Alexandreia y Kolima Books colaboran para expandir la lectura compartida

La asociación Alexandreia clubes de lectura y la editorial y librería Kolima defienden los valores de la lectura compartida y han acordado colaborar desde sus respectivas capacidades para desarrollar iniciativas conjuntas que promuevan la lectura y la conversación, acercando los libros, los autores y los lectores.

Alexandreia está desarrollando una red nacional de clubes de lectura, sobre todo en lengua española (aunque ya ha creado el primer club en Lisboa sobre libros en portugués), con clubes independientes creados por personas con afinidad (clubes autogestionados), o clubes que surgen en el marco de acuerdos entre Alexandria e instituciones o empresas (clubes asociativos) en sus comunidades.

Kolima integra su propia editorial (Kolima Books) y librería en Covarrubias 28 (Madrid) y desarrolla su propia comunidad de autores, pensadores y personas comprometidas con los valores que nos hacen mejores a través de los libros. www.protagonistas.org es una comunidad creciente, con más de 70 escritores y con una alta vinculación a temáticas de empresa, filosofía, historia, etc…

Alexandreia y Kolima desarrollarán conjuntamente clubes de lectura en el seno Protagonistas, sobre libros cuyo alcance cada club de Protagonistas decidirá. Adicionalmente Kolima promoverá clubes de lectura con Alexandreia dentro de sus espacios disponibles, sobre distintas temáticas literarias.

Kolima y Alexandreia ya han colaborado previamente en Encuentros con Autores, eventos organizados por los coordinadores de Alexandreia con escritores a propósito de un libro o de su obra literaria. El último tuvo lugar a propósito de la visita de Inés Quintero, reputada historiadora venezolana mi miembro de la Academia Nacional de Historia de Venezuela.

El acuerdo entre Kolima y Alexandreia no es exclusivo, y demuestra el carácter transversal de Alexandreia, que ya ha llegado a acuerdos con la Universidad Politécnica de Madrid, la Fundación Código Venezuela, la Fundación Amigos de la Alhambra y con la sociedad deportiva y cultural Real Club La Moraleja.

Kolima y Alexandreia explorarán activamente otras formas de colaboración que permitan disfrutar de la lectura, al tiempo que fomentar el pensamiento propio y el diálogo y el aprendizaje colectivo sobre la base de los libros.

Abundancia o decrecimiento: es lo que importa?

Reconozco que no había pensado mucho en la palabra abundancia. Abundancia proviene del latín abundantia, es un sustantivo derivado del verbo abundare. Este término se compone del prefijo ab- (separación o desde el exterior) y el verbo undare (fluir u ondear), que a su vez viene de unda (ola). Etimológicamente, significa «desbordar» o «rebosar», evocando la imagen de una ola que supera los límites de un recipiente.

El ser humano es el único ser vivo que puede crear abundancia con propósito, con la intención de hacerlo, planificándolo.

Las abejas pueden crecer como ejércitos y crear abundancia, desbordantes depósitos de miel, pero la suya es una abundancia no intencional, sino efecto de una multiplicación natural, producto de acciones su código genético. 

El hombre crea abundancia o escasez por diseño, aptitud o actitud. Su dimensión relacional y cognitiva le permite diseñar y no solo ser parte de los futuros posibles para los seres irracionales o inhumanos. 

Esta es la principal tesis de este libro, “Abundancia” de Ezra Klein y Derek Thompson. 

El ser humano ha progresado a lo largo de la historia, lentamente durante miles de años y exponencialmente desde la Revolución Industrial en Occidente y aún más empinadamente desde la Segunda Guerra Mundial y principios de este siglo. 

Ha sido la tecnología imperante en cada etapa la que ha creado abundancia o escasez, la que ha empedrado el camino no siempre lineal del progreso.  Los imperios han emergido o caído gracias a la tecnología y los avances del conocimiento. El sedentarismo y el cultivo fueron la base de la civilización humana, los templos y las ciudades. El estribo en el siglo XIV permitió a los mongoles disparar mientras cabalgaban y conquistar así el mayor imperio terrestre que nunca ha existido.

A partir de 1800 y aceleradamente desde la Segunda Guerra Mundial, la abundancia está marcada por los contextos sociales, culturales y geográficos de cada grupo de población. En el siglo XIV, la China de la dinastía Song del sur estaba en muchos campos más avanzada tecnológicamente que la Europa

Han sido las políticas públicas de los grupos en el poder quienes han sido capaces de generar abundancia o progreso, o escasez y estancamiento.  Solo hace falta observar el surgimiento y caída de los imperios históricos. 

Pero abundancia es también un término multisemántico. 

Podemos pensar en abundancia o escasez, su antónimo, en términos de bienes materiales, de accesibilidad, de valores espirituales, y siempre en términos de desigualdad y diferencia, porque lo que abunda no lo hace siempre para los mismos, o de forma homogénea. 

Llegar al término justo de qué abunda, de qué falta y redistribuirlo ha sido la cruzada del orden multilateral desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Un propósito caso quimérico, pero con muchos logros, como explica  Factfulness, de Hans Rossling. Vale la pena intentarlo. Con errores y aciertos, es lo que pretenden las políticas públicas, que son instrumentos de convivencia tan buenos como las élites o gobiernos que las desarrollan.

El hecho es que hoy la ciencia y la tecnología pueden crear abundancia o escasez como nunca antes, pero como siempre son las acciones del gobierno o del poder las que dificultan y allanan el camino. 

Ante el imparable ascenso de China, que reivindica hoy el lugar que ha tenido en la historia, la lucha bipartidista y la burocracia de derechos y contratos en Estados Unidos han hecho que este país vea amenazada su supremacía mundial, dice este libro, y que además se hayan generado desigualdades económicas y sociales de una dimensión preocupante. 

En la Unión Europea y en los países europeos ha ocurrido algo similar, pero muy dependientes de la abundancia generada en Estados Unidos. 

China, en su cruzada incansable a favor del progreso, aunque sin libertad y con control centralizado, crea cada vez más abundancia material con desigualdad menos intolerable. 

Por ello, cuando hablamos de abundancia, debemos hacernos dueños de nuestros destinos.  Somos los humanos todos los que creamos abundancia o escasez. 

A mayor avance social, mayor complejidad. A mayor complejidad, más aporta el diálogo a la comprensión y a los buenas decisiones. 

Esto ya sucede en los clubes de lectura.  Cuando los libros, cuando la lectura es compartida, se comprenden otros ángulos, se incrementa la comprensión de otros puntos de vista, porque abundancia y escasez es el resultado de acuerdos muy humanos.

Frente a la complejidad, simplificación, desaparición de la democracia y gobierno de los países como si de empresas se tratara, con un jefe del gobierno CEO al frente, elegido por una camarilla de próximos. Es la complejidad de la democracia y del estado de derecho lo que está inhibiendo el potencial de aceleración (también de creación de abundancia) que permite la ciencia y la tecnología, son las tesis que defienden los proponentes de la llamada ilustración oscura, del cual hablamos en este post.

Crear abundancia, como concepto más posible partiendo de las actitudes correctas, con consenso, no con imposición, y usando de forma comedida las posibilidades de la ciencia y tecnología actuales (evitando ser aprendiz de brujo), sí es un objetivo loable, si se busca que una mayoría de la humanidad pueda sentarse en la mesa, no sólo estar en el menú.

El auge silencioso de los clubes de lectura

Estamos más conectados que nunca, pero también más solos. Vivimos en un entorno donde los dispositivos digitales y los contenidos que consumimos han ido colonizando progresivamente nuestra atención, nuestros hábitos y, en cierta medida, nuestra forma de pensar. La última derivación tecnológica, la inteligencia artificial —los modelos generativos—, corre incluso el riesgo de consolidar una cierta pereza intelectual, apoyada en respuestas aparentemente sólidas que cada vez más tendemos a aceptar como verdades absolutas. Y no lo son.

En este contexto, no resulta casual que exista una demanda creciente por socializar experiencias como la lectura, que tradicionalmente han sido individuales. Referido al año 2024, una encuesta de hábitos lectores preguntó a la muestra cuántas personas pertenecían o querrían ser parte de un club de lectura, y la respuesta fue de un 45 %. Aunque la realidad sea menor, e incluso no esté claro cuál es el compromiso real de quienes dicen querer participar, es evidente que muchas personas perciben la lectura compartida como algo deseable.

Es aquí donde los clubes de lectura adquieren todo su sentido: como espacios de resistencia humana ante esa colonización imparable de nuestras mentes. Espacios donde la lectura deja de ser un acto solitario para convertirse en conversación, en escucha, en construcción colectiva de significado.

La publicación anual de la encuesta de hábitos lectores 2025 encargada por la FGEE (Federación de Gremios de Editores de España) da la oportunidad de revisar cuánto, qué y cómo leen los españoles. Un dato relevante es que, pese a la pujanza de los medios digitales, siguen incrementándose los lectores de libros, en todos sus formatos y en casi todas las edades, sobre todo por razones de ocio. Se argumenta que la falta de tiempo impide que más personas se sumen.

Sin embargo, la referencia a los clubes de lectura no aparece en la encuesta. El sistema de medición de hábitos de lectura en España no incorpora este fenómeno como práctica estructurada, pese a su creciente presencia en bibliotecas, librerías y comunidades lectoras. Paradójicamente, el propio informe sí evidencia una creciente dimensión social de la lectura, desde influencers digitales hasta reading parties que surgen en Estados Unidos. La necesidad está ahí, pero no está bien medida.

Esta invisibilidad tiene varias causas. Por una parte, hay una cuestión semántica: el término “club de lectura” se aplica a realidades muy distintas. Para algunos, cualquier espacio —físico o virtual— donde se recomiendan libros. Para otros, es un espacio estructurado, con vocación de permanencia, donde un grupo de personas que han leído un mismo libro se reúne, bajo el liderazgo de un organizador, para debatirlo. Es en este segundo sentido, en mi opinión, donde los clubes adquieren todo su potencial transformador.

Por otra parte, su práctica está fragmentada y supeditada a los agentes tradicionales de la cadena del libro. Las bibliotecas públicas organizan clubes con libros en préstamo, lo que implica una logística compleja. Las librerías los utilizan como palanca de venta. Y las comunidades lectoras independientes, al margen de estas instituciones, son todavía más invisibles y difíciles de cuantificar.

Como consecuencia, no existe un censo de clubes de lectura, como sí lo hay de libreros, editores o traductores. Existen estadísticas de libros editados y vendidos, pero lo que leen realmente los lectores sigue siendo, en gran medida, una hipótesis basada en encuestas. Los lectores continúan siendo los grandes anónimos del ecosistema del libro, cuando en realidad son su razón de ser.

Y, sin embargo, hay un sinfín de instituciones culturales y educativas que agrupan personas y que, sin pertenecer a la industria del libro, no han aprovechado aún el potencial de los clubes de lectura como herramienta de vertebración de sus comunidades.

¿Por qué ahora los clubes de lectura? Porque las personas se organizan en torno a intereses compartidos: hay clubes deportivos, ateneos culturales, asociaciones diversas. Pero en todos estos casos domina la fragmentación, la dispersión de objetivos y la organización por proximidad geográfica. Los clubes de lectura, en cambio, tienen la capacidad de articular comunidades en torno a una experiencia cultural profunda y compartida.

Y esa experiencia tiene un elemento clave: el libro.

Leer un libro y debatirlo en un club no es un acto aislado, sino el resultado de toda una cadena de valor. Es tratar con un contenido que ha sido pensado, escrito, editado, traducido, producido y distribuido. Un contenido que nos interpela individualmente, pero que encuentra su plenitud cuando se comparte.

Por eso es importante hacer explícita la conexión: los clubes de lectura son espacios de resistencia no solo porque socializan la lectura, sino porque ponen en valor el contenido que resiste frente a la inmediatez digital. Frente al consumo rápido, el libro exige tiempo, atención, interpretación. Y el club de lectura amplifica ese proceso.

En ese contexto, los autores y los editores desempeñan un papel esencial. Los mejores pensadores siguen encontrando en el libro el cauce para ordenar su pensamiento y ponerlo a disposición del público. El libro continúa siendo ese vínculo íntimo que, con solo páginas y letras, conecta la mente del escritor con la de múltiples lectores. La oralidad y puesta en escena de pensadores como Harari o Zunzunegui no sería posible si no hubieran reciclado su pensamiento a través de la escritura.

Los editores, por su parte, no solo producen libros: orientan, seleccionan, acompañan, articulan la cadena que lleva una idea hasta el lector. Su labor —junto a traductores, diseñadores, distribuidores y librerías— constituye un verdadero proceso de curación de contenidos. En un entorno saturado de información, esta función es más necesaria que nunca.

Así, los clubes de lectura no son un fenómeno aislado, sino una pieza clave que cierra el círculo: convierten en experiencia social aquello que ha sido construido cuidadosamente a lo largo de toda la cadena del libro.

Por eso, cuando los clubes están bien articulados, transforman una experiencia individual en colectiva. Rara vez eligen libros sin referencias, y con frecuencia permiten descubrir obras valiosas que permanecían ocultas en las estanterías.

Sin embargo, siguen fuera de los barómetros de lectura porque no se consideran una práctica estructurada. Y esa es precisamente la oportunidad: que puedan llegar a serlo mediante principios metodológicos claros y mediante incentivos alineados. El potencial es enorme, y el momento es ahora.

Por eso, el impulso de los clubes de lectura no puede recaer en un solo actor. Requiere una acción coordinada:

  • Los escritores, entendiendo el club de lectura como un espacio vivo donde sus obras se interpretan y dialogan.
  • Los editores y las editoriales, integrando los clubes como parte de la vida de los libros más allá de su lanzamiento.
  • Las librerías, como espacios naturales de encuentro y dinamización cultural.
  • Las bibliotecas, reforzando su papel como nodos de acceso y cohesión social.
  • Las instituciones públicas, reconociendo y apoyando su valor como herramienta cultural y comunitaria.
  • Las organizaciones sociales, educativas y culturales, utilizándolos como instrumento de cohesión y pensamiento crítico.
  • Y, en última instancia, los propios lectores, que son quienes dan sentido a todo el ecosistema.

Porque, en un mundo cada vez más digitalizado, los clubes de lectura no son solo una actividad cultural más. Son una forma de reconstruir comunidad, de recuperar la conversación y de defender el pensamiento propio.

Y eso, lejos de ser marginal, es profundamente necesario.

El nuevo asociacionismo cultural: Alexandreia, una red de clubes de lectura

por Enrique Titos Martínez

(Granada, 1960). Economista egresado del posgrado en IESE Business School y Kellogg Business University (EEUU) con trayectoria profesional en varios grupos financieros nacionales e internacionales, en las áreas financieras, de tesorería y seguros. Casado y padre de cuatro hijos; consejero y consultor de innovación en varias empresas, experto en procesos de transformación. Creador del Consejos Asesor de Innovación Abierta (CAIA) en Caser Seguros (Grupo Helvetia). Cofundador y Director del grupo El Alcázar de las Ideas, Jurado de los Premios Knowsquare, Fundador y Presidente de la Asociación Alexandreia Club de Lectura, y fundador de Cineforum Mensajes de Cine.


Vivimos un tiempo en el que las personas buscan sentido y comunidad más allá de los vínculos efímeros que ofrecen las redes sociales como respuesta a la crisis económica y a la fragmentación ideológica. En medio de la saturación informativa y la fragmentación del diálogo público, el asociacionismo es una forma esencial de ejercicio de la ciudadanía activa: el arte de organizarse libremente para construir algo en común, que no ofrecen las empresas ni tampoco los poderes públicos. 

España es un país con una extraordinaria capacidad para generar proyectos culturales y sociales, pero con una cultura asociativa aún débil. Hay miles de asociaciones registradas, pero pocas consiguen mantener continuidad, coordinación y visibilidad. Predomina el entusiasmo inicial sobre la estructura disponible; la actividad, sobre la estrategia planificada. Sin embargo, en ese espacio intermedio —entre la iniciativa individual y la acción institucional— se juega buena parte del futuro de nuestra vida cultural.

Asociarse es un gesto cívico, que afortunadamente tiene una mínima carga burocrática. Significa dar forma a un propósito compartido y sostenerlo en el tiempo. Las asociaciones son el corazón de la sociedad civil: escuelas de diálogo, de responsabilidad y de compromiso. Son el lugar donde aprendemos a escuchar, a decidir juntos, a discrepar sin romper. En un país donde la conversación pública se ha vuelto tensa y polarizada, el asociacionismo es, también, una forma de resistencia ética.

El asociacionismo cultural tiene además una fuerza particular: une el placer estético con el compromiso social. Nos recuerda que la cultura no es sólo consumo, sino conversación. Y que leer, debatir y pensar colectivamente es una forma de participación en la sociedad en el sentido más noble del término.

Desde su creación, la Asociación Club de Lectura Alexandreia ha querido ser algo más que un conjunto de clubes de lectura: un proyecto social de desarrollo de las personas, con la ayuda de la tecnología. Nuestra red se basa en una idea sencilla pero poderosa: transformar la lectura —tradicionalmente individual— en una experiencia compartida, deliberativa y autogestionada.

Alexandreia representa una nueva generación de asociaciones culturales:

  • en red, no jerárquica;
  • digital y presencial a la vez, sin fronteras territoriales;
  • centrada en el diálogo y el pensamiento crítico, no sólo en el placer y el entretenimiento;
  • y abierta a colaborar con instituciones de cualquier tipo, públicas o privadas, universidades, bibliotecas, librerías y empresas. En nuestra esencia está la asociación con terceras partes.

Nuestro modelo de funcionamiento, basado en principios comunes y en una tecnología propia, nos permite crecer sin perder nuestra identidad. Pero, sobre todo, nos sitúa en un punto singular: el de una asociación que puede generar conocimiento y experiencia colectiva sobre los hábitos, intereses y conversaciones de los lectores en España.

Esa capacidad de leer juntos y pensar juntos nos convierte en algo más que una suma de clubes: somos una voz representativa de una parte de la ciudadanía lectora.

El tejido asociativo español necesita reinventarse. Tenemos una sociedad civil viva, pero dispersa; muchos proyectos valiosos, pero pocos espacios de coordinación y aprendizaje mutuo.
El reto no está sólo en crear más asociaciones, sino hacerlas sostenibles, abiertas y conectadas.

Desde Alexandreia creemos que el futuro del asociacionismo cultural pasa por tres transformaciones:

  1. De la actividad a la comunidad. No basta con organizar eventos; hay que construir vínculos duraderos, redes de confianza y pertenencia.
  2. De la subvención al valor compartido. Las asociaciones deben ser también capaces de ofrecer conocimiento, datos e innovación social a sus aliados públicos y privados.
  3. De la voz local a la red nacional. Es necesario que las iniciativas ciudadanas dialoguen entre sí, compartan experiencias y construyan visibilidad conjunta.

Alexandreia puede y quiere ser parte activa de esa transformación. Nuestro proyecto puede inspirar un modelo replicable de participación cultural: un modo de reforzar la vida cívica a través del libro y de la conversación.
Podemos desempeñar tres papeles estratégicos:

  • Ser laboratorio de ciudadanía cultural. Nuestros clubes de lectura son microcomunidades donde se practica el respeto, el pensamiento crítico y el aprendizaje colectivo.
  • Ser aliado institucional. Alexandreia puede colaborar con administraciones, universidades y fundaciones para llevar la lectura participativa a nuevos públicos.
  • Ser red de redes. En un medio plazo, podríamos conectar clubes de lectura y asociaciones culturales de todo el país, tejiendo un mapa nacional del asociacionismo lector.

En un mundo que parece fragmentarse, asociarse es una forma de recomponerlo. Crear vínculos, escucharnos, debatir, aprender juntos: eso es también cultura. Alexandreia no nació para ser un fin en sí misma, sino una herramienta para devolver a la lectura su dimensión social y al ciudadano su papel activo en la cultura.

Por eso decimos que en Alexandreia no sólo leemos: conversamos. Por eso nos gusta llamarnos #LectoConversadores.Y quizá ahí —en esa conversación colectiva y persistente— esté el verdadero futuro del asociacionismo.

Redescubrir el valor de leer: del fetiche al aprendizaje colectivo

por Enrique Titos Martínez

(Granada, 1960). Economista egresado del posgrado en IESE Business School y Kellogg Business University (EEUU) con trayectoria profesional en varios grupos financieros nacionales e internacionales, en las áreas financieras, de tesorería y seguros. Casado y padre de cuatro hijos; consejero y consultor de innovación en varias empresas, experto en procesos de transformación. Creador del Consejos Asesor de Innovación Abierta (CAIA) en Caser Seguros (Grupo Helvetia). Cofundador y Director del grupo El Alcázar de las Ideas, Jurado de los Premios Knowsquare, Fundador y Presidente de la Asociación Alexandreia Club de Lectura, y fundador de Cineforum Mensajes de Cine.


La conocida influencer María Pombo acaba de desatar la polémica diciendo que no lee, pues la lectura de libros está sobrevalorada. Además, aseguró que hoy abundan los lectores exhibicionistas, que se acompañan del libro como si de un fetiche mágico se tratara. 

No es menos cierto que la lectura se ha desplomado un 40% desde la década de 1940, según datos de la revista iScience. Son datos de EEUU, donde el porcentaje de personas que leen con habitualidad es del 16%, frente al 35% que muestra el barómetro de lectura de 40dB para El País. Una parte de la explicación tiene que ver con el auge de otras formas –digitales– de ocupar nuestro tiempo, de aprendizaje y entretenimiento.

Esto son malos presagios, ya que hay evidencias de que la lectura sostenida mejora la salud y el bienestar. Hay aún más evidencias de que el uso desproporcionado de lo digital incrementa la tensión, absorbidos por el interminable scroll.

Los datos de España pueden resultar esperanzadores, y el referido informe de 40dB dice que el 65% lee libros, pero el investigador Michel Desmurget los pone en duda. Él compara las divergencias entre los datos de nuestros informes PISA (dirigidos a escolares) y los informes PIAAC (dirigidos a adultos). Estos últimos muestran que 75% de los lectores tienen una comprensión lectora un poco más que básica.

Es fundamental señalar que leer no es algo natural, sino algo aprendido y practicado. “Según Umberto Eco, los textos literarios son mecanismos perezosos, lo que significa que la lectura requiere la participación activa del lector. Un texto literario contiene muchos elementos no verbalizados, los llamados espacios en blanco, que el lector debe llenar con su imaginación. Mediante esta actividad creativa, cada lector da vida a los personajes, imaginando sus rostros, voces, colores y atmósferas de una manera única, según sus propias experiencias y sensibilidades”.

Entonces, ¿por qué hay que leer?

  1. Leer nos hace más cultos
    Distintos estudios de contenido han demostrado que hay más riqueza lingüística en un libro ilustrado para niños que en todos los corpus orales corrientes: conversaciones entre adultos, películas, programas de televisión… Esto significa que la exposición a la palabra escrita es la única manera de desarrollar un lenguaje avanzado, básico para construir pensamientos complejos.
  2. Leer podría hacernos más empáticos
    A pesar de ser un acto solitario por definición, un buen libro nos pone en la piel de un personaje del que conocemos hasta sus pensamientos más íntimos. El metaanálisis más completo sobre esta materia se publicó el año pasado, pero no llegó a conclusiones muy claras. “Las pruebas, tal y como están, no contribuyen mucho a justificar la convincente intuición de que los ejercicios imaginativos, sofisticados y creativos del lenguaje nos convierten en agentes morales más sensibles”, concluía.
  3. Leer nos da paciencia
    Una de las cosas que pasan cuando estás leyendo un libro durante horas es que estás centrado en una historia por todo ese tiempo. No buscas llegar al final para obtener nada, solo disfrutas del proceso sabiendo que éste puede llevar días o semanas. Y eso, en el mundo acelerado y dopamínico en el que vivimos, es una rareza. Decía Carl Sagan que los libros nos permiten viajar en el tiempo y aprovechar la sabiduría de nuestros antepasados. Conectar de una forma íntima con gente que no hemos conocido jamás, de las que nos separan siglos, kilómetros y culturas.
  4. Leer es saludable
    “Igual que hacemos ejercicio o cuidamos nuestra alimentación, leer puede ayudarnos a mejorar nuestra salud”. La evidencia de esta afirmación es limitada, pero prometedora. Una revisión de cinco estudios publicada en 2023 en la revista PLOS One llegó a la conclusión de que leer ficción puede influir positivamente en el estado de ánimo y el bienestar, resaltando que los beneficios emergen sobre todo cuando hay reflexión y discusión. En ese sentido, los clubs de lectura se convertirían en una receta perfecta, al combinar esta reflexión con conexiones sociales.

Dado que la lectura se ha considerado como un instrumento de comunicación, la sociedad y la ciencia no han investigado en profundidad al respecto. El filólogo alemán Massimo Salgaro cree que con el tema de la lectura nos enfrentamos a un recurrente pánico moral. “La actitud subyacente es tan antigua como la humanidad misma”, explica en un intercambio de mensajes. “Platón condenó la introducción de la escritura; en el siglo XIX, existía el temor a la adicción a las novelas, que distraería, sobre todo, a las jóvenes de las tareas domésticas; en la década de 1950, se desató en Estados Unidos una cruzada contra los cómics“.

Hoy la lectura ya no es ese nuevo invento que amenaza nuestra cultura, sino el valor a preservar frente a la novedad que supone internet. Pero siendo objetivo, dice Salgado, es complicado hacer un balance a largo plazo.

De espectadores a cuidadores

por Enrique Titos Martínez

(Granada, 1960). Economista egresado del posgrado en IESE Business School y Kellogg Business University (EEUU) con trayectoria profesional en varios grupos financieros nacionales e internacionales, en las áreas financieras, de tesorería y seguros. Casado y padre de cuatro hijos; consejero y consultor de innovación en varias empresas, experto en procesos de transformación. Creador del Consejos Asesor de Innovación Abierta (CAIA) en Caser Seguros (Grupo Helvetia). Cofundador y Director del grupo El Alcázar de las Ideas, Jurado de los Premios Knowsquare, Fundador y Presidente de la Asociación Alexandreia Club de Lectura, y fundador de Cineforum Mensajes de Cine.


Sobre todo en Occidente, hay una frase que ronda muchas conversaciones recientes sobre cultura, ciencia, educación o medioambiente cuando estamos ante un proyecto que nos gusta: «Esto es maravilloso, pero… ¿quién lo paga?». La pregunta no es cínica, sino profundamente honesta. Vivimos rodeados de iniciativas que nos enriquecen como personas y como sociedad, pero cuya sostenibilidad se tambalea precisamente porque nadie quiere que cuesten.

Muchos bienes comunes –el conocimiento compartido, la cultura independiente, el pensamiento crítico, las comunidades de afecto y aprendizaje– no tienen precio, pero sí tienen un coste. Un coste de oportunidad, económico y de tiempo. Y ese coste, cuando no lo asume el mercado ni lo financia el Estado, cae casi siempre sobre espaldas de quienes creen que vale la pena sostener lo que les sostiene.

En este contexto, conviene diferenciar dos formas tradicionales de apoyo privado– aunque en este artículo se empleen de manera indistinta. Están el mecenazgo, asociado principalmente a las artes y la cultura, y la filantropía, con un alcance más amplio que abarca la ciencia, la educación o la acción social. Ambas responden a una misma lógica: sostener aquello que enriquece a la sociedad más allá de su rentabilidad inmediata.

Internet comenzó siendo la promesa de un bien común: un campo yermo sembrado de protocolos de comunicación. Dejó de serlo cuando las grandes tecnológicas araron el campo. Crearon productos y servicios que ellos monopolizaron, ofreciendo a cambio eficiencia real y nuevos trabajos y servicios. Esto, en consecuencia, capturó masivamente nuestros datos digitales de forma gratuita a través de la manipulación de nuestra atención. El coste inicial en el que incurrieron ha sido más que recompensado con las rentas de posición de las que hoy disfrutan.

Sin embargo, muchos otros proyectos no tienen en su génesis un modelo de rentabilidad futuro. Sus dividendos a la sociedad solo son posibles si son financieramente sostenibles.

El problema es que, como sociedad, no hemos aprendido a reconocer el valor de lo no monetario. Lo que no se compra ni se vende tiende a no ser percibido como algo que necesita cuidado, atención, inversión o energía. Así, sin darnos cuenta, caemos en una paradoja peligrosa: disfrutamos de proyectos colaborativos, asociaciones culturales o comunidades que generan riqueza simbólica, emocional y social, pero nos cuesta asumir que también requieren recursos para subsistir. En ocasiones se recurre a la expectativa de que el Estado lo financie con nuestros impuestos, o de que habrá otros particulares o instituciones que lo hagan.

Este fenómeno ha sido descrito en la teoría de juegos con dos conceptos ya clásicos. El primero es el dilema del prisionero: incluso cuando dos personas tendrían mejores resultados cooperando, si no tienen garantía de que el otro lo hará, tienden a no hacerlo. Aplicado a nuestros realidad, « no contribuyo porque no estoy seguro de que los demás lo hagan ». El segundo es el síndrome del polizón (free rider): « disfruto del bien común sin aportar nada, porque otros ya lo harán por mí ».

Ambos reflejan el mismo miedo: ser el único (o de los pocos) que empuja el carro. Ambos conducen al mismo riesgo: que el carro se detenga, sin obviar la injusticia de que solo unos pocos carguen con todo el peso cuando, de hacerse de forma compartida y colaborativa, la carga sería mucho más ligera para todos y el beneficio verdaderamente sostenible.

En el fondo, el verdadero desafío es repensar la idea de qué es el «retorno». Durante demasiado tiempo hemos asociado el retorno a una variable económica: invierto si obtengo más de lo que doy. Pero hay otros retornos, más sutiles y profundos:

  • El retorno personal: la satisfacción de formar parte de algo que nos enriquece.
  • El social: la pertenencia a una red de relaciones significativas.
  • El simbólico: el orgullo de contribuir a algo valioso.
  • El cultural: ver crecer espacios que amplían la inteligencia colectiva.
  • El democrático: apoyar proyectos compartidos genera cohesión social y confianza.
  • El ético: contribuir como una forma de devolver a la sociedad parte de la riqueza material, cultural y simbólica que hemos recibido de ella.

A menudo olvidamos que algunos de los proyectos más transformadores de la historia no buscaron el retorno inmediato, aunque contaron con recursos comprometidos hasta que eclosionaron.

Existen proyectos soportados por financiación pública como el Proyecto Genoma Humano o el CERN en Europa, pero también está Wikipedia, creado en 2001 con aportaciones de voluntarios y que sigue siendo una asociación. Otros ejemplos son la Corporación Industrial Mondragón, un modelo de propiedad compartida que data de 1956; la Orquesta Sinfónica de Londres creada en 1904 por músicos y financiada por sus miembros y aficionados, o el Liceu de Barcelona fundado en 1847. Ninguno habría sido posible sin la convicción profunda de que invertir hoy en algo que no se monetiza mañana puede cambiar el futuro de todos.

Hay una dificultad adicional: para que alguien contribuya, tiene que sentir que ese proyecto también es suyo. Uno de los grandes retos de la cultura del mecenazgo o la colaboración sostenida es éste: ¿por qué esto es tan importante para mí que deseo apoyarlo también económicamente? No basta con que algo nos guste. Tiene que tocarnos. Tenemos que integrarlo en nuestra identidad. Sentir que contribuir es un acto de coherencia con lo que somos o aspiramos a ser.

Además, muchas personas piensan que con dar su tiempo ya han cumplido –que su presencia, su participación, su entusiasmo son suficiente contribución. En muchos sentidos, lo son, pero hay otra cara de la moneda: la posibilidad misma de participar existe porque otros, antes, pusieron medios, dinero, infraestructura, riesgo o esfuerzo para que eso fuera posible.

La participación apoya y honra ese legado, pero si además se contribuye, se garantiza que el proyecto no sólo sobreviva, sino que crezca, se multiplique y llegue a otros. Es un acto de generosidad hacia el futuro, no sólo hacia el presente. Lo entendieron muy bien los pioneros de los programas de investigación científica, que trabajaron durante décadas sin certezas, confiando en que algún día alguien recogería el fruto de lo que estaban sembrando. Hay que dejar claro que sostenimiento no se refiere solo a aportación económica, sino a la participación activa y comprometida en las actividades asociativas.

El premio Nobel de Economía Elinor Ostrom demostró que las comunidades pueden gestionar con éxito los bienes comunes si desarrollan reglas claras, confianza mutua y mecanismos de vigilancia (Governing the Commons, 1990). Pero para ello es necesaria una cultura del compromiso, no del usufructo pasivo.

También Zygmunt Bauman alertó de que “la sociedad de consumidores ha transformado a las personas en espectadores de lo común, no en participantes” (Vida de consumo, 2007). Este cambio de rol tiene consecuencias: pasamos de cuidadores de lo público a usuarios de servicios «gratuitos», desconectados del esfuerzo que los sostiene.

Aun así, la filantropía —en su versión individual o colectiva— sigue siendo incipiente en España. Falta cultura e incentivos, pero sobre todo falta una conversación franca sobre por qué apoyar lo que ya funciona es una forma de coherencia, no de caridad. Una forma de responsabilidad, no de sacrificio. Conviene aquí distinguir: la caridad suele ser puntual y asistencial; el voluntariado, aunque más sostenido, se basa sobre todo en la entrega personal de tiempo y capacidades. La filantropía y el mecenazgo, en cambio, suponen una contribución estructural —económica o institucional— que garantiza la continuidad de los proyectos colectivos y multiplica su impacto, tanto en el presente como en el futuro.

Quizás ha llegado el momento de reivindicar otra economía: la del cuidado. También, otra forma de retorno de la inversión: aquella que no se mide en dividendos, sino en sentido.

Lo que no cuesta nada… tal vez debería costar algo. No porque queramos poner precio a lo valioso, sino porque sólo lo que se reconoce como valioso si encuentra quien lo sostenga.

En última instancia, contribuir significa también devolver a la sociedad parte de lo que hemos recibido de ella, transformando la gratitud en sostenimiento y el cuidado en inversión de futuro.

Palabras y cultura: la silenciosa reinvención del traductor literario

por Enrique Titos Martínez

(Granada, 1960). Economista egresado del posgrado en IESE Business School y Kellogg Business University (EEUU) con trayectoria profesional en varios grupos financieros nacionales e internacionales, en las áreas financieras, de tesorería y seguros. Casado y padre de cuatro hijos; consejero y consultor de innovación en varias empresas, experto en procesos de transformación. Creador del Consejos Asesor de Innovación Abierta (CAIA) en Caser Seguros (Grupo Helvetia). Cofundador y Director del grupo El Alcázar de las Ideas, Jurado de los Premios Knowsquare, Fundador y Presidente de la Asociación Alexandreia Club de Lectura, y fundador de Cineforum Mensajes de Cine.


Los traductores de libros de un idioma a otro son verdaderos artífices invisibles de la expansión de la cultura: no solo traducen palabras, sino que recrean el alma, estilo y tono del autor original, adaptando con maestría significados, matices culturales y emociones. Son escritores que prestan su pluma a la adaptación de un libro escrito por otros. Leemos el libro interpretado por el traductor, y esa traducción no es para nada una trasposición mimética de conceptos y frases desde el idioma original, que además muchas veces no existen en el idioma de destino.

Sin embargo, pese a esta labor creativa y compleja, su figura del traductor suele quedar anónima para la mayoría de los lectores. Normalmente, su nombre no aparece en la portada junto con el autor o la editorial, ni en la contraportada, si bien algunas editoriales sí comienzan a reflejarlo. Sí aparece el copyright en las primeras páginas, pero apuesto que muy pocos son los que se fijan, y menos aún los que compran un libro por quien lo ha traducido.

En la cadena de producción de un libro traducido desde otro idioma, la actividad del traductor es una de las menos reconocibles por el lector, que atribuye al escritor original todo el mérito literario del texto.

Esta invisibilidad del traductor ha sido analizada por teóricos como Lawrence Venuti, quien advierte que las traducciones que hacen la lectura fácil y fluida buscan ocultar la intervención del traductor, reforzando la idea de que solo el original es válido y dejando en segundo plano la transformación que implica cualquier traducción. Para valorar su intervención basta pensar en el abismo cultural que implica traducir un libro original en japonés a una cultura distinta como la inglesa. La mera traducción de palabras nos entregará un texto robotizado, sin sentido ni contexto que abandonaremos rápidamente.  

La labor de los traductores como conectores culturales viene reivindicada desde siglos atrás cuando en el siglo XII Alfonso X el Sabio estableció la escuela de Traductores de Toledo. Los traductores de entonces, bajo la tolerancia cultural de la época, bien reflejada por Violet Moller en La ruta del conocimiento (Taurus 2023) consiguieron la recuperación de los clásicos grecolatinos alejandrinos, que habían sido vertidos del árabe a la lengua latina o al español como lengua intermedia. Sin ellos la cultura occidental como la conocemos no hubiera sido posible.

En el contexto actual y futuro, la irrupción de la inteligencia artificial añade una dimensión todavía más crítica a esta invisibilidad y quizá a la propia existencia del traductor. Las herramientas automáticas de traducción literaria programadas con IA pueden realizar versiones rápidas y uniformes, potencialmente sustituyendo esa «presencia humana» que aporta interpretación cultural, sensibilidad artística y creatividad. Aunque estas tecnologías facilitan procesos y aumentan la productividad, aún no equiparan la profundidad cultural y literaria que un traductor aporta.

¿Puede la IA hacer que los traductores sean aún más invisibles, o incluso prescindibles? Es posible que para el lector común pase desapercibido el cambio, y solo algunos lectores perspicaces noten diferencias en el estilo o calidad. Pero esta supuesta neutralidad esconde el hecho de que cada traducción es una reescritura única, con matices irrepetibles. La invisibilidad social no implica neutralidad creativa ni disminuye la importancia del traductor. La traducción con IA, el tiempo lo dirá, aportará una suerte de creatividad homogeneizadora, sin alma.

Queremos pensar que el futuro no está en la sustitución, sino en la tan manida colaboración humano-máquina: la IA debe ser una aliada que libere a los traductores de tareas mecánicas y les permita enfocarse en los aspectos más complejos y personales de su arte. También es fundamental visibilizar y valorar más que nunca el trabajo humano detrás de cada traducción, reconociendo que las voces culturales y literarias se preservan gracias a este intermediario esencial.

En suma, la invisibilidad del traductor en la era digital no debe oscurecer su papel en el proceso artístico de creación de un libro. Al contrario, debe impulsarnos a apreciar y reconocer la creatividad, la cultura y la sensibilidad que solo un traductor humano puede ofrecer. En tiempos de IA, el traductor es más necesario —y más merecedor de reconocimiento— que nunca. Lo que no está claro es ese equilibrio inestable en la colaboración hombre máquina, ya que la máquina siempre será más productiva y cada vez aprenderá más. Esta cuestión afecta de forma especialmente a los escritores de libros (y a los editores), aunque esto será objeto otra reflexión en el futuro.