por Cristina Pascual Horas
Directora financiera con trayectoria en entornos multinacionales y sectores como el industrial, retail y gran consumo. Licenciada en Administración y Dirección de Empresas por la Universidad Complutense de Madrid, ha complementado su formación con programas ejecutivos en IESE, una certificación en sostenibilidad (CESGA) y formación en liderazgo transformador por la Fundación Rafael del Pino.
Cree en la lectura como herramienta de crecimiento colectivo y compromiso con el mundo. Forma parte del Club de Lectura Alexandreia, donde participa activamente en espacios de diálogo, pensamiento y comunidad.
Disfruta del deporte, el tiempo en familia y los retos que impulsan tanto su desarrollo profesional como personal.
En un mundo acelerado, la lectura se ha convertido en una actividad contradictoria: nos conecta con la pausa y la profundidad, pero también está atrapada en la lógica de la productividad. ¿Cuántos libros has leído este mes? ¿Cuántos más podrías leer si aplicaras técnicas de lectura rápida? ¿Y si la pregunta no fuera cuántos, sino cómo?
La paradoja de la lectura en tiempos veloces
Vivimos rodeados de estímulos inmediatos. Leemos titulares, tuits o subtítulos; incluso, cuando abrimos un libro, la presión por avanzar, terminar, pasar al siguiente, sigue ahí. Plataformas como Goodreads o los retos de lectura anual han fomentado el placer por acumular, pero también, sin quererlo, una forma de ansiedad por «consumir» cultura.
Leer se convierte entonces en otra tarea de la lista. Pero ¿no perdemos algo esencial si convertimos cada página en una casilla que hay que tachar?
Lectura rápida vs lectura profunda
Leer rápido no es malo en sí. Hay libros que se prestan a ello: historias trepidantes, narrativas ágiles, lecturas funcionales. Pero cuando la velocidad se convierte en hábito, empezamos a perder otras capas:
- La cadencia del lenguaje.
- Las frases que merecen ser leídas dos veces.
- Las imágenes que necesitan reposar.
- Los personajes que nos piden compañía.
La lectura profunda es otra cosa. Es cuando el libro no se acaba al cerrar la tapa, sino que sigue dentro, en forma de pensamiento, pregunta o emoción suspendida. Es una lectura que no solo informa, sino que transforma.
Leer despacio es un acto de resistencia
Frente al vértigo del presente, leer sin prisa es un gesto contracultural. Es crear un espacio de intimidad, sostener la atención en un solo hilo y dejar que el texto nos modele, en lugar de apurarlo.
Quienes leen despacio no son lectores lentos: son lectores presentes. Hay algo profundamente subversivo en dedicarle a un libro más tiempo del que el algoritmo recomienda. En dejarse llevar por el ritmo de la prosa y no por la urgencia del conteo.
Cuando la lectura rápida es una señal
No siempre leemos rápido porque queramos avanzar más. A veces lo hacemos porque algo no nos atrapa: el lenguaje no nos llega, el tema no resuena, la voz no nos interesa. Pasamos páginas sin detenernos, no porque queramos volar, sino porque queremos terminar cuanto antes.
En esos casos, leer rápido puede ser una alerta: ¿por qué sigo? Quizá lo más honesto sea soltar el libro. Dejarlo. Liberar el espacio para otra lectura que sí nos mire de frente.
Dejar un libro no es rendirse. Es ejercer un derecho lector: el de elegir qué merece nuestro tiempo, nuestra atención y nuestro deseo de comprender.
Libros que se quedan contigo
Cada vez que abrimos un libro, tomamos nota inconscientemente de por dónde vamos: colocamos el marcapáginas, miramos el número de páginas, revisamos los capítulos que quedan. A mitad de camino intuimos el nudo; hacia el final, reconocemos los signos del desenlace. Incluso el epílogo lo anticipamos como un cierre emocional. Leer también es un viaje con estaciones, donde el tiempo se convierte en parte de la experiencia.
Seguimos el progreso no solo por hábito, sino porque la lectura lenta nos permite anticipar lo que viene y al mismo tiempo prolongar lo que ya sentimos. Hay libros que uno no quiere terminar. Porque su mundo es más habitable que el nuestro, o porque nos han dicho algo sobre nosotros que aún no terminamos de entender. Son libros que invitan a la relectura, al subrayado, a la conversación.
En Alexandreia queremos reivindicar también esa forma de leer. No solo celebrar lo que se termina, sino lo que permanece. Lo que deja huella. Lo que merece ser releído.
Hay libros que uno no quiere terminar. Porque su mundo es más habitable que el nuestro, o porque nos han dicho algo sobre nosotros que aún no terminamos de entender. Son libros que invitan a la relectura, al subrayado, a la conversación.
Te invitamos a pensar en ese libro que no quisiste terminar. Ese que alargaste página a página, como quien saborea el último trago. ¿Cuál fue? ¿Qué te retuvo en él?
La lectura lenta no es un lujo: es una necesidad. Y también una forma de estar en el mundo.
