por Enrique Titos Martínez
(Granada, 1960). Economista egresado del posgrado en IESE Business School y Kellogg Business University (EEUU) con trayectoria profesional en varios grupos financieros nacionales e internacionales, en las áreas financieras, de tesorería y seguros. Casado y padre de cuatro hijos; consejero y consultor de innovación en varias empresas, experto en procesos de transformación. Creador del Consejos Asesor de Innovación Abierta (CAIA) en Caser Seguros (Grupo Helvetia). Cofundador y Director del grupo El Alcázar de las Ideas, Jurado de los Premios Knowsquare, Fundador y Presidente de la Asociación Alexandreia Club de Lectura, y fundador de Cineforum Mensajes de Cine.
Los antiguos griegos inventaron el teatro y, con él, la tragedia. A través de estas historias, exploraban los dilemas humanos frente al destino y los dioses, buscando explicar lo inexplicable. En sus relatos, la fatalidad era inevitable: los héroes estaban atrapados en conflictos sin salida, donde cualquier elección llevaba al desastre.
Este pensamiento trágico no se limitaba al teatro; estaba arraigado en la forma en que los griegos entendían el mundo. Los desastres naturales, las guerras o las desgracias personales no eran simples coincidencias, sino el resultado de la voluntad de los dioses. Si una sequía asolaba las cosechas, tal vez Deméter estaba enfadada; si una ciudad caía, los dioses habían retirado su favor.
La historia de Edipo es el ejemplo más claro de esta visión de la vida: un hombre que intenta huir de us destino solo para cumplir con precisión absoluta. Asesina a su padre sin saber quién es, resuelve el enigma de la esfinge y se convierte en rey, se casa con su madre y engendra hijos con ella. Cuando descubre la verdad, su castigo no es impuesto por los dioses ni por la sociedad, sino por su propia consciencia: se arranca los ojos, cegado por el peso de su destino.
Con Shakespeare, la tragedia se alejó de los dioses y se centró en los conflictos internos del ser humano. El rey Lear, por ejemplo, no trata de la voluntad divina, sino de las pasiones y errores de un hombre viejo que, en su soberbia, malinterpreta el amor de sus hijas y desata su propia ruina. Más allá del teatro, pensadores como Freud han analizado las pulsaciones humanas desde una perspectiva trágica, así como autores como Yuval Noah Harari en Sapiens han descrito cómo la humanidad ha asumido el papel de los dioses a través de la ciencia y la tecnología. Pero… ¿ha aprendido a pensar con mentalidad trágica?
En su libro La mentalidad trágica, Robert D. Kaplan retoma esta tradición para analizar el presente geopolítico. Kaplan no es un observador ‘circunstancial’: ha asesorado a la administración de Estados Unidos en asuntos estratégicos y ha sido testigo de las consecuencias de decisiones tomadas con ingenuidad o exceso de confianza. Según él, uno de los mayores errores de la política exterior de EEUU ha sido actuar sin prever “el día después”. La guerra en Irak, la intervención en Afganistán o la caída de dictadores como Saddam Hussein o Muammar Gadafi fueron justificadas en términos morales, pero desembocaron en escenarios aún más caóticos. La lección es clara. No basta con eliminar un mal. Hay que preguntarse qué vendrá en su lugar.
Kaplan reivindica la mentalidad trágica como una forma de asumir que el conflicto es inevitable y que las decisiones siempre tendrán consecuencias impredecibles. Alaba la visión de estadistas como Winston Churchill, quien –a diferencia de Neville Chamberlain– comprendió el peligro de apaciguar a Hitler o de líderes que saben leer la historia antes de que se repita. No se trata de actuar con fatalismo, sino de evitar la complacencia. La peor actitud ante el mundo es creer que los problemas están demasiado lejos como para afectarnos.
Hoy, la tragedia ocurre en tiempo real: Ucrania, Israel, Taiwán o los conflictos que atraviesan en África. Sin embargo, la memoria histórica de Occidente –en particular de EEUU– es corta. Como señala Kaplan, muchos votantes estadounidenses no comprenden la complejidad de estos conflictos, lo que abre la puerta a discursos populistas que promueven un repliegue estratégico, salvo que haya un beneficio económico directo.
En geopolítica, los mapas no explican todo. Son las emociones, las decisiones humanas y la historia las que marcan el rumbo. Por eso, Kaplan nos invita a mirar más allá de la comodidad del presente y asumir que la tragedia no es solo un elemento literario, sino una realidad cíclica. La historia no se repite de manera idéntica, pero como decía Mark Twain: rima. Solo aquellos que piensan con mentalidad trágica pueden anticipar su próxima estrofa.

PARA PROFUNDIZAR…
En La mentalidad trágica, Robert D. Kaplan (RBA Libros) recupera la tradición del pensamiento trágico —desde los griegos hasta Shakespeare— para analizar los dilemas geopolíticos actuales. Con ejemplos como Irak, Afganistán o Ucrania, Kaplan muestra que las decisiones políticas, incluso bienintencionadas, pueden generar consecuencias imprevisibles. Lejos del fatalismo, propone una mirada lúcida y prudente ante la complejidad del poder y del conflicto.
