Redescubrir el valor de leer: del fetiche al aprendizaje colectivo

por Enrique Titos Martínez

(Granada, 1960). Economista egresado del posgrado en IESE Business School y Kellogg Business University (EEUU) con trayectoria profesional en varios grupos financieros nacionales e internacionales, en las áreas financieras, de tesorería y seguros. Casado y padre de cuatro hijos; consejero y consultor de innovación en varias empresas, experto en procesos de transformación. Creador del Consejos Asesor de Innovación Abierta (CAIA) en Caser Seguros (Grupo Helvetia). Cofundador y Director del grupo El Alcázar de las Ideas, Jurado de los Premios Knowsquare, Fundador y Presidente de la Asociación Alexandreia Club de Lectura, y fundador de Cineforum Mensajes de Cine.


La conocida influencer María Pombo acaba de desatar la polémica diciendo que no lee, pues la lectura de libros está sobrevalorada. Además, aseguró que hoy abundan los lectores exhibicionistas, que se acompañan del libro como si de un fetiche mágico se tratara. 

No es menos cierto que la lectura se ha desplomado un 40% desde la década de 1940, según datos de la revista iScience. Son datos de EEUU, donde el porcentaje de personas que leen con habitualidad es del 16%, frente al 35% que muestra el barómetro de lectura de 40dB para El País. Una parte de la explicación tiene que ver con el auge de otras formas –digitales– de ocupar nuestro tiempo, de aprendizaje y entretenimiento.

Esto son malos presagios, ya que hay evidencias de que la lectura sostenida mejora la salud y el bienestar. Hay aún más evidencias de que el uso desproporcionado de lo digital incrementa la tensión, absorbidos por el interminable scroll.

Los datos de España pueden resultar esperanzadores, y el referido informe de 40dB dice que el 65% lee libros, pero el investigador Michel Desmurget los pone en duda. Él compara las divergencias entre los datos de nuestros informes PISA (dirigidos a escolares) y los informes PIAAC (dirigidos a adultos). Estos últimos muestran que 75% de los lectores tienen una comprensión lectora un poco más que básica.

Es fundamental señalar que leer no es algo natural, sino algo aprendido y practicado. “Según Umberto Eco, los textos literarios son mecanismos perezosos, lo que significa que la lectura requiere la participación activa del lector. Un texto literario contiene muchos elementos no verbalizados, los llamados espacios en blanco, que el lector debe llenar con su imaginación. Mediante esta actividad creativa, cada lector da vida a los personajes, imaginando sus rostros, voces, colores y atmósferas de una manera única, según sus propias experiencias y sensibilidades”.

Entonces, ¿por qué hay que leer?

  1. Leer nos hace más cultos
    Distintos estudios de contenido han demostrado que hay más riqueza lingüística en un libro ilustrado para niños que en todos los corpus orales corrientes: conversaciones entre adultos, películas, programas de televisión… Esto significa que la exposición a la palabra escrita es la única manera de desarrollar un lenguaje avanzado, básico para construir pensamientos complejos.
  2. Leer podría hacernos más empáticos
    A pesar de ser un acto solitario por definición, un buen libro nos pone en la piel de un personaje del que conocemos hasta sus pensamientos más íntimos. El metaanálisis más completo sobre esta materia se publicó el año pasado, pero no llegó a conclusiones muy claras. “Las pruebas, tal y como están, no contribuyen mucho a justificar la convincente intuición de que los ejercicios imaginativos, sofisticados y creativos del lenguaje nos convierten en agentes morales más sensibles”, concluía.
  3. Leer nos da paciencia
    Una de las cosas que pasan cuando estás leyendo un libro durante horas es que estás centrado en una historia por todo ese tiempo. No buscas llegar al final para obtener nada, solo disfrutas del proceso sabiendo que éste puede llevar días o semanas. Y eso, en el mundo acelerado y dopamínico en el que vivimos, es una rareza. Decía Carl Sagan que los libros nos permiten viajar en el tiempo y aprovechar la sabiduría de nuestros antepasados. Conectar de una forma íntima con gente que no hemos conocido jamás, de las que nos separan siglos, kilómetros y culturas.
  4. Leer es saludable
    “Igual que hacemos ejercicio o cuidamos nuestra alimentación, leer puede ayudarnos a mejorar nuestra salud”. La evidencia de esta afirmación es limitada, pero prometedora. Una revisión de cinco estudios publicada en 2023 en la revista PLOS One llegó a la conclusión de que leer ficción puede influir positivamente en el estado de ánimo y el bienestar, resaltando que los beneficios emergen sobre todo cuando hay reflexión y discusión. En ese sentido, los clubs de lectura se convertirían en una receta perfecta, al combinar esta reflexión con conexiones sociales.

Dado que la lectura se ha considerado como un instrumento de comunicación, la sociedad y la ciencia no han investigado en profundidad al respecto. El filólogo alemán Massimo Salgaro cree que con el tema de la lectura nos enfrentamos a un recurrente pánico moral. “La actitud subyacente es tan antigua como la humanidad misma”, explica en un intercambio de mensajes. “Platón condenó la introducción de la escritura; en el siglo XIX, existía el temor a la adicción a las novelas, que distraería, sobre todo, a las jóvenes de las tareas domésticas; en la década de 1950, se desató en Estados Unidos una cruzada contra los cómics“.

Hoy la lectura ya no es ese nuevo invento que amenaza nuestra cultura, sino el valor a preservar frente a la novedad que supone internet. Pero siendo objetivo, dice Salgado, es complicado hacer un balance a largo plazo.

De espectadores a cuidadores

por Enrique Titos Martínez

(Granada, 1960). Economista egresado del posgrado en IESE Business School y Kellogg Business University (EEUU) con trayectoria profesional en varios grupos financieros nacionales e internacionales, en las áreas financieras, de tesorería y seguros. Casado y padre de cuatro hijos; consejero y consultor de innovación en varias empresas, experto en procesos de transformación. Creador del Consejos Asesor de Innovación Abierta (CAIA) en Caser Seguros (Grupo Helvetia). Cofundador y Director del grupo El Alcázar de las Ideas, Jurado de los Premios Knowsquare, Fundador y Presidente de la Asociación Alexandreia Club de Lectura, y fundador de Cineforum Mensajes de Cine.


Sobre todo en Occidente, hay una frase que ronda muchas conversaciones recientes sobre cultura, ciencia, educación o medioambiente cuando estamos ante un proyecto que nos gusta: «Esto es maravilloso, pero… ¿quién lo paga?». La pregunta no es cínica, sino profundamente honesta. Vivimos rodeados de iniciativas que nos enriquecen como personas y como sociedad, pero cuya sostenibilidad se tambalea precisamente porque nadie quiere que cuesten.

Muchos bienes comunes –el conocimiento compartido, la cultura independiente, el pensamiento crítico, las comunidades de afecto y aprendizaje– no tienen precio, pero sí tienen un coste. Un coste de oportunidad, económico y de tiempo. Y ese coste, cuando no lo asume el mercado ni lo financia el Estado, cae casi siempre sobre espaldas de quienes creen que vale la pena sostener lo que les sostiene.

En este contexto, conviene diferenciar dos formas tradicionales de apoyo privado– aunque en este artículo se empleen de manera indistinta. Están el mecenazgo, asociado principalmente a las artes y la cultura, y la filantropía, con un alcance más amplio que abarca la ciencia, la educación o la acción social. Ambas responden a una misma lógica: sostener aquello que enriquece a la sociedad más allá de su rentabilidad inmediata.

Internet comenzó siendo la promesa de un bien común: un campo yermo sembrado de protocolos de comunicación. Dejó de serlo cuando las grandes tecnológicas araron el campo. Crearon productos y servicios que ellos monopolizaron, ofreciendo a cambio eficiencia real y nuevos trabajos y servicios. Esto, en consecuencia, capturó masivamente nuestros datos digitales de forma gratuita a través de la manipulación de nuestra atención. El coste inicial en el que incurrieron ha sido más que recompensado con las rentas de posición de las que hoy disfrutan.

Sin embargo, muchos otros proyectos no tienen en su génesis un modelo de rentabilidad futuro. Sus dividendos a la sociedad solo son posibles si son financieramente sostenibles.

El problema es que, como sociedad, no hemos aprendido a reconocer el valor de lo no monetario. Lo que no se compra ni se vende tiende a no ser percibido como algo que necesita cuidado, atención, inversión o energía. Así, sin darnos cuenta, caemos en una paradoja peligrosa: disfrutamos de proyectos colaborativos, asociaciones culturales o comunidades que generan riqueza simbólica, emocional y social, pero nos cuesta asumir que también requieren recursos para subsistir. En ocasiones se recurre a la expectativa de que el Estado lo financie con nuestros impuestos, o de que habrá otros particulares o instituciones que lo hagan.

Este fenómeno ha sido descrito en la teoría de juegos con dos conceptos ya clásicos. El primero es el dilema del prisionero: incluso cuando dos personas tendrían mejores resultados cooperando, si no tienen garantía de que el otro lo hará, tienden a no hacerlo. Aplicado a nuestros realidad, « no contribuyo porque no estoy seguro de que los demás lo hagan ». El segundo es el síndrome del polizón (free rider): « disfruto del bien común sin aportar nada, porque otros ya lo harán por mí ».

Ambos reflejan el mismo miedo: ser el único (o de los pocos) que empuja el carro. Ambos conducen al mismo riesgo: que el carro se detenga, sin obviar la injusticia de que solo unos pocos carguen con todo el peso cuando, de hacerse de forma compartida y colaborativa, la carga sería mucho más ligera para todos y el beneficio verdaderamente sostenible.

En el fondo, el verdadero desafío es repensar la idea de qué es el «retorno». Durante demasiado tiempo hemos asociado el retorno a una variable económica: invierto si obtengo más de lo que doy. Pero hay otros retornos, más sutiles y profundos:

  • El retorno personal: la satisfacción de formar parte de algo que nos enriquece.
  • El social: la pertenencia a una red de relaciones significativas.
  • El simbólico: el orgullo de contribuir a algo valioso.
  • El cultural: ver crecer espacios que amplían la inteligencia colectiva.
  • El democrático: apoyar proyectos compartidos genera cohesión social y confianza.
  • El ético: contribuir como una forma de devolver a la sociedad parte de la riqueza material, cultural y simbólica que hemos recibido de ella.

A menudo olvidamos que algunos de los proyectos más transformadores de la historia no buscaron el retorno inmediato, aunque contaron con recursos comprometidos hasta que eclosionaron.

Existen proyectos soportados por financiación pública como el Proyecto Genoma Humano o el CERN en Europa, pero también está Wikipedia, creado en 2001 con aportaciones de voluntarios y que sigue siendo una asociación. Otros ejemplos son la Corporación Industrial Mondragón, un modelo de propiedad compartida que data de 1956; la Orquesta Sinfónica de Londres creada en 1904 por músicos y financiada por sus miembros y aficionados, o el Liceu de Barcelona fundado en 1847. Ninguno habría sido posible sin la convicción profunda de que invertir hoy en algo que no se monetiza mañana puede cambiar el futuro de todos.

Hay una dificultad adicional: para que alguien contribuya, tiene que sentir que ese proyecto también es suyo. Uno de los grandes retos de la cultura del mecenazgo o la colaboración sostenida es éste: ¿por qué esto es tan importante para mí que deseo apoyarlo también económicamente? No basta con que algo nos guste. Tiene que tocarnos. Tenemos que integrarlo en nuestra identidad. Sentir que contribuir es un acto de coherencia con lo que somos o aspiramos a ser.

Además, muchas personas piensan que con dar su tiempo ya han cumplido –que su presencia, su participación, su entusiasmo son suficiente contribución. En muchos sentidos, lo son, pero hay otra cara de la moneda: la posibilidad misma de participar existe porque otros, antes, pusieron medios, dinero, infraestructura, riesgo o esfuerzo para que eso fuera posible.

La participación apoya y honra ese legado, pero si además se contribuye, se garantiza que el proyecto no sólo sobreviva, sino que crezca, se multiplique y llegue a otros. Es un acto de generosidad hacia el futuro, no sólo hacia el presente. Lo entendieron muy bien los pioneros de los programas de investigación científica, que trabajaron durante décadas sin certezas, confiando en que algún día alguien recogería el fruto de lo que estaban sembrando. Hay que dejar claro que sostenimiento no se refiere solo a aportación económica, sino a la participación activa y comprometida en las actividades asociativas.

El premio Nobel de Economía Elinor Ostrom demostró que las comunidades pueden gestionar con éxito los bienes comunes si desarrollan reglas claras, confianza mutua y mecanismos de vigilancia (Governing the Commons, 1990). Pero para ello es necesaria una cultura del compromiso, no del usufructo pasivo.

También Zygmunt Bauman alertó de que “la sociedad de consumidores ha transformado a las personas en espectadores de lo común, no en participantes” (Vida de consumo, 2007). Este cambio de rol tiene consecuencias: pasamos de cuidadores de lo público a usuarios de servicios «gratuitos», desconectados del esfuerzo que los sostiene.

Aun así, la filantropía —en su versión individual o colectiva— sigue siendo incipiente en España. Falta cultura e incentivos, pero sobre todo falta una conversación franca sobre por qué apoyar lo que ya funciona es una forma de coherencia, no de caridad. Una forma de responsabilidad, no de sacrificio. Conviene aquí distinguir: la caridad suele ser puntual y asistencial; el voluntariado, aunque más sostenido, se basa sobre todo en la entrega personal de tiempo y capacidades. La filantropía y el mecenazgo, en cambio, suponen una contribución estructural —económica o institucional— que garantiza la continuidad de los proyectos colectivos y multiplica su impacto, tanto en el presente como en el futuro.

Quizás ha llegado el momento de reivindicar otra economía: la del cuidado. También, otra forma de retorno de la inversión: aquella que no se mide en dividendos, sino en sentido.

Lo que no cuesta nada… tal vez debería costar algo. No porque queramos poner precio a lo valioso, sino porque sólo lo que se reconoce como valioso si encuentra quien lo sostenga.

En última instancia, contribuir significa también devolver a la sociedad parte de lo que hemos recibido de ella, transformando la gratitud en sostenimiento y el cuidado en inversión de futuro.