte de las casas reales europeas.

El vínculo con Isabel la Católica resulta especialmente sugerente. Ambas fueron mujeres de una conciencia política excepcional: Leonor defendió Aquitania como Isabel defendió Castilla. Las separan tres siglos y mundos muy distintos, el universo feudal de los ducados y vasallajes frente al nacimiento del Estado moderno, y también una proyección diferente: la de Isabel fue más estatal y universal; la de Leonor, más dinástica, territorial y europea, tejida a través del linaje, los matrimonios y la descendencia. Pero ambas comparten algo esencial: no estuvieron simplemente cerca del poder; lo entendieron, lo ejercieron y dejaron una huella decisiva.

La lectura de Pernoud invita también a una reflexión más amplia sobre las mujeres en la historia. Cuando los hombres han ejercido el poder con determinación, se les ha llamado líderes, estrategas o conquistadores. Cuando lo han hecho las mujeres, con frecuencia se las ha descrito como ambiciosas, manipuladoras, arpías o peligrosas. Leonor sufrió esa mirada. Quizá precisamente porque no se resignó, porque no se borró, porque decidió ocupar un lugar que muchos no estaban dispuestos a concederle.

Por eso su figura sigue resultando tan moderna. No porque podamos trasladarla sin más a categorías actuales, sino porque su vida plantea una pregunta que sigue viva: ¿cuántas mujeres han sido deformadas por la historia simplemente por haber sido demasiado libres, demasiado inteligentes o demasiado conscientes de su propio valor?

Leonor de Aquitania fue un personaje de su tiempo, pero también lo desbordó. Fue hija de la cultura trovadoresca, señora feudal, reina, madre, prisionera, negociadora, viajera incansable y matriarca europea. Su vida permite comprender mejor el siglo XII, pero también revisar nuestra forma de mirar a las mujeres que ejercieron poder.

Quizá su nombre no signifique literalmente “águila dorada”, aunque la imagen le convenga profundamente. Leonor fue un águila de oro por su altura, por su fuerza y por su mirada larga sobre la historia. Y fue también, simbólicamente, un águila bicéfala: una cabeza mirando a Francia y otra a Inglaterra; una cabeza coronada por el poder y otra oscurecida por la leyenda negra que quiso verla como mujer peligrosa, demoníaca o dominada por el odio.

Pero por encima de esas sombras permanece la realidad de una mujer incomparable: libre, lúcida, resistente y capaz de volar más alto que los límites que su tiempo quiso imponerle.

Reseña: « Conversos », una obra de David Jiménez-Blanco (Editorial Almuzara)

por María José Gómez Yubero ::

Conversos es un libro singular, distinto, inesperado, que abre una puerta profunda hacia un pasado que sigue latiendo en el presente. La obra de David Jiménez-Blanco, ópera prima en su faceta de escritor, combina con maestría una narrativa híbrida que se mueve entre el cuaderno de viajes, la crónica histórica, la biografía, la investigación en proceso, la reflexión personal y el diálogo, para reconstruir un capítulo decisivo de la historia española: el mundo de los judíos, de los conversos y de la España que transita del final de la Edad Media al umbral del Renacimiento.

No es casual que la presentación de este libro, que tuve el honor de conducir el pasado 3 de diciembre, haya sido la primera actividad cultural conjunta del Instituto Español de Analistas y de Alexandreia Club de Lectura, dos instituciones a las que me siento estrechamente vinculada tanto por profesión como por vocación. El Instituto Español de Analistas, que este año celebra su 60º aniversario, trabaja para fomentar el análisis riguroso, la formación de calidad y la difusión del conocimiento en el ámbito económico y financiero; Alexandreia, por su parte, nació con la convicción de que la lectura cobra sentido pleno cuando se comparte.

En ambas instituciones confluyen los mismos principios: el interés por comprender los orígenes de los fenómenos, el rigor intelectual y la certeza de que el diálogo es una herramienta imprescindible para aprender. Alexandreia nació, precisamente, bajo la idea de que leer es conversar: somos “lectoconversadores”. Y Conversos es, en esencia, un libro nacido del diálogo.

Ese diálogo se despliega a través del viaje que David emprende junto a Samuel Bengio, descendiente de judíos sefardíes, cuya mirada sirve de contrapunto imprescindible a las raíces cristianas del autor. La tensión creativa entre ambos sostiene el libro: dos tradiciones, dos memorias, dos identidades que se interrogan mutuamente mientras recorren casi 9.000 kilómetros en busca de una historia compartida.

El eje narrativo es la figura extraordinaria de Salomón Leví, rabino burgalés, maestro de rabinos y padre de cinco hijos, que tras su conversión adoptó el nombre de Pablo de Santa María y llegó a ser obispo, primero de Cartagena y después de Burgos, además de canciller del rey de Castilla y asesor de papas. Su vida, larga, brillante y no exenta de controversia, permite entender la complejidad del periodo que se extiende entre 1391 y 1492: los pogromos, las disputas religiosas, el Cisma de Occidente y un entramado de tensiones religiosas, políticas y culturales que marcaron el destino de España durante siglos.

La obra está poblada de personajes memorables. Entre ellos destacan el Papa Luna, Benedicto XIII, hombre de profundas convicciones y aragonés tenaz hasta el extremo; Fernando de Antequera, primer Trastámara en la Corona de Aragón tras el Compromiso de Caspe; el temible Ferrán Martínez, impulsor implacable de los pogromos de 1391, auténtico malo entre los malos de esta historia; y, por supuesto, el omnipresente Vicente Ferrer, figura decisiva en la predicación y en las conversiones masivas del periodo, cuya influencia marcó de forma indeleble la espiritualidad y la política de su tiempo.

El libro se completa con ecos sefardíes de siglos posteriores, como el de José de la Vega, autor del primer manual bursátil, Confusión de confusiones (1688), testimonio de la vitalidad intelectual de una diáspora que siguió prosperando lejos de España.

Aunque las mujeres no ocupan un papel protagonista, Conversos recupera la presencia de varias figuras esenciales: Catalina de Lancaster, impulsora de las Leyes de Valladolid; Joana, la esposa de Salomón Leví, a quien él terminó abandonando pero junto a la cual acabaría siendo enterrado; Teresa de Cartagena, la nieta sorda que llegó a convertirse en la primera escritora religiosa casi contemporánea de Teresa de Jesús, también descendiente de conversos; y, aunque solo de pasada, la imponente figura de Isabel la Católica, cuyo reinado constituye el telón de fondo final de esta historia.

Con una prosa clara y una estructura dinámicaConversos invita al lector no solo a conocer la historia, sino a pensarla. Y es ahí donde surge una pregunta inevitable: ¿qué hubiera pasado si no se hubiera forzado la conversión o si no hubiera habido expulsión? ¿Existían alternativas viables? ¿Cómo habría cambiado el devenir de España? ¿Habría influido en la larga decadencia posterior del Imperio? Y, sobre todo: ¿qué papel podría haber jugado una mayor diversidad cultural en la construcción de una España más abierta, más plural, quizá más dialogante?

Estas preguntas no buscan reescribir el pasado, sino comprender el presente. Y hacen de Conversos un libro profundamente actual: una invitación a reflexionar sobre nuestra identidad y a revisar, sin miedo, las sombras y posibilidades de nuestra propia historia.

Si algo nos recuerda este libro y la conversación que inspira es que la historia nos habla, nos cuestiona y nos ilumina. En un mundo de incertidumbre, en una auténtica confusión de confusiones, la respuesta siempre está en los libros. Como decía recientemente la reina Letizia, todos los caminos llevan a los libros.

Valores tradicionales de la cultura japonesa

por Enrique Titos Martínez

(Granada, 1960). Economista egresado del posgrado en IESE Business School y Kellogg Business University (EEUU) con trayectoria profesional en varios grupos financieros nacionales e internacionales, en las áreas financieras, de tesorería y seguros. Casado y padre de cuatro hijos; consejero y consultor de innovación en varias empresas, experto en procesos de transformación. Creador del Consejos Asesor de Innovación Abierta (CAIA) en Caser Seguros (Grupo Helvetia). Cofundador y Director del grupo El Alcázar de las Ideas, Jurado de los Premios Knowsquare, Fundador y Presidente de la Asociación Alexandreia Club de Lectura, y fundador de Cineforum Mensajes de Cine.


Japón siempre ha sido un misterio para los occidentales. Con una posición geográfica extrañamente simétrica a Reino Unido en el otro extremo del continente euroasiático, ambos países comparten culturas fuertes, pero muy distintas. Reino Unido fue una vez faro del occidentalismo. Japón, una pequeña nación de 72 millones de habitantes en 1940 con una cultura profundamente endogámica, fue el causante de la extensión de la Segunda Guerra Mundial en Asia. Su derrota final a manos de EEUU planteó a este país cómo controlar y reconstruir una nación que luchó hasta el límite con fiereza y crueldad, sin tener que desplazar a Japón a un millón de soldados norteamericanos.

La respuesta vino de comprender la cultura japonesa y actuar en consecuencia. Los contenidos del libro El crisantemo y la espada, escrito por la antropóloga Ruth Dickinson e inspirado en la solicitud del gobierno de EEUU, estuvo detrás de la primera decisión trascendental que tomó el general McArthur, comandante en jefe de las fuerzas estadounidenses de ocupación en Japón tras la rendición. Con unos pocos miles de hombres, decidió mantener la autoridad y preservar la vida del emperador Hiro Hito, pero al tiempo condenar a la horca al primer ministro Tojo, jefe del gobierno militarista que ordenó el ataque a Pearl Harbor.

La cultura japonesa dista mucho de los códigos occidentales y aunque tiene una fuerte base china permaneció completamente aislada hasta la revolución del emperador Meiji de 1868. Curiosamente, Japón no es un país de cultura milenaria. No usó la escritura (que importó y adaptó de China creando sus propios ideogramas) hasta el siglo VII de nuestra era. Mantuvo un jerárquico sistema de castas hasta el siglo XIX, estratificado entre el shogun, los daimios, los samurais, los campesinos, comerciantes y esclavos, con el emperador en la cúpula como figura divina y representativa. La jerarquía basada en edad, sexo, o primogenitura dictaba el código de comportamiento en las relaciones familiares. Su credo sintoísta tiene una base budista y confuciana, pero no creen en la reencarnación ni asumen el pacifismo confuciano. De hecho, vieron las religiones y los dogmas ajenos a su cultura como un peligro para la misma, como bien saben los jesuitas.

Su sistema de valores está presidido por un código de honor que impregna el comportamiento de cada persona y su aceptación social. Las desviaciones son poco toleradas, sobre todo en el Japón antes de la derrota.  Entonces aplicaban sus propios estándares de pensamiento a la relación con otras naciones. Su visión jerárquica les llevó a concebir que Japón merecía una posición de dominio en Asia, reforzadas por la tremenda expansión industrial y económica que alcanzaron desde la revolución Meiji. Las victorias militares contra Rusia en 1905 y la invasión a gran escala de China en 1937 tras la creación de Manchuria en 1931 (aprovechándose del último emperador de China, el títere Pu Yi), reforzaron su sensación de superioridad. Curiosamente, Japón se desarrolló económicamente sin clases medias, como ocurrió en occidente.

Para el japonés, las obligaciones para con el emperador, la familia, los jefes, son equivalentes a una deuda financiera, el on, que se asume y se paga cuando se requiere, sea en una guerra, ante un contrato matrimonial organizado por los padres, o ante un contrato privado o una relación de amistad. Los japoneses no gustan de recibir favores a los que no pueden corresponder en igual medida. La venganza es parte legítima de la acción cuando el honor ha sido mancillado según sus códigos personales (giri). Su respeto por la jerarquía les hace cambiar diametralmente su actitud, como cuando el emperador Hiro Hito ordenó la rendición de Japón: los mismos soldados fueron a la guerra por orden del gobierno militarista de Tojo y que sobrevivieron, eran casi corteses con los estadounidenses un día más tarde de la orden de rendición. McArthur y sus soldados no tuvieron incidentes notables durante la ocupación estadounidense. Simplemente asumieron que su visión de dominio de Asia estaba equivocada y había que trabajar en una dirección distinta. Y a ello se pusieron con energía, convirtiéndose, después de haber sido arrasados, en segunda potencia mundial tras EEUU en los años ochenta del siglo pasado.

El japonés es un pueblo de contradicciones a ojos occidentales, entre otras razones, porque no tiene concepción del bien o el mal según nuestros estándares, mucho más moralistas por la influencia de la religión judeocristiana. El japonés se rige por normas de conducta que pueden llevarle a matar, o a ser extremadamente cordial y agradecido. Para ellos, un hombre bueno es una persona que usa sus capacidades al máximo. Hasta 1945, el suicidio por seppuku era la forma de pedir perdón por una actuación deshonrosa. En los 47 ronin, la epopeya nacional que vertebra una parte de su identidad, unos samurais, ante la muerte por seppuku de su señor daimio, se vengan, en contra de la orden del shogun, matando al otro daimio que afrentó a su señor. Como consecuencia, los 47 ronin han de cometer seppuku. Su nivel de autoexigencia les obliga a ser “una espada libre de herrumbre”. Para el japonés, la sinceridad o makoto no tiene el significado de verdad que le damos en occidente, sino de coherencia con lo que se piensa o se es, llegando al fanatismo si es necesario.

Para el japonés, es más importante la vergüenza que la culpa. La vergüenza es una carga insoportable, que hace tolerable la venganza, o incluso el suidicio o seppuku por deshonor. Las culturas occidentales de la culpa han encontrado en la confesión cristiana un método de expiación, sin espectadores. Para el japonés, el deshonor, aunque sea privado, es intolerable, por su compromiso con su cultura y valores.

El cultivo del espíritu japonés tiene numerosas manifestaciones estéticas (paisajismo, orden, perfeccionismo, etcétera) que refuerzan su entrega, al tiempo que aparentan delicadeza. La otra parte de la espada es el crisantemo, la flor por excelencia del Japón.

Los japoneses tienen una “ética de alternativas”. No hay buenas o malas según su pensamiento, simplemente adoptarán en cada caso aquella que convenga al Japón.

Cuanto ha cambiado el Japón del siglo XXI setenta años después de la Segunda Guerra Mundial es algo indudable, dada su progresiva apertura al mundo, sus cambios demográficos, y la necesidad de insertarse en la economía mundial y en la gestión de los conflictos regionales. Será interesante, e incluso trascendente, comprobar cuánto de su cultura será respetado por las nuevas generaciones, especialmente en lo tocante a la jerarquía y su rígido código de comportamiento. Pero sin duda, su carácter no les hará ser miembros pasivos en la reordenación geopolítica en curso. Por ello, La espada y el crisantemo es un buen punto de partida para cualquier observador interesado en Japón.

Para ver en el cine películas que traten sobre los valores de Japón es recomendable ver las siguientes películas:

La invención de la naturaleza: Alexander von Humboldt y la unidad del mundo

por Enrique Titos Martínez

(Granada, 1960). Economista egresado del posgrado en IESE Business School y Kellogg Business University (EEUU) con trayectoria profesional en varios grupos financieros nacionales e internacionales, en las áreas financieras, de tesorería y seguros. Casado y padre de cuatro hijos; consejero y consultor de innovación en varias empresas, experto en procesos de transformación. Creador del Consejos Asesor de Innovación Abierta (CAIA) en Caser Seguros (Grupo Helvetia). Cofundador y Director del grupo El Alcázar de las Ideas, Jurado de los Premios Knowsquare, Fundador y Presidente de la Asociación Alexandreia Club de Lectura, y fundador de Cineforum Mensajes de Cine.


No siempre son los más recordados quienes más influencia tienen en el futuro. A veces, el manto del tiempo oculta a personas que entendieron cómo el presente impacta en el futuro. Alexander von Humboldt (1769–1859) es uno de esos casos. Su figura monumental, su legado científico y su pensamiento integrador han quedado relegados en el recuerdo colectivo, a pesar de que su influencia atraviesa disciplinas, generaciones y continentes.

Humboldt fue uno de los últimos grandes polímatas, un hombre que encarnó un saber insatisfecho en una época en que la ciencia comenzaba a fragmentarse por disciplinas. Fue explorador, botánico, geógrafo, geólogo, astrónomo, escritor y divulgador. Su mirada no se detenía en las categorías, sino que las interconectaba y ampliaba con una narrativa avasalladora. Donde otros veían elementos aislados, Humboldt veía conexiones. Comprendió la naturaleza como un todo interdependiente, una red viva y compleja, donde el destino del ser humano está inexorablemente unido al destino del planeta. “Cuando se destruye la naturaleza, el ser humano también sufre”. Esa afirmación, escrita hace más de 200 años, resuena hoy con más fuerza que nunca.

Sus viajes por América Latina fueron legendarios. En Colombia, Venezuela, Ecuador y Perú recogió miles de especies vegetales, subió montañas como el Chimborazo casi hasta su cima, midió temperaturas, altitudes, humedad, compuso mapas y teorías. De ese viaje surgió el Naturgemälde, considerado por muchos la primera infografía científica de la historia: una representación visual que unía en una sola imagen altitud, tipos de vegetación, clima y geografía. Una visión revolucionaria para su tiempo. Humboldt no solo recogía datos, sino que los interpretaba con una intuición natural para lo sistémico.

Fue admirado por Thomas Jefferson, que lo consideraba un referente en la comprensión del nuevo continente. Su correspondencia con el presidente estadounidense contribuyó a perfilar la visión territorial de Estados Unidos, en particular en la expansión hacia el oeste. Pero también fue crítico con el modelo esclavista, que le parecía incompatible con la idea de igualdad que defendía. En París conoció a Simón Bolívar, a quien transmitió su disgusto sobre la dominación colonial española. En parte inflamado por la visión de naturaleza paradisíaca contagiada por Humboldt, Bolívar volvió a América convencido de que la independencia no era solo posible, sino necesaria. Aunque también es justo recordar que Bolívar, como Napoleón, hijos de pensamiento revolucionario, tornaron a dictadores una vez alcanzado el poder.

Su pensamiento influyó también en naturalistas como Charles Darwin, leía los libros de Humboldt en el Beagle que iluminó  “La evolución de las especies». Henry D. Thoreau, considerado el padre de la naturaleza en Estados Unidos, con «Walden», bebió de su concepción del ser humano en contacto directo con la naturaleza. John Muir, el gran impulsor de los parques nacionales en Estados Unidos, leyó a Humboldt antes de defender la conservación de Yosemite. Ernst Haeckel, descubrió la estructuras microscópicas de los radiolarios a partir de las investigaciones de Humboldt, iniciandose una corriente artística que influiría en el Art Nouveau. La huella de Humboldt puede rastrearse en la arquitectura de Gaudí, en el pensamiento de los conservacionistas, en la ética ambiental moderna.

Y pese a que su nombre aparece en mapas, calles, corrientes marinas o ciudades, Humboldt ha sido injustamente marginado del canon científico y cultural del mundo anglosajón. En parte porque sus ideas sobre la esclavitud eran incómodas en la época, porque su obra no encajaba bien en un mundo que ya empezaba a compartimentar el saber. Y en parte porque su figura desbordaba las estructuras de prestigio que otorgan visibilidad histórica. Humboldt era un personaje divergente.

Fue un europeo que decidió explorar más allá de los márgenes conocidos, con una sensibilidad que rechazaba el saqueo colonial y una curiosidad insaciable por entender, no dominar. Murió endeudado, después de haber dedicado toda su herencia familiar a la investigación y a los viajes. En su tiempo no existían derechos de autor: escribir y publicar no era un negocio, sino un acto de entrega. Sus obras, Cosmos y Personal Narrative, siguen siendo referencia por su profundidad y por su prosa apasionada.

Todo esto lo recupera con rigor y emoción la escritora Andrea Wulf en su biografía «La invención de la naturaleza» (Taurus, 2018), un homenaje brillante que rescata la memoria de Humboldt para el siglo XXI. En sus páginas no solo se narra su vida, sino que se reconstruye su pensamiento, su visión del mundo y el impacto profundo que tuvo —y sigue teniendo— en nuestra forma de entender la naturaleza. Wulf consigue lo que pocos logran: despertar en el lector la misma pasión por el conocimiento y el asombro que movieron a Humboldt toda su vida.

Hoy, en tiempos de crisis climática, de retrocesos en políticas ambientales y de negacionismo revestido de discurso ideológico, el pensamiento de Humboldt se convierte en una brújula. Fue él quien entendió antes que nadie que la humanidad y la naturaleza no son entidades separadas. Su visión de la vida como sistema integrado, su defensa de la equidad, su rechazo a la explotación y su amor por lo diverso tienen una vigencia que debería incomodar a quienes buscan reducir la ciencia al utilitarismo o la ética a un estorbo ideológico.

Recordar a Humboldt es recordar que muchas veces quienes ven más lejos son ignorados por los que solo miran lo inmediato. Es una invitación a recuperar el valor de la mirada larga, de la exploración sin recompensa inmediata, de la conexión entre saber y sensibilidad. Su olvido no es inocente. Y su recuerdo, necesario.

Porque no siempre son los más visibles quienes hacen avanzar el mundo. A veces, los verdaderos precursores caminan en silencio, sembrando ideas que otros recogerán mucho después. Humboldt fue uno de ellos. Y entender su legado es entendernos mejor a nosotros mismos.


Impresiones de lectura: «Momentos estelares de la humanidad» de Stefan Sweig

por Miriam Ardizzone

Editora y lectora profesional. Especialista en literatura Latinoamericana contemporánea. Como profesional del libro se ha desarrollado en España, Venezuela y Colombia. En la actualidad, acompaña a personas que escriben a publicar sus libros.


Leer en 2025 un libro cuya versión definitiva se publicó en 1940 tiene algo de experimento temporal. Es asomarse a una forma de ver el mundo que ha resistido el paso de las décadas. Zweig envejece bien, pero también deja ver con claridad que su mirada, aunque aguda, es la de otro siglo. Su forma de narrar tiene un aire didáctico, incluso pedagógico, que hoy en día puede parecer un tanto paternalista, pero funciona. El autor guía al lector con mano firme, explicando, preguntando, respondiéndose a sí mismo. Un estilo cercano, casi como si conversara con nosotros.

Lo que más me sorprendió es la amplitud de su selección: del mundo clásico con Cicerón, hasta el siglo XX. El recorrido no es cronológico, pero sí ambicioso. Empezar con un intelectual romano no es casual —nos está diciendo que ahí están los cimientos del pensamiento, de la civilización, de lo humano. Y esa es, justamente, una de las grandes virtudes del libro: no solo nos cuenta hechos históricos, también nos muestra cómo se pensaba en esos momentos, qué movía a las personas.

Las miniaturas de Zweig no glorifican. Más bien, humanizan. Nos presenta a personajes movidos por pasiones, errores, intuiciones, la vulnerabilidad de Cicerón, la viveza de Balboa, la obstinación de los emprendedores, la torpeza o el impulso del momento. Todos cargan con lo más inquietante de la condición humana: esa mezcla de razón y emoción, de grandeza y debilidad.

Me pareció muy potente que Zweig resalte cómo los errores se repiten, cómo la historia se dobla sobre sí misma. “La humanidad piensa siempre igual”, parece decirnos, aunque lo haga vestida de época.

Me gustaría destacar dos textos que me impactaron especialmente:

  • Dostoievski, 1849

Una pieza profundamente literaria. Aquí, Zweig sugiere más de lo que dice, juega con lo no dicho, con la tensión contenida. Me pareció uno de los relatos más sutiles del libro. Es un texto que se abre más desde la emoción que desde el dato histórico, y eso le da una fuerza muy especial.

  • El primer cable submarino, 1858

Una historia casi olvidada, pero que Zweig convierte en una epopeya íntima. Logra que entendamos el esfuerzo técnico, el drama humano, la dimensión emocional del logro. Al mismo tiempo, lo hace con imágenes tan plásticas que parece que estuviéramos ahí.

Zweig tiene momentos de gran lirismo. Describe, por ejemplo, dos relojes sonando como “los corazones de dos pájaros”. Esa delicadeza narrativa lo aleja del simple cronista, lo acerca al artista.

Un detalle no menor: las mujeres están prácticamente ausentes. En este fresco de acontecimientos que atraviesan siglos, no aparecemos, parece que no dejamos huella. No brillamos ni siquiera como domésticas, institutrices, huérfanas, reinas ni prostitutas.  Es un vacío que se nota y que quizás hoy leeríamos con otra exigencia.

En resumen, Momentos estelares de la humanidad (Acantilado, 2012) es un viaje por lo humano más que por lo histórico. Es un libro que invita a pensar, a observar, a detenerse en el instante en que todo cambia. Nos recuerda que la historia no la hacen solo los grandes nombres, sino las decisiones concretas, los gestos mínimos, las pasiones desbordadas de personas en su momento más decisivo.


China en voz baja, lecciones de una civilización que nunca se fue

por Enrique Titos Martínez

(Granada, 1960). Economista egresado del posgrado en IESE Business School y Kellogg Business University (EEUU) con trayectoria profesional en varios grupos financieros nacionales e internacionales, en las áreas financieras, de tesorería y seguros. Casado y padre de cuatro hijos; consejero y consultor de innovación en varias empresas, experto en procesos de transformación. Creador del Consejos Asesor de Innovación Abierta (CAIA) en Caser Seguros (Grupo Helvetia). Cofundador y Director del grupo El Alcázar de las Ideas, Jurado de los Premios Knowsquare, Fundador y Presidente de la Asociación Alexandreia Club de Lectura, y fundador de Cineforum Mensajes de Cine.


En un mundo donde la urgencia marca el ritmo, Observar el arroz crecer de Julio Ceballos propone una revolución silenciosa: mirar con calma. No se trata de un tratado político ni de un manual de estrategia internacional, sino de una recopilación de breves textos –88 pequeñas cápsulas de observación y análisis– que invitan a descubrir una China que no suele llegar a los titulares. Una China que no se explica del todo, pero que sí se puede empezar a intuir si se observa con la atención que requiere lo complejo, lo distante, lo profundamente distinto. 

A diferencia de muchos libros que analizan el presente de China desde las grandes cifras, la geopolítica o la competencia global con Estados Unidos, el enfoque de Ceballos es otro. Parte de lo cotidiano, de lo aparentemente menor, para mostrar un tejido social sostenido por valores tan antiguos como persistentes: la paciencia, la colectividad, la disciplina o la continuidad. El autor, que ha vivido y trabajado durante años en ese país como negociador entre culturas, no busca sentenciar ni simplificar. Al contrario, pues reconoce que el conocimiento en China es siempre parcial, que la mirada extranjera apenas araña la superficie de lo que allí sucede y que parte del ejercicio está en aceptar esa limitación sin renunciar al intento.

Lo fascinante del libro podría ser que, sin presentarse como obra académica, logra dibujar un retrato que va más allá de lo anecdótico. Ceballos lleva de la mano por paisajes humanos y culturales que revelan una forma de estar en el mundo radicalmente diferente a la occidental. En China, lo individual nunca pesa más que lo colectivo, la estabilidad es preferible a la libertad dado que ésta se entiende como capricho y el mérito se mide por la capacidad de sostener una visión a largo plazo. Todo ello no es una imposición moderna, sino la continuidad de una lógica que ha sobrevivido imperios, revoluciones, colonizaciones y globalizaciones.

Mientras Occidente parece perder cohesión, atrapado en la lógica de los ciclos electorales, la polarización y el cortoplacismo, China avanza con otro compás. Xi Jinping no es una anomalía, sino la expresión de una tradición de poder que busca la armonía social antes que la confrontación política. Se trata de un modelo que es inquietante para muchos, pero que también interpela desde su eficacia y su constancia. Como recuerda el autor, Estados Unidos sigue siendo la primera potencia mundial, pero empieza a replegarse. En ese vacío, China no irrumpe, sino que se instala sigilosamente.

Observar el arroz crecer no busca convencer, sino matizar. No hay tesis cerradas, sino insinuaciones que invitan a la reflexión. Leído con perspectiva global, el libro no es sólo sobre China; también es sobre cómo miramos y lo que entendemos por desarrollo, libertad y liderazgo. En un tiempo de tanto ruido, su mayor aporte es ese: enseñarnos a escuchar lo que se dice en voz baja, a prestar atención a quienes no gritan y a aceptar que, en ocasiones, entender al otro empieza por aprender a esperar. Como quien observa el arroz crecer.