La primera presentación de un libro con su autor dentro de las actividades de Alexandreia comenzó con una energía particular, como si la curiosidad colectiva hubiese encontrado un hogar natural.
La sesión fue inaugurada por Lola Solana, presidenta del Instituto Español de Analistas Financieros, quien dio la bienvenida al público y subrayó el valor de espacios donde el conocimiento puede compartirse con rigor y cercanía. En ese marco, se reunieron David Jiménez-Blanco, María José Gómez Yubero y Samuel Bengio para conversar acerca de la obra del primero de ellos: Conversos (Almuzara, 2025). Se trató de un diálogo que no solo iluminó la obra, sino también las preguntas que laten bajo la historia de la península.
La obra de Jiménez-Blanco avanza con ritmo de viaje y rigor de archivo, pero también con esa voz baja del que se hace preguntas simples y enormes. “Siempre me han interesado los porqués”, dijo en uno de los primeros momentos del encuentro, y esa declaración funciona como brújula de un libro que mezcla historia, desplazamientos, biografía y reflexión. Conversos sigue las huellas de Salomón Leví —rabino, maestro de rabinos, obispo, asesor real y figura tan extraordinaria como inquietante— para revelar cómo la historia de España se ha tejido a través de identidades múltiples, capas superpuestas y una mezcla mucho más profunda de lo que solemos admitir. “Los españoles llevamos dentro mucha más sangre judía de la que creemos”, recordó el autor, y la sala entera pareció acomodarse en el peso de esa afirmación.
Samuel Bengio aportó la perspectiva judía contemporánea desde un lugar íntimo y generoso. Explicó cómo, tras la destrucción del Templo en el año 70, el judaísmo se volvió portátil, capaz de deslocalizar sus rituales sin perder cohesión ni memoria. Esa portabilidad, esa fuerza de transmisión, es la que permitió que las comunidades sefardíes florecieran en la península durante quince siglos. La historia resonó en un punto esencial del libro: los judíos no desaparecieron; permanecieron, se transformaron, se mezclaron, dejaron huellas. Como recordó Bengio, “el judío existe porque consigue transmitir aquello en lo que cree”, una frase que se instaló con suavidad en el público, casi como una revelación compartida.
La conversación transitó desde los pogromos de 1391 —ese incendio tardío en comparación con el resto de Europa— hasta las tensiones que la centralización del poder generó en reinos como Castilla y Aragón. Jiménez-Blanco señaló que la uniformidad es una enfermedad típica de los sistemas que acumulan autoridad y que la minoría visible siempre acaba pagando el costo. El diálogo avanzaba con naturalidad entre fechas, ciudades y personajes (el Papa Luna, Vicente Ferrer, Catalina de Lancaster) que iluminan ese periodo en el que las comunidades judías, poco a poco, fueron empujadas hacia el límite de lo soportable.


Uno de los momentos más vívidos surgió cuando María José recuperó la figura de Giovanna, esposa de Salomón Leví. La historia apenas conserva rastros de ella, pero su silencio resuena como la otra cara del libro: la de aquellos que no eligieron convertirse, la de quienes observaron desde el borde cómo un mundo entero se desmoronaba. Esa dimensión íntima, casi doméstica, es la que vuelve Conversos un libro tan humano. Jiménez-Blanco no escribe solo sobre procesos históricos, sino sobre decisiones irreversibles, pérdidas, renuncias y fidelidades.
La lectura del libro también encendió una reivindicación inesperada: la de la Edad Media. El autor recordó, entre risas, que muchas de las sombras que atribuimos a ese periodo pertenecen en realidad al Renacimiento, y que la cultura medieval española —entre traducciones, escuelas y convivencia— fue una de las grandes bisagras del pensamiento europeo. Fue un guiño de justicia histórica que el público celebró con entusiasmo.
Hacia el final, la conversación derivó hacia la idea de diversidad perdida. Bengio lo expresó con claridad: expulsar a judíos y moriscos significó expulsar complejidad, y con ello creatividad, riqueza intelectual, formas distintas de mirar. Se insinuó una pregunta imposible pero fértil: ¿qué habría sido España si no hubiera renunciado a esa pluralidad? La historia no concede segundas versiones, pero sí nos permite imaginar futuros distintos. Quizá por eso Conversos encuentra su fuerza: porque no es solo un libro sobre el pasado, sino un espejo que pide atención al presente.
En ese espejo también se reconoce Alexandreia. Como recordó Enrique Titos, la asociación nació en 2024 con el deseo de unir la lectura —actividad íntima— con la conversación —acto radicalmente plural, y hoy ha crecido hasta reunir catorce clubes en Madrid, Melilla y Alicante. Este encuentro con autores inaugura una nueva línea de actividad que confirma algo esencial: cuando un libro se encuentra con una comunidad lectora, el texto se expande y se llena de vida. Somos, al fin y al cabo, lectoconversadores.
Durante toda la sesión, Lola Solana acompañó el encuentro con una discreta cercanía que recordaba la vocación del Instituto: tender puentes entre el pensamiento crítico, la conversación y la comunidad profesional que lo sostiene.
Al salir del Instituto, quedó en el aire esa sensación tan nuestra, casi reconocible ya como un sello Alexandreia: la intuinción de que la cultura se vuelve más luminosa cuando se comparte, que un libro se expande cuando alguien lo piensa en voz alta y que la conversación crea comunidad incluso antes de que nos demos cuenta. Quizá esa sea nuestra misión más silenciosa: acompañarnos leyendo, pensar juntos y seguir construyendo un espacio donde la palabra circule con libertad y cuidado. En cada encuentro, en cada club, en cada lector que llega, late esa idea sencilla y poderosa: la lectura nos reúne, la conversación nos transforma. Somos, y seguiremos siendo, lectoconversadores.
