Leonor de Aquitania: águila dorada, águila bicéfala

por María José Gómez Yubero (coord. Club de Lectura Alexandreia Historia 1)


La lectura de Leonor de Aquitania de Régine Pernoud (El Acantilado, 2009), fue el punto de partida de una sesión especialmente rica del Club de Lectura Alexandreia de Historia, centrada en una de las mujeres más fascinantes de la Edad Media europea. La obra permite acercarse a Leonor desde una perspectiva rigurosa, alejada de la pura recreación novelesca y de los tópicos que durante siglos han oscurecido su figura. El debate en un club de lectura amplifica las miradas sobre un personaje tan poliédrico como sorprendente en su época.

Pernoud no escribe una novela, aunque la vida de Leonor contenga todos los elementos de una gran narración: poder, belleza, viajes, cruzadas, matrimonios, traiciones, hijos enfrentados, reclusión, ambición, resistencia y una extraordinaria capacidad para volver siempre al centro de la escena. La autora escribe desde el rigor de la historiadora, pero con una sensibilidad narrativa que permite comprender la fuerza humana y política del personaje.

Uno de los grandes méritos del libro es que desmonta la leyenda negra que ha acompañado a Leonor. Durante siglos se la presentó como una mujer frívola, sensual, caprichosa, manipuladora o peligrosa. Se le atribuyeron amantes, intrigas y culpas que muchas veces parecen decir más de quienes las transmitieron que de ella misma. La biografía de Pernoud permite mirar más allá de esas sombras y recuperar a una Leonor mucho más sólida: una mujer culta, poderosa, inteligente y plenamente consciente de su rango.

Leonor no fue simplemente reina de Francia y después reina de Inglaterra. Fue, ante todo, duquesa de Aquitania por derecho propio. Ese dato es esencial para entenderla. Aquitania no era un adorno en su biografía, sino el centro de su identidad política. Era un territorio rico, extenso, refinado y culturalmente brillante. Leonor llegó al matrimonio con poder propio, y toda su vida puede leerse como una defensa de esa herencia, de su autonomía y de su linaje.

Por eso resulta tan sugerente afirmar que Leonor sabía quién era. No aceptó quedar reducida al papel de esposa o madre de reyes, aunque también ejerció esos papeles con enorme trascendencia. Fue una mujer educada para preservar un patrimonio, para entender el poder y para moverse en un mundo de alianzas, vasallajes, guerras y equilibrios familiares. Su ambición, más que un defecto, fue una forma de supervivencia política.

Su primer matrimonio con Luis VII de Francia revela el choque entre dos mundos. Él, más inclinado a la religiosidad y al ideal monástico; ella, heredera de una cultura cortesana, trovadoresca y meridional, más libre y refinada. La anulación de ese matrimonio cambió el mapa de Europa. Poco después, Leonor se casó con Enrique Plantagenet, futuro Enrique II de Inglaterra, y Aquitania quedó vinculada al inmenso espacio político angevino. Con ello, Leonor no solo cambió de marido: desplazó el equilibrio entre Francia e Inglaterra.

Su relación con Enrique II fue mucho más compleja. Enrique era enérgico, incansable, poderoso. Leonor no pudo dominarlo como quizá sí influyó sobre Luis VII, pero tampoco desapareció bajo su sombra. Fue esposa, aliada, rival y finalmente prisionera. Apoyó la rebelión de sus hijos contra Enrique, pagó por ello con años de encierro, pero no quedó anulada. Tras la muerte del rey, regresó a la política con una fuerza asombrosa.

Especialmente intensa fue su relación con Ricardo Corazón de León. Ahí aparece una de las frases más poderosas vinculadas a su figura, cuando se dirige al Papa como “reina de Inglaterra por la ira de Dios”. La expresión resume de forma magnífica su carácter: dolorida, desafiante, consciente de su dignidad y capaz de interpelar incluso a la máxima autoridad espiritual de su tiempo.

La maternidad en Leonor fue también una forma de poder y de permanencia histórica. Sus hijos e hijas proyectaron su influencia por toda Europa: Ricardo Corazón de León y Juan Sin Tierra en Inglaterra; Matilde en el mundo germánico; Juana en Sicilia y Tolosa; y Leonor Plantagenet en Castilla. A través de esta última, su linaje llega a Berenguela, Fernando III, Alfonso X, Isabel la Católica y, de forma remota y simbólica, hasta la actual princesa de Asturias, Leonor de Borbón. Por eso se ha visto en Leonor de Aquitania una verdadera “abuela de Europa”: porque su legado no terminó con su muerte, sino que continuó a través de una descendencia que enlazó buena parte de las casas reales europeas.

El vínculo con Isabel la Católica resulta especialmente sugerente. Ambas fueron mujeres de una conciencia política excepcional: Leonor defendió Aquitania como Isabel defendió Castilla. Las separan tres siglos y mundos muy distintos, el universo feudal de los ducados y vasallajes frente al nacimiento del Estado moderno, y también una proyección diferente: la de Isabel fue más estatal y universal; la de Leonor, más dinástica, territorial y europea, tejida a través del linaje, los matrimonios y la descendencia. Pero ambas comparten algo esencial: no estuvieron simplemente cerca del poder; lo entendieron, lo ejercieron y dejaron una huella decisiva.

La lectura de Pernoud invita también a una reflexión más amplia sobre las mujeres en la historia. Cuando los hombres han ejercido el poder con determinación, se les ha llamado líderes, estrategas o conquistadores. Cuando lo han hecho las mujeres, con frecuencia se las ha descrito como ambiciosas, manipuladoras, arpías o peligrosas. Leonor sufrió esa mirada. Quizá precisamente porque no se resignó, porque no se borró, porque decidió ocupar un lugar que muchos no estaban dispuestos a concederle.

Por eso su figura sigue resultando tan moderna. No porque podamos trasladarla sin más a categorías actuales, sino porque su vida plantea una pregunta que sigue viva: ¿cuántas mujeres han sido deformadas por la historia simplemente por haber sido demasiado libres, demasiado inteligentes o demasiado conscientes de su propio valor?

Leonor de Aquitania fue un personaje de su tiempo, pero también lo desbordó. Fue hija de la cultura trovadoresca, señora feudal, reina, madre, prisionera, negociadora, viajera incansable y matriarca europea. Su vida permite comprender mejor el siglo XII, pero también revisar nuestra forma de mirar a las mujeres que ejercieron poder.

Quizá su nombre no signifique literalmente “águila dorada”, aunque la imagen le convenga profundamente. Leonor fue un águila de oro por su altura, por su fuerza y por su mirada larga sobre la historia. Y fue también, simbólicamente, un águila bicéfala: una cabeza mirando a Francia y otra a Inglaterra; una cabeza coronada por el poder y otra oscurecida por la leyenda negra que quiso verla como mujer peligrosa, demoníaca o dominada por el odio.

Pero por encima de esas sombras permanece la realidad de una mujer incomparable: libre, lúcida, resistente y capaz de volar más alto que los límites que su tiempo quiso imponerle.

El auge silencioso de los clubes de lectura

Estamos más conectados que nunca, pero también más solos. Vivimos en un entorno donde los dispositivos digitales y los contenidos que consumimos han ido colonizando progresivamente nuestra atención, nuestros hábitos y, en cierta medida, nuestra forma de pensar. La última derivación tecnológica, la inteligencia artificial —los modelos generativos—, corre incluso el riesgo de consolidar una cierta pereza intelectual, apoyada en respuestas aparentemente sólidas que cada vez más tendemos a aceptar como verdades absolutas. Y no lo son.

En este contexto, no resulta casual que exista una demanda creciente por socializar experiencias como la lectura, que tradicionalmente han sido individuales. Referido al año 2024, una encuesta de hábitos lectores preguntó a la muestra cuántas personas pertenecían o querrían ser parte de un club de lectura, y la respuesta fue de un 45 %. Aunque la realidad sea menor, e incluso no esté claro cuál es el compromiso real de quienes dicen querer participar, es evidente que muchas personas perciben la lectura compartida como algo deseable.

Es aquí donde los clubes de lectura adquieren todo su sentido: como espacios de resistencia humana ante esa colonización imparable de nuestras mentes. Espacios donde la lectura deja de ser un acto solitario para convertirse en conversación, en escucha, en construcción colectiva de significado.

La publicación anual de la encuesta de hábitos lectores 2025 encargada por la FGEE (Federación de Gremios de Editores de España) da la oportunidad de revisar cuánto, qué y cómo leen los españoles. Un dato relevante es que, pese a la pujanza de los medios digitales, siguen incrementándose los lectores de libros, en todos sus formatos y en casi todas las edades, sobre todo por razones de ocio. Se argumenta que la falta de tiempo impide que más personas se sumen.

Sin embargo, la referencia a los clubes de lectura no aparece en la encuesta. El sistema de medición de hábitos de lectura en España no incorpora este fenómeno como práctica estructurada, pese a su creciente presencia en bibliotecas, librerías y comunidades lectoras. Paradójicamente, el propio informe sí evidencia una creciente dimensión social de la lectura, desde influencers digitales hasta reading parties que surgen en Estados Unidos. La necesidad está ahí, pero no está bien medida.

Esta invisibilidad tiene varias causas. Por una parte, hay una cuestión semántica: el término “club de lectura” se aplica a realidades muy distintas. Para algunos, cualquier espacio —físico o virtual— donde se recomiendan libros. Para otros, es un espacio estructurado, con vocación de permanencia, donde un grupo de personas que han leído un mismo libro se reúne, bajo el liderazgo de un organizador, para debatirlo. Es en este segundo sentido, en mi opinión, donde los clubes adquieren todo su potencial transformador.

Por otra parte, su práctica está fragmentada y supeditada a los agentes tradicionales de la cadena del libro. Las bibliotecas públicas organizan clubes con libros en préstamo, lo que implica una logística compleja. Las librerías los utilizan como palanca de venta. Y las comunidades lectoras independientes, al margen de estas instituciones, son todavía más invisibles y difíciles de cuantificar.

Como consecuencia, no existe un censo de clubes de lectura, como sí lo hay de libreros, editores o traductores. Existen estadísticas de libros editados y vendidos, pero lo que leen realmente los lectores sigue siendo, en gran medida, una hipótesis basada en encuestas. Los lectores continúan siendo los grandes anónimos del ecosistema del libro, cuando en realidad son su razón de ser.

Y, sin embargo, hay un sinfín de instituciones culturales y educativas que agrupan personas y que, sin pertenecer a la industria del libro, no han aprovechado aún el potencial de los clubes de lectura como herramienta de vertebración de sus comunidades.

¿Por qué ahora los clubes de lectura? Porque las personas se organizan en torno a intereses compartidos: hay clubes deportivos, ateneos culturales, asociaciones diversas. Pero en todos estos casos domina la fragmentación, la dispersión de objetivos y la organización por proximidad geográfica. Los clubes de lectura, en cambio, tienen la capacidad de articular comunidades en torno a una experiencia cultural profunda y compartida.

Y esa experiencia tiene un elemento clave: el libro.

Leer un libro y debatirlo en un club no es un acto aislado, sino el resultado de toda una cadena de valor. Es tratar con un contenido que ha sido pensado, escrito, editado, traducido, producido y distribuido. Un contenido que nos interpela individualmente, pero que encuentra su plenitud cuando se comparte.

Por eso es importante hacer explícita la conexión: los clubes de lectura son espacios de resistencia no solo porque socializan la lectura, sino porque ponen en valor el contenido que resiste frente a la inmediatez digital. Frente al consumo rápido, el libro exige tiempo, atención, interpretación. Y el club de lectura amplifica ese proceso.

En ese contexto, los autores y los editores desempeñan un papel esencial. Los mejores pensadores siguen encontrando en el libro el cauce para ordenar su pensamiento y ponerlo a disposición del público. El libro continúa siendo ese vínculo íntimo que, con solo páginas y letras, conecta la mente del escritor con la de múltiples lectores. La oralidad y puesta en escena de pensadores como Harari o Zunzunegui no sería posible si no hubieran reciclado su pensamiento a través de la escritura.

Los editores, por su parte, no solo producen libros: orientan, seleccionan, acompañan, articulan la cadena que lleva una idea hasta el lector. Su labor —junto a traductores, diseñadores, distribuidores y librerías— constituye un verdadero proceso de curación de contenidos. En un entorno saturado de información, esta función es más necesaria que nunca.

Así, los clubes de lectura no son un fenómeno aislado, sino una pieza clave que cierra el círculo: convierten en experiencia social aquello que ha sido construido cuidadosamente a lo largo de toda la cadena del libro.

Por eso, cuando los clubes están bien articulados, transforman una experiencia individual en colectiva. Rara vez eligen libros sin referencias, y con frecuencia permiten descubrir obras valiosas que permanecían ocultas en las estanterías.

Sin embargo, siguen fuera de los barómetros de lectura porque no se consideran una práctica estructurada. Y esa es precisamente la oportunidad: que puedan llegar a serlo mediante principios metodológicos claros y mediante incentivos alineados. El potencial es enorme, y el momento es ahora.

Por eso, el impulso de los clubes de lectura no puede recaer en un solo actor. Requiere una acción coordinada:

  • Los escritores, entendiendo el club de lectura como un espacio vivo donde sus obras se interpretan y dialogan.
  • Los editores y las editoriales, integrando los clubes como parte de la vida de los libros más allá de su lanzamiento.
  • Las librerías, como espacios naturales de encuentro y dinamización cultural.
  • Las bibliotecas, reforzando su papel como nodos de acceso y cohesión social.
  • Las instituciones públicas, reconociendo y apoyando su valor como herramienta cultural y comunitaria.
  • Las organizaciones sociales, educativas y culturales, utilizándolos como instrumento de cohesión y pensamiento crítico.
  • Y, en última instancia, los propios lectores, que son quienes dan sentido a todo el ecosistema.

Porque, en un mundo cada vez más digitalizado, los clubes de lectura no son solo una actividad cultural más. Son una forma de reconstruir comunidad, de recuperar la conversación y de defender el pensamiento propio.

Y eso, lejos de ser marginal, es profundamente necesario.

« Identidades Asesinas » de Amin Maalouf

Fernando Ballestero es coordinador del club de lectura «La Discrepancia» de la Asociación Club de Lectura Alexandreia, un espacio dedicado al debate pausado de ideas, libros y perspectivas que invitan a cuestionar lo evidente. Desde este club, la conversación literaria se convierte también en una sobre la sociedad, la política y las tensiones culturales de nuestro tiempo.

El texto a continuación fue publicado originalmente en La Discrepancia, revista semanal de opinión en la que Ballestero colabora habitualmente. Lo compartimos como parte de esa misma vocación de diálogo y pensamiento crítico que inspira a nuestro club homónimo: una forma de tejer sinergias entre espacios que creen en la conversación como herramienta para comprender el mundo.


Un libro que invita a reflexionar

El Club de Lectura de la Discrepancia ha debatido el libro « Identidades Asesinas » de Amin Maalouf, autor de excelentes novelas como “León el Africano”, “El viaje de Baldassare”, o ¨Los desorientados”, y de ensayos como “Las cruzadas vistas por los árabes” o “El desajuste del mundo”. Premio Principe de Asturias de las Letras, Maalouf escribió este libro hace más de veinticinco años, en 1998. Esta nota recoge algunos comentarios relevantes que se plantearon en el debate.

El libro se centra en lo que puede llegar a suponer la afirmación de una identidad en un mundo que es global. El autor, partiendo de que la identidad de cada uno es lo que nos hace diferentes a los demás, y que está compuesta por múltiples pertenencias, transformándose y construyéndose a lo largo de la vida, se plantea por qué la búsqueda de una identidad esencial y su autoafirmación en ella puede llevar a que una persona llegue a cometer crímenes en nombre de su identidad religiosa, étnica, nacional, o de otra naturaleza. Considera que si los hombres se transforman así con facilidad en asesinos es porque una concepción “tribal” de las identidades, basadas en gran medida en inercias de la historia y conflictos pasados, favorece esas desviaciones y esos comportamientos. Analiza el papel que tiene en ello la mundialización, que por un lado genera universalidad pero a la vez uniformidad, las religiones cristiana y musulmana como elementos importantes de la cultura occidental y de la oriental árabe, y concluye reflexionando sobre como “domesticar a la bestia de la identidad”.

En el debate realizado, se plantearon muchas cuestiones. Ante todo, se valoró, con críticas positivas y negativas, si el libro sigue siendo de actualidad o no, dado que es un hecho que la sociedad ha cambiado mucho en veinticinco años. La mundialización que se vivía a finales de los noventa ha sido superada por la digitalización y las redes de comunicación; la evolución medioambiental y el cambio climático han pasado a ser una preocupación muy extendida; las religiones han involucionado; el papel de Europa y de grandes países como China ha cambiado; la visión de la defensa ha cambiado también; la polarización dentro de la sociedad se ha impuesto, etc…. Por ello, en este sentido, podría decirse que el libro es algo “viejuno”, pero también es cierto que “ha envejecido bien” en el sentido de que plantea problemas que siguen estando ahí.

Otra cuestión general que fue objeto de crítica es el grado de profundidad con el que el autor trata las diferentes cuestiones, planteando los fenómenos tal y como se manifiestan, pero no entrando a fondo a explicar las causas. Tampoco entra a diferenciar entre lo que supone “identificarse” con algo y lo que supone “asumir una identidad”. El hecho de que una persona se pueda “identificar” con un grupo, unas ideas, u otros elementos, y que asuma subjetivamente algunos elementos, no implica que se sienta “amenazado” si esos “otros” lo están; por el contrario, si una persona asume como propia una “identidad” en su conjunto implica que asume el comportamiento y evolución de esa identidad, y si ésta es cuestionada o amenazada, la persona se siente que por pertenecer a esa identidad su persona también lo es, y reacciona ante ello.

Es cierto que, frente a este tipo de observaciones, puede decirse que el propio Maalouf, no pretende redefinir el concepto de identidad sino algo más modesto como comprender por qué se producen unos comportamientos asesinos, reflexionando para ello a partir de sus propias experiencias personales y de la pregunta que muchos le hacen cuando le plantean  “… en el fondo, ¿qué es lo que te sientes?”. Ese “en el fondo” es la clave, la idea de que haya una única identidad diferencial en las personas. Y por ello, el autor hace un repaso a los diferentes componentes que han marcado su entorno, como la lengua, las religiones tanto católica como musulmana, la emigración, las diferencias culturales entre Oriente Medio y Occidente, etc…, en definitiva, un repaso amplio aunque no profundo al por qué de esos múltiples componentes de su identidad.

Por todo ello, y aunque como hemos dicho el libro esté escrito hace unos años, puede considerarse, en cierto modo, un clásico, pues las reflexiones que inspira su lectura se siguen manteniendo de actualidad cuando se enfocan con la mirada centrada en los problemas presentes. De hecho, apunta y anticipa muchos problemas actuales relacionados con este tema.

Uno de ellos es la instrumentalización que muchas veces se hace por parte de instituciones o grupos políticos, respondiendo a unos intereses, atribuyendo actitudes y comportamientos de manera generalizada a identidades concretas. El caso del uso del velo y el islam es un claro ejemplo. Otro problema es el de las implicaciones sobre los derechos humanos que tiene la crisis del multilateralismo y de las reglas de juego en las relaciones internacionales, que estamos viviendo. O el escaso conocimiento que tenemos de otras culturas, a pesar de la mundialización. El tener cerca de nuestro entorno restaurantes mexicanos, hindúes o peruanos, no significa que conozcamos las culturas de esos países.

Con esa visión abierta hay que plantearse hoy la pregunta que Maaluf hace al final de su libro sobre cómo amansar o domesticar la pantera. Y es que la única respuesta válida es que debemos estar abiertos “al otro”, esto es, a las diferentes culturas superando esa visión simplificada de la diversidad en la que a veces caemos. Estar más abiertos al “mestizaje” en nuestras sociedades.

En definitiva, « Identidades Asesinas » es un libro muy recomendable al poner sobre la mesa un problema importante y motivar una reflexión sobre cómo enfrentarlo.


Este texto surge de una de las lectoconversaciones del club de lectura « La Discrepancia » de la Asociación Club de Lectura Alexandreia, donde la lectura se convierte en punto de partida para debatir ideas, contrastar perspectivas y seguir pensando juntos.

Alexandreia y Real Club La Moraleja inician una alianza para crear clubes de lectura

El pasado 15 de diciembre, la Asociación Alexandreia y el Real Club La Moraleja (RCLM) firmaron un acuerdo a tres años para crear clubes de lectura sobre distintas temáticas entre las comunidades de socios de RCLM. Se trata del primer acuerdo con una de las mayores sociedades deportivas de España para Alexandreia, y el inicio de una nueva actividad cultural dirigida a socios para el RCLM.

Alexandreia aportará la experiencia, metodología y tecnología que caracterizan a sus clubes de lectura, mientras que el RCLM creará sus clubes internos, aportará los coordinadores, los miembros y comunicará internamente la actividad para los socios que deseen ser parte.

El RCLM ofrece a sus 6000 socios cuatro campos de golf de 18 hoyos y tiene unas magníficas instalaciones sociales, culturales y deportivas en el campo. El primero y segundo campos se encuentran en la urbanización La Moraleja y Encinar de los Reyes, y el tres y cuatro en Algete.

Una de las características de los clubes de lectura Alexandreia es que todos los miembros pueden proponer libros para cada edición del club, votándolos anónimamente y finalmente leyendo el que haya tenido mayor puntuación. Todo el proceso se realiza a través de la aplicación de Alexandreia, el cual consisten en emails automatizados con los formularios correspondientes. Los clubes Alexandreia tienen un máximo de 20 a 25 personas, con una asistencia media en torno a 12/14 personas por sesión.

RCLM acogerá en sus instalaciones la celebración de las sesiones, ofreciendo una actividad social adicional, de forma recurrente, y que complementa otras actividades culturales. Éstas pueden ser presentaciones de libros o conferencias que ya ofrece a sus socios. Precisamente Alexandreia ha inaugurado una nueva gama de actividades, los Encuentros con Autores, donde los coordinadores de los clubes que lo desean organizan tertulias públicas con escritores a propósito de su libro. La primera fue organizada por la coordinadora del club de historia, María José Gómez Yubero, a propósito del libro Conversos, de David Jiménez Blanco.

Para Alexandreia, el acuerdo con el RCLM supone una nueva ratificación del alcance colaborativo y transversal de nuestro modelo de creación de una red clubes de lectura, cada uno con su propia estructura, temática y personalidad, pero unidos a través de una metodología común de funcionamiento y deseo de promover el pensamiento crítico y la conversación que hace crecer a las personas. Alexandreia propone un asociacionismo activo con todo tipo de instituciones y sociedades que quieran participar en la creación de clubes de lectura sobre libros editados en lengua española, en cualquier parte de España o en el extranjero.

Con este nuevo acuerdo, Alexandreia ya ha firmado cuatro acuerdos institucionales desde su creación en junio 2024, incluyendo la Universidad Politécnica de Madrid, la Fundación Código Venezuela y la Fundación Amigos de la Alhambra. En las próximas semanas se anunciará la creación de más clubes autogestionados y clubes asociativos.

Reseña: « Conversos », una obra de David Jiménez-Blanco (Editorial Almuzara)

por María José Gómez Yubero ::

Conversos es un libro singular, distinto, inesperado, que abre una puerta profunda hacia un pasado que sigue latiendo en el presente. La obra de David Jiménez-Blanco, ópera prima en su faceta de escritor, combina con maestría una narrativa híbrida que se mueve entre el cuaderno de viajes, la crónica histórica, la biografía, la investigación en proceso, la reflexión personal y el diálogo, para reconstruir un capítulo decisivo de la historia española: el mundo de los judíos, de los conversos y de la España que transita del final de la Edad Media al umbral del Renacimiento.

No es casual que la presentación de este libro, que tuve el honor de conducir el pasado 3 de diciembre, haya sido la primera actividad cultural conjunta del Instituto Español de Analistas y de Alexandreia Club de Lectura, dos instituciones a las que me siento estrechamente vinculada tanto por profesión como por vocación. El Instituto Español de Analistas, que este año celebra su 60º aniversario, trabaja para fomentar el análisis riguroso, la formación de calidad y la difusión del conocimiento en el ámbito económico y financiero; Alexandreia, por su parte, nació con la convicción de que la lectura cobra sentido pleno cuando se comparte.

En ambas instituciones confluyen los mismos principios: el interés por comprender los orígenes de los fenómenos, el rigor intelectual y la certeza de que el diálogo es una herramienta imprescindible para aprender. Alexandreia nació, precisamente, bajo la idea de que leer es conversar: somos “lectoconversadores”. Y Conversos es, en esencia, un libro nacido del diálogo.

Ese diálogo se despliega a través del viaje que David emprende junto a Samuel Bengio, descendiente de judíos sefardíes, cuya mirada sirve de contrapunto imprescindible a las raíces cristianas del autor. La tensión creativa entre ambos sostiene el libro: dos tradiciones, dos memorias, dos identidades que se interrogan mutuamente mientras recorren casi 9.000 kilómetros en busca de una historia compartida.

El eje narrativo es la figura extraordinaria de Salomón Leví, rabino burgalés, maestro de rabinos y padre de cinco hijos, que tras su conversión adoptó el nombre de Pablo de Santa María y llegó a ser obispo, primero de Cartagena y después de Burgos, además de canciller del rey de Castilla y asesor de papas. Su vida, larga, brillante y no exenta de controversia, permite entender la complejidad del periodo que se extiende entre 1391 y 1492: los pogromos, las disputas religiosas, el Cisma de Occidente y un entramado de tensiones religiosas, políticas y culturales que marcaron el destino de España durante siglos.

La obra está poblada de personajes memorables. Entre ellos destacan el Papa Luna, Benedicto XIII, hombre de profundas convicciones y aragonés tenaz hasta el extremo; Fernando de Antequera, primer Trastámara en la Corona de Aragón tras el Compromiso de Caspe; el temible Ferrán Martínez, impulsor implacable de los pogromos de 1391, auténtico malo entre los malos de esta historia; y, por supuesto, el omnipresente Vicente Ferrer, figura decisiva en la predicación y en las conversiones masivas del periodo, cuya influencia marcó de forma indeleble la espiritualidad y la política de su tiempo.

El libro se completa con ecos sefardíes de siglos posteriores, como el de José de la Vega, autor del primer manual bursátil, Confusión de confusiones (1688), testimonio de la vitalidad intelectual de una diáspora que siguió prosperando lejos de España.

Aunque las mujeres no ocupan un papel protagonista, Conversos recupera la presencia de varias figuras esenciales: Catalina de Lancaster, impulsora de las Leyes de Valladolid; Joana, la esposa de Salomón Leví, a quien él terminó abandonando pero junto a la cual acabaría siendo enterrado; Teresa de Cartagena, la nieta sorda que llegó a convertirse en la primera escritora religiosa casi contemporánea de Teresa de Jesús, también descendiente de conversos; y, aunque solo de pasada, la imponente figura de Isabel la Católica, cuyo reinado constituye el telón de fondo final de esta historia.

Con una prosa clara y una estructura dinámicaConversos invita al lector no solo a conocer la historia, sino a pensarla. Y es ahí donde surge una pregunta inevitable: ¿qué hubiera pasado si no se hubiera forzado la conversión o si no hubiera habido expulsión? ¿Existían alternativas viables? ¿Cómo habría cambiado el devenir de España? ¿Habría influido en la larga decadencia posterior del Imperio? Y, sobre todo: ¿qué papel podría haber jugado una mayor diversidad cultural en la construcción de una España más abierta, más plural, quizá más dialogante?

Estas preguntas no buscan reescribir el pasado, sino comprender el presente. Y hacen de Conversos un libro profundamente actual: una invitación a reflexionar sobre nuestra identidad y a revisar, sin miedo, las sombras y posibilidades de nuestra propia historia.

Si algo nos recuerda este libro y la conversación que inspira es que la historia nos habla, nos cuestiona y nos ilumina. En un mundo de incertidumbre, en una auténtica confusión de confusiones, la respuesta siempre está en los libros. Como decía recientemente la reina Letizia, todos los caminos llevan a los libros.

Más conectados, más aislados. ¿Tiene solución?

En la era de la hiperconexión, donde los dispositivos digitales se han convertido en mediadores de nuestras relaciones, cabría pensar que nunca hemos estado más acompañados. Pero la realidad es otra: la soledad se ha convertido en una de las grandes emergencias sociales de nuestro tiempo. No es sólo una impresión generacional ni un fenómeno aislado; es un desafío que atraviesa edades, países y contextos, hasta el punto de que en 2018 el Reino Unido creó un Ministerio de la Soledad. En un reciente coloquio Encuentro sobre el Pensamiento organizado por Arquia Cultura, descubrimos por qué esta paradoja se ha instalado en nuestras vidas y qué puede hacerse, desde lo personal y lo colectivo, para recomponer vínculos que parecen haberse ido deshilachando.

Hay una constatación llamativa y contraintuitiva: los jóvenes son hoy el grupo más afectado por la soledad. Entre los 16 y los 24 años se registran las mayores tasas de aislamiento emocional, un dato que contradice la impresión de que este es un problema propio de la vejez. La hipercomunicación, en lugar de acercarnos, ha modificado nuestros hábitos de conversación, de atención y de presencia. Disponemos de más canales, más estímulos, más pantallas… y sin embargo hablamos menos, escuchamos menos y nos reunimos menos. Incluso el acceso masivo al conocimiento, que podría habernos hecho más dialogantes, ha producido un efecto inesperado: cada uno se atrinchera en sus convicciones, alimentado por algoritmos que refuerzan certezas y ahogan matices.

Los asistentes al coloquio analizaron el fenómeno desde el ángulo filosófico, sociológico y psiquiátrico. Coincidieron todos en que la respuesta al problema no puede delegarse enteramente en el Estado. Las instituciones deben intervenir en casos de vulnerabilidad extrema, pero la raíz de esta crisis no es normativa, sino comunitaria. A medida que las redes de apoyo naturales —familia, vecinos, grupos de pertenencia— se debilitan, aparece una especie de “vacío social” que ninguna ley puede llenar. Tocqueville ya advirtió hace dos siglos que cuando los ciudadanos se repliegan en lo privado dejan de ser ciudadanos y se convierten en súbditos. El Estado puede proteger, pero no puede sustituir al tejido emocional que nace del encuentro entre personas.

Desde el ámbito clínico, la situación adquiere matices igualmente reveladores. En las consultas de psiquiatría han aumentado exponencialmente los casos ligados al “sufrimiento de la vida”: ansiedad, insomnio, angustia difusa, agotamiento emocional. Problemas que antes se elaboraban en diálogo con el entorno y que hoy se medicalizan casi por defecto. Sin embargo, los fármacos no pueden reemplazar lo que antes ofrecía la conversación cotidiana: acompañamiento, escucha, contención. Uno de los datos más impactantes del coloquio fue que la soledad percibida duplica o triplica la mortalidad de pacientes que han sufrido un infarto. Más allá del número de contactos, lo decisivo es la sensación íntima de no tener a nadie.

La tecnología aparece repetidamente como acelerador del problema. Muchos investigadores sitúan un punto de inflexión en 2010, coincidiendo con el diagnóstico de Jonathan Haidt (La generación ansiosa – Deusto 2024)momento en el que la popularización de la cámara frontal del iPhone y el nacimiento de Instagram cambiaron la relación con nuestra imagen y con la percepción del valor propio. La atención —un recurso escaso, quizás el más valioso hoy— se fragmenta. Los jóvenes crecen entre una absoluta falta de supervisión en internet y una sobreprotección extrema en la vida real, lo que erosiona su autonomía y su capacidad de resiliencia. A ello se suma la polarización política alimentada por algoritmos que premian la indignación, creando burbujas donde ya no se conversa: se combate. Las familias y amistades se resquebrajan por adhesiones partidistas que, lejos de generar pensamiento crítico, fomentan emociones binarias.

Pero el coloquio no se quedó únicamente en el diagnóstico. También ofreció caminos posibles para reconstruir vínculos. Uno de ellos es asumir que la vulnerabilidad no es un fallo, sino un puente. En un mundo obsesionado con la perfección, la verdadera conexión se produce cuando se comparte lo frágil. La compañía —no la presencia simbólica, sino la real— se convierte en una forma de cuidado tan fundamental como cualquier política pública. A veces, la diferencia entre sentirse acompañado o abandonado está en gestos mínimos: un mensaje auténtico, una visita, un tupper que llega justo cuando alguien lo necesita. La vida comunitaria no se sostiene con grandes discursos, sino con pequeñas heroicidades diarias, como apagar el móvil para atender realmente a quien tenemos delante.

El coloquio cerró con una idea que encaja profundamente con el espíritu de los clubes de lectura de Alexandreia: no somos individuos aislados, sino personas que existen en relación. La palabra “comunidad” proviene de munus, “deuda mutua”: vivir juntos implica reconocernos necesitados unos de otros. Frente al miedo a ser sustituidos por la inteligencia artificial, conviene recordar que aquello que nos hace humanos —la capacidad de cuidar, de escuchar, de conversar— no es automatizable. En tiempos de soledad, recuperar estos espacios de conversación auténtica se vuelve imprescindible.

Quizás, en medio del ruido, la lectura compartida siga siendo uno de los mejores caminos para reencontrarnos. Porque leer con otros, pensar con otros y hablar con otros nos recuerda que, aunque vivamos rodeados de pantallas, seguimos siendo seres diseñados para la compañía.