Custodiar lo humano 

Una conversación en Alexandreia sobre Magnifica Humanitas

:: por María José Gómez Yubero ::

Hay libros que se leen y otros que siguen trabajando dentro de nosotros después de cerrarlos. Magnifica Humanitas, la encíclica de León XIV sobre la persona humana en tiempos de inteligencia artificial, pertenece claramente a los segundos. 

La sesión interclubes que celebramos en Alexandreia lo confirmó. Durante casi dos horas, coordinadores y miembros de distintos clubes conversamos desde posiciones muy diferentes. Había creyentes y no creyentes, católicos practicantes y personas alejadas desde hace años de la Iglesia. Y, sin embargo, muy pronto quedó claro que las preguntas que plantea la encíclica nos concernían a todos.

Porque, en realidad, la gran pregunta de Magnifica Humanitas no es tecnológica. Es humana: ¿qué queremos preservar de nosotros mismos en medio de una transformación que está cambiando nuestra manera de trabajar, relacionarnos, informarnos, decidir y pensar? 

Una brújula para unas nuevas res novae 

Uno de los primeros aspectos que se destacó fue precisamente la oportunidad y la valentía del texto. La inteligencia artificial está todavía en pleno desarrollo. No conocemos su alcance ni la velocidad ni la dirección que terminará tomando. Y, aun así, León XIV decide intervenir ahora, cuando todavía estamos a tiempo de preguntarnos hacia dónde queremos ir. 

La comparación con Rerum Novarum apareció varias veces durante la conversación. León XIII respondió en 1891 a las profundas transformaciones sociales provocadas por la Revolución Industrial. León XIV se enfrenta hoy a unas nuevas res novae: la digitalización, la inteligencia artificial, la automatización y la concentración de un poder tecnológico de dimensiones inéditas. 

La encíclica no ofrece un manual de instrucciones. Ofrece algo quizá más necesario: una brújula. Y esa brújula comienza preguntándose qué significa ser humano. 

¿Qué nos hace humanos? 

La conversación volvió una y otra vez sobre este punto. Frente a máquinas capaces de producir textos, imágenes, análisis o respuestas que pueden parecernos empáticas, se recordó una distinción esencial: una inteligencia artificial no tiene experiencia de la vida. No tiene cuerpo, no sufre, no ama, no establece vínculos, no conoce desde dentro la amistad, el trabajo o la pérdida, no distingue moralmente el bien del mal ni asume el peso de las consecuencias de sus decisiones. Puede simular muchas de esas cosas. Pero simularlas no significa vivirlas. De ahí surgió una de las ideas más sugerentes de la tarde: cuanto más humanizamos a la máquina, más riesgo corremos de olvidar qué es lo verdaderamente humano.

 

También hablamos mucho de nuestros límites. De la finitud, de la fragilidad, de la imperfección. Aquello que tantas veces entendemos como una carencia apareció bajo otra luz. Son precisamente nuestras limitaciones las que hacen posibles la empatía, el cuidado, el perdón y la necesidad del otro. 

Los límites de la mejora 

Desde ahí llegamos inevitablemente al transhumanismo. ¿Hasta dónde puede o debe llegar la mejora tecnológica del ser humano? ¿Dónde situamos la frontera entre curar una enfermedad, ampliar una capacidad y transformar nuestra propia naturaleza? Surgieron ejemplos muy concretos, desde un marcapasos hasta modificaciones genéticas o dispositivos incorporados a nuestro cuerpo. 

No encontramos una respuesta definitiva, ni pretendíamos hacerlo. Pero quedó planteada una cuestión anterior a todas ellas: antes de preguntarnos hasta dónde podemos transformar al ser humano, quizá deberíamos preguntarnos qué ser humano queremos ser. 

La tecnología también es poder 

La reflexión sobre la inteligencia artificial nos llevó después al poder. La IA no es neutral. Lleva inevitablemente la huella de quien la concibe, quien la financia, quien la entrena, quien la regula y quien la utiliza. 

Y eso plantea preguntas incómodas en un momento en el que unas pocas empresas tecnológicas han alcanzado una capacidad económica e influencia comparables, e incluso superiores, a las de muchos Estados. 

¿Quién decide hacia dónde avanza esta tecnología? ¿Quién establece sus límites? ¿Quién se beneficia de ella? ¿Y qué capacidad tienen las sociedades democráticas para intervenir en ese proceso? 

El debate nos llevó inevitablemente a Europa, Estados Unidos y China. Porque tampoco existe una tecnología separada de la cultura en la que se desarrolla. 

¿Con qué valores estamos construyendo la inteligencia artificial? ¿Con los de unas grandes compañías norteamericanas inmersas en una carrera tecnológica extraordinaria? ¿Con los de China? ¿Puede Europa defender un modelo basado en la dignidad de la persona, los derechos fundamentales y el bien común y, al mismo tiempo, competir tecnológicamente? 

Regular sin quedarse atrás 

Aquí apareció una tensión especialmente interesante: regular y competir. Europa ha desarrollado probablemente el marco regulatorio más ambicioso del mundo, pero al mismo tiempo se ha quedado muy atrás en la creación de las grandes compañías y modelos tecnológicos. 

¿Cómo establecer límites cuando otros no los establecen? ¿Cómo defender nuestros valores sin condenarnos a la irrelevancia tecnológica? 

No encontramos una respuesta sencilla. Y quizá esa dificultad sea precisamente una de las grandes cuestiones que tendremos que afrontar en los próximos años. 

Cuando el trabajo es algo más que producir 

Tampoco encontramos respuestas fáciles cuando hablamos del trabajo, otro de los grandes asuntos de la sesión. 3 

La cuestión no es únicamente cuántos empleos desaparecerán y cuántos nuevos surgirán. El trabajo significa mucho más que una renta. Nos proporciona autonomía, identidad, reconocimiento, relaciones y, para muchas personas, una parte importante del sentido de su vida. 

Por eso surgió una pregunta especialmente inquietante: ¿qué sociedad construiremos si una parte importante de sus ciudadanos deja de ser necesaria para producir? 

Mantener económicamente a millones de personas no resuelve necesariamente el problema de su propósito, de su integración social ni de su dignidad. La extraordinaria velocidad de esta transformación hace además que las comparaciones con revoluciones tecnológicas anteriores resulten insuficientes. 

Una verdad para cada uno 

Y junto al trabajo apareció la verdad. Quizá uno de los mayores riesgos de la inteligencia artificial no sea que nos mienta, sino que llegue a conocernos lo suficiente como para ofrecernos a cada uno exactamente la versión de la realidad que queremos escuchar. 

Una verdad personalizada. Una cámara de eco perfecta. Una sociedad en la que cada ciudadano habite su propia realidad difícilmente puede sostener una conversación democrática común. 

Por eso resonó especialmente una de las ideas comentadas durante la sesión: cuando dejamos de preguntarnos qué es verdadero y solo nos interesa qué resulta útil, eficaz o rentable, la vida democrática comienza a debilitarse. 

Magnifica Humanitas: una afirmación de esperanza 

Pero la encíclica no es una llamada al miedo. Su título contiene ya una afirmación de esperanza: la humanidad es magnífica. 

Magnífica precisamente en aquello que no es perfecto. En nuestra capacidad de relacionarnos, de amar, de equivocarnos, de perdonar, de aprender, de cuidar, de cambiar de opinión, de necesitar a otros. 

La propuesta no es competir con la máquina intentando parecernos cada vez más a ella. Es recordar con mayor claridad aquello que somos y poner la tecnología a nuestro servicio. 

Alexandreia como espacio deliberadamente humano 

Y quizá ahí apareció uno de los momentos más bonitos de la conversación: cuando dejamos de hablar únicamente de inteligencia artificial y empezamos a hablar de lo que hacemos en Alexandreia. 

La encíclica propone crear espacios deliberadamente humanos. Espacios para conversar, pensar, escuchar, disentir y construir juntos. Y alguien señaló que un club de lectura es exactamente eso. 

Leer un libro despacio. Encontrarnos alrededor de una mesa. Escuchar cómo el mismo texto ha resonado de forma distinta en otra persona. Descubrir una interpretación que no habíamos visto. Cuestionar una certeza. Salir de una conversación pensando algo que no pensábamos cuando entramos. 

En un mundo que nos empuja hacia la velocidad, la respuesta inmediata y la personalización algorítmica, sentarnos a conversar con quienes no necesariamente piensan como nosotros es ya una pequeña forma de resistencia humana. 

Y, como ocurre tantas veces en nuestros clubes, los libros llamaron a otros libros. Durante la conversación aparecieron Tolstói, Hannah Arendt, Viktor Frankl, Harari, La sociedad del cansancio, 4 

El mapa cultural, Las personas más raras del mundo, Menos es más… Lecturas distintas que, de una manera u otra, llevan tiempo haciéndonos las mismas preguntas: quiénes somos, cómo queremos vivir y qué sociedad queremos construir. 

La responsabilidad de quienes hemos conocido dos mundos 

Surgió también una reflexión generacional que nos interpela especialmente. Muchos de quienes estábamos allí pertenecemos a generaciones que hemos conocido dos mundos. Crecimos en una sociedad completamente analógica y estamos viviendo ahora, de lleno, la revolución digital. 

Sabemos lo que significa esperar. Aburrirse. Leer durante horas sin interrupciones. Buscar una información que no aparece instantáneamente. Mantener una conversación sin mirar una pantalla. Relacionarnos sin que un algoritmo seleccione previamente lo que vamos a ver, escuchar o pensar. 

Y quizá precisamente por haber conocido ambos mundos tenemos una responsabilidad particular: transmitir a quienes ya han nacido, y a quienes nacerán en un entorno enteramente digital, que preservar nuestra humanidad no puede darse por supuesto. 

Hay que cultivarla. Hay que custodiarla. 

Y hay que hacerlo desde muchos lugares: desde las familias, las escuelas, las empresas, las instituciones y también desde la sociedad civil. Desde cada uno de esos pequeños “metros cuadrados” en los que podemos decidir cómo vivimos, cómo educamos, cómo trabajamos y cómo nos relacionamos. 

Una frase de la encíclica, leída casi al final de la sesión, resumió bien ese mensaje: la historia puede cambiar cuando una sola persona se toma realmente en serio la dignidad de todos. 

Aportar pensamientos 

Terminamos sin conclusiones cerradas. Afortunadamente. Porque alguien encontró una forma mucho mejor de resumir lo que había sucedido durante esas casi dos horas: 

“Aquí no aportamos soluciones. Aportamos pensamientos.” 

Y quizá, en este tiempo de respuestas instantáneas, algoritmos que anticipan nuestras preferencias y máquinas capaces de producir en segundos lo que antes exigía horas, crear espacios en los que todavía nos reunimos para hacernos buenas preguntas, escucharnos y pensar juntos sea una de las mejores maneras de custodiar lo humano.