por Enrique Titos Martínez
(Granada, 1960). Economista egresado del posgrado en IESE Business School y Kellogg Business University (EEUU) con trayectoria profesional en varios grupos financieros nacionales e internacionales, en las áreas financieras, de tesorería y seguros. Casado y padre de cuatro hijos; consejero y consultor de innovación en varias empresas, experto en procesos de transformación. Creador del Consejos Asesor de Innovación Abierta (CAIA) en Caser Seguros (Grupo Helvetia). Cofundador y Director del grupo El Alcázar de las Ideas, Jurado de los Premios Knowsquare, Fundador y Presidente de la Asociación Alexandreia Club de Lectura, y fundador de Cineforum Mensajes de Cine.
Los traductores de libros de un idioma a otro son verdaderos artífices invisibles de la expansión de la cultura: no solo traducen palabras, sino que recrean el alma, estilo y tono del autor original, adaptando con maestría significados, matices culturales y emociones. Son escritores que prestan su pluma a la adaptación de un libro escrito por otros. Leemos el libro interpretado por el traductor, y esa traducción no es para nada una trasposición mimética de conceptos y frases desde el idioma original, que además muchas veces no existen en el idioma de destino.
Sin embargo, pese a esta labor creativa y compleja, su figura del traductor suele quedar anónima para la mayoría de los lectores. Normalmente, su nombre no aparece en la portada junto con el autor o la editorial, ni en la contraportada, si bien algunas editoriales sí comienzan a reflejarlo. Sí aparece el copyright en las primeras páginas, pero apuesto que muy pocos son los que se fijan, y menos aún los que compran un libro por quien lo ha traducido.
En la cadena de producción de un libro traducido desde otro idioma, la actividad del traductor es una de las menos reconocibles por el lector, que atribuye al escritor original todo el mérito literario del texto.
Esta invisibilidad del traductor ha sido analizada por teóricos como Lawrence Venuti, quien advierte que las traducciones que hacen la lectura fácil y fluida buscan ocultar la intervención del traductor, reforzando la idea de que solo el original es válido y dejando en segundo plano la transformación que implica cualquier traducción. Para valorar su intervención basta pensar en el abismo cultural que implica traducir un libro original en japonés a una cultura distinta como la inglesa. La mera traducción de palabras nos entregará un texto robotizado, sin sentido ni contexto que abandonaremos rápidamente.
La labor de los traductores como conectores culturales viene reivindicada desde siglos atrás cuando en el siglo XII Alfonso X el Sabio estableció la escuela de Traductores de Toledo. Los traductores de entonces, bajo la tolerancia cultural de la época, bien reflejada por Violet Moller en La ruta del conocimiento (Taurus 2023) consiguieron la recuperación de los clásicos grecolatinos alejandrinos, que habían sido vertidos del árabe a la lengua latina o al español como lengua intermedia. Sin ellos la cultura occidental como la conocemos no hubiera sido posible.
En el contexto actual y futuro, la irrupción de la inteligencia artificial añade una dimensión todavía más crítica a esta invisibilidad y quizá a la propia existencia del traductor. Las herramientas automáticas de traducción literaria programadas con IA pueden realizar versiones rápidas y uniformes, potencialmente sustituyendo esa «presencia humana» que aporta interpretación cultural, sensibilidad artística y creatividad. Aunque estas tecnologías facilitan procesos y aumentan la productividad, aún no equiparan la profundidad cultural y literaria que un traductor aporta.
¿Puede la IA hacer que los traductores sean aún más invisibles, o incluso prescindibles? Es posible que para el lector común pase desapercibido el cambio, y solo algunos lectores perspicaces noten diferencias en el estilo o calidad. Pero esta supuesta neutralidad esconde el hecho de que cada traducción es una reescritura única, con matices irrepetibles. La invisibilidad social no implica neutralidad creativa ni disminuye la importancia del traductor. La traducción con IA, el tiempo lo dirá, aportará una suerte de creatividad homogeneizadora, sin alma.
Queremos pensar que el futuro no está en la sustitución, sino en la tan manida colaboración humano-máquina: la IA debe ser una aliada que libere a los traductores de tareas mecánicas y les permita enfocarse en los aspectos más complejos y personales de su arte. También es fundamental visibilizar y valorar más que nunca el trabajo humano detrás de cada traducción, reconociendo que las voces culturales y literarias se preservan gracias a este intermediario esencial.
En suma, la invisibilidad del traductor en la era digital no debe oscurecer su papel en el proceso artístico de creación de un libro. Al contrario, debe impulsarnos a apreciar y reconocer la creatividad, la cultura y la sensibilidad que solo un traductor humano puede ofrecer. En tiempos de IA, el traductor es más necesario —y más merecedor de reconocimiento— que nunca. Lo que no está claro es ese equilibrio inestable en la colaboración hombre máquina, ya que la máquina siempre será más productiva y cada vez aprenderá más. Esta cuestión afecta de forma especialmente a los escritores de libros (y a los editores), aunque esto será objeto otra reflexión en el futuro.
